Biblioteca Quijotesca

  

Graham Greene

Monseñor Quijote

  

El padre Quijote tenía motivos para temer a los obispos; era muy consciente de la gran antipatía que sentía por él su propio obispo, quien le consideraba poco más que un campesino, pese a su eminente antecesor.
—¿Cómo puede descender de un personaje de ficción?—había preguntado el obispo en una conversación privada de la que puntualmente fue informado el padre Quijote.
El hombre con quien el obispo conversaba contestó, sorprendido:
—¿Un personaje de ficción?
—Un personaje de una novela de un escritor sobrestimado que se llamaba Cervantes; más aún, una novela con muchos pasajes que en los tiempos del Generalísimo ni siquiera hubieran pasado la censura.
—Pero, Excelencia, ahí tiene usted la casa de Dulcinea en El Toboso. Allí lo tiene escrito en una placa: casa de Dulcinea.
—Un reclamo para turistas. Pero bueno —prosiguió el obispo ásperamente—, Quijote no es siquiera un patronímico español. Cervantes mismo dice que probablemente se apellidaba Quijada o Quesada, o incluso Quejana, y en su lecho de muerte el Quijote se llama a sí mismo Quijano.
—Veo que Su Excelencia ha leído el libro.
—Nunca he pasado del primer capítulo. Claro que, desde luego, he echado un vistazo al último. Eso suelo hacer con las novelas.
—Quizás algún antepasado del padre Quijote se llamaba Quijada o Quejana.
—Los hombres de esa clase no tienen antepasados.

[...]


Graham Greene, Monseñor Quijote, cap I. De cómo el padre Quijote se convirtió en monseñor (1982)



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