Civilización occidental

No es en modo alguno fácil ver la propia civilización en una perspectiva justa. Hay tres medios evidentes para alcanzar este fin: el viaje, la historia y la antropología, y lo que habré de decir es sugerido por cada uno de ellos; pero ninguno de los tres es ayuda tan grande para la objetividad como parecen ser. El viajero ve solamente lo que le interesa; por ejemplo, Marco Polo jamás reparó en los pequeños pies de las mujeres chinas. El historiador ordena los sucesos con arreglo a esquemas derivados de sus propias preocupaciones: la decadencia de Roma ha sido atribuida, en ocasiones diversas, al imperialismo, al cristianismo, a la malaria, al divorcio y a la inmigración -siendo estas dos últimas causas las favoritas en los Estados Unidos entre los clérigos y los políticos, respectivamente-. El antropólogo selecciona e interpreta hechos de acuerdo con los prejuicios que prevalecen en su tiempo. ¿Qué sabemos de los salvajes, nosotros, que nos quedamos en casa? Los rousseaunianos dicen que son nobles, los imperialistas dicen que son crueles; los antropólogos de mentalidad eclesiástica dicen que son unos virtuosos padres de familia, mientras que los defensores de la ley del divorcio dicen que practican el amor libre; Sir James Fraser dice que siempre están matando a su dios, mientras otros dicen que siempre están ocupados en ritos de iniciación. En una palabra: el salvaje es un chico servicial que hace todo lo necesario por las teorías de los antropólogos. Pero, a pesar de estas desventajas, el viaje, la historia y la antropología son los mejores medios, y debemos sacarles todo el partido posible.

Ante todo, ¿qué es civilización? Su primer carácter esencial, diría yo, es la previsión. Es ésta, ciertamente, la fundamental diferencia entre el hombre y las bestias, y entre el adulto y el niño. Pero la previsión, por ser una cuestión de grado, nos permite distinguir a las naciones o las épocas más o menos civilizadas, de acuerdo con la cantidad de ella que demuestran. Y la previsión es susceptible de ser medida casi con precisión. No diré que la capacidad media de previsión de una comunidad sea inversamente proporcional a la tasa de interés, aunque ésta sea una opinión defendible. Pero podemos decir que el grado de previsión implícita en cada acto se mide por tres factores: el dolor presente, el placer futuro y la extensión de¡ intervalo entre ellos. Es decir, la previsión se obtiene dividiendo el dolor actual por el placer futuro y multiplicando después por el lapso comprendido entre ambos. Existe una diferencia entre la previsión colectiva y la individual. En una comunidad aristocrática o plutocrática, un hombre puede soportar el dolor actual mientras otro disfruta el futuro placer. Esto hace más fácil la previsión colectiva. Todos los trabajos característicos del industrialismo presentan un alto grado de previsión colectiva en este sentido: los que construyen ferrocarriles, o puertos, o barcos, hacen algo cuyos beneficios no se recogen hasta años más tarde.

Es cierto que en el mundo moderno nadie demuestra tanta previsión como los antiguos egipcios demostraban al embalsamar a sus muertos, lo que hacían con miras a su resurrección al cabo de unos diez mil años. Esto me recuerda otro elemento esencial a la civilización, que es el conocimiento. La previsión basada en la superstición no puede ser tenida por completamente civilizada, aunque puede aportar hábitos mentales esenciales para el desarrollo de la verdadera civilización. Por ejemplo, la costumbre puritana de posponer el placer para la otra vida facilitó, sin duda, la acumulación de capital requerida por el industrialismo. Podemos, pues, definir la civilización como el modo de vida que resulta de la combinación de conocimiento y previsión.

La civilización, en este sentido, comienza con la agricultura y la domesticación de rumiantes. Hubo, hasta tiempos bastante recientes, una acusada separación entre pueblos agrícolas y pueblos pastores. Leemos en el Génesis, 46, 31-34, cómo los israelitas tuvieron que establecerse en la tierra de Gosen, más que en el mismo Egipto, porque los egipcios se oponían a la ocupación de los pastores: "José dijo a sus hermanos y a la familia de su padre: "Voy a subir a avisar a Faraón y a decirle: "Han venido a mí mis hermanos y la casa de mi padre que estaban en Canaán. Son pastores de ovejas, pues siempre fueron ganaderos, y han traído ovejas, vacadas y todo lo suyo". Así, cuando os llame Faraón y os diga: ¿Cuál es vuestro oficio?, le decís: "Ganaderos hemos sido tus siervos desde la mocedad hasta ahora, lo mismo que nuestros padres'. De esta suerte os quedaréis en el país de Gosen". Porque los egipcios detestan a todos los pastores de ovejas". En los viajes de M. Huc hallamos una actitud similar de los chinos hacia los pastores mogoles. En conjunto, el tipo agricultor ha representado siempre la más avanzada civilización, y ha tenido más que ver con la religión. Pero los rebaños y los ganados de los patriarcas tuvieron una considerable influencia en la religión judía y, en consecuencia, sobre el, cristianismo. La historia de Caín y Abel es un instrumento) de propaganda dirigida a hacer ver que los pastores son más virtuosos que los labradores. Sin embargo, la civilización ha descansado principalmente sobre la agricultura hasta tiempos recientísimos.

Hasta ahora, no hemos considerado nada que distinga la civilización occidental de la de otras regiones, tales como la India, China, Japón y Méjico. De hecho, antes de que la ciencia comenzara a desarrollarse, la diferencia entre ellas fue mucho menor de lo que ha sido después. La ciencia y el industrialismo son actualmente las señales distintivas de la civilización occidental; pero antes quiero considerar lo que fue nuestra civilización antes de la revolución industrial.

Si nos remontamos a los orígenes de la civilización occidental, vemos que los elementos que heredó de Egipto y Babilonia son, en lo principal, característicos de todas las civilizaciones, y no especialmente distintivos de Occidente. El carácter distintivo occidental comienza con los griegos, que descubrieron el hábito de razonar deductivamente y la ciencia de la geometría. Sus méritos restantes no fueron distintivos o se perdieron en las Edades Oscuras. En arte y literatura habrán podido ser insuperables, pero no se distinguieron muy profundamente de otras varias naciones antiguas. En la ciencia experimental produjeron algunos hombres, especialmente Arquímedes, que anticiparon los métodos modernos; pero tales figuras no lograron establecer una escuela o tradición. Las únicas contribuciones distintivas sobresalientes de los griegos a la civilización fueron el razonamiento deductivo y las matemáticas puras.

Los griegos fueron, sin embargo, políticamente incompetentes, y probablemente su contribución a la civilización se hubiera perdido, a no ser por la capacidad de gobierno de los romanos. Los romanos dieron con un modo de llevar adelante el gobierno de un gran imperio por medio de la administración civil y un cuerpo legal. En los imperios anteriores todo había dependido de la energía del monarca, pero en el Imperio romano el emperador podía ser asesinado por la guardia pretoriana y el Imperio puesto en subasta con muy escaso entorpecimiento en la máquina gubernamental -tan escaso, en realidad, como el que producen ahora unas elecciones generales-. Parece ser que los romanos inventaron la virtud de la devoción al estado impersonal como opuesta a la lealtad personal al jefe. Los griegos, es cierto, hablaban de patriotismo, pero sus políticos estaban corrompidos, y casi todos ellos, en algún momento de su carrera, aceptaron el soborno de Persia. El concepto romano de la devoción al estado ha sido un elemento esencial en la producción de gobiernos estables en Occidente.

Algo más faltaba para completar la civilización occidental tal y como existía antes de los tiempos modernos, y ello es la peculiar relación entre el gobierno y la religión que vino con el cristianismo. Originalmente, el cristianismo era absolutamente apolítico, puesto que se extendió por el Imperio romano como un consuelo para los que habían perdido la libertad nacional y personal, y tomó del judaísmo una actitud de condena moral de los gobernantes del mundo. En los días anteriores a Constantino, el cristianismo desarrolló una organización a la que los cristianos debían una lealtad todavía mayor que la debida al estado. Cuando Roma cayó, la Iglesia conservó en una síntesis singular lo que se había demostrado más vital en las civilizaciones de los judíos, de los griegos y de los romanos. Del fervor moral de los judíos surgieron los preceptos éticos del cristianismo; del amor griego al razonamiento deductivo, la teología; del ejemplo del imperialismo y la jurisprudencia romanos, el gobierno centralizado de la Iglesia y el cuerpo de leyes canónicas.

Aunque estos elementos de elevada civilización se conservaran, en cierto sentido, a través de la Edad Media, durante largo tiempo permanecieron en un estado más o menos latente. Y la civilización occidental no fue en realidad la mejor entre las existentes en aquel tiempo: tanto los mahometanos como los chinos eran superiores a Occidente. Por qué Occidente había de iniciar una tan rápida carrera ascendente es, creo, en gran parte, un misterio. En nuestra época es costumbre hallar causas económicas para todo, pero las explicaciones basadas en esta práctica tienden a ser demasiado fáciles. Las solas causas económicas no explicarán, por ejemplo, la decadencia de España, más relacionada con la ignorancia y la estupidez. Tampoco explican el nacimiento de la ciencia. La regla general es que las civilizaciones decaen, salvo cuando entran en contacto con una civilización ajena superior. En la historia humana solamente ha habido unos pocos y muy raros períodos, y unas pocas regiones aisladas, en los que se haya producido un progreso espontáneo. Ha debido de haber progreso espontáneo en Egipto y Babilonia cuando desarrollaron la escritura y la agricultura; hubo progreso espontáneo en Grecia durante cerca de doscientos años, y ha habido progreso espontáneo en la Europa occidental desde el Renacimiento. Pero no creo que haya habido nada en las condiciones sociales generales de dichos períodos y lugares que los distinga de otros varios lugares y períodos en los que no se produjo progreso alguno. No puedo evitar concluir que las grandes épocas de progreso han dependido de un corto número de individuos de talento trascendental. Diversas condiciones sociales y políticas fueron, desde luego, necesarias para su concreción, pero no suficientes, porque las mismas condiciones se han dado muchas veces sin los individuos, y no se ha producido progreso. Si Kepler, Galileo y Newton hubiesen muerto siendo niños, el mundo en que vivimos sería muchísimo menos diferente de lo que es con respecto al mundo del siglo XVI. Esto lleva la moraleja de que no podemos considerar el progreso como asegurado; si la cantidad de individuos eminentes llegara a disminuir, caeríamos, sin duda, en una situación de inmovilidad bizantina.

Hay algo muy importante que debemos a la Edad Media, y es el gobierno representativo. Esta institución es importante porque por vez primera permitió que el gobierno de un gran imperio apareciera a los gobernados como elegido por ellos mismos. Donde este sistema tiene éxito, da lugar a un alto grado de estabilidad política. Sin embargo, en tiempos recientes, se ha hecho evidente que el gobierno representativo no es una panacea aplicable a todas las partes de la superficie de la tierra. En efecto, su éxito parece quedar limitado principalmente a las naciones de habla inglesa y a los franceses.

La cohesión política, conseguida de un modo u otro, es lo que, no obstante, ha llegado a ser el signo distintivo de la civilización occidental, como opuesta a las civilizaciones de otras regiones. Ello se debe primordialmente al patriotismo, el cual, aunque tiene sus raíces en el particularismo judío y en la devoción romana al estado, es algo que ha surgido modernamente, comenzando con la resistencia inglesa a la Armada Invencible, y ha hallado su primera expresión literaria en Shakespeare. La cohesión política, basada esencialmente en al patriotismo, ha venido incrementándose constantemente en Occidente desde que acabaron las guerras de religión, y todavía continúa creciendo rápidamente. A este respecto, el Japón ha demostrado ser un discípulo extraordinariamente apto. En el antiguo Japón hubo turbulentos barones feudales, análogos a los que infectaban Inglaterra durante las guerras de las Rosas. Pero con ayuda de las armas de fuego la pólvora, traídas al Japón por los barcos que transaban a los misioneros cristianos, el Shogún estableció la paz interior, y desde 1868, por medio de la educación y de la religión shintoísta, el gobierno japonés ha conseguido formar una nación tan homogénea, resuelta y unida como cualquier nación de Occidente.

El mayor grado de cohesión social en el mundo moderno se debe, en gran parte, a cambios en el arte de la guerra, todos los cuales, desde la invención de la pólvora hasta aquí, han tendido a incrementar el poder de los gobiernos. Este proceso probablemente no haya terminado, en modo alguno; pero se ha complicado con un nuevo factor: como las fuerzas armadas se han hecho cada vez más dependientes de los trabajadores industriales para sus municiones, se ha hecho cada vez más imprescindible para los gobiernos asegurarse el apoyo de grandes sectores de la población. Éste es asunto que corresponde a la técnica de los medios de comunicación, en la que podemos suponer que los gobiernos harán rápidos progresos en el futuro próximo.

La historia de los últimos cuatrocientos años en Europa ha sido de crecimiento y decadencia simultáneos; decadencia de la antigua síntesis representada por la Iglesia católica, y crecimiento de una nueva síntesis, aunque todavía muy incompleta, basada hasta aquí en el patriotismo y la ciencia. No podemos suponer que una civilización científica trasplantada a regiones que no tienen nuestros antecedentes habrá de tener las mismas características que tiene entre nosotros. La ciencia, injertada en cristianismo y democracia, puede producir efectos completamente distintos de los que produce cuando se injerta en el culto a los antepasados y la monarquía absoluta. Debemos al cristianismo cierto respeto al individuo, pero éste es un sentimiento respecto del cual la ciencia es completamente neutral. La ciencia, por sí misma, no nos ofrece ninguna idea moral, y cabe preguntarse qué ideas morales vendrán a reemplazar a las que debemos a la tradición. La tradición cambia lentamente, y nuestras ideas morales son todavía, en lo esencial, las que resultaron apropiadas para un régimen preindustrial; pero no debemos esperar que las cosas continúen así. Gradualmente, los hombres llegarán a tener pensamientos que estén de conformidad con sus hábitos físicos, e ideales que no se contradigan con su técnica industrial. El ritmo de los cambios en las formas de vivir se ha hecho mucho más rápido que en cualquier período precedente: el mundo ha cambiado más en los últimos ciento cincuenta años que en los cuatro mil anteriores. Si Pedro el Grande hubiera podido conversar con Hamurabi, se hubiesen entendido bastante bien; pero ninguno de los dos podría entender a un moderno magnate de las finanzas o de la industria. Es un hecho curioso que las nuevas ideas de los tiempos modernos hayan sido casi todas técnicas o científicas. La ciencia sólo últimamente ha comenzado a alentar el desarrollo de nuevas ideas morales, mediante la liberación de la benevolencia de los grilletes de las creencias éticas supersticiosas. Dondequiera que un código convencional prescribe la imposición de sufrimiento (por ejemplo, la prohibición del control de la natalidad), se piensa que una ética más benigna es inmoral; consecuentemente, los apóstoles de la ignorancia tienen por perversos a aquellos que permiten que el conocimiento influya sobre su moral. Es muy dudoso, sin embargo, que una civilización que tanto depende de la ciencia como la nuestra pueda, a la larga, prohibir con éxito las formas de conocimiento capaces de aumentar considerablemente la felicidad humana.

El hecho es que nuestras ideas morales tradicionales, o bien son puramente individualistas, como la idea de la santidad personal, o bien están adaptadas a grupos pequeños que los que pesan en el mundo mundo moderno. Uno de los efectos más dignos de ser notados de la técnica moderna sobre la vida social ha sido el alto grado de organización en grandes grupos de las actividades de los hombres, de modo que los actos de uno de ellos producen, muchas veces, grandes efectos sobre algún grupo de hombres completamente remoto, con el que tiene relaciones de cooperación o conflicto otro grupo al que él pertenece. Los pequeños grupos, tales como la familia, van perdiendo importancia, y hay un solo gran grupo, la nación o el estado, tenido en consideración por la moral tradicional. El resultado es que la religión efectiva de nuestros tiempos, en tanto que no es meramente tradicional, está constituida por el patriotismo. El hombre medio está dispuesto a sacrificar su vida al patriotismo, y siente su obligación moral tan imperativa, que ninguna rebelión le parece posible.

No parece improbable que el movimiento hacia la libertad individual que caracterizó todo el período comprendido entre el Renacimiento y el liberalismo del siglo XIX se haya detenido a causa de la organización creciente del industrialismo. La presión de la sociedad sobre el individuo puede llegar a ser, de una nueva forma, tan grande como en las comunidades bárbaras, y las naciones pueden dar, cada vez más, en enorgullecerse de sí mismas por sus éxitos colectivos más que por los individuales. Éste es ya el caso en los Estados Unidos: los hombres se enorgullecen de los rascacielos, de las estaciones de ferrocarril, de los puentes, más que de los poetas, de los artistas o de los hombres de ciencia. Esta misma actitud impregna la filosofía del gobierno soviético. Es cierto que en ambos países persiste el deseo de héroes individuales: en Rusia, la distinción personal pertenece a Lenin; en Norteamérica, a los atletas, a los pugilistas y a las estrellas de cine. Pero en ambos casos los héroes están muertos o son triviales, y el trabajo serio del presente no se asocia con los nombres de individuos eminentes.

Es intelectualmente interesante considerar si se puede producir algo valioso con el esfuerzo colectivo más que con el individual, y si una civilización tal sería de la más alta calidad. No creo que esta pregunta pueda ser contestada sin reflexión. Es posible que tanto en materias de arte como en cuestiones intelectuales puedan alcanzarse mejores resultados con la cooperación que los alcanzados en el pasado por los individuos. En la ciencia, existe ya una tendencia a asociar el trabajo con un laboratorio más que con una persona, y probablemente sea bueno para la ciencia el que esta tendencia se haga más marcada, puesto que promovería la cooperación. Pero si el trabajo importante, de cualquier clase, ha de ser colectivo, necesariamente habrá de tener lugar una mutilación del individuo; no podrá continuar estando tan seguro de sí mismo como los hombres de genio lo han estado hasta ahora. La moral cristiana entra en este problema, pero en un sentido opuesto al que generalmente se supone. Usualmente se piensa que el cristianismo es antiindividualista, puesto que impulsa el altruismo y amor al prójimo. Sin embargo, esto es un error psicológico. El cristianismo apela al alma individual y da gran importancia a la salvación personal. Lo que un hombre hace por su prójimo, debe hacerlo porque corresponde que él lo haga, no porque forme instintivamente parte de un grupo. El cristianismo, en su origen, y aun en su esencia, no es político ni familiar, y, de acuerdo con ello, tiende a encerrar al individuo en sí mismo más de lo que la naturaleza lo hizo. En el pasado, la familia actuaba como un correctivo de este individualismo, pero la familia está en decadencia y no tiene sobre los instintos del hombre el dominio que solía tener. Lo que ha perdido la familia lo ha ganado la nación, porque la nación recurre a los instintos biológicos que tienen poco campo en un mundo industrial. Desde el punto de vista de la estabilidad, sin embargo, la nación es una unidad demasiado estrecha. Sería de desear que los instintos biológicos de los hombres se pusiesen al servicio de la raza humana, pero esto parece difícilmente factible desde un punto de vista psicológico a menos que la humanidad en su conjunto se vea amenazada por algún grave peligro exterior, tal como una nueva enfermedad o el hambre universal. Siendo esto poco probable, no veo ningún mecanismo psicológico que pueda conducirnos al gobierno mundial, excepto la conquista de todo el mundo por alguna nación o grupo de naciones. Esto parece estar por completo dentro de la línea natural de desarrollo de los acontecimientos, y puede producirse quizá dentro de los próximos cien o doscientos años. En la civilización occidental, tal y como es actualmente, la ciencia y la técnica industrial tienen mucha más importancia que todos los factores tradicionales reunidos. Y no debemos suponer que el efecto de estas novedades sobre la vida humana ha alcanzado, ni mucho menos, su más alto grado de desarrollo; las cosas se suceden más de prisa ahora que en épocas pasadas, pero no hasta ese punto. El último acontecimiento en el progreso humano comparable en importancia a la expansión del industrialismo, fue la invención de la agricultura, y ésta tardó muchos miles de años en extenderse sobre la superficie de la tierra, llevando consigo, a medida que se extendía, un sistema de ideas y un modo de vida. El modo de vida agrícola todavía no ha conquistado completamente a las aristocracias del mundo, las cuales, con su característico conservadurismo, han permanecido largo tiempo en el estadio cazador, como ponen en evidencia nuestras leyes sobre este ejercicio. De un modo semejante, hemos de esperar que la concepción agrícola del mundo sobreviva por muchas eras en países y sectores de población atrasados.

Pero no es esta concepción del mundo lo característico de la civilización occidental, ni de la rama a que está dando nacimiento en Oriente. En los Estados Unidos hallamos aún a la agricultura asociada con una mentalidad semiindustrial, porque allí no hay un campesinado indígena. En Rusia y en China, el gobierno tiene un proyecto industrial, pero ha de contender con una vasta población de campesinos ignorantes. En relación con esto, sin embargo, es importante recordar que una población ¡letrada puede ser más rápidamente transformada por la acción gubernamental que una población como la que hallamos en la Europa occidental o en Norteamérica. Alfabetizando y haciendo la clase apropiada de propaganda, el estado puede llevar a la nueva generación a despreciar a sus mayores en una medida que asombraría a la muchacha americana más liberada; de este modo, puede producirse un cambio completo de mentalidad en el curso de una generación. En Rusia, este proceso está en plena operación; en China está comenzando. Cabe esperar, por tanto, que en estos dos países se desarrolle una mentalidad industrial no adulterada, libre de los elementos tradicionales que han sobrevivido en el más lentamente evolucionado Occidente.

La civilización occidental ha cambiado y está cambiando con tal rapidez, que muchos de los que sienten cariño por su pasado se encuentran viviendo en lo que les parece un mundo extraño. Pero el presente solamente hace surgir de un modo más claro elementos que han estado presentes en alguna medida desde los tiempos de Roma, y que siempre han distinguido a Europa de la India o de la China. Energía, intolerancia y pensamiento abstracto han distinguido las mejores épocas de Europa de las mejores épocas del Oriente. En arte y literatura, los griegos pueden haber sido insuperables; pero su superioridad sobre China no es más que una cuestión de grado. De la energía y de la inteligencia ya he dicho bastante; pero de la intolerancia es necesario decir algo más, ya que ha sido una característica europea más persistente de lo que muchos creen.

Los griegos, es cierto, fueron menos adictos a este vicio que sus sucesores. Sin embargo, hicieron morir a Sócrates; y Platón, a pesar de su admiración por Sócrates, sostuvo que el estado debía enseñar una religión que él mismo consideraba falsa, y que los hombres que expresaran dudas acerca de ella debían ser procesados. Los partidarios de Confucio, los taoístas y los budistas no hubiesen sancionado tal hitleriana doctrina. La caballerosa elegancia de Platón no fue típicamente europea; Europa ha sido guerrera e inteligente, más que urbana. Es más probable que la nota distintiva de la civilización occidental se encuentre en la relación que hizo Plutarco de la defensa de Siracusa con los artificios mecánicos inventados por Arquímedes.

Entre los griegos se dio muy bien una fuente de persecución: la envidia democrática. Arístides fue condenado al ostracismo porque su reputación de hombre justo era abrumadora. Heráclito de Éfeso, que no era un demócrata, exclamó: "Los efesios harían bien en ahorcarse, todos los hombres maduros, y dejar la ciudad a los mozalbetes imberbes, porque han desterrado a Hermodoro, el mejor de entre ellos, diciendo: "No queremos a nadie superior entre nosotros; si hay alguno, que lo sea en otra parte y entre otros"". Muchos de los aspectos desagradables de nuestra época existían entre los griegos. Tenían fascismo, nacionalismo, militarismo, comunismo, patronos y políticos corruptos; vulgaridad agresiva y alguna persecución religiosa. Contaban con individuos capaces, pero tampoco nos faltan a nosotros; entonces, como ahora, un considerable porcentaje de los mejores hombres sufría el exilio, la prisión o la muerte. La civilización griega tuvo, es verdad, una superioridad muy evidente sobre la nuestra, y fue la ineficacia de su policía, que permitió escapar a una gran proporción de personas decentes.

La conversión de Constantino al cristianismo dio la primera ocasión para que se expresasen completamente los impulsos de persecución por los que Europa se ha distinguido de Asia. Durante los últimos ciento cincuenta años, ciertamente, ha existido un breve intervalo de liberalismo; pero ahora las razas blancas están volviendo al fanatismo teológico que los cristianos heredaron de los judíos. Los judíos fueron los creadores de la idea de que solamente una religión puede ser verdadera, pero no sentían deseos de convertir a todo el mundo, de modo que sólo perseguían a los otros judíos. Los cristianos, conservando la fe judía en una revelación especial, añadieron a ella el deseo romano de dominación universal y el gusto griego por las sutilezas metafísicas. La combinación produjo la religión más fieramente intolerante que el mundo ha conocido hasta la fecha. En el Japón y en la China, el budismo fue aceptado pacíficamente y se le permitió coexistir con el shintoísmo y el confucianismo; en el mundo musulmán, los cristianos y los judíos no eran molestados en tanto pagaran sus tributos; pero por toda la cristiandad la muerte ha sido la pena usual, incluso para la más nimia desviación de la ortodoxia.

No estoy en desacuerdo con aquellos a quienes disgusta la intolerancia del fascismo y del comunismo, a menos que la consideren como una desviación de la tradición europea. Quienes nos sentimos ahogados en una atmósfera de persecutoria ortodoxia gubernamental no lo hubiésemos pasado mucho mejor en épocas anteriores de Europa que en las modernas Rusia o Alemania. Si por arte de magia pudiéramos ser transportados a tiempos pretéritos, ¿hallaríamos que Esparta mejoraba en algo a estos dos países modernos? ¿Nos hubiese gustado vivir en sociedades que, como las de la Europa del siglo XVI, condenaban a los hombres a la muerte por creer en brujerías? ¿Hubiésemos podido soportar la Nueva Inglaterra de los primeros tiempos o admirar el trato que Pizarro dio a los incas? ¿Hubiéramos disfrutado en la Alemania del Renacimiento, donde fueron quemadas en un siglo cien mil b as? ¿Nos habría agradado la Norteamérica del siglo XII, donde los principales teólogos de Boston atribuían los terromotos de Massachusetts a la impiedad de los pararrayos? En el siglo XIX, ¿hubiésemos simpatizado con el papa Pío IX cuando se negó a tener nada que ver con la Sociedad Protectora de Animales aduciendo que es herético creer que el hombre tiene obligaciones para con los animales inferiores? Mucho me temo que Europa, aunque inteligente, siempre ha sido un tanto horripilante, excepto en el breve período comprendido entre 1848 y 1914. Ahora, desgraciadamente, los europeos están retornando a su tipo característico.