Actas del V Encuentro de Jóvenes Hispanistas
Las Palmas de Gran Canaria 1995

Alcance y fronteras de la traducción

Laura Cruz García
(Universidad de Las Palmas de Gran Canaria)


Aunque ha existido desde que los hablantes de diferentes lenguas tuvieron que comunicarse entre sí, la posibilidad y la fiabilidad de la traducción se encuentran actualmente en tela de juicio. Muchos autores han expuesto sus críticas positivas y negativas sobre este respecto; muchos han calificado de buenas o malas e, incluso, ridículas determinadas traducciones, aunque al final todos coinciden en una idea común: la traducción ha hecho posible el acercamiento de culturas, civilizaciones y tecnologías, como mediadora entre éstas, con el consiguiente desarrollo que ello ha supuesto para los distintos países.

Es fácil, por tanto, entender por qué la traducción ha sido un elemento valiosísimo en la historia de la humanidad. Veamos, entonces, por qué algunos autores consideran que la traducción no cumple su función de forma plena o por qué se podría incluso llegar a negar la posibilidad de la traducción como tal.

Dependiendo de las teorías y los autores, por la acción de traducir se entiende el trasladar términos de un idioma a otro o, también, trasladar ideas. En general, al traducir se traslada un idioma a otro diferente o, mejor dicho, el significado expresado por un idioma a otro idioma. Esto implica, lógicamente, que se relacionen culturas diferentes y, a veces, totalmente dispares. Y son, precisamente, las diferencias culturales las que mayores problemas plantean a la hora de traducir de una lengua a otra y no, como podría pensarse, las diferencias lingüísticas. Efectivamente, el hecho de que un país presente diferencias notables con respecto a otros países en el aspecto cultural, político, meteorológico, geológico, en su botánica o en su fauna, etc. dificulta enormemente la labor traductológica, tanto desde la lengua materna como hacia ella. Bien conocido por todos es el ejemplo, con el que nos introdujeron en su momento en la lingüística y las teorías de Saussure, sobre los diferentes tipos de nieve que distinguen los esquimales, tipos que no se presentan en cualquier parte del globo, o el ejemplo de los distintos vocablos alemanes para designar lo que en español denominamos "bosque". La realidad que posee cada país, por tanto, implica la existencia de una barrera idiomática entre distintas culturas. Cuanto más lejanas sean las culturas en las que se desarrollan las lenguas que intervienen en el proceso de traducción, más difícil será ésta última. Es, por tanto, más fácil y posible la traducción entre idiomas de países europeos, que entre un idioma europeo y uno asiático, por ejemplo. Esto se observa fácilmente en el hecho de que el castellano de Hispanoamérica presenta un gran número de términos y expresiones que un español no entendería, aun tratándose de un mismo idioma. Un ejemplo muy apropiado de ello lo encontramos en El hombre de la esquina rosada de Jorge Luis Borges en sus Narraciones, donde se puede tomar conciencia plena de las dificultades que presentan las enormes diferencias culturales incluso entre hablantes de un mismo idioma.

La existencia de determinadas especies animales o vegetales y las condiciones atmosféricas especiales que se produzcan en determinadas zonas de la tierra suponen verdaderos obstáculos a la traducción. Según esto, se podría afirmar que las condiciones geológicas, meteorológicas, de la botánica y la fauna de un zona en particular son el primer paso insalvable que se encuentra el traductor, es decir, nos hallamos ante la naturaleza como frontera. Igualmente, ante tradiciones, caractarísticas sociales y políticas propias surgen dificultades.

La Naturaleza (la del hombre y la del medio en el que se desarrolla) y el factor social hacen posible la existencia de todas las ciencias que conocemos actualmente, y facilitan su estudio. Sin embargo, en la ansiada "ciencia" de la traducción ocurre justamente lo contrario: son precisamente los factores naturales y sociales los que se han interpuesto en su camino hacia su consagración como ciencia.

Estos obstáculos o dificultades con los que se encuentra el traductor tienen que ver, por tanto, con lo que Newmark, en su A Textbook of Translation, denomina palabras universales y palabras culturales, de las cuales son las palabras culturales las que contribuyen a la inexactitud de las traducciones, generalmente. Afirma también que es, a menudo, el contexto de una tradición cultural el que realza las dificultades de la traducción literal y no el contexto lingüístico o referencial.

Es decir, cuando existe un foco cultural, suele haber un problema de traducción debido al vacío o distancia cultural que existe entre las lenguas de partida y de llegada. Mientras las palabras se pueden traducir directamente, las culturas no se pueden traducir sin alguna distorsión grotesca que confunda al lector, dando lugar a errores de interpretación.

Todo esto nos lleva a entender que la posibilidad o el alcance de la traducción tiene más que ver con la ausencia de equivalentes culturales que con la ausencia de equivalentes semánticos o morfosintácticos. Efectivamente, el lenguaje no es el problema. La ideología y los demás elementos culturales sí lo son, ya que carecen de una correspondencia inmediata y exacta o aparecen fuera de lugar en lo que debería ser la versión de la cultura meta del texto que se traduce.

Al mismo tiempo que se han criticado la calidad y la fiabilidad de las traducciones, se ha hablado mucho sobre las cualidades que debe poseer el traductor tanto en lo que respecta a sus conocimientos lingüísticos de la lengua desde la cual traduce y de su propia lengua, como en lo que se refiere a sus conocimientos sobre la cultura y civilización que envuelven al idioma extranjero que traduce. Además, se dice con frecuencia que el traductor debe ser el lector ideal y, al mismo tiempo, también debe ser escritor. Es evidente que para traducir de forma aceptable un texto en un idioma extranjero no basta con poseer un dominio únicamente a nivel lingüístico, sino que además es indispensable para el traductor la experiencia del mundo que rodea al autor y, en general, a los hablantes de la lengua en cuestión. Con todo, el traductor se encontrará con obstáculos inevitables, para los cuales siempre puede encontrar una solución más o menos aceptable, que no será nunca la definitiva y única. Por ello se dice que la traducción nunca tiene una forma final y el traductor no se queda satisfecho con ella.

De lo expuesto se deduce que las nuevas teorías se orienten hacia la transferencia cultural más que lingüística; y consideren la traducción, ante todo, como un acto de comunicación, y estén orientadas hacia la función del texto final más que hacia las prescripciones del texto fuente. Además, ven el texto como una parte integral del mundo y no como un espécimen aislado del lenguaje.

También Vermeer se ha opuesto a la visión de la traducción como un simple hecho del lenguaje: para él la traducción es, ante todo, una transferencia que se produce entre culturas y defiende que el traducctor debería ser "bicultural", si no "multicultural" que, evidentemente, implica el dominio de varios idiomas, al ser el idioma una parte intrínseca de la cultura.

El punto culminante de toda la polémica que envuelve a la traducción y sus posibilidades y alcance se encuentra en el término "equivalencia", aunque se observa que no se ha llegado a un acuerdo en cuanto a su definición, lo cual ocurre también con el verbo "traducir". El concepto de equivalencia fue fundamental para las teorías traductológicas orientadas exclusivamente hacia el factor lingüístico. Pero las teorías modernas reconocen la necesidad de la equivalencia tanto pragmática, como semántica y sintáctica. En lo que al factor pragmático se refiere, la interpretación adecuada de las interrelaciones sutiles que se producen entre decir cosas, por un lado, y saberlas, creerlas o dudarlas, por otro, debería considerarse uno de los objetivos clave de la traducción. Es un hecho que la interpretación es un prerrequisito de la misma.

Otro fenómeno que plantea serios problemas incluso a los traductores más atrevidos y aventureros es el de los dialectos, sociolectos e idiolectos. Una vez alcanzado este punto, hemos pasado, en primer lugar, de unas características comunes a todos los individuos de una zona con una extensión considerable, como podría ser un país, a las características que se limitan a un subgrupo; en segundo lugar, a las especificidades de un grupo social; y, por último, a las peculiaridades individuales de los componentes de cualquiera de los grupos anteriormente mencionados.

La adaptación de dialectos, de jergas, de formas muy personales de hablar, del lenguaje de los niños, de las personas de color, de los distintos acentos, etc. constituyen otra de las razones por las que algunos autores niegan que la traducción sea factible. No se puede negar que para estos casos se han encontrado soluciones realmente admirables, pero ¿proporcionan, realmente, estas soluciones la correspondencia exacta que exige el autor en el texto original? ¿Qué resultaría de traducir un diálogo entre andaluces o canarios, por poner un ejemplo sencillo y cercano a nosotros? Ignoraríamos expresiones muy características que habría que sustituir por expresiones de carácter general, o por otras específicas de sectores o zonas conocidas por el traductor, con la consiguiente pérdida del factor regional que caracterizaba al texto original. Con ello, la traducción se reduciría a presentar el diálogo de dos individuos de los cuales sabemos que son españoles porque en alguna parte del texto se ha mencionado el lugar donde se desarrollan los acontecimientos.

Relacionado con esto último se encuentra también la traducción de los insultos o, más exactamente, los llamados "tacos" o "palabrotas", donde siempre se pierde expresividad y carga emotiva.

Según todo lo expuesto hasta ahora, será imposible alcanzar la tan perseguida equivalencia dinámica en la traducción de textos literarios, ya que no puede nunca un texto traducido producir el mismo efecto sobre sus lectores que el efecto que causó el original sobre los suyos. Valiéndonos de ejemplos muy conocidos podríamos decir que en una traducción, por muy aceptable que se considerara, de Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela, la realidad más arraigada del pueblo castellano no será entendida ni sentida por un lector extranjero de la misma forma que por uno español (teniendo en cuenta, además, que ni siquiera dentro del territorio español todos los lectores entenderán la obra original de la misma forma, dependiendo de las regiones de procedencia); La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, y su polémica social de la España de 1936, no puede ser traducida a ninguno de los idiomas europeos ni, mucho menos, al resto de idiomas, produciendo el mismo efecto que produce el original en sus lectores españoles o, para reducir más el campo de acción, en sus lectores andaluces, aunque la obra en su conjunto consista en una visión trágica del alma humana universal y de la sociedad, efecto que cualquier lector, hable el idioma que hable, será capaz de captar; asimismo, la traducción de El camino, de Miguel Delibes, no presentará nunca las peripecias de Daniel el Mochuelo, su amigo el Tiñoso y el resto de la pandilla, así como el realismo social que impregna la obra, de la misma forma que lo hace su autor; la traducción de Campos de Castilla, de Antonio Machado, no encontrará adeptos extranjeros que se emocionen o capten su poesía de la misma forma que lo haría un español y, aún más, un manchego; es casi imposible, por no decir totalmente imposible, encontrar a alguien que no sea español y que comprenda su preocupación filosófica y su meditación en torno al destino de España a través de su obra traducida; etc.

Ante dificultades extremas como las que hemos visto o ante exigencias externas, el traductor puede optar por exotizar o por naturalizar un texto literario. El fenómeno de exotizar consiste en conservar aquellos aspectos culturales y expresivos que contiene el texto origen, en cuyo caso, se verá obligado en múltiples ocasiones a servirse de las notas a pie de página, las cuales han sido siempre repudiadas por todo tipo de lectores y consideradas por ciertos autores como la rendición del traductor. Por otra parte, naturalizar un texto supone lo contrario, es decir, adaptar dichos aspectos a la cultura que representa al idioma del texto traducido, dando lugar a una versión, en todo el sentido de la palabra. Con esto se convierte el texto traducido en mero entretenimiento que ha perdido una de las funciones originales de la traducción desde sus comienzos: la función de intercambiar cultura e ideas.

Existen seguidores tanto de uno como de otro método, por llamarlo de alguna forma. Unos defienden, por encima de todo, la transmisión cultural e ideológica, y otros, la importancia de que el lector entienda el texto y, en cierto modo, se identifique con él. Aquí, lógicamente, suele intervenir el factor económico que absorve a las editoriales ansiosas por superar cada año sus ventas. Pero no vamos a entretenernos en este hecho que se presenta secundario y sujeto a muchos condicionantes.

Es obvio que el hecho de que al traductor se le encargue que el texto traducido cumpla una función determinada, aunque no coincida con la del texto original, tampoco tiene mucho que ver con lo que nos ocupa en este momento. Recordemos que nos estamos centrando, ante todo, en la obra literaria y en el respeto que se debe a la misma y, por lo tanto, también a su autor.

Así vemos, una vez más, que la traducción, en cierto sentido, se torna imposible.

Jorge Luis Borges, en su intento de encontrar una solución razonable a la dificultad que ha planteado extender su obra internacionalmente, llegó a aconsejar a sus traductores que tradujeran no lo que decía en sus obras, sino lo que quería decir, lo cual plantea otro grave problema: ¿qué se debe hacer si no se sabe qué es lo que quiere decir el texto original?

Aunque todo esto nos conduzca a pensar que la traducción perfecta no exista, o que la traducción, en cierto sentido, recalco esto último, sea imposible, no es mi intención que nos quedemos con una visión fatídica del arte de traducir. Aquí pasamos a llamarlo "arte" ya que en su camino hacia el país de las ciencias, como hemos visto, alcanza únicamente hasta donde le permiten sus fronteras. La perfección en la traducción como tal siempre será una meta inalcanzable, al igual que lo es en cualquier arte. La pintura y la escultura, por citar algunos ejemplos, son meras imitaciones del mundo real y, por lo tanto, no son perfectas y siempre se pueden mejorar.

Sin embargo, de lo que no cabe la menor duda es de que la traducción, pese a dichas fronteras, ha cumplido su función a lo largo de los siglos; de ello tenemos pruebas materiales (hoy en día, en todo el mundo se conocen y se pueden leer la Biblia, el Quijote, las teorías de Freud, etc. y se ha expandido la tecnología en todos sus campos).

El paso inmediatamente necesario sería, quizás, el llegar a un acuerdo en cuanto al término a emplear cuando hablamos de la traducción y a su definición en el sentido práctico y real que exige la época que vivimos, teniendo en cuenta que aquello sobre lo que han discutido autores como Derrida u Ortega y Gasset es una utopía y, como tal, se presenta inalcanzable.

Podríamos concluir afirmando que la traducción como acontecimiento intercultural ha sido un elemento imprescindible en la historia y lo es ahora, en la actualidad y, por ello, ha ido adquiriendo cada vez mayor fuerza sobreviviendo a las críticas y a las adversidades naturales y sociales que ha tenido que soportar, precisa y paradójicamente, por haber sido malinterpretada.


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