El cajetín de la Lengua


¿2000, el 2000?


Adelaida Durante

La Nota sobre la expresión de las fechas a partir del año 2000 emitida por la Real Academia (http://www.rae.es) ha logrado introducir confusión donde antes no la había. Entiende la Academia que "en la datación de cartas y documentos del año 2000 y sucesivos" debe mantenerse la norma de no anteponer el artículo a la fecha. Salomónicamente, nada dice la Nota respecto a qué hacer en escritos que no cabe calificar como cartas ni documentos y que, sin embargo, constituyen hoy el más importante vehículo de difusión de la lengua escrita: las noticias, las crónicas, los reportajes, los artículos de opinión..., en resumen, todo aquello que aparece publicado en prensa sea cual sea su periodicidad. Y nosotros, los periodistas, obligados a conocer los criterios de la RAE y a tenerlos en cuenta, vivimos cada día en la redacción la contradicción de leer "de 2000" en la datación de la portada y de cada una de las páginas de nuestro periódico, y de no poder evitar preguntarnos sobre la conveniencia, necesidad u obligación de escribir así mismo las fechas que mencionamos en nuestros escritos, donde "suenan" todavía menos naturales (si es que esto es posible) que en la datación.

Da la impresión de que ni la propia Academia confía en su criterio (eliminar el artículo en la datación de cartas y documentos), como se demuestra cuando apela a la contraposición lengua hablada/lengua escrita. Sólo a partir de la desconfianza se explica la alusión a que "la escueta referencia a 2000 puede resultar imprecisa en la mente de los hablantes para designar unívocamente un año". Bajo ese argumento, elaborado quizá ex profeso para justificar la persistencia del artículo en la lengua hablada, subyace seguramente una duda tan escasamente académica como si la fecha 2000 se refiere sólo a un año o, por el contrario, a otro milenio. Dado que —con independencia de que el cambio de guarismo nos empuja a considerar el 2000 como algo nuevo— nadie cuestiona en serio la certeza de que aún vivimos en el siglo XX (occidental), habrá que alcanzar una conclusión descorazonadora: la Academia no sabe cómo explicar el porqué de esa nueva propuesta de divorcio entre lengua hablada/lengua escrita, pero se ve en la obligación de formularla.

En favor del artículo ante esta fecha tan milenarista (y ,en consecuencia, tan proclive a ser víctima de toda clase de supersticiones y papanatismos) juegan --me parece-- dos de los factores que más pesan en la evolución de cualquier lengua: la eufonía y lo que podría llamarse psicología de los hablantes. Respecto a lo primero, la Academia se da por vencida al reconocer que, en efecto, la ausencia de centenas en la cifra, la cortedad de lo que en la pronunciación se convierte en un solo vocablo (/dosmíl/) inducen a anteponer el artículo. Por decirlo con sencillez, el 2000, con el artículo, suena mejor. Y lo que suena mejor termina imponiéndose por muchos diques de contención que se alcen para impedirlo. Así ocurre desde los tiempos de los romanos y así seguirá, previsiblemente, ocurriendo

El factor psicológico, quizá el más discutible, no parece conmover a la RAE. Para la mayoría, al parecer, los 2000 representan (intuitivamente) los años por antonomasia, lo cual hace que, para nosotros, nacidos en cualquier década del novecientos, "el" 2000 aparezca en la lejanía por mucho que ya lo tengamos delante. Así que, por el momento, es muy probable que no solamente nos refiramos al 2000, el 2001, el 2002..., y así sucesivamente hasta el 2100 (con la centena que parecía dividir el uso y la ausencia del artículo con el 1000: en el 1099, pero en 1101), sino que nos referiremos también, para hablar del futuro, mientras este se nos siga antojando "lejano", al 2101, el 2102 y el 2150: "A mí me encantaría volver a nacer en el 2275 o el 2300 y poder comprobar si todo esto se cumple".

La Academia afianza así en su "nota", quizá sin pretenderlo, el divorcio entre el acto de hablar y el de escribir, aspiración que parece una constante en nuestras instancias de poder y de la que con tanta frecuencia se nos acusa a los propios periodistas... Así, desafiando la sencillez expresiva (que usa el pueblo), no pocas palabras han esquivado históricamente las normas de evolución del castellano: matrimonio frente a madre, patriarcado frente a padre, eclesiástico frente a iglesia, secular frente a siglo... Los médicos nos dicen (y escriben) que tenemos cefalea porque piensan, quizá, que dolor de cabeza es vulgar; los arquitectos y urbanistas prefieren hablar de mobiliario urbano, no de bancos, farolas y "chirimbolos"; los empresarios provocan y hacen reajustes donde los empleados y obreros sufren despidos... La RAE, quizá para no ser menos, estipula ahora que escribamos "de 2000" en las fechas de nuestras cartas y documentos, donde todos decimos "del 2000". Y, ya que no cartas, auténticos "documentos", al parecer, estamos considerando a nuestras publicaciones periódicas, aplicándoles a rajatabla tan curioso "entendimiento" académico tanto en la portada como en la cabecera (o el pie) de sus páginas, aun cuando, no sin cierta culpabilidad, a veces escribamos el artículo (pero a veces no) en el interior de sus textos. Y, sin duda, con el tiempo, para el común de los lectores seremos precisamente nosotros, los periodistas (y no la Academia), la cabeza visible de esa tendencia del Poder, distanciadora. Y ahí sí nos duele...

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© Adelaida Durante 2000


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