VI ENCUENTRO DE LATINOAMERICANISTAS ESPAÑOLES

CECAL, Fctad. CC. Políticas y Sociología, U.C.M.

Madrid, 29/30-IX y 1-X, 1997

 

 

AREA DE ANTROPOLOGÍA

Grupo Trabajo 4: Respuestas de los pueblos amerindios a las políticas de globalización.

Coordinador: Rafael DIAZ MADERUELO

 

 

 

Lola GONZÁLEZ GUARDIOLA

Consecuencias de las políticas de globalización en el altiplano boliviano. Las mujeres ¿qué opinan?

 

 

RESUMEN

La antropología del género está capacitada como ninguna otra para analizar la exclusión e invisibilidad que la homogeneización de la globalización provoca.

En Bolivia, como en otros pocos países del Tercer Mundo, la respuesta indígena (la variable étnica) ha sido escasa o mal considerada, y junto a las variavles de género y clase social plantea las principales heterogeneidades que deben ser consideradas.

 

 

PALABRAS CLAVES

Género, GED (Género en el Desarrollo), cooperación, Bolivia

 

La estrategia globalizadora que impone el pensamiento dominante tiende a conducir a la uniformización. En efecto, cuando hablamos de políticas de globalización hablamos de modernización, privatización y de convertir al mundo en una zona de libre comercio, en la que vivimos millones de potenciales consumidores. Sus tesis conducen a homogeneizar los países y a tratarnos a todos teóricamente como iguales, sin considerar ninguna diferencia, ninguna heterogeneidad. Aceptar las tesis de globalización supone redefinir los Estados nacionales, las leyes y, en definitiva, las vidas de los sujetos.

Sin embargo, este intento homogeneizador no es nuevo y se ha producido en el seno de las propias sociedades nacionales. Esta fue también la postura del indigenismo integracionista que se caracterizó por proponer, como meta, la inclusión de los indios en la sociedad nacional, para lo cual proporcionó la base teórica que permitió el desmantelamiento de aquellos aspectos de las culturas indígenas que no eran compatibles con los fundamentos estratégicos de la "cultura nacional", permaneciendo visibles sólo los aspectos más folklóricos o aquellos "políticamente útiles", es decir, rehabilitando lo indio como símbolo de resistencia contra el colonialismo, pero manteniendo su posición subordinada.

Uno de los principales autores indigenistas, Stefano Varese, realizó una profunda crítica de las políticas nacionales de integración y asimilación, fundamentadas en la teoría de que el pluralismo étnico y la resistencia campesina eran la causa de un desarrollo desigual y desarticulado y que mientras hubiera diversidad, habría desigualdad. Frente a esta posición Varese argumentaba que las diferencias (étnicas, lingüísticas, culturales) son, y han sido de hecho, la condición de los desarrollos civilizatorios mientras que la desigualdad (económica, política, social) es el producto de factores históricos concretos. Según el autor, confundir estas dos nociones, significa confundir las luchas en contra de la desigualdad y orientarlas hacia la falsa lucha (etnocéntrica, autoritaria y, en muchos casos, racista) en contra de la diferencia. La desigualdad, por tanto, tiene que ser derrotada con la defensa del derecho a la diferencia y a la diversidad.

Es bien conocido que, en Bolivia, la Revolución de 1952 invocó la construcción de un modelo mestizo homogéneo, es decir, se intentó imponer la "modernización homogeneizante de occidente", entendiendo que la igualdad ciudadana estaba condicionada a la uniformización de las personas, sus gustos, costumbres y vestimentas, paladares y pensares (Salinas). De esta manera, el país, por no respetar la diversidad, no contempló la potencialidad de sus actores sociales.

Y es que la homogeneización implica la ignorancia de la diferencia. Supone la negación del "otro", lo que le conduce a la discriminación, la marginación y la exclusión.

El argumento de Varese resulta pertinente, en la medida en que, añadiendo la perspectiva de género, es perfectamente aplicable a la situación de discriminación-marginación tanto de los grupos étnicos como de las mujeres porque como defiende Lelia González tanto el sexismo como el racismo parten de diferencias biológicas para establecerse como ideologías de discriminación.

Hablar desde la perspectiva de género nos proporciona un arma poderosa para entender en profundidad el problema que estamos tratando. Y esto es así porque en el proceso del desarrollo de su cuerpo teórico y metodológico ha tenido que enfrentarse al problema de elaborar y, posteriormente, desmantelar la categoría mujer como categoría de análisis, al haberse percibido como falsamente homogeneizante. Por eso rescatar la heterogeneidad, defender el derecho a la diferencia y luchar por la equidad es la expresión del entendimiento de que la experiencia vital de cualquier sujeto está traspasada y condicionada por su pertenencia de género, étnica y de clase en un determinado contexto socio-cultural e histórico.

Es importante resaltar, una vez más, que "género" no es sinónimo de mujer y que la perspectiva de género tiene como objeto de estudio las relaciones entre hombres y mujeres y cómo estas se construyen socialmente. Al ser entendido como una construcción cultural, sabemos, por un lado, que los estereotipos de lo masculino y lo femenino pueden diferir radicalmente de una cultura a otra y, por otro, que pueden ser modificados.

Aunque también sabemos que la cuestión de género sigue siendo conceptualizada y entendida, en algunos ámbitos, como un problema de las mujeres y que muchas instituciones que han incorporado este enfoque dirigen sus actividades, casi exclusivamente, hacia éstas, consideradas en su rol tradicional de esposas y madres.

Las políticas de desarrollo son la cara más visible, en los países más desfavorecidos, de la visión economicista de la llamada globalización y de la supuesta interdependencia. En efecto, hasta este momento la discusión giraba en torno al concepto de desarrollo y su aplicación. Quienes adoptaban una postura crítica se preguntaban quién discute sobre el desarrollo, quién diseña sus programas, quién decide sobre las políticas concretas que hay que aplicar. Al pasar a hablar de globalización podría parecer que ya no cabe la discusión entre países desarrollados y países subdesarollados porque ya no hablamos de dependencia sino de interdependencia.

Sin embargo, en un esfuerzo por no involucrarse en esta estrategia globalizadora que impone el pensamiento hegemónico, hay quien intenta rescatar el término desarrollo pero poniéndole un apellido porque, como es obvio, el desarrollo tal cual había sido concebido en el pasado no ayudaba a resolver los grandes problemas planteados en las sociedades dependientes. Así, se le llama desarrollo sostenible, desarrollo humano, desarrollo con equidad de género…

A lo largo de las últimas décadas se ha recorrido un largo camino teórico en el campo del análisis de las políticas de desarrollo. Este ha sido, y sigue siendo, una preocupación central entre investigadoras, ONGs y el propio Movimiento de Mujeres en la medida en que, en muchas ocasiones, ellas han sido las destinatarias directas de muchos de sus programas. Estas estrategias buscaban dirigirse a los grupos más vulnerables, entre los que se identificó a las mujeres pobres. De esta manera se intentaba satisfacer sus necesidades, pero también la de sus familias a través de su rol de esposa y madre, basándose en la consideración del binomio madre-niño. Este tipo de programas, encuadrado en el denominado Enfoque del Bienestar, se caracterizaba por su perspectiva asistencialista, enfatizando el rol reproductivo de las mujeres, sin cuestionar las relaciones de género ni reconocer su papel de agentes económicos activos. Este fue el enfoque de desarrollo más popular para el Tercer Mundo, porque los gobiernos y las grandes agencias de financiamiento lo consideraron políticamente "seguro". Sin embargo, las consecuencias negativas que la implantación de este tipo de programas estaba produciendo hizo que, en la década de los 70, se levantaran voces críticas que llevaron a la elaboración de otros enfoques no excluyentes entre sí y cuya aplicación ha corrido distinta suerte.

En general, podemos decir que han existido dos posturas enfrentadas. Por un lado, la de los grandes planificadores del desarrollo que, aun llegando a considerar prioritario el rol productivo de las mujeres (por ejemplo, a través de los proyectos de generación de ingresos), han tendido a la implantación de políticas que no introdujeran cambios estructurales en las relaciones de género.

Hemos comprobado cómo esta visión del desarrollo sigue vigente en la actualidad en la celebración de la I Cumbre Mundial del Microcrédito (Washington, 2/4-II-1997). Esta fórmula supone proporcionar préstamos sin aval, de bajo interés y escasa cuantía (entre 5.000 y 50.000 pesetas) a las familias pobres más urgentemente necesitadas, que nunca recibirían préstamos de las instituciones financieras convencionales. Su finalidad explícita está expresada en el Plan de Acción surgido de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Social celebrada en Copenhague en 1995 en la que se hizo un llamamiento para la aplicación de políticas destinadas a promover un crecimiento económico intensivo basado en el trabajo, facilitando el acceso de la población más pobre a los recursos productivos y a los servicios básicos. Pero lo que llama la atención es que las mujeres vuelven ser, otra vez, la población-meta de este tipo de políticas, ya que ellas han sido las destinatarias de cerca del 94% de los microcréditos concedidos. En la Cumbre del Microcrédito se destacó que esta podía ser una gran ocasión para el reconocimiento del papel económico de las mujeres, a lo que se añadió que en la práctica es la mujer quien mejor paga sus deudas. Creemos que es un enfoque similar a la perspectiva de desarrollo imperante en los años 70 a través del denominado Enfoque Antipobreza. En este caso su aplicación práctica se concretó a través de la elaboración de proyectos de generación de ingresos que se caracterizaron por no ser económicamente competitivos. Al no llevar aparejadas medidas encaminadas a la modificación de las relaciones de género, supusieron un aumento de la jornada laboral de las mujeres además de formularse como una extensión de las tareas domésticas y como una "ayuda" a la economía familiar. Este tipo de formulación tiende a ignorar las limitaciones particulares que su rol de género impone a las mujeres, lo que hace muy difícil que consigan desarrollar plena y eficazmente, en condiciones de igualdad con los hombres, su rol productivo. Sin embargo, estos programas económicos son bien acogidos por las mujeres dada la precariedad de su situación económica y el apremio diario de alimentar a sus hijos, desde su papel de gestoras de la vida cotidiana.

Por otro lado, hemos asistido a la elaboración de otras alternativas por parte de voces críticas que intentan mejorar no sólo las condiciones de vida de las mujeres sino su posición social a través de una redefinición de las relaciones de género y a partir de la visibilidad del impacto diferenciado que la crisis y las políticas de ajuste tienen sobre hombres y mujeres.

Una propuesta que ha supuesto un cambio cualitativo en el diagnóstico y elaboración de estrategias ha sido el denominado Enfoque del "empoderamiento". Su diferencia radica en que el análisis para la elaboración de programas no está realizado de arriba abajo, en la estructura jerárquica que vincula el Primer Mundo con el Tercer Mundo, sino que son las propias organizaciones populares, los grupos feministas y las ONGs que adoptan la perspectiva de género quienes discuten, elaboran y proponen actuaciones en función de sus propias experiencias.

En este contexto donde la autocrítica suele estar presente, al menos algo más que en otros ámbitos, hay voces como la de Magaly Pineda que considera que las políticas de desarrollo son percibidas, tanto por el Norte como por el Sur, como un fluir unidireccional en que los países ricos son agentes activos y los países pobres son receptores pasivos. Frente a esta situación, desde el Sur se acusa al Norte de paternalista, colonialista e imperialista. Sin embargo, considera necesario reconocer que el Sur ha contribuido y sigue contribuyendo a conceder un principio de autoridad al blanco, frente al negro, mestizo o mulato. Por ello propone un cambio de los presupuestos y las normas de comportamiento en el campo del desarrollo y la cooperación internacional, a través de la educación:

"Implicará educar en el Norte sobre nuestra realidad de mujeres del Tercer Mundo…Tenemos que educar en América Latina para que podamos mirar al Norte como iguales, sin adulonería o cólera irracional; para que también nosotras/os avancemos en la valoración de lo que tenemos y podamos intercambiar en la apreciación de los enormes caudales de creatividad y esperanza que bullen en nuestro joven continente, tan necesario en un Norte que envejece y en nuestras múltiples capacidades…e impulsen nuestra constitución en sujetos sociales con capacidad de analizar las realidades y diseñar nuestras propias acciones, sin imposiciones colonialistas ni manipulaciones paternalistas" (Pineda, 1992)

 

En realidad, más que un enfoque parece ser un objetivo, en un fluir inverso al que proponían las estrategias del bienestar.

 

Cuando se tratan los temas de desarrollo y, sobre todo, cuando se abordan desde el enfoque de Género en el Desarrollo es evidente que estamos oyendo la voz de muchas mujeres implicadas en el proceso. Pero en este entramado los actores sociales son múltiples tanto por su procedencia (rural, urbana, altiplano, valle, Oriente) como por su pertenencia (étnica, de clase). Por eso, cuando nos preguntamos ¿qué opinan las mujeres? debemos contestar con otra pregunta ¿a qué mujeres nos referimos? Porque las tendencias homogeneizantes y globalizadoras no pueden ocultar la diversidad de los múltiples colectivos que conviven en un país como Bolivia. De la misma manera que el amplio Movimiento de Mujeres en América Latina se ha caracterizado, y así lo ha reivindicado en múltiples ocasiones, por su gran heterogeneidad.

La realidad boliviana es el escenario en el que se desenvuelven organizaciones populares de base como los Clubes de Madres, sindicatos de mujeres campesinas, Comités de Amas de Casa Mineras, organizaciones indígenas, grupos feministas afianzados sobre todo en sectores de la clase media y organizaciones no gubernamentales junto a Redes y Coordinadoras de Instituciones que trabajan en distintas áreas con mujeres desde una perspectiva de género. Estos sectores expresan la multiplicidad étnica, social, regional y cultural del país al mismo tiempo que son portadores de una gran variedad de intereses, así como de distintas posiciones ideológicas que dificultan su posible proceso de confluencia.

Pero es un hecho que casi todos estos sectores están ligados de una u otra manera a las políticas de desarrollo, bien como investigadoras-evaluadoras, intermediarias o creadoras de proyectos, bien como receptoras directas de los programas que se están aplicando en la actualidad.

Si consideramos el primer grupo, encontramos que mayoritariamente han adoptado el enfoque de Género en el Desarrollo a partir de la consideración de que la categoría Género es un instrumento analítico que hace posible una participación más equitativa de los sujetos beneficiarios de las acciones del desarrollo. Al mismo tiempo identifica el diferente impacto de la socialización y como consecuencia identifica los roles y tareas asignados por la sociedad a hombres y mujeres lo que determinará su nivel y modo de participación en dichas acciones. Además pone de manifiesto la interrelación entre lo productivo y lo reproductivo destacando cómo muchos programas, con el afán de reivindicar la participación de la mujer, aumentan su carga social.

La perspectiva de género al postular que sólo es posible comprender la realidad social teniendo en cuenta las diferentes variables (étnica, socio-cultural, de clase, de género, etc...) que confluyen en la vida de cada sujeto, introduce en el análisis la variable cultural, esencial en un país con mayoría indígena donde todas las propuestas van a ser interpretadas y reelaboradas a partir de su propia lógica cultural. Así, por ejemplo, las relaciones de género andinas, si bien desde un punto de vista más teórico que práctico, se basan en una dualidad de opuestos complementarios donde cada uno posee de lo que el otro carece. Esto indicaría la existencia de unas relaciones más igualitarias que las características de nuestro sistema patriarcal.

Es común la creencia de que la perspectiva de género es privativa de los movimientos feministas. Es cierto que su origen y elaboración parte de este ámbito pero, sin embargo, su aportación va mucho más allá al transformarse en un elemento dinámico de identificación en el interior de cada sociedad y, en este campo, permite redefinir el concepto de desarrollo con unas perspectivas más amplias y una voluntad real de transformación. En Bolivia se trabaja institucionalmente con este enfoque, a partir de la creación de la Subsecretaria de Género, dependiente del Ministerio de Desarrollo Humano.

Desde este punto de vista se aborda la planificación con la intención de mejorar las condiciones de vida de los colectivos destinatarios pero también con la clara voluntad de mejorar la posición de las mujeres aplicando los principios del desarrollo con equidad.

Si esta es la postura predominante entre las planificadoras o intermediarias en el proceso de la aplicación de proyectos, ¿qué opinan las mujeres receptoras?

Tampoco, en este caso, existe una posición conjunta ya que depende del tipo de programa en el que estén encuadradas. Así, por ejemplo, las cocaleras, integradas en el proceso de aplicación de los programas de Desarrollo Alternativo para la erradicación de la hoja de coca, tienen unos problemas específicos que difieren de la postura de las receptoras de alimentos donados. Estas últimas están acogidas a la Donación Alimentaria que durante muchos años ha sido una de las ayudas más importantes que ha recibido Bolivia y que se convirtió en el recurso más inmediato para unas mujeres que deben aportar el ingreso básico para la alimentación de acuerdo a sus pautas culturales.

Los mecanismos del modelo organizativo de este programa exigen su integración en los denominados Clubes de Madres, donde se ha fomentado la pasividad y la dependencia. Es pues, un fenómeno asociativo no espontáneo y dependiente donde las mujeres son meras receptoras y, por supuesto, no tienen la más mínima intervención en el diseño de estas políticas, ni en los modelos organizativos concretos. Su admisión está en función de su rol tradicional y en ningún caso ha sido entendido su papel de agentes económicamente activos, a pesar de su inserción en la economía informal o de su participación en los programas, en condiciones durísimas, de Alimentos por Trabajo. En términos generales sólo permanecen en las asociaciones mientras sigan recibiendo los alimentos y sólo desde algunos sectores más combativos se han levantado voces de protesta, quienes reclaman que sus opiniones sean tenidas en cuenta en el diseño de las políticas de desarrollo y que estas se dirijan a la realización de proyectos productivos que les permitan generar ingresos y empezar a actuar de forma autónoma. Son estos grupos, cada vez más numerosos, los que confluyen con las propuestas que se realizan desde el enfoque de género ya que además sus luchas, en ocasiones conjuntas aunque no exentas de conflictos, han propiciado la aparición de una conciencia de género.

Sin embargo, esta toma de conciencia es lenta por la pasividad y la dependencia que han sido fomentadas durante muchos años y por el miedo a perder su única forma de conseguir el sustento. En general, sus reivindicaciones inmediatas parten de las necesidades prácticas de género que las impulsan a participar en acciones concretas que les resuelvan sus carencias inmediatas. Desde la miseria o la marginación es difícil plantearse grandes objetivos de participación política o ciudadana.

Este proceso de confluencia se hace más arduo y complejo por la oposición, recelo y desconfianza mostrada ante los postulados feministas, ajenos a su matriz cultural y que son concebidos como otra forma de imposición externa.

De la misma manera existe una fuerte prevención hacia las actuaciones de las ONGs, produciéndose un fenómeno comparable al rechazo del feminismo, a partir de la percepción de la relación que las ONGs (sean las que sean) mantienen con las financiadoras de los países centrales, lo que provoca la sospecha de que, por buenas que sean sus intenciones, acaban por convertirse en interlocutoras de los intereses de las financieras. Es decir, que se tiende a pensar que difícilmente podrán ser agentes del desarrollo aquellos que, en definitiva, acaban siendo apéndices, quizás involuntariamente, de la causa de su explotación. A este problema se le suma la percepción de que los gestores de las ONGs son profesionales, mejor o peor pagados, pero pagados al fin y al cabo, en un mercado laboral cada vez más restringido, a costa de los pobres.

Así, por ejemplo, la actuación de las ONGs (como agentes del desarrollo) podría suponer un agravamiento del proceso de descomposición de las comunidades agrarias, ya que sus proyectos se dirigen a sectores determinados, dentro de las comunidades, lo que genera una duplicidad de funciones, al organizarse paralelamente a los interesados, y culmina con la ruptura de la lógica comunal. Además la aplicación de determinadas técnicas no acordes con la forma cultural de adaptación al medio podría producir la ruptura del equilibrio agroecológico de la región.

La escasa consideración de la variable cultural es otro aspecto de gran importancia, objeto de reiteradas críticas e incluso de autocrítica por parte de las instituciones que están trabajando en el campo del desarrollo con enfoque de género. Tomando en cuenta que Bolivia es específicamente multiétnica, esta ausencia provoca la puesta en marcha de proyectos con impacto cero, en el mejor de los casos, o que tienden a violentar la forma de vida de los sectores destinatarios.

Podría parecer que existe una dicotomía entre los dos grandes colectivos mencionados. La realidad es mucho más compleja porque su identidad está marcada por diferentes parámetros. Hablamos de campesinas (aymaras y quechuas), mineras, indígenas del Oriente, mujeres de pollera, mujeres de vestido, "blanconas", sindicalistas, feministas y, en definitiva, colectivos diversos con fidelidades diferentes y con intereses que en ocasiones convergen, mientras que en otros momentos entran en franco conflicto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Cómo encuadrar la posición y condiciones de las mujeres indígenas en el paralelismo que encontramos entre los movimientos étnicos y los movimientos de mujeres? ¿Dónde encuadrarlas?, o mejor dicho ¿Dónde se sitúan ellas mismas?

Es evidente que su posición y sus condiciones difieren de los otros movimientos de mujeres porque la primera discriminación de que son objeto es su opresión étnica. Pero también es cierto que, al ser las minorías o mayorías étnicas las capas más explotadas de la sociedad, sufren una opresión de clase, que comparten con el resto de los sectores más desfavorecidos y, en este sentido, sus luchas confluyen con las de otros movimientos populares. Al mismo tiempo, su opresión es también de género, situación que comparten con otras mujeres, si bien sus características culturales permiten establecer diferencias y exigen profundizar en el análisis de sus relaciones de género específicas.

Por todas estas razones las mujeres indígenas han ido creando diversas organizaciones en las que se destaca la reivindicación de su identidad étnica y el papel jugado por las mujeres en sus culturas originarias, apreciándose un rechazo de posturas feministas occidentales como postulados ajenos a su matriz cultural. Estas posturas son vistas con recelo desde su condición de pueblos sometidos históricamente a la colonización occidental y receptores, en la actualidad, de programas de desarrollo, diseñados desde el Primer Mundo. Entenderemos más ese recelo si consideramos que, en sus sociedades nacionales, se mantienen relaciones juzgados por los grupos étnicos como de colonialismo interno.

 

 

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Globalizaciónà Homogeneización (fracasoà respuesta de distintos colectivos)

Implica la ignorancia de la diversidad/diferencia

Negación del "otro"à discriminación, marginación, exclusión

Modernización y desarrolloà se construye sobre el colonialismo interno

(cultura hegemónica / subalterna)

Nuevo fenómeno antiguoà primer indigenismo

 

Géneroà Hablar desde la perspectiva de género facilita la comprensión del problema

Lema pralà "igualdad (¿equidad?) en la diferencia"

Experiencia de las mujeresà pero ¿de qué mujeres hablamos?

- Élite /pertenencia occidental / feminismo

- Mayoría étnica: conservadoras de la cultura por exclusión

 

SILVIA SALINAS: "Desarrollo sin equidad versus subdesarrollo, ¿dónde está la diferencia para las mujeres."

La Revolución de 1952 invoca la construcción de un modelo mestizo homogéneoà modernización homogeneizante de occidente.

La igualdad ciudadana en el Estado Nacional estaba condicionada a la uniformización de las personas, sus gustos, costumbres y vestimentas, paladares y pensares.

Sin embargo, después de más de 40 años, la sociedad boliviana, lejos de ser más homogénea e igualitaria, es más "multi".

El país, por no respetar la diversidad, no observó la potencialidad de sus actores sociales.

La negación del otro es discriminación, marginación, exclusión de la vida nacional.

La gran riqueza cultural contrasta con la pobreza material que sufre el grueso de la población andina.

La mujer, protagonista de la conservación cultural, no como una práctica de resistencia y conservación de la propia cultura sino como sujeto, por excelencia, sometido a las carencias de las situaciones de pobreza, entre las que se encuentra la dificultad o imposibilidad de acceder al aprendizaje escolar.

 

 

SONIA PALÁN: (Colombia) "Rescatar la heterogeneidad"

El pensamiento hegemónico en el mundo ya no habla de desarrollo, habla de globalización à se refiere a la modernización, a la privatización. Se basa en el principio de convertir al mundo en una zona de libre comercio.

Hasta este momento la discusión giraba en torno al concepto de desarrollo y su aplicación. Quienes adoptaban una postura crítica se preguntaban quién discute sobre el desarrollo, quién decide sobre las políticas concretas que hay que aplicar, cuándo, dónde, cómo. La crítica desde la perspectiva de género dice que el desarrollo tiene el sello de la masculinidad aún cuando hay mujeres en los círculos de decisión y es que el fenómeno de la masculinidad no alcanza solamente a los varones, en la medida en que el acceso a los puestos de responsabilidad está marcado por la necesidad de adoptar roles masculinos para ser plenamente aceptadas.

Al pasar a hablar de globalización parece que ya no cabe la discusión entre países desarrollados y subdesarrollados, porque su tesis lo que hace es homogeneizar a los países y tratarnos a todos como iguales. Ya no se habla de dependencia sino de interdependencia. El pensamiento dominante está hablando de convertirnos en una masa consumidora, sin considerar ninguna diferencia, ninguna heterogeneidad.

En un esfuerzo por no involucrarse en esta estrategia globalizadora que impone el pensamiento dominante, hay quien intenta rescatar la palabra desarrollo pero poniéndole un apellido porque, como es obvio, la palabra desarrollo tal cual había sido concebida en el pasado no ayudaba a resolver los grandes problemas planteados en las sociedades dependientes. Así, se le llama desarrollo sustentable, desarrollo humano, desarrollo con equidad de género…

Aceptar las tesis de globalización supone redefinir los Estados nacionales, las leyes y, en definitiva, las vidas de los sujetos .

La aplicación de las políticas económicas neoliberales que se someten a un proceso de internacionalización han supuesto mejoras en los indicadores macroeconómicos, a través de distintos mecanismos. Uno de ellos es la política de privatizaciones que desemboca en la transnacionalización de las economías.

Las consecuencias sociales de las políticas de ajuste son inmediatas. Es la propia sociedad la que ha de asumir la responsabilidad de la supervivencia a partir de la menor disposición del Estado para responder a las demandas sociales. El paso siguiente es el aumento de la pobreza, que afecta por igual a los grandes sectores desfavorecidos pero recae de forma más implacable sobre las mujeres al ser éstas las responsables de la gestión de la vida cotidiana y las que han de elaborar diversas de estrategias que permitan la supervivencia de la unidad doméstica. A estas alturas ya todos sabemos lo que es el fenómeno que se ha denominado "feminización de la pobreza" y que hace alusión a ese papel de colchón amortiguador de la crisis que las mujeres han adoptado desde hace décadas en América Latina.

¿Cómo han respondido las mujeres?

Hay que considerar tres ámbitos: productivo, reproductivo y comunitario.

Productivo: las mujeres han salido a trabajar fuera de su casa o en su propia casa. El empleo femenino está condicionado por sus roles sociales. Sectores con altísima movilidad y que se caracterizan por estructurarse de tal manera que permitan la compaginación con la tareas domésticas.

Sector informal (comercio de mercadillo, empleadas de hogar…)

Reproductivo: Intensificación del trabajo doméstico (reemplazo de la producción del mercado por la producción interna en su hogarà redefinición del espacio doméstico que se convierte en un espacio de producción);

Reorganización de las unidades domésticas. Incorporación de todos los miembros de la unidad doméstica (niños)à labores de coordinación, sostén emocional, cambios en los patrones consumo. Jefas de hogares.

Comunitario: incorporación de las mujeres a las demandas de infraestructuras. Creación de redes de solidaridad que atiendan a las necesidades básicas. Incorporación a trabajos comunitarios (Trabajos por alimentos).

 

Estas respuestas, en los diferentes ámbitos, están encuadradas en un concepto de gran utilidad que ha sido denominado como intereses prácticos de género y que resume la necesidad de las gestoras de las unidades domésticas de satisfacer sus necesidades primarias e inmediatas.

Enfoque del empoderamiento.