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BREVE HISTORIA DE LA ESCRITURA: SOPORTES, MATERIALES, TÉCNICAS


La escritura.
Los soportes inscritos.
Los soportes escritos.
Trabajo y utensilios de los copistas.
Bibliografía.

            La escritura sólo es imaginable a través de los soportes empleados para albergarla, de los materiales usados para esgrafiarla, tallarla o pintarla. Frente a la cultura oral, cuya única depositaria era la memoria, con el nacimiento de la escritura se dio paralelamente la utilización de múltiples y variadísimos soportes y el desarrollo de muy diversas técnicas para realizarla. Puede decirse que casi cualquier material susceptible de ser inciso o pintado, ya sea de origen orgánico, animal o vegetal, ya inorgánico, piedras o metales, han servido alguna vez como soporte de escritura. Realizar una historia de la escritura lleva aparejado inevitablemente contemplar un estudio de los materiales en que ésta se ha desarrollado, pues la elección de los mismos depende de factores que van desde los conocimientos y técnicas desarrollados en una determinada zona, como lo fue el papiro en Egipto, al uso de materiales a mano, sencillos de usar o económicos, como la madera, las tablillas de cera o la pizarra; o al empleo de la escritura con fines sociales y políticos que buscan establecer mensajes duraderos, a ser posible perennes, que alcancen a toda la población, como las inscripciones monumentales romanas en piedra. Por otra parte, el uso de distintos materiales no sólo comporta distintas técnicas, sino que condiciona también la evolución misma de la escritura, tanto si se trata de sistemas ideográficos, como los jeroglíficos, logogramas, silabarios o escritura alfabética. De hecho en la evolución de la escritura alfabética se operan cambios sustanciales, como se puede ver en la escritura de Roma, desde las primeras inscripciones capitales, monumentales o rústicas, al uso cursivo de la misma dado en los grafitos de las paredes o en los rollos de papiro, desde las antiguas escrituras a las nuevas cursivas que comenzaron hacia el siglo III d.C. Por contra, la evolución de la escritura causa, en ocasiones, que textos escritos en un soporte se trasladen a otro al copiarlos, dada la antigüedad de los tipos gráficos que se vuelven cada vez más incomprensibles, como ocurrió con muchos textos escritos en papiro, que al copiarlos en una escritura más “moderna” o inteligible en épocas posteriores, se reprodujeron en pergamino. La interrelación entre escritura y soportes materiales es tan evidente que la existencia misma de algunas ciencias ligadas a ella se define en función de éstos, al menos en su concepción más restringida. Así tradicionalmente, y casi sin oposición hasta la mitad del siglo XX, se han venido marcando distinciones entre ciencias como la epigrafía -destinada al estudio de la escritura y los textos inscritos en materiales duros, como la piedra o el mármol-, frente a la paleografía -que se encargaría del estudio de las escrituras antiguas, pero con exclusión de esos materiales duros-; y entre ésta y la papirología, dedicada fundamentalmente a la escritura realizada sobre este material o, en todo caso, a aquellos tipos de escritura que participan de caracteres similares a ésta en su forma o ejecución, aunque el soporte sea distinto. Aunque los conceptos se han perfeccionado y el objeto de estudio de cada una de estas áreas se ha perfilado con bastante más nitidez en la segunda mitad del siglo XX y se tiende a una concepción globalizadora del estudio de la escritura que integre los diferentes campos desde los que ésta puede abordarse, las definiciones tradicionales apuntaban a la importancia intrínseca de los materiales y técnicas empleados en el arte de escribir. Importancia que sigue siendo reconocida, no obstante, de forma general, aunque puedan haber variado los conceptos de las ciencias que se ocupan de la escritura.      

            Básicamente la escritura se fija en el soporte por dos procedimientos, por incisión y por trazado, es decir, o bien se inscribe: se graba, esculpe, incide, marca, etc., a veces con incisiones tan débiles que son poco más que rasguños, a veces con rebajes profundos realizados a cincel, dependiendo de la dureza de los materiales; o bien se escribe: se dibuja, se pinta, caligrafía, se imprime; bien con pinceles, plumas, cálamos, lápices, rotuladores, etc., si se trata de escrituras manuscritas, bien con linotipia, cajas, a partir de la imprenta, teclados, soportes magnéticos, etc., y cuantos procedimientos se han desarrollado desde la aparición de las máquinas de escribir y los ordenadores. En el primer caso la escritura se realiza a punta seca, en el segundo, mediante sustancias fijadores, como la pintura o la tinta. En muchas ocasiones hay una estrecha relación entre el soporte material, la forma de escribirlo o inscribirlo y el contenido de los textos. Cabe suponer que para documentos importantes, textos legales, conmemoraciones de triunfos militares se usa el mármol o el bronce, sobre los que se diseña cuidadosamente la letra y se graba, sobre el costosísimo papiro se pintaban documentos religiosos y simbólicos de los faraones egipcios, pero sobre las paredes de las casas y los muros de las ciudades se pintaban rápidas consignas políticas, mensajes curiosos, obscenos, amorosos, humorísticos, sobre arcilla se anotaban registros de cuentas y relaciones económicas en Mesopotamia, sobre tablillas de cera escribían los niños romanos sus ejercicios escolares, que borraban y volvían a utilizar después, sobre pergamino se iluminaban preciosos manuscritos en la Edad Media con textos literarios, religiosos, científicos; sobre objetos pequeños de oro y metales preciosos o semipreciosos se grababan los nombres de los propietarios o quién y para quién se habían fabricado; en suma, una variedad de materiales, tipos de soportes para una inmensa variedad de tipos de escritos. Bien es cierto que, con la aparición del papel, la escritura conocerá el soporte universal para su difusión, dando cabida a cualquier tipo de mensaje, especialmente desde la aparición de la imprenta. Los otros materiales, en unos casos seguirán usándose para funciones específicas y bien delimitadas y otros prácticamente desaparecerán como soporte de escritura.

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Los soportes inscritos

1. Arcilla, cerámica. En sentido estricto la escritura más antigua conocida es la cuneiforme sumeria del 3200 a.C. aproximadamente, conservada en tablillas de arcilla. No obstante, algunos autores consideran que, aunque la escritura entendida como “un sistema de comunicación humana por medio de marcas visibles convencionales” remonta a estas tablillas, no pueden, sin embargo, dejar de considerarse precedentes de la misma -en tanto que sistemas “escritos” de comunicación del hombre-, otro tipo de dibujos, anotaciones o marcas realizadas sobre soportes diversos: los petrogramas (pinturas rupestres), como las pinturas de la India, por ejemplo, o los petroglifos (tallas rupestres), o las diferentes formas de anotar cantidades y cuentas, generalmente en los inicios de cada civilización: marcas realizadas en hueso de águila de Le Placard (Charente) del período Magdaleniense medio, que muestran anotaciones de tipo de calendarios del hombre de cromañón europeo.

            La arcilla es, pues, el material sobre el que se conserva la escritura más antigua; incluso las llamadas “cuentas simples” y “cuentas complejas” -fichas que representaban productos, de la zona de la Media Luna Fértil en el Oriente Medio, y que se suelen considerar como una protoescritura precedente de la escritura sumeria- son de arcilla, así como los envases en que se guardaban y las placas sobre las que se anotaban las cantidades y tipos de productos que esas cuentas representaban. La aparición de la alfarería facilitó el uso de la arcilla como soporte escriturario en el cuarto milenio a.C. Formadas placas muy finas, generalmente de tamaños similares, cuadradas y con las esquinas algo redondeadas, y cuando aún estaban húmedas y blandas, se incidían con una cuña de metal, marfil o madera. Su forma, generalmente lisa por la parte en que se escribía y algo convexa por la cara opuesta, facilitaba su almacenaje en nichos, huecos de la pared, nidales, que constituían así los primeros archivos. Los cantos de las tablillas llevaban consignados datos indicativos del contenido que podían leerse estando colocadas; así pues, junto a la escritura, surgía la primera aparición de formas de clasificación y archivo. De esta forma, la función de las tablillas, básicamente registros de contabilidad y actividades burocráticas, administrativas y comerciales, de los palacios sumerios, se ajustaba plenamente a las necesidades para las que habían sido creadas. Sin embargo, este material era pesado, de difícil transporte y muy frágil, y no facilitaba el desarrollo de la escritura como instrumento de expresión literaria, ni la aparición de bibliotecas como fondos de almacén y conservación de “libros”.

            Junto a la arcilla, la cerámica, los ostraka, terracotas, vidrio, que se graban antes de su cocción definitiva. No obstante, la mayoría de estos elementos pueden servir como soporte de escritura pintada y no incisa.

 

2. Madera, tablillas de cera, corteza de árboles. Huesos. La madera fue otro de los materiales usados con profusión desde tiempos remotos. Ya utilizada, al parecer, en época sumeria, tuvo un empleo considerable en Egipto, junto al papiro. Tenía la ventaja de ser más abundante, barata y fácil de preparar. Podía usarse para grabar mensajes sin estar protegida o preparada, como hoy puede hacerse, pero su uso no deja de ser pasajero en esos casos. Normalmente se trataba recubriéndola de cera o blanqueándola con barniz; también se les aplicaba en ocasiones una capa de estuco en lugar de la cera. Cortada en formas regulares constituía tablillas que podían igualmente almacenarse. Se formaban dípticos con ellas, e incluso se les añadía una especie de asas para sujetarlas.

            En Grecia y Roma las tablillas enceradas fueron el principal soporte de escritura, tanto para uso público como privado. Se conservan algunas de ellas que contienen textos literarios, como los griegos de las fábulas de Babrio y poemas de Calímaco en Leyden y Viena, o de diverso tipo como las tablillas latinas de Pompeya, y son múltiples las referencias que pueden encontrarse, tanto en autores griegos, como latinos, sobre el uso y la difusión de las tablillas. Denominadas en griego: pinakis, deltion, pyktion o grammateion y en latín: tabulae, tabellae, pugillares, cerae, podían contener cualquier tipo de escrito, desde declaraciones de guerra, poemas, cartas, documentos de negocios privados a ejercicios de escuela. Algunas tablillas se preparaban especialmente blanqueándolas con barniz o cal, las llamadas en griego leykoma y en latín tabulae dealbatae o album, y se utilizaban para documentos importantes, leyes, edictos, etc. En las tablillas de cera se esgrafiaba el texto con facilidad, con un estilo metálico u otro objeto punzante; y se borraban de manera también sencilla: normalmente los estilos tenían en el extremo opuesto a la punta, un acabado romo en forma de espátula con el que se raspaba la cera, se aplastaba y alisaba, reutilizándose nuevamente; esto era especialmente cómodo en la escuela. Con las tablillas, como muestra el mundo romano, se podían formar dípticos, trípticos y hasta polípticos, denominados caudices, de donde se pasaría después a la designación de los libros, en el sentido que universalmente tienen, cuando surgieron en los primeros siglos de la era cristiana, es decir, los códices. Estos polípticos, provistos de asas, se colgaban por medio de alambres tensados y se guardaban en los tablinia o tabularia, esto es, los archivos romanos.

            La madera también se usó en China para fabricar sellos, junto con la cerámica o el bronce, sobre la que se grababan signos. Si bien, en muchos casos la madera, así como otros materiales, tales como el bambú, las cortezas de árboles como el abedul o el áloe, los huesos de tortuga u otros animales, aunque pueden ser incisos, se suelen usar como material sobre el que se dibuja o pinta la escritura. La escritura antigua de pueblos germánicos, las llamadas runas, también aparecen incisas en objetos de madera: varas, cofres o cajas.

            Al igual que la madera, los huesos de ballena, tortuga y otros animales diversos también aparecen en diferentes civilizaciones como soportes de escritura, aunque mayoritariamente se pinta en ellos, también los hay incisos, con muescas y signos en épocas prehistóricas en Europa, en las runas, o en civilizaciones como la maya y la azteca, en América. También entre los árabes en la Edad Media se usaron los huesos incisos para esgrafiar textos mágicos e, incluso, versos del Corán.

 

3.  Piedra y metales. La piedra es el material más consistente, no necesita preparación y es casi indestructible, salvo por la acción del propio hombre o de desastres naturales. Es el soporte por excelencia de la epigrafía griega y, especialmente, de la romana. En piedra se grababan las inscripciones triunfales, votivas, sepulcrales, decretos, etc. Dentro de los diferentes soportes, el más apreciado y noble era el mármol, bien pulimentado, de múltiples variedades locales. En Roma, aunque escaso hasta finales de época republicana, su uso se incrementó en época imperial. Además del mármol, el granito, basalto y cualquier tipo piedra en general. Entre los metales, el bronce es, sin duda, el más importante; resultaba muy costoso y difícil de grabar, pero era muy apreciado para escribir documentos jurídicos como decretos, leyes, diplomas militares, leyes de de patrocinio y hospitalidad, etc.; además tenía la ventaja sobre el mármol de su mayor movilidad.

            Para grabar una escritura sobre la piedra se realizaban una serie de actividades bien definidas: primero se cortaba la piedra, daba forma, y se hacían molduras, o decoraciones. Los encargados de estas tareas eran el lapidarius o el marmorarius A continuación, partiendo de un texto dado, posiblemente anotado en tablillas de cera, papiro u otro material, se diseñaba el espacio epigráfico que iba a ocupar en la piedra y se dibujaban las líneas, por donde debían trazarse las letras, así como las formas de éstas, con yeso, carbón o materia similar; esta labor la llevaba a cabo el ordinator, después se pasaba a esculpir la piedra, realizando una profunda incisión de corte triangular, cuadrada o semicircular, según la sección del instrumento, un cincel. Esta labor la realizaba el lapicida o sculptor. No obstante, no todas las piedras o metales necesitan de estas fases en su elaboración. Generalmente esto se daba en inscripciones monumentales públicas, o sepulcrales privadas, pero de letras capitales y realizadas con intención de perdurabilidad y de exposición pública. Piedras, bronce, metales diversos aparecen en inscripciones antiguas también en China, como las escrituras del gran sello del período Zhou occidental (1028-771 a.C.); se conocen inscripciones de los primitivos períodos de la India en láminas de cobre.

            Junto a ellas merecen un capítulo aparte las inscripciones de carácter privado realizadas sobre plomo generalmente, de ejecución espontánea y rápida, habitualmente escritas en caracteres minúsculos y cursivos: las tablillas imprecatorias o defixorias, tabellae defixionum. Son textos de maldiciones y conjuros contra personas, donde se invocaban a las divinidades infernales, se “echaba mal de ojo”, o, por el contrario, se pedía protección; estos textos se esgrafiaban con un objeto metálico punzante, stilus, u otro similar y a veces se escribían del revés, boca abajo, de derecha a izquierda y se solían enterrar para no ser descifrados ni descubiertos. Se dieron a lo largo de la historia de Roma, en época republicana e imperial, e, incluso, más tardíamente. El plomo, así como otros materiales servían también para otras anotaciones rápidas o referidas a actividades cotidianas. La forma de incisión no necesitaba preparación previa ni del material, ni siquiera de dar forma al soporte, en todo caso cortarlo para reducir el tamaño, ni, por supuesto, de diseño previo del texto; se trataba, pues, de un esgrafiado directo de la escritura sobre la superficie. Cabe señalar, en este sentido, la pizarra, como soporte de escritura, de fácil grabado, ya que cualquier punta metálica, incluso otra pizarra o piedra de mayor dureza puede esgrafiarla. Se conocen pizarras escritas de época visigoda, en las zonas de Ávila y Salamanca fundamentalmente, que contienen textos como documentos de venta, ejercicios escolares, actividades agrícolas, etc., también contienen números o dibujos. Igualmente se conservan textos en pizarra de los siglos XIII y XV procedentes de Irlanda que contienen textos mezclados en latín y antiguo irlandés con recetas de cocina y textos religiosos, procedentes de un monasterio.

            Entre los metales, hay que mencionar, además toda la serie de anillos de oro, objetos de bronce, fíbulas y objetos en general incisos que en epigrafía se conocen bajo la denominación de instrumenta domestica. Entre ellos, por su especial técnica de grabado y la dificultad misma que entraña, cabe destacar las inscripciones, así como relieves y esculturas, en marfil de colmillos de elefante, práctica usada en la Antigüedad en el Sureste asiático y en la zona central y este de Egipto.

            Un grupo especial de escritura espontánea y directa sobre soportes duros son los grafitos sobre roca, piedras en general, muros, etc., si bien los más frecuentes son pintados, como los conocidos de Pompeya, también se encuentran esgrafiados en rocas, cuevas y abrigos naturales, catacumbas, muros o paredes diversas. Se conocen de todas las épocas y su práctica se ha prolongado hasta la actualidad, aunque preferentemente como graffiti pintados.

            Las diversas durezas de los materiales y la incisión que en ellos podía producirse en función del objeto utilizado, metálico o no, de punta más afilada o más roma, en función de la intencionalidad misma y de si era de ejecución rápida y espontánea, como los graffiti, o por el contrario, de cuidadosa preparación, todas estas circunstancias, en suma, pudieron influir en la esquematización y estilización progresiva de formas de la escritura, en los cambios operados en la cursivización de la forma de las letras o en la tendencia a abreviaciones (aunque en este caso también influyó decisivamente la escritura pintada en papiros y pergaminos, debido a la tendencia al ahorro de espacio, dado lo costoso de los materiales).

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Los soportes escritos

            La mayoría de los materiales antes mencionados sirven o han servido de soporte de escritura dibujada o pintada. La técnica para realizarla varía considerablemente, así como los instrumentos usados. En lugar de cincel y martillo para esculpir las letras, o instrumentos punzantes, estilos metálicos, puntas afiladas de piedra o metal, se usan pinceles fabricadas con pelos de marta o ardilla, plumas de oca u otras aves, tintas diversas, fijadores de tinta, barnices. Las superficies no se inciden, rebajan o tallan, sino que se dibujan, pintan o se imprime sobre ellas. Pero entre los diversos materiales que se pintan y no se inciden, tres son los fundamentales y de los que puede afirmarse que han transformado la historia de la escritura y, con ella, la historia de la cultura: papiro, pergamino y papel.

            Los otros materiales, ya sean de origen orgánico, vegetal o animal, ya sean inorgánicos, piedras o metales, se han usado también para textos pintados (escritos y no inscritos) en todas las épocas y lugares. Así la arcilla y la cerámica, los ladrillos de barro cocido u otros objetos, aparecen pintados en Egipto, junto a rótulos en tumbas y, por supuesto, papiro, pero también junto a los textos inscritos en las piedras. Las sedas y otras telas se usaban tanto en Egipto como en el mundo asiático.

            La madera se barnizaba y se podía pintar con tintas, tanto en el mundo occidental como oriental; de hecho, el bambú, el áloe, y otros árboles o sus cortezas se pintaban en China, India, en Egipto, o en las civilizaciones de América central. De la India, por ejemplo, se conservan fragmentos de escritos realizados por los budistas, a comienzos de la era cristiana, en folios o láminas de madera, fundamentalmente de dos variedades de árbol, áloe y abedul. Sobre esas láminas, cortadas, pulidas y barnizadas, se pintaba la escritura. Dentro del ámbito romano un caso muy particular es el conjunto de las Tablillas Albertini, llamadas así en honor al primer investigador que las estudió. Son textos escritos en cursiva romana del siglo V d.C., en época vándala, procedentes de Túnez. Se trata de un conjunto de cuarenta y cinco tablillas de madera, de cedro la mayoría y algunas de láminas de arce, y otras probablemente almendro y álamo o sauce. Sin embargo, la técnica de escritura no es por incisión, sino mediante pintura realizada con cálamo y con tinta negra. En las culturas maya y azteca era característica la escritura pintada sobre amatle, especie de láminas largas realizadas con la corteza interior de algunos tipos de higuera. La superficie se cubría con una capa fina de barniz blanco sobre la que se pintaba con colores vivos.

            En China los primeros testimonios de escritura conservados son los llamados “huesos oraculares” o “huesos de dragón” -en realidad caparazones de tortuga, escápulas de buey, con signos, a veces incisos, pero también pintados con tinta negra y roja; contienen anotaciones adivinatorias y mágicas de la época de la dinastía Shang (hacia 1766-1122 a.C.). Su antigüedad compite con la de las placas de bronce grabadas con textos de similar contenido.

            La piedra y la roca se pintaba en Grecia y Roma, como los ya citados graffiti pompeyanos. Se conocen en España, por ejemplo, también grafitos pintados en la Cueva Negra de Fortuna, en la provincia de Murcia, de los siglos I-II d.C.

            En definitiva, cualquier soporte podría utilizarse para pintar cualquier mensaje, por medio de cualquier instrumento o recurriendo a cualquier técnica, incluso, puntualmente, hasta los más insospechados; en principio, no sólo la piel humana, como cuando se anota con un bolígrafo un texto o, por el contrario, se tatúa, sino hasta la sangre, por citar aquella mención conocida de época del emperador Constantino, quien permitió grabar el testamento con la propia sangre sobre la espada o el escudo o en el polvo del suelo a sus soldados moribundos.

1. Papiro. Uno de los rasgos característicos de la cultura egipcia, junto con la escritura jeroglífica o el arte monumental de las pirámides, es, sin duda, el uso del papiro, una planta palustre de la familia de la ciperáceas (cyperus papyrus), que crecía abundantemente gracias al clima y carácter cenagosos de las márgenes del río Nilo en Egipto, así como en Siria, Etiopía y Palestina. Actualmente crece en pequeñas cantidades en Sicilia, si bien no se sabe con certeza si es autóctona o fue importada por los árabes en la Edad Media. El papiro se usaba con múltiples fines en el antiguo Egipto, como alimento rico en fécula, como materia prima para elaborar cestas, cuerdas, ropas, velas, calzados, incluso pequeñas barcas fluviales; para vendajes, ungüentos y fármacos; como planta aromática y como soporte de escritura. Para este uso la planta se cortaba y se preparaba in situ, aún fresca. Se aprovechaba la parte central del tallo, de sección triangular, se cortaba en láminas (philyrae) que se colocaban superpuestas y entrecruzadas sobre una tabla humedecida, formando capas (schedulae) que constituían la trama característica del papiro. Se golpeaban (bataneo) un poco para alisar el tejido, se prensaban y luego secaban al sol; para alisarlas se pulimentaban con un objeto de marfil o un caparazón de molusco. Las hojas resultantes (plagulae) se unían entre sí con una pasta de pegamento formada con agua, harina y vinagre, superponiendo el borde derecho de cada hoja sobre la siguiente y así facilitar el paso de una a otra del cálamo a la hora de escribir. Se formaban así los rollos de papiro, generalmente compuestos de unas veinte hojas, que se denominaban tomus, volumina, chartae. Era un material flexible, de tacto sedoso y brillante, con una tonalidad de blanco hueso. Existía una gran variedad de calidades de papiro, según el grueso de las hojas, la textura, el mejor o peor acabado de cada fase de preparación; se conocen diferentes tipos de época romana, pero, al parecer, los de mejor calidad y más finos eran los más antiguos egipcios, siendo los fabricados en época de los faraones Ramsés los mejores. Sobre el papiro se escribía con un cálamo hecho del tallo del junco, cortado a bisel.

            El papiro favoreció la proliferación y difusión de la escritura y, con ella, de la literatura. Se exportó a Grecia y Roma y fue el soporte más preciado de la escritura. Puede decirse, igualmente, que surgió el libro en el sentido moderno del término por lo que se refiere a la copia y distribución de ejemplares. Se sistematizaron los archivos, aparecieron las bibliotecas y la comercialización de ejemplares. No obstante era un material raro y carísimo, cuya producción fue disminuyendo con el tiempo, sobre todo a partir del s.III d. C. En época romana era tan cotizado y lujoso que sólo algunas personas tenían acceso a él.

            Por otra parte la conservación del papiro requería un cuidado especial. Los rollos se guardaban en recipientes de madera o de arcilla, para preservarlos de los insectos y se impregnaban de aceite, con lo que adquirían el tono amarillento característico. Sin embargo, la humedad y el calor eran sus enemigos fatales, de ahí su escasa conservación. Otra de las causas de la progresiva desaparición de textos escritos en papiro fue el que, debido al deterioro e, incluso, a la evolución de la escritura que convertía los antiguos textos en poco legibles, éstos se copiaron en pergamino, desapareciendo los primitivos escritos “originales” en papiro. Con la aparición del pergamino, más consistente, más abundante, aunque de laboriosa preparación también, el uso del papiro fue disminuyendo, especialmente a partir de los siglos III y IV d.C. Con todo se siguió utilizando durante la Antigüedad Tardía y Alta Edad Media, especialmente para documentos de cancillería imperial y pontificia, en las monarquías longobarda, carolingia, etc. El documento más antiguo conservado en papiro pertenece a la Tumba de Hemaka en Sakkara, correspondiente a un alto dignatario de la I dinastía egipcia, hacia el 3000 a.C. Entre los documentos conservados en papiro cabe destacar: diversos fragmentos de Fayum y Oxyrhynchus en Egipto, Los papiros de Herculano, Dura Europos y Palestina. Los de Rávena, documentos privados del siglo V al X d.C. Privilegios y documentos de la Cura Pontificia de diversos períodos, siendo el más antiguo el que contiene una epístola del Papa Adriano I a Carlomagno del 788 d.C. Existen también algunos códices medievales en papiro, si bien son muy escasos, como los que contienen textos de Flavio Josefo o de Hilario de Poitiers.

2. Pergamino. Es la piel de un animal, generalmente ternera, cabra, oveja o carnero, tratada de forma especial para conseguir este soporte de escritura. Alguna vez se usan otros animales, pero de forma excepcional, como el antílope, con el que se fabricó el códice bíblico conocido como Codex Sinaiticus. El pergamino se obtiene a partir de la dermis de la piel del animal. Ésta se dejaba en remojo en agua durante un prolongado período de tiempo, después se le daba una lechada de cal para eliminar la epidermis, evitar que se pudriera y facilitar la eliminación del vello, que se hacía a continuación; finalmente se raspaba el tejido subcutáneo. Hasta este punto el procedimiento era idéntico o muy similar, tanto en el proceso de curtir el cuero como en el de fabricación del pergamino. Para ésta, una vez reducida la piel a una capa fina y limpia de la dermis se estiraba y tensaba sobre un bastidor, donde se goteaba, se raspaba con cuchillas de acero, pasando a continuación un trapo húmedo con agua y polvo calizo; esta operación se repetía varias veces, de modo que, a base de secar y mojar la piel tensa, se producía un reordenamiento de las fibras de colágeno que daban el aspecto característico de la trama del pergamino. Una vez quitada la piel del bastidor, se apoyaba sobre un caballete y se volvía a rascar, ahora en seco, con cuchillas de cierta curvatura, para hacerla aún más fina y flexible, luego se pulía con piedra pómez. Con las virutas que se desprendían del raspado se fabricaba la cola de pergamino, usada para teñir lana, para pinturas y para encolar papel.

            El nombre le viene de Pérgamo, ciudad de Asia Menor, fundada por Filetero en el 238 a.C. Según el autor latino Plinio, el rey Atalo I fundó la biblioteca que alcanzó su apogeo con el rey Eumenes II (197-158 a.C.), llegando a tener 200.000 volúmenes. Esta biblioteca competía con la de Alejandría, por lo que, según la tradición, el rey egipcio Ptolomeo Filadelfo dejó de suministrar papiro a la ciudad de Pérgamo, ante lo cual se desarrolló y perfeccionó en ella la fabricación de este soporte de escritura que terminó por sustituir al papiro. El primer testimonio de uso de pergamino es, con todo, antiquísimo: data del 2700-2500 a.C., durante la IV dinastía egipcia. Según Herodoto y Ctesias era muy usado entre los persas; el pergamino más antiguo conservado es, sin embargo, del siglo II a.C., contiene un texto griego y procede de Dura Europos. Entre los griegos recibía el nombre de dipthéra y entre los latinos el de membrana, nombre con el que era conocido mayoritariamente durante toda la Edad Media, así como el de charta membranacea. La denominación de pergamino arranca de la expresión membrana pergamenea usada por primera vez en el edicto de Diocleciano del 301 d.C., conocido como Edictum de pretiis rerum venalium; el término pergamenum fue usado por San Jerónimo (330-420). El pergamino fue el soporte por excelencia a partir de los siglos III y IV, hasta la introducción del papel por los árabes en Europa a finales del siglo VIII. Después de la difusión de éste, siguió siendo el material preferido para los códices miniados o iluminados durante mucho tiempo.

3. Papel. La tradición atribuye el descubrimiento del papel a Tsi Lun, un oficial del emperador chino de la dinastía Han, en el año 105 d.C. Se conservan unas cartas del 137 d.C. La invención del papel triunfó definitivamente en China, desplazando a los habituales soportes como el bambú, la seda, la madera o el hueso. Este material, convertido en el soporte universal de la escritura, tardó, sin embargo, bastante tiempo en difundirse en Occidente. Al parecer los árabes lo copiaron a partir del 751 d.C., al descubrir entre los prisioneros de guerra, tras una victoria sobre los chinos cerca de Samarkanda, a algunos artesanos de la fabricación de papel. Pero hasta los siglos X y XI no empieza realmente a ser usado en Europa y, con todo, tardará en desplazar al pergamino. Sin embargo, puede decirse que la difusión del papel y su utilización masiva ha constituido uno de los avances mayores en la historia de la cultura, comparable al de la imprenta y estrechamente relacionado con ella.

            El papel fabricado en China contenía un elemento de origen vegetal: se extraía a partir de una monocotiledónea (morus papyrifera sativa), sin embargo, deja de fabricarse con ella a raíz de su difusión por Asia Central y luego por el Próximo Oriente y, finalmente, por Occidente. Los elementos básicos serán los trapos de lino y el cáñamo. Se deshacían en unas pilas y se dejaban macerar y fermentar en agua, para conseguir una pasta muy fina, a base de golpearla con martillos o con piedras de molino. Se formaba así un producto de fibrillas de celulosa que se depositaba en una cubeta metálica a temperatura constante, en la que se introducía un tamiz rectangular rodeado por un marco de madera, llamado forma y constituido por filamentos entrecruzados que componen una trama. Según la disposición de estos filamentos, así eran las formas y así daban lugar a distintos tipos de hojas, ya que con este utensilio se recogían las materias en suspensión que tenía la pasta de papel y con ellas se formaba una fina película que se extendía sobre un fieltro y así comenzaba a secarse. Las hojas resultantes se prensaban para alisarlas. Después se encolaban de una en una. Los árabes perfeccionaron mucho el usos de gomas para encolar a base de resinas o engrudos de almidón. Las hojas del papel suelen llevar una marca del fabricante, denominada filigrana, de origen italiano y documentada a partir de 1280. La fabricación de papel se propagó rápidamente en los siglos XI y XII en Córdoba, Sevilla, Granada y Toledo. En Játiva había una fábrica importante hacia 1150, si no antes, y se encuentran restos de molinos papeleros en muchas zonas. Su éxito se debió a la abundancia de esparto, producto característico del primitivo papel español. Las fábricas italianas proliferaron también a partir del siglo XIII, siendo especialmente famoso el de la villa de Fabriano o las de Bolonia, Prato, Toscana, Génova, etc. y el uso del papel terminó por imponerse definitivamente en toda Europa. La fabricación del papel artesano culmina en el siglo XVIII con las fábricas de Cataluña, sin duda entre las principales y de mayor calidad de Europa, antes de la fabricación del papel industrial en los siglos XIX y XX.

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Trabajo y utensilios de los copistas

            La iconografía existente en los manuscritos iluminados muestra cómo escribían los copistas los rollos o códices. En ella se aprecian los escriptorios, las mesas de trabajo, los diversos utensilios para escribir o iluminar e, incluso, las posturas habituales para trabajar: de pie, sentados sobre taburetes, piedras, y reclinados sobre el pupitre o mesa o con una tabla apoyada en las rodillas y fijada a la mesa... hasta sentados en el suelo, o apoyados sobre la rodilla. Según se ha indicado, frente al estilo o el cincel y demás objetos punzantes para la incisión en la escritura característica de los soportes denominados tradicionalmente duros, los usados por los copistas para escribir sobre papiro, pergamino o papel son básicamente el pincel, tallado a bisel y que exigía grandes dotes caligráficas, el cálamo, tallado en punta, de manejo más fácil y, especialmente a partir del siglo IV d.C., la pluma de ave, ganso u oca. Estos útiles se cortaban con un cortaplumas y se afilaban, especialmente la pluma, con piedra pómez o piedra de afilar. Para guardarlos se utilizaba un estuche denominado stilarium, graphiarium theca libraria o calamarium. Fundamentales también para la preparación del códice y para la escritura eran otros instrumentos como: compás, punzón, regla, lápiz de plomo, raspador y esponja.

            El códice se componía de una serie de fascículos, cuya unidad mínima es el bifolio o doble folio, y puede ir aumentando progresivamente su número. Estos folios se doblan y pliegan de diferentes modos y con ellos se formaban distintos cuadernillos. Los formatos y tamaños pueden variar. Una vez formado el códice, constituido el libro, se procedía a preparar las hojas. Primero se perforaban para marcar unos puntos iniciales y finales, sobre los que se marcarían las líneas rectrices por donde debía transcurrir la escritura. Para la perforación se podían utilizar varios instrumentos: el cortaplumas, el punzón, una pequeña rueda dentada, un instrumento de base triangular o una especie de peine metálico. Según fuese el objeto, así dejaba las finas marcas sobre el folio. Dependiendo de las época se marcan los puntos en el centro, en los lados; también dependía de si el texto iba a ir a lo largo de la página o se iba a escribir encolumnado. La perforación se podía hacer de una vez sólo sobre un bifolio o sobre varios, lo que también daba lugar a tipologías distintas. Una vez trazadas las perforaciones, se procedía al pautado o rayado de la página. Sobre la base de los orificios antes realizados se trazaban las líneas de pautado, que también ofrecen gran variedad, dependiendo de zonas y épocas. Las líneas rectrices son las que se usan para escribir el texto, pero también había líneas de justificación marginales, horizontales o verticales, que enmarcaban también el texto. Se creaba así una especie de falsilla sobre la que escribir. Por otra parte, se daban también ciertas marcas como signaturas y reclamos que indicaban el orden de los pliegos: las primeras consistían en una numeración en un extremo de la página, los segundos en escribir al final de una página (normalmente en el margen derecho inferior) la primera o primeras palabras de la siguiente.

            Para la escritura se usaban tintas y tinteros, así como productos de fijación para las mismas. El uso de las tintas se remonta ya al tercer milenio a.C. Se usaba el negro de humo mezclado con goma. Se obtenía una pasta que se solidificaba y que había que diluir para escribir. Había tintas de origen vegetal, fácilmente borrables con una esponja húmeda; en la Edad Media comienzan a usarse otras obtenidas de elementos metálicos. Generalmente se componía de elementos como vidrio, nuez de agallas, vitriolo, goma, cerveza o vinagre. Las tintas eran principalmente negras, aunque la civilización primitiva china las usaba también rojas. De este color se empezaron a usar en Occidente en la Edad Media. Para obtener estos tonos se recurría a otros productos, así la púrpura, extraída de las glándulas de moluscos gasterópodos-, el cinabrio, el carmín o las tierras coloreadas, como la sinópica, además del oro o la plata. Para la escritura éstas son básicamente las tintas usadas; sin embargo, un capítulo aparte merecen las tinturas y colores usados en la iluminación de manuscritos, donde se consiguen una gran variedad de tonos por diversos procedimientos.

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Bibliografía

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I. DI STEFANO MANZELLA, Mestiere di epigrafista, Roma, 1987.

J. LEMAIRE, Introduction a la Codicologie, Lovaina, 1989.

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M. ROMERO-L. RODRÍGUEZ-A. SÁNCHEZ, Arte de leer escrituras antiguas. Paleografía de lectura, Huelva, 1995.

G.C. SUSINI, Epigrafia romana, Roma, 1982.

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Isabel VELÁZQUEZ

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