Cervántófila teldesiana
Victoriano Santana Sanjurjo

 

IV

GALDÓS: CERVANTISTA EN LA DESHEREDADA1.

A Benjamín RAMÍREZ DÍAZ, mi hermano.

"La virtud y el buen entendimiento siempre es una y siempre es uno: desnudo o vestido, solo o acompañado".
(Miguel de CERVANTES)


La admiración que sentía GALDÓS por CERVANTES la demostró nuestro escritor en numerosas ocasiones, quizás en todo momento: creemos que no hay un solo libro de GALDÓS en el que no aparezca la huella del inmortal Manco de Lepanto. No obstante, cuando hablamos del GALDÓS cervantista es difícil sustraernos a una obra que, sin duda, es una de las más cervantinas que ha compuesto el autor canario: La desheredada (1881)2.

Con esta obra inauguró GALDÓS su segunda época literaria, la de las novelas españolas contemporáneas. Curiosamente, esta misma circunstancia se dio en CERVANTES cuando publicó, en 1605, la Primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. La Galatea quedaba como el colofón de una primera etapa sin fecundidad ni brillantez y la historia del hidalgo manchego como el inicio de una nueva vereda cuyo destino fue El Persiles, su obra póstuma de 1617.

Pero este hecho no es la único que une a GALDÓS con CERVANTES, si lo fuese sería absurdo señalarlo: ambos no son ni serán los únicos autores con más de una etapa en sus vidas literarias. En GALDÓS se constata un grado de cervantismo tal, que en ocasiones da la impresión de ser el escritor grancanario el discípulo más aventajado del Príncipe de los Ingenios. No en vano, es CERVANTES quien dona al mundo la más entrañable figura de la literatura: el antihéroe, el que nos hace conscientes de sus desgracias y del submundo que le rodea, pero del que no podemos evitar sentir de una forma u otra un especial afecto; y es GALDÓS quien mejor retrata a los antihéroes de su tiempo en una prolífica producción literaria.

La temática general de denuncia que hay en GALDÓS y CERVANTES es siempre la misma a pesar de que el entorno histórico-social de ambos sea bien distinto. Tanto uno como otro viven en un ambiente de desastre nacional: CERVANTES en el ocaso del Imperio español, en el siglo de las miserias lúcidas; GALDÓS en el remache del moribundo Imperio, en la época de las alternancias y regencias. La denuncia es contra la España de los oropeles que encubre sus vilezas con el manto fatuo de la falsa nobleza y contra las numerosas capas llenas de miga de pan. A la sociedad cervantina de pícaros, locos y libros de caballerías le corresponde la galdosiana de los enchufados, los cursis y los folletines.

Estos ingredientes y los deseos implícitos de "derribar la máquina mal fundada" de los folletines determinaron el nacimiento de La desheredada, que no podía estar dedicada sino a quienes pueden sanar a la sociedad de "algunas dolencias sociales, nacidas de la falta de nutrición y del poco uso que se viene haciendo de los benéficos reconstituyentes llamados Aritmética, Lógica, Moral y Sentido común: los maestros de escuela".

La desheredada es la historia de una vida soñadora, no de ensueño. Isidora, su protagonista, ha ido configurando con la lectura de folletines una historia que reconoce como real y en la cual es heredera de un marquesado, el de Aransis, que perdió a la muerte de su madre. Las circunstancias que la rodean (su dependencia de los Relimpio y de Botín o el hecho de que ella y su hermano Mariano fuesen adoptados respectivamente por un quijotesco tío canónigo y una tía, Encarnación la Sanguijelera) no dejan de ser para ellas sino meros incidentes que se enmendarán en cuanto recupere el marquesado. Al final, no solo no asciende de clase social, sino que termina degradándose más si cabe.

Al igual que Don Quijote, ambos personajes acomodan la realidad a su imaginación, justificando contratiempos y reafirmándose en las victorias. Existen en ambos un deseo de superar la escala social que tienen y una misma forma para hacerlo: el reconocimiento explícito de la condición que consideran como propia. Alonso Quijano lee libros de caballerías y acaba asumiendo la identidad de caballero; Isidora Rufete hace lo propio con los folletos y termina sucumbiendo a la personalidad de muchos personajes folletinescos.

El proceso creativo de ambas obras es metaliterario. El objetivo final tanto de El Quijote como de La desheredada es transmitirnos la enseñanza de que una sociedad sin bases sólidas sobre la que sostenerse está condenada a ser una nube que se disolverá entre los brazos de quienes la quieran abrazar. Por eso, la educación se convierte en la única herramienta para despertar al país del embriagador recuerdo de las glorias pasadas y de los oropeles presentes. Enseña CERVANTES, cuando lucha contra los libros de caballería, que las buenas maneras y los altos cometidos no sirven para nada cuando falla lo más indispensable: el juicio en las acciones. También hace lo propio GALDÓS cuando al cabo de La desheredada nos regala una moraleja como esta:

"Si sentís anhelo de llegar a una difícil y escabrosa altura, no os fieis de las alas postizas. Procurad echarlas naturales, y en caso de que no lo consigáis, pues hay infinitos ejemplos que confirman la negativa, lo mejor, creedme, lo mejor será que toméis una escalera".

 



NOTAS:

  1. Artículo publicado en La Provincia el 6 de febrero de 1997; página V/37.

  2. El caballero encantado es la obra galdosiana donde más presente está la huella de Cervantes. En este sentido, queremos agradecer el comentario que al respecto nos hizo llegar la doctora ARENCIBIA SANTANA y que nos ha permitido corregir una vieja creencia sobre las obras más cervantinas de Galdós. Asimismo, queremos transmitir nuestra gratitud a la citada doctora por habernos brindado la posibilidad de sacar a la luz este artículo.


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