Cervántófila teldesiana
Victoriano Santana Sanjurjo

 

VI

Del argamasillesco académico teldense
al ingenioso hidalgo alcalaíno
1.


A Conchi, Cristo, Pepi, Tere, Lourdes,
2º A y 2º C del I.B. Casas Nuevas de Telde, 96/97.


"Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;"
(Jorge MANRIQUE)

Detente caminante y lee. Aquí yace el recuerdo de quien hizo de sus desgracias flor de nuestros agrados y de sus fatalidades frutos del gozo. Complutense fueron las aguas que lo cristianaron y el ingenio lego que in absentia Cisneros apadrinó. Quieren decir que tenía en Córdoba por abuelo a un abogado de la Inquisición y familiar del Santo Oficio, que así endilgaba hidalguía como daba cristiandad al linaje.

Es, pues, de saber que este sobredicho..., los ratos que estaba ocioso, se daba a leer y componer con tanta afición y gusto, que frisaba su edad en poco más de veinte años cuando era dueño de muchas lecturas y de composiciones condenadas a desaparecer, perdidas en cajones o cambiadas en las futuras enmiendas. Algo alumbró en esos tiempos y decíase él por entonces: Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún ilustre caballero que dice venir en nombre del Rey para solicitar mis versos, como de ordinario les acontece a los más fecundos hijos de las Musas, ¿no será bien a tener qué enviarle presentado, y que cuando vea los muchos y donosos versos que tengo diga el demandador: Yo, señor, afortunado en el oro pero seco, avellanado y antojadizo en el noble arte de la composición, voto a Dios que nunca he leído ni oído nada tan hermoso como lo que habedes fecho con vuestro entendimiento y os pido que al Rey, nuestro señor, deis parte para que le colmen de maravilla y de contento?

A la par que su ingenio crecía, lo hacía su peregrinar, pues anduvo desde muy temprana edad por diversas ciudades hasta que se asentó en Roma, adonde llegó para unos por pendencia, para otros por amor, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben: aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que fueron ciertas heridas hechas a un cortesano en una reyerta las que firmaron la pérdida de su mano derecha y el destierro por diez años. Como evitando su presencia evitaba el cumplimiento del castigo, huyó, con veintidós años, a la Ciudad Eterna.

Allí, lector sensible y de reconocido talento, fue camarero de un cardenal un año mayor que él; pero, cuando más seguros tenía los dulces frutos del mecenazgo, optó por la irregular vida soldadesca en la primavera de 1570. Roma era Italia; Italia era Arte y Arte fue lo que vio y leyó, hasta el punto que vendió muchas hanegas de tiempo para comprar libros... en que leer, y así, llevó a su casa todos cuanto pudo haber...; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Sannazaro o León Hebreo; porque la claridad de su prosa y aquellas dulces razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos diálogos de amor en torno a mil arcádicos jardines y cuando las honestas damas agraviadas sentíanse por una lasciva mirada de un tosco y a todas luces irreverente pastor.

Las armas lo llamaron y a ellas acudió. Héroe fue en Lepanto, donde una mano dejó; la misma que otros usaron para ensalzar su pundonor en la contienda contra el Gran Turco. Si Lepanto fue buscado, encontrado fue Argel, donde lo hicieron esclavo; mas, si cuando libre fue héroe, qué no sería cuando las cadenas aprisionaban su libertad. Cuatro intentos hubo y en ninguno escapó; no obstante, la suerte vino y lo libró. Culpable o no a los veintidós, con treinta y tres y manco a España regresó.

Aquí buscaba lo que buscan quienes a esa edad tienen que rehacer su vida y empezar de nuevo. Buscó, pidió y no le dieron; quiso ir a América y no le dejaron. No entendía cómo sus lepantinos y argelinos méritos no eran reconocidos en la corte del gran imperio español. Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.

Mientras tanto, tejía el suave velo con el que cubriría a la pastoril Galatea y a los gallardos pastores que alababan su sin par belleza. Tan hermosa la vio y en tantas estrecheces vivía, que con ella probó suerte publicándola y esperando las alabanzas del gremio musístico; no las tuvo y al silencio se entregó durante veinte años, en los que otros menesteres ocuparon su pluma. Casóse con una manchega hidalga y se empleó en proveer a la Armada Invencible.

Pero la tristeza de una inspiración que rondaba sueños y pensamientos en voz alta le hizo enfrascarse tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio: le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su imperio, el Parnaso, hacerse caballero andante. Así, en un lugar de la Mancha, el que de antaño había sido alabado en Lepanto y admirado en Argel, limpió unas armas que había sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Buscó un nombre y en este pensamiento duró... ocho días, y al cabo se vino a llamar Don Quijote, o sea, Miguel de CERVANTES. Aquí yace el recuerdo de quien hizo de sus desgracias flor de nuestros agrados y de sus fatalidades frutos del gozo. Ahora, ve y prosigue tu camino.

 


NOTAS:

  1. Artículo publicado en el Diario de Las Palmas el 3 de mayo de 1997; página VIII. Es, sin lugar a dudas, el más entrañable de los que componen este volumen, por ser un pasaporte a un pasado que siempre tendrá un hueco en nuestra nostalgia. Una vez más, enviamos nuestra gratitud a don Carmelo AROCHA por haberlo incluido en su sección.

Artículo V
               
Artículo VII