Actas del V Encuentro de Jóvenes Hispanistas
Las Palmas de Gran Canaria 1995

Preliminares y razones para el incumplimiento voluntario de una promesa: el caso de la segunda parte de la Galatea


Victoriano Santana Sanjurjo
(Universidad de Las Palmas de Gran Canaria)


A Lidia, mi horaciana Dulcinea; quien como princesa
es mi "carpe diem" y como labradora mi "beatus ille".


Tenía Cervantes 57 años bien cumplidos cuando la primera parte del Quijote salía a la luz, y llevaba veinte justos de silencio literario oficial, ya que nada había publicado,[...], desde la aparición de la Galatea. Claro está que había compuesto entretanto, aunque sin darla a la estampa, algunas de sus Novelas Ejemplares, y varias comedias que en su mayoría no había conseguido estrenar. Pero, con todo ello, aparte también algunas composiciones líricas que se le conocían, no pasaba Cervantes de ser tenido dentro del mundo literario sino por un discreto ingenio, cuyas limitadas posibilidades parecían ya definidas1.

Esta cita de Alborg muestra claramente cual era la situación de Cervantes en el momento de publicar la Primera Parte del Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (Madrid, 1605)2. Veinte años estuvo sin publicar nada, el propio Cervantes diría a este respecto en el prólogo del Quijote: ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas...?3

Si bien no publicó nada durante el periodo comprendido entre 1585 y 1605, no podemos por ello afirmar que su labor literaria fuese nula; no fue, en comparación con otros artistas del momento, muy activa, pero eso no quiere decir que la misma no existiese. Buena muestra de sus quehaceres literarios de esos años los tenemos en las abundantes poesías que hizo, en su mayoría obras de circunstancias, y en las cuales no suele pasar de una honesta habilidad4. Podemos destacar, a modo de testimonio, los siguientes títulos que sobresalen, con suficiencia, del resto de su producción poética y que fueron compuestos en este periodo: la Canción nacida de las varias nuevas que han venido de la Católica Armada que fue sobre Inglaterra y un soneto que dedicó a fray Pedro de Padilla, ambas composiciones de 1587; la Canción Segunda de la pérdida de la Armada que fue a Inglaterra, en 1588; unas redondillas y una glosa a San Jacinto, que aparecieron en la Relación de las fiestas que se ha hecho en el convento de Santo Domingo de la ciudad de Zaragoza a la canonización de San Jacinto (1595); el célebre soneto a la entrada del duque de Medinasidonia en Cádiz (1596): "Vimos en julio otra Semana Santa" y el alabado soneto que dedicó a Felipe II con motivo de su muerte (Al túmulo de Felipe II en Sevilla).

Cervantes siempre dio muestras de tener un particular gusto por todo lo concerniente a la literatura o, por ajustar un tanto más el término a la realidad, por lo que podríamos denominar como "letra impresa" (como yo soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles -Quijote, I:95). Si tenemos en cuenta que una afición por la lectura trae consigo, generalmente, una afición por la escritura, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que desde un principio Cervantes veía con buenos ojos dedicarse a los menesteres de escritor.

En 1569, con 22 años, ya veía publicadas de la mano de Juan López de Hoyos una serie de composiciones de circunstancias que se insertaron en un libro que éste hizo sobre la Relación verdadera de la enfermedad, felicísimo tránsito y sumptuosas exequias fúnebres de la Serenísima Reina de España Doña Isabel de Valois, Nuestra Señora. Con los sermones, letras y epitafios a su túmulo, etc. Si bien las composiciones dejaban algo que desear, no debemos olvidar que su juventud jugaba a favor: era, por decirlo de alguna manera, una "joven promesa" dentro del mundillo literario del momento.

Si antes de 1569 la vida de Cervantes nos resulta sumamente desconocidad -la misma se resume en unos pocos trazos medianamente comprobables y en una abrumadora cantidad de lagunas cubiertas de suposiciones-, lo que conocemos a partir de esta fecha es, sin duda, más amplio en lo concerniente a hechos demostrables y, por descontado, decisivo para su labor de escritor6.

Sabemos que a finales de años, me refiero al año 1569, ya estaba en Italia. Desconocemos el por qué de este desplazamiento7. Sea como fuere, el caso es que Miguel de Cervantes, en la Italia del siglo XVI, vivió con intensidad el ambiente cultural que el renacimiento italiano derrochaba, en esos momentos, en todas las artes. Digamos, en definitiva, que presenció en directo la estética a la cual se había inscrito en sus primeras composiciones de la mano de Garcilaso de la Vega, cuyas poesías se sabía de memoria8.

Esta influencia de Italia, de autores italianos de la talla de León Hebreo o Sannazaro, y de autores españoles como Garcilaso o las Dianas de Gaspar Gil Polo y de Montemayor, sin olvidarnos del Pastor de Fílida de Luis Gálvez de Montalvo9, habría de ser determinante a la hora de hacer su Galatea10.

Afirman López Estrada y López García-Berdoy que durante su estancia en Italia, Cervantes pudo conocer (si es que no tenía ya noticias antes) la fama de la Arcadia y leer la obra que representa el triunfo de la primera formulación europea de la tradición pastoril [...] No es de extrañar, pues, que en La Galatea aparezcan algunas relaciones con esta obra de Sannazaro11. Más adelante añaden: Por otra parte, contamos con la Arcadia filtrada a través de Garcilaso y de otros libros de pastores, como el de G. Gil Polo y el de L. Gálvez de Montalvo, a través de los cuales pudo haber percibido algunos rasgos de la obra del italiano12. Es posible, pues, que ya desde entonces le estuviese dando vueltas a la historia de Galatea; el momento literario era bastante propicio para ello.

Luego vendrían la batalla de Lepanto (7 de octubre de 1571) -de cuya actuación siempre se sintió muy orgulloso- y su cautiverio en Argel -donde estuvo desde 1575 (el 26 de septiembre fue apresada la galera Sol, en la que regresaba, junto con su hermano Rodrigo, a España) hasta el 19 de septiembre de 1580 (fecha en la que los frailes trinitarios pagaron los 500 escudos de oro que valía su rescate)-.

El 27 de octubre de 1580 pisó tierra española, después de no hacerlo desde diciembre de 1569. Sobre lo que inmediatamente le seguiría lo resumen magníficamente López Estrada y López García-Berdoy: En 1580 Cervantes tiene treinta y tres años, edad difícil para quien no cuenta con medios para vivir como el hidalgo que dice ser; tiene que devolver el oneroso rescate de la liberación, y poco puede hacer su familia para ayudarle, pues los padres eran viejos y acosados de deudas. Su hermano Rodrigo estaba lejos, sirviendo al Rey, y dos de sus hermanas, Magdalena y Andrea, andaban en tratos de difícil calificación. Luisa, otra hermana un año mayor que él, había elegido el retiro religioso [...]. Cervantes sigue a la Corte por Portugal, en donde se hallaba Felipe II [...] solicita en Tomar algún servicio en el que emplearse, y logra que en 1581 se le envíe a Orán para "ciertas cosas" que ignoramos. A su regreso de África vuelve a Lisboa y a Madrid (1582) y, desengañado por no lograr que se le atienda en la administración, pone entonces el énfasis en su actividad en seguir el camino de las letras para así destacar de algún modo en la Corte de Madrid13.

Estamos en un punto crucial en la vida del Cervantes escritor. A la situación que estaba viviendo había que sumarle los deseos que tenía de ir a América, para reorganizar su vida, y las peticiones que al respecto hizo a Antonio de Eraso, del Consejo de Indias, a quien, en una carta fechada el 17 de febrero de 1582, le dice lo siguiente: En esta intención me entretengo en criar a Galatea, que es el libro que dije a vuesa merced que estaba componiendo14.

Cervantes tenía en esos momentos otras pretensiones, otras miras puestas sobre todo en obtener lo que para él era fundamental y que poco o nada tenía que ver con la literatura: una estabilidad económica que le librase de los apuros y de las estrecheces que estaba pasando desde que regresó del cautiverio. La prueba de ello fueron las numerosas peticiones que hizo para que se le reconociesen sus méritos como soldado, sus dos desatendidas peticiones para ir a América -la primera de 1582 y la segunda de 1590, cuando se le respondió con la repetida frase de busque por acá en qué se le haga merced- y la aceptación de cualquier trabajo que le ayudase a paliar su difícil situación15.

Es lógico pensar, por lo tanto, que dado lo complicado de su situación, no se podía dedicar a escribir historias de pastores, ni describir toda la parafernalia que traía consigo el género pastoril, del mismo modo que lo hacía un escritor reconocido, con todas sus necesidades cubiertas gracias a las generosas aportaciones de los mecenas, muy abundantes entonces. El tiempo que dedicó a realizarla tuvo que provenir de las numerosas horas vacías que tenía en sus periodos de inactividad, en ese sentido, La Galatea le sirvió de pasatiempo.

Rodríguez Marín y Astrana Marín, fechan este proceso de composición durante el cautiverio de Cervantes en Argel16; otros autores prefieren encuadrar su creación a partir del regreso de Cervantes a España17.

Sea como fuere, lo cierto es que fue la necesidad en última instancia la que tuvo que empujarle a publicar esta obra; pretendió "probar suerte" con una obra a la que le había dedicado bastante tiempo. Quizás, cuando comprobó que los méritos y los reconocimientos no habían nacido para él, al menos en vida, fue cuando rescató esos legajos manuscritos en los que se contenían la historia de los lamentos de Elicio, de sus amores por la inmaculada Galatea, de las aspiraciones del viejo Aurelio, del lusitano Erastro, etc. Como afirma López Estrada: Sabe bien que no puede vivir sólo de la pluma, pero sí que la pluma le ayude a vivir, si acierta con una obra que lo dé a conocer y le dé prestigio18. Comenta, además, que: Cervantes es un escritor primerizo, que elabora con cuidado su obra [...] Y el propósito no es halagar en una corte, pues eso sabe que no se le da bien y además no tiene dónde; pero como el libro de pastores dispone de una pieza de rigor, que es la épica laudatoria en octavas reales, aprovecha la ocasión para establecer una nómina de los escritores contemporáneos, [...]19.

En un principio, la crítica se ha decantado por ver en Cervantes un deseo de emular el género que en esos momentos triunfaba. Alonso Cortés afirma: Cosa obligada y natural en quienes hacen sus primeros ensayos literarios, es elegir para ello los géneros y estilos más en boga, y tomar por modelo a autores que mejor lo han cultivado20. Alborg comenta, además, que: La opinión más tradicional reforzada por el juicio de Menéndez y Pelayo [...], y sostenida por muchos críticos posteriores, conviene en afirmar que Cervantes, al escribir esta novela, se dejó llevar simplemente de las «modas literarias» de la época, que tuvo en tanto aprecio lo pastoril; mimesis explicable sobre todo en un escritor joven21.

Esta opinión se ve contrastada por aquella otra de López Estrada en la que afirma: Pero la composición de la obra tiene sus peligros, que el propio escritor percibe: la tradición pastoril es prestigiosa, pero tiene también su contrapartida. En 1585, la literatura pastoril, sobre todo en la manifestación de la égloga, acusa ya un cansancio formal. La vapuleó el teatro prelopista con sus rústicos; el formulismo de su expresión la ahoga....22 Esto significa que por un lado tenemos que el género pastoril era una "moda literaria" y por otro un género que ya empezaba a cansar -lo que ya no goza del favor unánime de la mayoría, lo que no es "moda", tiende a convertirse en estereotipo y, en la mayoría de los casos, desaparece-.

«Para Américo Castro -apunta a este respecto Alborg- la cuestión es mucho más compleja. Cervantes [...] sentía con intensidad pareja la atracción del ideal y la del mundo más inmediato y tangible; [...]. Para Cervantes, educado en el pensamiento platónico, [...] existía una realidad ideal con tan aguda vigencia como la realidad próxima y concreta. En ella se encerraba un orbe de valores perfectos que [...] tenían una existencia menos vívida, siquiera fuese en la aspiración y deseos de quien la sustentaba. Este mundo ideal sólo hallaba cabida en los dominios del arte y entrar en ellos suponía -en desgarradora disyuntiva- la renuncia a la captura de la realidad del mundo; de aquí nace la desengañada posición irónica -tal la del mismo Cervantes- ante la ficción pastoril, sin excluir la propia obra23.

Compuesta la obra, con la dedicatoria al Ilustrísimo señor Ascanio Colona, abad de Santa Sofía y con el prólogo que comienza llamando la atención a los Curiosos lectores24, se publicó la Galatea. La Tasa tenía fecha del 13 de marzo de 1585 y estaba firmada por Miguel de Ondarza Zavala; las Erratas -la fe de erratas- se fechó el último día febrero del mismo año y llevaba firma del licenciado Várez de Castro; con dos Aprobaciones, la primera por mandado de los señores del Real Consejo cuya firma es del 1 de febrero de 1585 bajo el nombre de Lucas Gracián de Antisco, y la segunda, la Aprobación real, que firma Antonio de Eraso el 22 de febrero de 158525.

Como afirman López Estrada y López García-Berdoy: El libro apareció como una obra impresa en su primera salida, mejor que en alguna de las otras que siguieron. Cuando Cervantes tuvo en sus manos un primer ejemplar [se refieren a un primer ejemplar de la Galatea], pudo quedar contento del aspecto material del libro que había escrito26.

La obra, desde el momento en que vio la luz por primera vez, llevaba consigo el sello que indicaba el proyecto de una segunda parte. El título ya indicaba de entrada que había en Cervantes una voluntad, a priori manifiesta, de hacer esta segunda parte de la Galatea: Primera parte de la Galatea, dividida en seys libros27. Cópuesta por Miguel de Ceruantes.28 Obviamente, cuando se habla de una primera parte es porque se tiene prevista una segunda.

Afirma Alborg lo siguiente: El mismo título de Primera Parte de la Galatea revela claramente que su autor pensaba darle una continuación; y la prometió, en efecto, repetidas veces. En el mismo prólogo del libro acaba diciendo que "ya que en esta parte la obra no responda a su desseo, otras offresce para adelante de más gusto y de mayor artificio"29. En el famoso escrutinio del Quijote (I: 630) dice de La Galatea por boca del cura que "es menester esperar la segunda parte que promete". En la dedicatoria de sus Ocho comedias anuncia que "luego yrá el Persiles... y luego la segunda parte de la Galatea"31; torna a prometerla en el prólogo de la segunda parte del Quijote: "olvidábaseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la segunda parte de La Galatea"32. Y todavía cuatro días antes de su muerte, en la dedicatoria del Persiles, sueña con dar remate a aquella su primera, y ya tan remota creación: "Si a dicha, por buena ventura mía, que ya no sería ventura, sino milagro, me diera el cielo vida, las verá, y con ellas el fin de La Galatea"33.

Es manifiesta, pues, la estima que sentía Cervantes por aquel su primer libro. No sólo esto, sino que el tema pastoril aflora en numerosos momentos de su obra34.

La pregunta que necesariamente surge después de todo esto es la siguiente: ¿Por qué, si Cervantes sentía tanto aprecio por su primera obra, se pasó treinta y un años de su vida prometiendo algo que nunca llegó a cumplir? Es probable, como afirman López Estrada y López García-Berdoy, que Cervantes se sintiese coaccionado, veinte años después de publicación de La Galatea, ante la obligatoriedad que exigía escribir con la limitación que el género de los libros de pastores hubiese impuesto a la Segunda parte35; también, como apuntan los mismo, pudo haber notado que el género periditaba en el gusto de los buenos lectores, aunque se siguieran escribiendo libros de pastores36.

Quisiera, antes de volver sobre la pregunta mencionada, hacer un breve hincapié en el posible éxito de la Galatea. López Estrada ha sido de los pocos cervantistas que han tratado con más cariño a la más denostada de las obras de Cervantes; así, sobre la fama que adquirió la Galatea llega a afirmar que: Cervantes escoge para su relación con el público las dos modalidades literarias en las que un autor como él, con vocación y aun con prisas -téngase presente lo que ya he afirmado anteriormente con respecto a la entrada de Cervantes como escritor y sobre las necesidades que le impulsan a arriesgarse en esta aventura de ser escritor (véase página 7)- por ganar el favor del público, podía lograr un triunfo más inmediato y aparente: el teatro, en el que no acierta a establecer esta relación, y el libro de pastores, en el que sí da en el blanco, pues La Galatea se publicó en Alcalá (1585), Lisboa (1590) y París (1611) en vida del autor, y en la década de su muerte, en Barcelona y Lisboa (1618), que es un buen éxito dentro del género37. También, junto con López García-Berdoy, reproducen el testimonio que Oudin expuso en los preliminares de la Galatea (París, 1611), pudiéndose extraer del mismo el siguiente fragmento: libro ciertamente digno, en su género, de ser acogido y leído de los estudiosos de la lengua que habla, tanto por su elocuente y claro estilo como por la sutil invención y lindo entretenimiento de entrincadas aventuras y apacibles historias que contiene. Demás de esto, por ser del autor que inventó y escribió aquel libro, no sin razón intitulado El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.38

Dos apuntes más permiten corroborar la afirmación de López Estrada, junto con López García-Berdoy, sobre el éxito de La Galatea: el primero, lo tenemos en la Aprobación de la Segunda Parte del Quijote que firma el Licenciado Márquez de Torres y donde se puede leer en un determinado fragmento de la misma lo siguiente: ...muchos caballeros franceses de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más validos, y tocando a caso en este que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se tenían sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la primera parte désta, y las Novelas39. El otro apunte proviene de las menciones que hizo Lope de la obra cervantina en dos comedias suyas: la primera es La dama boba (1613), y en ella Lope sitúa La Galatea en una lista de obras que Nise lee; la segunda es La viuda valenciana (compuesta entre 1595 y 1603), en ella se puede leer lo siguiente:

Aquesta es La Galatea,
que, si buen libro desea,
no tiene más que pedir.
Fue su autor Miguel de Cervantes,
que allá en la Naval perdió
una mano...
40

Todas estas menciones pretenden justificar el éxito que pudo tener la Galatea.

Ciertamente, las alabanzas de López Estrada hacia esta primera obra de Cervantes chocan de lleno con los análisis que sobre la misma han hecho estudiosos de la talla de Valbuena Prat o Amezúa. El primero llega a afirmar lo siguiente: Esta Arcadia cervantesca es lo más contrario a la potencia de su genio, que actúa sobre lo real o mediante el contraste entre verdad y ficción o ilusión. La Galatea es descolorida y sosa, sin auténtica poesía, salvo en contadísimos casos, y sin interés narrativo41. En otro momento del libro se recoge lo siguiente, más duro si cabe: La Galatea es una obra fría, sin vida y sin habilidad en el artificio. Sin las condiciones de estilo o descriptivas de las Dianas, con multitud de versos garcilasistas, la mayoría desmayados y sosos; sin pasión, realidad ni ironía -los puntos fuertes de Cervantes-, sólo se la recuerda en mérito del autor42.

Amezúa, por su parte, afirma que los defectos patentes de La Galatea, aquellos amores pastoriles, especulativos los más, fríos y exentos de humanidad; la confusión de unos episodios con otros, que tan embarullada y difícil hace su lectura; su tendencia melodramática; la falta de verdadera emoción e interés; las excesivas disquisiciones estéticas sobre el Amor, que ni siquiera tienen el calor de lo creado y vivido; el exceso de desmayos, lágrimas y suspiros; la ausencia de un sentido íntimo, cordial de la Naturaleza, artificiosamente concebida y descrita, no auguraban ciertamente, a pesar de las virtudes y méritos de la novela -dignidad y nobleza de los caracteres, buenos versos, de los mejores que en su vida compuso Cervantes, aciertos de estilo, que anuncian ya al príncipe de los prosistas castellanos-, no auguraban, digo, un gran éxito a la Galatea, y las dos únicas ediciones que alcanzó en el siglo XVI fueron prueba inequívoca y concluyente de su fracaso literario43.

Otro juicio interesante sobre la Galatea es el que nos ofrece R.O.Jones: El libro es un buen ejemplo de su género; es más serio y consistente que muchos otros, y tiene una estructura más lograda de lo que generalmente se ha creído. Pero tiene también sus momentos de tedio, y ciertamente no presenta el mejor aspecto de las facultades imaginativas de Cervantes44.

Por último, citemos lo que al respecto afirma mi venerado Martín de Riquer: ...cuando nos aproximamos al primer libro de Cervantes, La Galatea, todo nos suena a falso, a arbitrario y, lo que es peor, a trasnochado. Con La Galatea Cervantes rindió culto a una moda literaria de su tiempo, y el residuo válido y permanente de este libro se reduce a unas páginas de buena prosa y a algún que otro verso acertado perdido entre centenares de versos mediocres45.

Para López Estrada es un síntoma de éxito las afirmaciones de Oudín, las del licenciado Márquez Torres, la mención que sobre La Galatea hace Lope de Vega en dos obras suyas y, en eso se contrapone a otros autores, en la proliferación -no tan abrumadora, eso sí, como la del Quijote- de ediciones. Eso en lo que respecta al bando que "defiende", por decirlo de alguna forma, el éxito de la Galatea y que no acepta en modo alguno la mala fama que tiene. El bando contrario, en el que, lo confieso, me adscribo, viene representado por aquellos que vemos en la Galatea una obra ciertamente floja y cuyo éxito fue muy relativo, más bien nulo.

Que La Galatea fue un fracaso eso es algo que ya no ofrece ningún tipo de dudas, a pesar de los juicios contrarios de estudiosos como López Estrada. Riquer, sentenció la cuestión con las siguientes palabras, sin duda muy certeras: pero así como Garcilaso se impuso a los cánones de la boga más o menos pasajera y mantiene íntegramente su emoción y su eficacia, las novelas pastoriles, muy importantes y decisivas para conocer la mentalidad y los gustos de una época, hoy son ilegibles para un público no especializado, al que no le dicen absolutamente nada y le aburren y hastían; y no olvidemos algo fundamental y que los técnicos en literatura suelen callar o disimular: toda obra literaria que aburra o hastíe a un lector moderno culto es una obra que ha fracasado, aunque tenga un gran valor como documento de ideología o de lenguaje y estilo46.

El propio Cervantes, y esta es la clave fundamental para responder a la pregunta que anteriormente formulaba -¿Por qué, si Cervantes sentía tanto aprecio por su primera obra, se pasó 31 años de su vida prometiendo algo que nunca llegó a cumplir?- afirma al final de La Galatea lo siguiente: El fin de este amoroso cuento e historia, con los sucesos de Galercio, Lenio y Gelasia, Arsindo y Maurisa, Grisaldo, Artandro y Rosaura, Marsilio y Belisa, con otras cosas sucedidas a los pastores hasta aquí nombrados, en la segunda parte de esta historia se prometen, la cual, si con apacibles voluntades esta primera viere recibida, tendrá atrevimiento de salir con brevedad a ser vista y juzgada de los ojos y entendimiento de las gentes47.

Por eso Cervantes no publicó inmediatamente la Segunda parte de La Galatea, porque no había sido recibida con buenas voluntades. Cervantes quiso probar suerte con la literatura; cansado de mostrar inútilmente sus méritos como soldado, optó por hacer realidad el sueño -al que se dedicaba no como profesional, sino como aficionado- de ser escritor y ver publicadas sus obras. Quién duda, pues, de que el esmero que puso en hacer La Galatea no obedecía sino al deseo de forjarse una fama como buen escritor; en su fuero interno deseaba ser testigo, en esos años, de lo que en 1615 pondría en boca del bachiller Sansón Carrasco cuando éste habla con don Quijote sobre la fama que la historia del hidalgo había adquirido: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes...48

Pero todo esto, que no eran más que ideales, se vieron desmoronados ante sus ojos. Sus deseos de estabilidad, de asentarse entre la flor y nata de la sociedad del momento, cayeron por su propio peso y sólo por eso optó por buscarse otros menesteres a los que dedicarse y olvidarse de ser escritor, lo cual no traía consigo, repito, que no escribiese. Hay que distinguir entre el escribir por el mero placer de hacerlo -cosa que todos en mayor o menor medida hemos hecho- y el escribir por el afán de lucro, de publicar las composiciones y de obtener beneficios por ello. Cervantes siguió dedicándose a escribir, pero sólo por afición. Por eso estuvo veinte años sin publicar nada: su obra, La Galatea, había calado muy poco en el ambiente literario del momento; cierto es que su nombre se asociaba, cuando no había aún publicado el Quijote, a esta obra, pero con no recordarla a ella no se le recordaba a él.

Así, pues, la frustración presidió los años posteriores a 1585. Su experimento de ser escritor no había fructificado, era hora de dedicarse a otra cosa: desempeñó, a partir de 1587, la labor de comisario de abastos para la Armada -cargo que le obligará a realizar continuos viajes entre Madrid y Sevilla, donde terminará de fijar su residencia; volvió a solicitar que se le fuese servido de harçerle merced de vn ofiçio en las yndias, de los tres ó cuatro aque al presente están vacos49, la solicitud llevaba fecha del 21 de mayo de 1590 y fue desestimada; se le acusó de fraude y fue encarcelado en Castro del Río (19 de septiembre de 1592); en 1594 consiguió un trabajo como cobrador de los atrasos de tercias y alcabalas que se debían en el reino de Granada, guardó lo recaudado en un banco de Sevilla que en 1597 quebró y, ante la imposibilidad de hacer frente a las sumas recaudadas, se le encarceló en Sevilla; etc.

Sevilla Arroyo y Rey Hazas afirman: Cervantes, que en buena medida había llegado al mundo de las letras porque se le había cerrado el de la milicia, al no lograr su nombramiento de capitán, tampoco halló en la república literaria solución para sus problemas económicos. Ni el relativo éxito de sus veinte o treinta comedias, ni la descreta acogida de La Galatea, sirvieron de alivio a sus penalidades50.

Su vida no dejaba de ser una demencial concatenación de problemas que traían consigo una profunda inseguridad a la hora de afrontar cualquier asunto: todo lo que iniciaba tenía un fin desagradable o deshonroso.

En 1592 hizo un primer atisbo por retomar su actividad literaria con la firma de un contrato con Rodríguez Osorio, por el cual se comprometía a escribir seis comedias. Sevilla Arroyo y Rey Hazas dicen sobre esto: Pero, aunque no las escribiera, ya es harto significativo que estampe su firma en él [en el contrato, se supone] , porque ello supone que la idea del regreso a los escenarios rondaba por su cabeza51.

Quizás por todo lo que había pasado, quiso volver a intentar la aventura que años atrás emprendió con tanta mala fortuna: publicar un nuevo libro. Es muy probable que en los principios justificativos de este regreso tuviese mucho que ver su preocupante situación -viviendo prácticamente él y su familia al día-; las circunstancias que en su momento le incitaron a meterse en el mundo literario se volvían a repetir.

La Galatea cumplió una misión fundamental en Cervantes como escritor: el ser un indicador negativo, o sea, que el camino a seguir era, o tenía que ser, el que se opusiese diametralmente al de La Galatea; por eso, la historia de don Quijote es una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina52.

No obstante, Cervantes continuó con el tema pastoril, pero siempre escondido bajo otras capas superiores que provenían de historias ajenas a este motivo. Así, lo pastoril se venía a convertir en una pequeña escapatoria de cara a la historia principal: una escapatoria en la que se apreciaba un sentido homenaje personal a la que había sido su primera obra. Como afirman Pedraza y Rodríguez: La importancia de La Galatea reside en el carácter de embrión que tienen muchos de los motivos que en ella aparecen en relación con otras obras más logradas del mismo Cervantes53.

Si consideramos que con el Quijote fue cuando le llegó la verdadera fama, ¿es lógico pensar, por tanto, en un deseo de volver sobre una historia que ya en su momento fue un fracaso, cuando parecía que no podía serlo a tenor de lo que era moda, y que según las tendencias del momento estaría abocada a una derrota más estrepitosa si cabe? No, no es lógico. Cervantes se pasó, desde que publicase la Primera parte del Quijote, prometiendo la Segunda parte de La Galatea durante once años, hasta que murió; inició muchos proyectos literarios en los cuales sólo se hacía mención de la proximidad de esa Segunda parte, pero por ningún lado llegaba; murió y seguía sin aparecer la Segunda parte.

Si esto fue así: ¿por qué se empeña la crítica en dejar a medio camino algo que no debe ofrecer ninguna duda? Cervantes prometió algo que nunca cumplió; y no lo cumplió no porque no pudiese, que podía, sino porque no quiso hacerlo: Cervantes prometió lo que sabía de antemano que nunca iba a cumplir.

Es posible que esperase que los reiterados anuncios de la inminente publicación de la Segunda parte se viesen avalados por alguna muestra de apoyo, muestra que no debió llegar por ningún lado. Lo cierto es que Cervantes no era tonto, sabía que esta Segunda parte tenía que superar a la Primera; esto más que un estímulo fue la losa que cerró definitivamente sus deseos de publicar la continuación: había puesto todo su esfuerzo, toda su dedicación, en la composición de La Galatea. En cierta medida, se veía imposibilitado para conseguir una obra que superase a La Galatea. El género pastoril, por lo tanto, había muerto para él como materia fundamental de una obra, esto no quita que lo usase, lo recrease, en numerosos pasajes de sus obras54.

Recuérdese, además, que cumple fielmente con lo expuesto en el final de La Galatea al no publicar, con inmediatez a la Primera parte, la continuación de la historia de Galatea, ya que la obra no fue recibida con apacibles voluntades; pero dejar la historia a medias podía traer consigo cierto malestar entre aquellos que se habían manifestado a favor de la obra. Promete la continuación para ganarse el apoyo de quienes disfrutaron con la Galatea y para que, en la creencia de que la Segunda parte podía ser mejor que la Primera, los lectores más exigentes disculparan o pasaran por alto los errores de esta última.

Ténganse presentes las palabras de Valbuena Prat, quien afirma lo siguiente: Como obra que anuncia mucho y realiza poco, se la deja en entredicho en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote; y hasta el fin de la vida de Cervantes se anuncia, como justificación, una segunda parte que no llegó a aparecer55.

En el fondo lo que primaba era el reconocimiento interno de que su obra más apreciada le había fallado cuando él menos se lo esperaba: en el momento en el que debía darse a conocer como un escritor de talla. Todos sus esfuerzos fueron inútiles y por eso se ve imposibilitado para repetirlos en una Segunda parte. Esto nos viene a indicar, pues, que en Cervantes obró una maniobra intencionada de presentar una continuación que realmente no quiso hacer nunca.

Así pues, a modo de síntesis de todo lo expuesto, podemos concluir este breve estudio recordando que Cervantes, si bien siempre mostró una particular predilección por el mundo literario, accedió a éste por necesitad. Tengamos presentes la distinción entre lo que era hacer literatura por afición y hacerla como modo de vida. Durante toda su vida, la literatura tuvo para él una función eminentemente de pasatiempo; de hecho, hasta que publicó La Galatea, y hasta cierto punto el Quijote, siempre estuvo inmerso en otro tipo de ocupaciones muy diferentes de las literarias.

En 1580, cuando regresó de Italia, de Lepanto y de Argel, inició un periplo que le llevaría a demandar, previa presentación de su historial militar, una ocupación, acorde con sus méritos, que le permitiese reanudar su vida en la España del momento. Sólo cuando vio que cuantas demandas presentaba todas eran rechazadas o no estimadas como Cervantes quería, sólo entonces, repito, intentó la aventura de la literatura y para ello ahondó en el género literario que estaba de moda en esos momentos. Fracasó o no consiguió la fama y la fortuna que esperaba, el caso es que se sumió en un silencio literario de veinte años, hasta que -de nuevo acuciado por la mala suerte en lo tocante a ocupaciones- intentó probar suerte con otro libro, el Quijote. Éste se oponía a priori -al margen dejamos interpretaciones que lo interrelacionan con la obra primera de Cervantes- a La Galatea; le dio fama y no tanto dinero como esperaba. Desde entonces se olvidó por completo del género bucólico, que retomaba en muy contadas ocasiones -esta vez con bastante eficacia, quizá en ello influyó decisivamente la concisión de las historias contadas-56.

Al acabar La Galatea, con el sueño de creer que la fama de la misma exigiría de ella una Segunda parte, la anuncia; pero el ambiente no se le mostró propicio. Por ello la anunció durante mucho tiempo, con el fin de que siempre se la tuviese presente, aunque, como hemos indicado anteriormente, nunca tuvo verdadera voluntad de hacerla: nada nos ha llegado de ella, ni un mal bosquejo; treinta y un años tuvo para hacerla -tantos como años se pasó anunciándola- y no la hizo, dedicándose a otros asuntos literarios ajenos al género pastoril.

Notas:

  1. ALBORG, J.L., Historia de la literatura española. Tomo II: Época barroca. Madrid: Gredos, 1993. 2ªedición, 6ª reimpresión. Págs. 127 y 128.

  2. Las sucesivas referencias textuales de cualquier fragmento del Quijote han sido tomadas de la excelente edición de Martín de Riquer (Barcelona: Planeta, 1990. 10ª edición.) El resto de los párrafos que no correspondan al Quijote, sino a cualquiera otra obra de Cervantes, los he tomado de las Obras Completas de Cervantes, en dos tomos, cuya recopilación, estudio preliminar, preámbulos y notas han sido realizados por Ángel Valbuena Prat (Madrid: Aguiar, 1990. 18ª edición, 3ª reimpresión).

  3. RIQUER, Op. cit, 13.

  4. Valbuena Prat, "Poesías sueltas: Prólogo" en Op. cit.,41. Sobre la poesía de Cervantes es interesante el juicio que tanto Amezúa como Rodríguez Marín dan al respecto. El primero afirmó en su obra Cervantes, creador de la novela corta española, (vol I, Madrid, 1956, pág. 14 -nota a pie núm. 3-) lo siguiente: "La característica de Cervantes como poeta es la desigualdad..., condición suya que ha provocado desfavorable opinión tanto de sus contemporáneos como de los críticos modernos sobre su talento poético, más hecho para lo irónico y burlesco que para lo serio y grave"; por su parte, Rodríguez Marín dirá en su edición del Viaje del Parnaso (Madrid, 1935. Pág. XLIII): "Cervantes fue casi siempre un mediano versificador, pero siempre, y al mismo tiempo un admirabilísimo poeta". Ambas citas han sido tomadas de Alborg, Op. cit, 42. Estos juicios, un tanto benévolos hacia la condición de Cervantes como poeta, se contraponen a lo que de ella dicen Felipe Pedraza y Milagros Rodríguez (Manual de literatura española, III. Barroco: introducción, prosa y poesía. Navarra: Cénlit Ediciones, S.L., 1980. Pág. 101): "...es imposible dejar de señalar las imperfecciones que hay en sus versos. Es una poesía tosca, dura, que no resiste la comparación con el lenguaje poético creado por Lope o Góngora"; y, citado por los anteriores, lo que afirma Vicente Gaos en el prólogo de su edición del Viaje del Parnaso (Madrid: Castalia, 1974. Clásicos Castalia. Pág. 16): "pobreza de la rima, falta de suavidad,uso frecuente de epítetos y frases hechas, exceso de retórica".

  5. RIQUER, Op. cit, 103.

  6. Una buena bibliografía sobre la vida de Cervantes debería contener necesariamente los siguientes títulos: Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra (6 tomos). Madrid, 1948-1956; Jean Cannavagio, Cervantes, Madrid, 1986; Jaime Fitzmaurice-Kelly, Miguel de Cervantes Saavedra. Reseña documental de su vida, Buenos Aires, 1944; Alberto Sánchez, "Estado actual de los estudios biográficos" en Suma Cervantina, editada por J.B. Avalle-Arce y E.C.Riley, Londres, 1973; Jean Babelon, Cervantes, Buenos Aires, 1947; Gregorio Mayans y Siscar, Vida de Miguel de Cervantes Saavedra. Madrid: Espasa Calpe, 1974. Clásicos castellanos, etc. A esta lista habría que añadirle un sin fin de biografías hechas por personalidades de la talla de José María Asensio, de Julio Cejador, de Emilio Cotarelo y Mori, de Francisco Navarro Ledesma, de Vicente de los Ríos, de Juan Antonio Pellicer, de Francisco Rodríguez Marín, de Cristóbal Pérez Pastor, y una interminable lista de cervantistas cuyas aportaciones a la biografía de Cervantes han sido fundamentales y cuya consulta, por parte de aquellos que deseen ahondar en la figura del genial alcalaíno, se me antoja esencial e inevitable.

  7. Hay quienes opinan que existe una relación muy directa entre el mismo y un mandamiento judicial que el 15 de septiembre mandaba a proceder en Rebeldía contra un myguel de Çerbantes, absente, sobre Razon de haber dado çiertas herias en esta corte A antonio de Sigura, andante en esta corte, sobre lo cual El dicho miguel de Çerbantes, por los dichos nuestros alcaldes fue condenado A que con berguença publica le fuese cortada la mano derecha y en destierro de nuestros Reynos por tiempo de diez años y en otras penas contenidas en la dicha sentencia. Esta huida vendría posteriormente avalada con la petición que por esas fechas -diciembre- hacía don Rodrigo de Cervantes de limpieza de sangre en favor de su hijo Miguel: ...digo que Miguel de Çerbantes, mi hijo e de doña Leonor de Cortinas, mi legítima muger, estante en corte Romana, le conviene probar e averiguar como es hijo legítimo mío e de la dicha mi muger, y quél [...] ni semos moros, judíos, conversos ni reconciliados por el Santo Oficio...

  8. Pedraza y Rodríguez, Op. cit., 102.

  9. Autor al que le unía con Cervantes una gran amistad, hasta el punto de ser él uno de los poetas que insertó un poema laudatorio en los preliminares de La Galatea Mientras del yugo sarraceno anduvo...»). Los otros dos fueron: Luis de Vargas Manrique («Hicieron muestra en vos de su grandeza...») y López Maldonado («Salen del mar, y vuelven a sus senos...»).
    Narciso Alonso Cortés ("Cervantes" en Historia general de las literaturas hispánicas, bajo la dirección de Guillermo Díaz Plaja, Barcelona: Ed. Barna, 1951, pág. 809) nos recuerda las palabras que sobre esta obra de Gálvez Montalvo dijo el cura: «guárdese como joya preciosa» (Riquer, Op. cit., pág. 80); asimismo, asegura lo siguiente: «la verdad es que en la Galatea mostró por el género inequívoco cariño [se refiere a Cervantes], y que tuvo muy presente la novela del autor lusitano» (Alonso Cortés, Op. cit., pág. 809).

  10. Si se desea ampliar conocimientos sobre la influencia que recibió Cervantes de Italia y de Garcilaso pueden consultarse los siguientes títulos: Wellington, M.Z. «La Arcadia de Sannazaro y la Galatea de Cervantes«, Hispanófila, 5 (1959); Trend, J.B. «Cervantes in Arcadia», en los Estudios dedicados a Menéndez Pidal, Madrid, CSIC, 1951, II; Rivers, E.L. «Cervantes y Garcilaso», Cervantes: su obra y su mundo. Actas del I Congreso Internacional sobre Cervantes, Madrid, Edi. 6, 1981; Soria Olmedo, Andrés, Los «Dialoghi d'Amore» de León Hebreo: aspectos literarios y culturales, Granada, Universidad, 1984; Morel-Fatio, Alfred, «Cervantes et les cardinaux Acquaviva et Colonna», Bulletin Hispanique, 8 (1906); Buchanan, Milton, «Some Italian Reminiscenses in Cervantes», Modern Philology, 5 (1907); Sorrento, L, "Cervantes en Italia" en La lectura. Madrid, 1915; Billi Di Sandorno, A, "¿Por qué fue a Italia Cervantes?" en la Revista bibliográfica y documental, IV, Madrid, 1950; entre una amplísima bibliografía relativa a dicho asunto y que por motivos de espacio me resulta imposible incluir aquí.

  11. Cita hecha en la edición de La Galatea de Francisco López Estrada y de María Teresa López García-Berdoy. Madrid: Cátedra, 1995. Págs. 16-17.

  12. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., pág. 17.

  13. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., págs. 11-12.

  14. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., pág. 13.

  15. La decepción de verse sin oficio ni beneficio, olvidados sus méritos, manco y con una gran responsabilidad familiar sobre sus hombros, pudo servir como base espiritual, años después, ya publicada y olvidada la Galatea, para su Quijote. Cierto es que aún no hemos llegado a la etapa del Cervantes en Andalucía como proveedor de la Armada, etapa crucial para la creación del inmortal hidalgo, pero no es menos cierto que ya desde hacía mucho tiempo, desde que en 1580 pisó tierra española, su espíritu, que entonces debía estar con una moral propia del héroe que había sido en Lepanto y en Argel, promoviendo cuatro intentos de fuga, iba decayendo paulatinamente en la más triste de las decepciones: la del olvido del reconocimiento merecido.
    ¿De qué le sirvió toda aquella muestra de heroísmo, si luego la balanza de la compensación estaba con el fiel desnivelado para él? Cervantes se enorgullece, sin duda alguna, de su actitud y aptitud en la batalla de Lepanto, lo manifiesta en numerosas ocasiones a lo largo de su vida; pero también se desengaña de los halagos y las heroicidades y de los frutos que de ellas se supone que debían ganarse. Don Quijote se moldeará bajo estas circunstancias. Como paladín de la justicia y emblema del valor y la valentía, don Quijote fluctúa entre las fronteras que traza el Cervantes orgulloso y el Cervantes desengañado.
    Las dos negativas que le impidieron acceder a las Indias y la que en 1610 recibió en Barcelona por parte del secretario personal del conde de Lemos, quien iba a Nápoles como virrey con una corte de escritores, Lupercio Leonardo de Argensola, sirvió de estímulo para iniciar una frenética carrera hacia la inmortalidad. En contra tenía el tiempo y su condición de "preso" dentro de las fronteras de nuestro país, Con 63 años, en 1610, se había desmoronado definitivamente su "futuro feliz", si es que a alguno podía aspirar con esa edad y esos años. De hecho, su creación más perfecta, don Quijote, tuvo que fracasar, perder su condición de caballero andante, de idealista, de justo y de héroe en la playa de Barcelona; cerca del mar, el mismo mar en el que se suponía debió zarpar Cervantes rumbo a la libertad y al idealismo neoplatónico con el que siempre se sintió identificado. Quizás, como a don Quijote, sólo le quedó tras la derrota el amor: el personaje siguió amando a Dulcinea, el autor se amó a sí mismo.

  16. Rodríguez Marín hace su afirmación en la edición del Rinconete y Cortadillo, Madrid, 1920, pág. 125, y Astrana Marín lo hace en su Vida ejemplar y heroica..., Madrid, 1948-1958, vol III, págs. 29, 35 y 174. Ambas citas han sido tomadas de Alborg, Op. cit.,80. Nota 1.

  17. Sobre esta postura destaca la posición de Agustín González de Amezúa, quien en "Una carta inédita y desconocida de Cervantes" en el Boletín de la Real Academia Española, XXXIV, 1954, habla de la carta que Cervantes envió a Antonio de Eraso en 1582 y de la que nos hemos hecho eco anteriormente (véase la página 6).

  18. López Estrada, F, "Literatura pastoril y Cervantes: La Galatea" en Actas del I Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas. Barcelona: Anthropos, 1990. Pág. 167.

  19. López Estrada, Op. cit., pág. 167.

  20. Alonso Cortés, Op. cit., pág. 809.

  21. Alborg, Op. cit., pág. 83.

  22. López Estrada, Op. cit., pág. 168. También puede encontrarse esta misma cita en su edición de La Galatea, junto con López García-Berdoy, pág. 93..

  23. Alborg, Op. cit., pág. 84.

  24. Valbuena Prat, Op. cit., pág. 736. Sobre este comienzo es interesante lo que al respecto afirma López Estrada (Op. cit., pág. 167): «Obsérvese que está dedicado a los «curiosos lectores», así en plural, a los muchos y no a uno. Cervantes sabe que no ha de lograr la fama ni por sus méritos personales (exhibidos en los memoriales con escasa fortuna), ni por el posible «disfraz» de sus pastores (aunque pueda hacerlo), ni por la clave del relato, ni por la elevación culta de su obra en el círculo de los entendidos, para lo cual carece de preparación y títulos».
    Los prólogos de Cervantes son verdaderas obras maestras en su género. Salvo el de la Primera Parte del Quijote, el resto de los prólogos que publicará carecen de esta llamada de atención. La llamada de atención del Quijote de 1605 encierra un significado muy profundo. Con un «desocupado lector» (Riquer, Op. cit., 11) Cervantes consigue concretar el ámbito de extensión que ha de tener su obra.
    Aceptando como base preliminar el propósito de Cervantes a la hora de componer el Quijote (acabar con los libros de caballería), éste dirige su obra hacia aquellos sectores de la población que saben leer y cuyos ratos de ocio hacen que no se dediquen a nada productivo, lo que es, en definitiva, el mal a evitar. Para ello, y con esto enlazo con la afirmación de López Estrada, usa el singular: tiene un público muy determinado al que dirigirá la obra y que, a la postre, tendrá que recibir la "moraleja" que encierra la obra. El Quijote en ese sentido es un libro eminentemente didáctico. Para más información sobre este asunto pueden consultarse mis "Anotaciones al prólogo de la Primera parte del Quijote" (inédito). De todas formas, no quisiera dejar de citar obras sumamente interesantes y que tocan este punto: Martín de Riquer, "Cervantes y la caballeresca" en Suma Cervantina, Londres, 1973, págs 273 y 274; Martín de Riquer, Op. cit., págs. XXXIII-XLV; A. Porqueras Mayo, "En torno a los prólogos de Cervantes" en Cervantes, su obra y su mundo, Madrid, Edi-6, 1981; Carmen Escudero, "El prólogo al Quijote de 1605, clave de los sistemas estructurales y tonales de la obra" en Actas del I Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas, Barcelona: Anthropos, 1990; entre otras muchas.

  25. En las Obras completas de Cervantes, de Valbuena Prat, estos preliminares no aparecen por lo que la referencia en lo que a páginas se refiere la doy tomando como base la edición de López Estrada y de López García-Berdoy, Op. cit., págs. 147-150.

  26. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., pág. 14.

  27. Joaquín Casalduero llama la atención sobre esta disposición en seis libros afirmando que: «Cervantes sustituye el número impar de libros por el número par, lo cual exige que el centro [o sea, el centro que vendría constituido por un libro] pierda su calidad físicamente estática y su poder de concentración. El carácter estático tan bello del libro IV de Montemayor [autor, no lo olvidemos, de Los siete libros de la Diana], con una organización tan ordenada, desaparece [entiéndase que desparece en la Galatea]; en su lugar, tenemos un doble centro, los libros III y IV, con un contraste que realza el dinamismo dramático que caracteriza a la Galatea.» (véase, Joaquín Casalduero, "La Galatea" en Suma Cervantina, Londres, 1973, pág. 32.)

  28. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., pág. 97.

  29. Valbuena Prat, Op. cit., pág. 737.

  30. Riquer, Op. cit., págs 69-82. En particular, las palabras del cura aparecen en la página 81.

  31. Valbuena Prat, Op. cit., pág. 211.

  32. Riquer, Op. cit., pág. 561.

  33. Valbuena Prat, Op. cit.,vol. II, pág. 868. Hasta ahora no se ha establecido distinción de tomos cuando citábamos a Valbuena Prat y sus Obras completas de Cervantes porque todas las citas correspondían al tomo I; sólo cuando hemos tenido que consultar el segundo, como ocurre en este caso, es cuando hemos tenido que especificar.

  34. Alborg, Op. cit., pág. 82.

  35. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., pág. 101.

  36. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., pág. 101.

  37. López Estrada, Op. cit., pág. 163.

  38. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., pág. 647 (bajo el epígrafe de Apéndice I: Preliminares de la edición de Oudin de «La Galatea», (París, 1611). 1, A los estudiosos y amadores de las lenguas extranjeras). También vuelve a hacerse mención de lo afirmado por Oudin, en este mismo libro, en la página 97-98.

  39. Riquer, Op. cit., 552. López Estrada y López García-Berdoy, citan esto en su edición de la Galatea, Op. cit., pág. 98.

  40. López Estrada y López García-Berdoy, Op. cit., pág. 99.

  41. Valbuena Prat, Op. cit., 26.

  42. Valbuena Prat, Op. cit., 732.

  43. Amezúa, Cervantes, creador de la novela corta española, vol. I, págs 22 y 23. Citado por Alborg, Op. cit., 87, quien añade, además, en la misma página (nota 20), lo siguiente, muy interesante: La existencia de estas dos solas reimpresiones (Lisboa, 1590 y París, 1611) suelen aducirse, en efecto, como prueba de la escasa aceptación que tuvo la novela pastoril de Cervantes, frente a la gran difusión y numerosas ediciones de la Diana de Montemayor y de la Diana enamorada de Gil Polo.

  44. R.O. Jones, Historia de la literatura española. Siglo de oro: prosa y poesía (siglos XVI y XVII), edición revisada por Pedro Cátedra, Barcelona: Ariel, 1989. 10ª edición. Pág. 252.

  45. Martín de Riquer y José María Valverde, Historia de la literatura universal, tomo II. Barcelona: Planeta, 1078. 7ª edición. Pág. 203. Aunque el tomo esté firmado por los dos, Martín de Riquer es quien se encargó de elaborar el apartado relativo a Cervantes, de donde he obtenido la cita.

  46. Martín de Riquer y José María Valverde, Op. cit., II, pág. 204.

  47. Valbuena Prat, Op. cit., pág. 917.

  48. Riquer, Op. cit., pág. 584.

  49. Cristóbal Zaragoza, Cervantes, Zaragoza, Mondadori, pág. 219.

  50. Sevilla Arroyo, F. y A. Rey Hazas, "Introducción" a las Obras completas de Miguel de Cervantes Saavedra, tomo I. Alcalá de Henares: Centro de Estudios Cervantinos, 1993. Pág. XXVI.

  51. Sevilla Arroyo y Rey Hazas, Op. cit., XXVII.

  52. Riquer, Op. cit., pág. 13.

  53. Pedraza, F. y M. Rodríguez, Op. cit., pág. 115.

  54. En la Primera parte del Quijote podemos encontrarnos en la historia de Grisóstomo y Marcela ciertas reminiscencias con todo lo concerniente al mundo pastoril; las mismas, no obstante, son muy relativas y siempre se nos escaparán de las manos. Por lo demás, en el resto de sus obras la presencia de este motivo literario está muy restringida. En el Quijote de 1605, debido fundamentalmente a su proximidad temporal con La Galatea, es donde podemos encontrarnos un mayor número de connotaciones pastoriles en comparación con el resto de las obras de Cervantes.

  55. Valbuena Prat, A, Historia de la literatura española, III: siglo XVII, edición ampliada y puesta al día por Antonio Prieto. Barcelona: Ed. Gustavo Gili, 1982. Pág. 53.

  56. Por otra parte, son harto conocidas las ironías que el mismo Cervantes dedica a la narración bucólica, de manera especial en El coloquio de los perros (Novelas ejemplares, 1613), siempre citado como prueba de la opinión del autor sobre aquellas idealizadas fantasías: "Entre otras cosas -dice Berganza- considerava que no devía ser verdad lo que avía oydo contar de la vida de los pastores... diziendo que se les passava toda la vida cantando y tañendo con gaytas, çampoñas, rabeles y chirumbelas, y con otros instrumentos extraordinarios..." (véase Valbuena Prat, Obras completas, II, pág. 266) Los únicos pastores que había visto Berganza no cantaban "con vozes delicadas, sonoras, y admirables, sino con vozes roncas, que solas, o juntas, parecía, no que cantavan sino que gritavan o gruñían. Lo más del día se les passaba espulgándose, o remendando sus abarcas, ni entre ellos se nombravan Amarilis, Fílidas, Galateas, y Dianas, ni havía Lisardos, Lausos, Iacintos, ni Riselos; todos eran Antones, Domingos, Pablos, o Llorentes, por donde vine a entender lo que pienso que deven creer todos; que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de ociosos y no verdad alguna..." (véase Valbuena Prat, Op. cit., 267).» Esta cita ha sido tomada de Alborg, Op. cit., pág. 83. Cervantes, por lo tanto, se adentró en el género pastoril para conseguir un propósito: enrolarse en el célebre círculo de poetas del dicho género que comandaban escritores tan célebre como Montemayor o Gil Polo, entre otros; de haber tenido cubiertas sus necesidades, es posible que intentase innovar -nada tenía que perder-, pero tratándose de un asunto tan peliagudo como era el de la supervivencia y el de la estabilidad económica, y requiriendo, además, para ello, del apoyo en última instancia de un sector tan esencial como era el del público, sólo tuvo que desarrollar el género que éste demandaba. De ahí su decepción: no consiguió cautivarlo dándole lo que pedía. En el Quijote, Cervantes -que ya había vivido la experiencia de ver cómo fracasaba una obra tan "a la moda" como era La Galatea- ahonda en el tema de otra moda literaria del momento: los libros de caballerías; pero ahora lo hace desde otra perspectiva, diferente a la de La Galatea. En La Galatea imita a muchos libros de pastores; en el Quijote, no, los parodia.


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