Biblioteca Quijotesca


  

José Luis Vega

A LOCUCIÓN A DON QUIJOTE,
AL FILO DEL FIN DEL SIGLO


  


Si todavía cabalgas, encanijado viejo,
desde el reseco cuero de la Mancha
hasta la mar de América por donde
tantas desgracias nos vinieron, tantos
monstruos paridos por el Sordo
en las mudas paredes de la Quinta,
tantos carabelones donde ni una
rata más cabía, ni un sifilítico,
ni un cura, ni un loco más;

si todavía cabalgas, digo, ha de ser
a lomo de caballo genial alimentado
con la paja del pueblo, a lomo
de sílabas silvestres, cribadas
por el docto Gutierre de Cetina,
y cebadas acá y amancebadas
en los catres del Cuzco, en las hamacas
colgadas por amor en la manigua
y a flor de barracón.

Tengo un libro en mis manos amarillo
que antes fuera del brazo de mi padre y antes
atado al metacarpo del abuelo.
No otra cosa leyeron sino tus desventuras
de abadejo. Sin lomo está, sin tapa,
mal cosido y peor enjaezado,
con tachas de jamelgo por las márgenes,
como si hubiera andado en las alforjas
locas de las generaciones.

Pronto, caballo, padre, libro, abuelo
entran volando al reino de las homologías
en cuyo escudo Polifemo muele
la mugre candeal; a donde cada puta
se debate en dama; y el castillo es venta;
la bacía, cetáceo; perfume, la oveja
herida en el centro de sus efectivos;
y locura es cuerda con qué atar
el cabo de los nombres a las cosas.

Magro abuelo de sable antojadizo,
tosco más que los troncos
de palma rebanados; abuelo desdentado
si no fuera por seis de nata turbia
torcidos, peor dispuestos y mal correspondidos;
herido en el espanto y preso
en los campos de Argel; abuelo recogiendo,
a mano sola, las hojas de tabaco
sobre el lomo del trópico;

abuelo Inquisidor que vino
del cielo pedregoso de Castilla,
abuelo sajador que trajo uña
de acero toledano, carbonero
curioso de Canarias, labrador
de Mallorca, andaluz de aceituna,
gallego de las rías, baturro, corso pobre,
negro abuelo del Congo de Palés;
todos locos y mancos, por supuesto.

Si todavía cabalgas, digo, que ha de ser
porque acá te mechamos la lengua.
Porque tuvimos brumas para engordar la fauna
anfibia de la imaginación.
Calderón, esa cola tan larga y escamosa,
y Góngora, pujando por salirse del cajón,
y Quevedo, que no cupo en sus sueños, y Teresa
con esa irreverencia de cebolla, alcanzaron acá
su adecuada extensión de playa oscura.

Mira ahora este emporio de guanábanas,
está tierra podrida de delirios,
estos decapitados guacamayos, mira
estos campos húmedos más propios para locos,
esta alucinación andante, mira
estas crestas gigantes, estas ínsulas,
estas aguas dementes, estos proliferantes
bacilos exquisitos, tanta, tanta escudilla
tomada del orín; escucha

de noche los discursos de los loros,
oye la palabra mutante,
el monólogo audaz de las lezamas,
las palabras que Borges vocifera
desde un hoyo en Ginebra, la grita
del bestiario, los tambores de Ogún,
y dime, si no es esta tu casa,
si a lomo clavileño no cabalgas
sobre el sueño del sueño.

Dime, señor y abuelo mío,
loco de ultramarinos que mueres,
como el siglo, postrado de cordura, dime,
si no es tiempo de alzarnos a la altura
de la cabalgadura, vestidos de pastores
salir a buscar putas, quimeras, vellocinos,
manatíes que amar sobre la arena,
ahora cuando el gallo rompe los siete sellos
y ve volar en cantos la utopía.



José Luis Vega (puertorriqueño, 1948), publicado en La Cervantiada, Julio Ortega (editor)

2/01/99



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