Biblioteca Quijotesca

  

José Enrique Rodó

EL CRISTO A LA JINETA

  

 

Después del Cristo de paz, hubo menester la humana historia del Cristo guerrero, y entonces naciste tú, Don Quijote, Cristo militante, Cristo con armas, implica contradicción, de donde nace, en parte lo cómico de tu figura, y también lo que de sublime hay en ella.

Atribuyeron a Cristo casta real, dijeron que era de la sangre de David; y tú conjuraste que había de pasar igual cosa contigo: "Podría ser, ¡oh Sancho! -dijiste-, que el sabio que escribe mi historia deslindase de tal manera mi parentela y descendencia, que me hallase quinto o sexto nieto de rey." Nació Cristo en su aldea humilde, a la que para siempre levantó de la oscuridad su cuna. Lugareño fuiste también tú, y solo por ti vive en la memoria del mundo tu Argamasilla. Cuando se aludía a él por su nacimiento, no se vinculaba a su nombre el de su pueblo, sino el de su región: el Galileo se le llamaba; como tú tomaste para añadir a tu nombre el de la comarca de que eras, el del viejo Campo Esportuario: la Mancha de los moros. Él, antes de poner por obra nuestra redención, quiso ser consagrado por manos del Bautista; como tú, antes de arrojarte a no muy menores empresas, quisiste recibir, del castellano de tu castillo, la pescozada y el espaldarazo. Cuarenta días y cuarenta noches pasó él en retiro del desierto; y tú, en tu penitencia de Sierra Morena, pasaras otros tantos, a no sacarte de allí maquinaciones de los hombres. Rameras hubo a su lado y las purificó su caridad; como a tu lado, y transfiguradas por tu gentileza, maritornes y mozas del partido. El dijo: "Bienaventurados los que padecen persecusión de la justicia"; y tú, pasando del dicho inaudito al hecho temerario, trozaste la cadena de los galeotes. Él atraía y retenía a su cohorte con la promesa del reino de los cielos; como tú a la cohorte tuya -unipersonal, pero representativa del pululante coro humano-, con la promesa del gobierno de la ínsula. Si enfermos sanó él, tú valiste a agraviados y menesterosos. Si él conjuró los espíritus de los endemoniados, a ti te preocupó el remediar encantamientos. Ni a él quiso reconocerle el sentido común como Mesías, ni a ti como andante caballero. Burla y escarnio hicieron de su mesianismo como de tu caballería; y si la madre y los hermanos del Maestro le buscaban para disuadirle y él hubo de decir: "No tengo madre ni hermanos", bien se te opusieron y te obstaculizaron en tu casa, tu ama y tu sobrina. Cuando desbaratas el retablo del titiritero, donde lo heroico se rebaja a charlatanería de juglar, haces como el que echó por tierra las mesas de los mercaderes y las sillas de los vendedores de palomas. Indígnanse los sacerdotes de Jerusalén, porque ven que festeja la multitud a Cristo; y porque a ti te festejan en casa de los Duques, se indigna un ensoberbecido y necio clérigo... Y es tu Jerusalén la casa de los Duques: allí, después de festejársete, padeces persecusión; allí te befan, allí te llenan de ignominia. Como Pedro al Maestro, Sancho, hechura tuya, te niega, cuando con cobarde sigilo llega a confesar a la Duquesa lo que el mundo llama tu locura. El letrero que en Barcelona cosen a tu espalda, es el "Este es el Rey de los Judíos", con que se te expone a la irrisión. Sansón Carrasco es el Judas que te entrega. Un publicano, San Mateo, escribió el Evangelio de Cristo, y otro publicano, Miguel de Cervantes, tu Evangelio. Dos naturalezas había en ti, como en el Redentor, la humana y la divina; la divina de Don Quijote, la humana de Alonso Quijano el Bueno. Murió Alonso Quijano y para otros quedaron su hacienda, y las armas tuyas, y el rocín flaco y el galgo corredor; pero tú, Don Quijote, tú si moriste, resucitaste al tercer día: no para subir al cielo, sino para proseguir y consumar tus aventuras gloriosas; y aún andas por el mundo, aunque invisible y ubicuo, y aún deshaces agravios, y enderezas entuertos, y tienes guerra con encantadores, y favoreces a los débiles, los necesitados y los humildes, ¡oh sublime Don Quijote, Cristo ejecutivo, Cristo-León, Cristo a la jineta!



José Enrique Rodó (Montevideo, 1871-1917), de "El Mirador de Próspero" (1906), incluido en Obras Completas de José Enrique Rodó, Aguilar Madrid, 1967, segunda edición, páginas 538-539

Enviado por Dr. Darío Echandía (Bonn, Alemania) 21/02/2005



Volver al Índice