RETÓRICA POLÍTICA Y GUERRA EN EL SIGLO XXI

 

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Xavier Laborda Gil

 

Universidad de Barcelona

 

xlaborda@ub.edu

 

 

 

 

 

 

John Collins y Ross Glover, editores

Lenguaje colateral. Claves para justificar una guerra.

Traducción de Paular Serraller Vizcaíno.

Madrid, Páginas de Espuma, 2003; 314 páginas.

 

 

El libro Lenguaje colateral. Claves para justificar una guerra, es una obra colectiva, realizada por dieciséis autores, la mayoría de los cuales son profesores de la Universidad estadounidense de Saint Lawrence, en Canton, Estado de Nueva York. Dos de estos autores, John Collins y Ross Glover, intervienen también editores. Llama la atención la colaboración de académicos de una gran diversidad de campos académicos, como la filosofía, los estudios culturales, los medios de comunicación, el análisis del discurso, la sociología, las ciencias políticas, la religión y la filología. Constituyen un foro de humanidades para tratar un asunto capital, el de la retórica política y la promoción por los poderes públicos en Estados Unidos de la guerra contra Irak.

Los atentados terroristas del once de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York y el Ministerio de la Defensa en Washington son unos hechos que marcan un giro en la retórica patriótica y belicista en Estados Unidos y en Occidente. Y desembocan en la invasión de Irak en marzo de 2003 por parte de una coalición de países aliados, dirigida por USA y compuesta por el Reino Unido y España, entre otros Estados.

Conviene indicar que este libro, que se editó coincidiendo con el inicio del ataque de la coalición contra Irak, no es sólo un trabajo académico. Su análisis de la construcción mediática del consenso es impecable; he aquí la contribución académica y científica. Pero el libro también exhibe un espíritu cívico admirable, en el sentido de que aporta un discurso de resistencia a la presión mediática y política del gobierno conservador de Georges Bush y de los poderes aliados. Esa intención política del libro, que puede crear rechazo en quienes consideran que ciencia y acción cívica han de estar separadas, se inscribe en una corriente denominada como “análisis crítico del discurso”. El análisis crítico del discurso, a diferencia de las posturas positivistas, asevera que su foco de investigación ha de estar vinculado a problemas sociales y que de su investigación se puede extraer contribuciones que aminoren las relaciones de dominio y de exclusión social.

La idea del libro Lenguaje colateral es coincidente con la corriente del análisis crítico del discurso. Su objeto es el discurso público, que presenta como víctima de las campañas políticas. El lenguaje es esa víctima colateral, entendiendo por colateral el eufemismo con que los militares se refieren a las víctimas civiles que mueren en una guerra. En el libro, la expresión de “lenguaje colateral” toma el sentido de usos manipuladores de la conciencia y, en consecuencia, con efectos calamitoso en la vida social de los ciudadanos. Y su argumentación consiste en describir el significado de términos clave para justificar la guerra, términos como ántrax, fundamentalismo, terrorismo o yihad, para así denunciar cómo se impone una interpretación sesgada y que discrimina colectivos e identidades culturales o religiosas.

En cada capítulo del libro se analiza un término. Se expone los usos que hace el poder de él y se los contrapone a otros significados de la palabra. Con ello se busca deshacer la apariencia de naturalidad que el poder quiere conferir a esas palabras y en definitiva a la necesidad de un “ataque preventivo” en Irak. El primer vocablo estudiado es ántrax y la socióloga Danielle Egan parte de la anécdota de una calle de Lafayette, en Tennessee, que lleva ese nombre, para gran enojo de sus vecinos. La reacción de los vecinos se produjo después de los ataques terroristas con este microorganismo, que sembraron el pánico entre los estadounidenses y que provocaron una injusta atribución de la autoría a ciertos grupos. Por todo ello, los vecinos de Lafayette pidieron el cambio del nombre de la calle por otro como Libertad o América.

Precismanete la palabra libertad se ocupa en otro capítulo Andrew Van Alstyne, quien recuerda la profusión con que la usó el presidente Bush en una alocución en el Congreso una semana después de los atentados del 11 de septiembre. La utilización del término por parte de Bush fue imprecisa, pero muy útil para justificar con ella la restricción de las libertades civiles y la expansión de libre comercio. He aquí un uso paradójico del vocablo “libertad”, que alimenta la agenda conservadora y se desentiende de aplicaciones tangibles y positivas como libertad de prensa o libertad de reunión. Si en Lafayette han substituido ya el nombre de la calle Ántrax por el de Libertad, como se pedía en el vecindario, el rótulo estará entonces proclamando una idea contradictoria con la libertad.

La filóloga Marina A. Llorente perfila el horizonte del debate político con el estudio de la expresión “civilización contra barbarie”. La expresión ha estado presente en los discursos oficiales del gobierno. Con ella se plantea dos ideas. Una es que la civilización está en peligro, por el ataque de unos bárbaros. Y la otra se refiere a la partición del mundo en dos bandos, el civilizado y el bárbaro. En el civilizado se inscribe América y la democracia. En el bárbaro estuvo Hitler, por ejemplo, y ahora el fundamentalismo islámico. Según Llorente, este orden binario no sólo es una simplificación, sino que también implica la promoción de proyectos de globalización y de consolidación de la pobreza estructurada.

En otros capítulos los respectivos autores tratan de términos con que se califica ese mundo bárbaro, como son los vocablos de la cobardía, el fundamentalismo, la yihad y la maldad. Los terroristas del 11 de septiembre pueden merecer muchos calificativos de reprobación, pero no el de cobardes, porque no actuaron como tales. El fundamentalismo suele aparecer vinculado a grupos religiosos que defienden con denuedo unas verdades fundamentales de su credo. Pero ello no significa que defiendan el terror ni que sean sólo musulmanes, pues fundamentalismo hay en el cristianismo, el judaísmo o el islam. Y no tiene ningún sentido equiparar movimientos teológicos a actividades delictivas y a sus miembros como enemigos y representantes del mal.

La retórica política alcanza un grado letal cuando utiliza la expresión de “la guerra contra…” como un arma segura para provocar el pánico y el consentimiento. Léase en esa expresión las variantes de “la guerra contra el terrorismo”, “la guerra contra la droga” u otras expresiones semejantes. Cuando los medios de comunicación se hacen eco de campañas y noticias bajo el lema de “la guerra contra…”, la audiencia de los medios de comunicación social aumenta mucho y los resultados de las empresas mejoran. Bajo esta capa de acuerdo ciudadano –¿quién se puede oponer a una guerra contra…?– se producen unos efectos materiales, policiales y legales que pasan desapercibidos. Con este reclamo se suele incitar a los ciudadanos a envalentonarse y a dar un apoyo irreflexivo a causas con motivos ocultos. El odio social, el matonismo y el recorte de los derechos civiles, el desvío de fondos sociales para gastos militares, etcétera, son algunas de sus consecuencias.

Como indican los editores de Lenguaje colateral, concibieron la publicación como respuesta al silenciamiento de las voces críticas en su país. Dan ejemplos claros de la persecución de la disidencia en Estados Unidos. Las páginas de Lenguaje colateral recogen unos razonamientos impresionantes, pues contrastan en su prudencia, conocimiento de la historia reciente y consideración del contexto..., contrastan, pues, con la imposición de una retórica política sesgada, partidista, cruel y fratricida. La obra surgió para desenmascarar las claves que justificaron una guerra. Surgió para establecer que esas claves proponen un orden que pone en peligro un mundo más justo, libre y humano. Si en Lenguaje colateral sus autores dan la alarma sobre los estragos de la propaganda en el lenguaje, con ello de por sí ya significa rehabilitar ese lenguaje maltrecho y damnificado. Y utilizan esos mismos instrumentos discursivos para que en las páginas del libro el lector encuentre “nuevas maneras de escuchar el mundo que le rodea y la posibilidad de convertir ese mundo en un lugar más justo, libre y humano”. Para resumir las páginas de Lenguaje colateral en un lema espontáneo, diríamos que su opción es denostar las bombas inteligentes y promover en su lugar discursos que sean no sólo inteligentes, sino también sensibles y constructivos.

© Xavier Laborda Gil. Círculo de Linguística Aplicada a la Comunicación 19, septiembre 2004. ISSN 1576-4737.

http://www.ucm.es/info/circulo/no19/labordac.htm

 

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