Biblioteca Quijotesca

  

Pedro Pablo Paredes

DON ALONSO QUIJANO

  

La verdad es que Don Quijote de la Mancha, sin decir cómo ni cómo no, la ha dado por echárselas de caballero andante. Se ha marchado allá, por esos mundos, en pos de las aventuras. Pero es el hombre más destartalado, más atarantado, más descuadernado, más desabrochado, que existe "por todo lo descubierto de la tierra". Yo le tengo, ni sé si afecto verdadero o verdadera lástima. Y tengo que reconocer, como en efecto reconozco, que, sobre manera, se me parece. Parecemos, para hablar en romance, hermanos. Mucho más todavía que hermanos: gemelos. Aunque, a decir verdad, Don Quijote de la Mancha se me hace, nacido de mí, mi otro yo. ¿Estaré en lo cierto? Y si lo estoy, ¿por qué nos diferenciamos tanto?

Don Quijote de la Mancha sale cuando se le antoja. Ustedes lo saben. Regresa cuando menos se lo espera. Más destartalado y más atarantado que primero. Yo, en cambio, me quedo en la casa. Estoy aquí a toda hora. Me doy cuenta de los cuchicheos de la señora Ama y de Antoñilla, mi sobrina. Veo trabajar, todo el santo día, al mozo. Veo entrar y salir a Su Reverencia. Unas veces, con Maese Nicolás; otra, las más, solo. Me consta que se tienen largas y alborotadas charlas con mi sobrina y con la señora Ama. Y con un nuevo amigo que ha llegado de Salamanca al pueblo. Es estudiante y habla hasta por los codos. Es bachiller, para más señas. Se llama Sansón Carrasco.

Digo todo esto como si no tuviera nada que ver con Don Quijote de la Mancha. Nada. Pero, de pronto, caigo en cuenta de que, como ya dije, somos como gemelos. Sí. Algo de esto hay. Porque, sin duda alguna, me constan los pasos de aquel caballero. Con fidelidad cabal. Como si los hubiera dado yo mismo. Los molinos de viento, los "desalmados yangüeses", la Sierra Morena, el caballo Clavileño, la Cueva de Montesinos, el Caballero de la Blanca Luna, el encantamiento de Dulcinea. ¿Cómo no ha perecido Don Quijote de la Mancha en uno u otro de estos descalabros? Tan fieros cuando físicos como terribles cuando morales. No ha perecido, tal vez, porque yo he andado a su lado: cosido, como si dijéramos, con él. Yo, sin que él se diera cata de ello, soy quien lo he salvado. Las gentes son, de nación, mal pensadas y peor determinadas. Cuántas veces no han estado, en las ventas, en los caminos, y hasta en los palacios, por acabar con él. No se han atrevido a tanto, sin embargo. Las he detenido, no sé cómo, yo. Sí. Tal como lo estoy diciendo. Las he detenido yo. En los instantes críticos, definitivos, se tropezaban conmigo. Y yo no sé qué es lo que tengo; pero mi cordialidad, mi sentido común, mis palabras sobre todo, desarmaron a todos. Por esto no ha perecido Don Quijote de la Mancha. No me cabe la menor duda.

Quién sabe si Don Quijote de la Mancha no piensa de mí otro tanto. Tanto es lo que nos parecemos. Parecemos, como dicen las señoras, dos gotas de agua. Quién sabe nada de nada. La vida suele ser confusa. El caso es que, durante los breves dos regresos que él ha hecho, nada me ha dicho. Por cierto que ahora, en esta salida, se ha demorado más que de costumbre. Ya debe venir, quién sabe cómo, hacia esta casa que, dígase lo que se diga, es sabrosísima. Ya debe venir.

¿Quién me metería a mí en la cabeza que Don Quijote de la Mancha, una vez que llegue y se reponga, se dedicará a la vida pastoril? Vayan ustedes, si les provoca, a saberlo. Por lo que a mí respecta, sólo tengo un pensado. Llamar a Don Quijote de la Mancha, en lo que no más llegue, a cuentas. Si él piensa en mí tanto como pienso yo en él, estamos hechos. Vamos a conversar largo sobre todas estas cosas. Sobre todas. Así sabremos, frente a frente, quién es quién. Si él es, como me temo, el otro yo mío. O si, al revés, soy yo el otro yo suyo. Estoy que me relamo de gusto por este encuentro. Lo verán. Va a ser sonado.



Pedro Pablo Paredes (1917). Nació en La Mesa de Esnujaque, Estado Trujillo, Venezuela. Pertenece a la Generación del 40 venezolana. Poeta, profesor, crítico y ensayista. Premio Nacional de Literatura, 1993. Leyendas del Quijote. Universidad de Los Andes. Ediciones del Rectorado. Mérida, 1976.

Remitido por Poeta Pablo Mora (Venezuela)
14/03/99



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