El cajetín de la Lengua    

amos de casa, azafatos, encajeros, prostitutos,
‘psicópatos’, ‘telefonistos’...

Soledad de Andrés Castellanos
msandres@eucmos.sim.ucm.es
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID


Cambio de papeles

Sorprende gratamente la inusual suavidad con que es conducido un autobús de la EMT en Madrid. Pronto toman conciencia los viajeros de que la razón de tan poco habitual ausencia de brusquedad se debe al hecho de que el conductor es una mujer joven, profesional y relajada a pesar de las notables dificultades del tráfico y de los continuos atascos, en una mañana lluviosa de junio del 2002. La sorpresa procede de que la experiencia que padecemos cada día, incluso en espléndidas mañanas de sol, es un cúmulo de agresivos e impacientes acelerones y frenazos que propina, con verdadera saña, una y otra vez, la inmensa mayoría de los irritados conductores habituales, con riesgo de reducir la vida de los costosísimos vehículos y grave peligro para la estabilidad de los usuarios, que suponen que los irreales o etéreos inspectores - ¿acaso han dejado de existir? - no hacen absolutamente nada por controlar y evitar este feroz comportamiento con objetos móviles y pacientes sujetos.

Puede resultar positivo el cambio de hábitos y costumbres; oficios que tradicionalmente ejercían mujeres o varones pueden pasar a manos diferentes, y así los recién llegados, o incluso las recién llegadas, con más ganas, acaso puedan mejorar los servicios a la comunidad. Todo ello a pesar de las enormes resistencias a los cambios en nuestra inmovilista sociedad.

El fenómeno contrario, el ejercicio de oficios tradicionalmente femeninos por los varones resultará en muchos casos positivo; cuenta además, en esta todavía desigual sociedad nuestra, con la posibilidad de añadir prestigio a un oficio antes, en cierto modo, degradado o relativamente desvalorizado, cuando lo ejercían exclusivamente las mujeres. Tras el largo periodo en que se han ido reduciendo los obstáculos que había creado el mito de la incapacidad femenina, podrán igualmente los varones eliminar estereotipos, venciendo resistencias y prejuicios, y acceder en libertad a profesiones y oficios considerados antes como exclusivos de la mujer.

Es ya habitual encontrar en los medios de comunicación referencias e informes sobre el hecho frecuente de que los varones se decidan a ocupar puestos de trabajo considerados antes como exclusivamente femeninos. En la revista Tiempo (nº 986, 26.3.2001) publica Pepa Rebollo un reportaje, con fotos de Pablo Vázquez, “Hombres con trabajo de mujer”, donde reflexiona sobre este hecho:

Sin complejos. Los hombres comienzan a acceder a puestos de trabajo para los que nunca se había contado con ellos. Trabajan como cajeros, cuidan niños o limpian casas. Y parece que lo hacen con gusto. Aseguran no sentirse extraños ni discriminados en sus puestos de trabajo y tener el mismo sueldo y las mismas funciones que sus colegas femeninas.

Se acabaron los prejuicios. Trabajar como secretario, cuidador de niños, chico de la limpieza, teleoperador, cajero de supermercado o esteticista ya no es una rareza. Los hombres aseguran sentirse cómodos en estos trabajos considerados tradicionalmente femeninos y que, según Luis Bonino Méndez, psicoterapeuta especializado en problemáticas masculinas y director del Centro de Estudios de la Condición Masculina de Madrid, “se revalorizan en el momento en que los desempeña un hombre, ya que tener un secretario es más moderno y valorable que tener una secretaria, al menos en determinados ambientes. Además, probablemente los varones actuales se sienten admirados por pioneros, al contrario que las mujeres, que al entrar en trabajos masculinos tienen que demostrar su valía”.

En este reportaje se cita a Fernando Molina, madrileño, de 38 años, que trabaja como secretario de dirección para el presidente de una inmobiliaria. Fernando, que comenzó en la empresa como botones hace 22 años, y que luego ejerció como contable, comenta: “Puede resultar extraño que un hombre sea secretario, pero no mal”. Está satisfecho con su trabajo, y se considera “muy bien pagado”, aunque es consciente de la rareza de su presencia en una profesión en la que algunas estadísticas admiten que solo dos de cada cien personas son varones. A continuación aparecen: un joven niñero o cuidador de niños, a quien esta profesión no le crea ningún conflicto, aunque al principio la gente creía que Adrián, de 6 años, era su hermano; un cajero en un supermercado donde todavía la totalidad de sus compañeros de trabajo son mujeres, que se lamenta de que en la mayoría de los documentos siga poniendo ‘cajera’ en femenino; un teleoperador (ya ascendido a coordinador) de Telefónica, que trabaja en una sala donde el porcentaje de varones es tan solo de un 20 por 100; un chico de la limpieza, que se queja de ciertos abusos, ya que le piden cosas que “nunca pedirían a una mujer, como mover los muebles más pesados, cambiar bombillas o bajar las lámparas”.

La lengua española no plantea el menor problema en lo que se refiere a las denominaciones de estas profesiones, pues tan aceptables son los tradicionales femeninos secretaria, cuidadora de niños, cajera, teleoperadora, coordinadora, chica de la limpieza como los masculinos correspondientes.

 

amo de casa

Nos sorprendió la expresión amo de casa cuando apareció como título en una columna de Rosa Montero, en El País, el martes 19 de marzo de 1996. Empezaba así:

Tiene 38 años y cuatro hijos pequeños. Es un amo de casa: como él no encontraba trabajo y su mujer sí, decidieron que sería él, Juan Carlos Urbón, quien se encargaría del hogar. Ahora, tras catorce años de casados, su esposa se ha separado de él. La juez no ha concedido a Juan Carlos ni pensión ni la tutela de los niños, como sin duda hubiera hecho con una mujer (él es quien les ha criado). Lo peor es que le han echado de su casa: llegó la policía y se lo llevó por la fuerza ante la mirada de sus hijos.

Otro ejemplo, también en masculino. La directora de recursos humanos de un hotel de Madrid, Ángela Quesada, no tiene tiempo para atender a su hija de tres años, y afirma:

Su padre se ocupa más de ella, él tiene esa responsabilidad en la pareja. [...] Por supuesto, me gustaría tener más tiempo para mí, estar en casa y dedicar menos horas al trabajo; pero hago lo que me gusta, me dedico a lo que de verdad quiero. Y además mi pareja es un amo de casa estupendo. Un chollo. (El País semanal, 13.8.2000, 86).

También nos sorprendió el uso del femenino correspondiente, ama de casa, referido a varón, en la entrevista que Andy Chango hacía al músico Ariel Rot (El País de las Tentaciones, viernes, 11.2.2000, 4), en la pregunta “¿Te consideras una buena ama de casa?”, a la que Ariel contestaba: “Fui aprendiendo y especializándome en la última década, básicamente en lo que es la compra y la cocina. Mi novia, Mar, está muy ocupada y pasa poco tiempo en casa, así que yo llevo el timón”.

El diccionario académico, en su última edición (DRAE01, vigésima segunda edición, pp. 129-130 y 138) sigue dedicando indebidamente entradas independientes al femenino ama y al masculino amo; ha rectificado, respecto a ediciones anteriores, la ausencia de ama de casa, que sí consta ahora como ‘mujer que se ocupa de las tareas de su casa’, pero sigue sin incluir amo de casa ‘varón que se ocupa de las tareas de su casa’, s/v amo.

En el Diccionario del español actual de Seco, Andrés y Ramos (DEA, primera edición, 1999, pp. 259-260 y 282) sí han fundido en la misma entrada ama2 y amo. Sería acaso conveniente que en la acepción 4, que se define como ‘señor de la casa’, se ampliara a ‘señor o señora de la casa’, ya que una cita se refiere a varón y otra a mujer; y en la ac. 6 ama de casa debería incluirse al varón, definiendo ‘mujer [o varón] de su casa’.

 

azafatos, ‘telefonistos’

Con exquisita ironía y cierta indignación oíamos a Don Fernando Lázaro Carreter comentar en la SER, poco antes de mediodía, el 2 de diciembre de 1998, el hecho de que habían aparecido los dobletes azafatos y azafatas y telefonistos y telefonistas nada menos que en un BOE de agosto de “hace dos años”; escandalizado, afirmaba: “¡Está impreso!”.

Pero me parece a mí que no se pueden meter en el mismo saco ambos dobletes; telefonisto resulta del todo innecesario, pues el común telefonista vale igual para el masculino y el femenino, mientras que azafato es morfológicamente posible. Ya en un artículo publicado en el año 1992, titulado ‘Cónyuges y oficios nuevos’ (luego recogido en El dardo en la palabra, 1997, pp. 590-593) había arremetido Don Fernando contra el masculino azafato:

Llegaron los autobuses al lugar donde el acto inaugural iba a celebrarse. Pregunté a una muchacha uniformada por mi lugar, y me remitió a un azafato que había un poco más adelante. Así me lo dijo: azafato. Nuevo estrangulamiento de la corriente respiratoria; nunca había oído tan peregrina masculinización, en cierto modo paralela a la que llevó a llamar ridículamente modistos a los modistas. [...]

No existe nombre para el equivalente varón que, conforme a una igualación profesional de los sexos, ha accedido a tal oficio. Y muy en serio, aunque parezca broma, ha empezado a llamarse azafatos a los hombres. Lo oí primero en Sevilla, pero ya lo he visto escrito en varios sitios. Se trata de una masculinización estéticamente aberrante, aunque fuera posible desde el punto de vista morfológico: si sobre el nombre del objeto azafate, se formó el nombre de persona azafata, bien pudo haberse formado azafato si el rey hubiera contado con un conde viudo, por ejemplo, que le ofreciera la vestimenta en bandeja. Pero ahora rechina tal formación. De no hallarse término mejor, ¿no cabría llamar azafates a los varones que desempeñan los mismos oficios que las azafatas? Son numerosos los nombres españoles de profesionales formados por metonimia a partir del nombre de una cosa: el espada, el trompeta, el paleta (‘albañil’, sobre todo en Cataluña) y tantos más. Y tenemos dos sustantivos masculinos de profesión, de origen árabe, acabados en -ate: alfayate, ‘sastre’ y calafate; junto a los cuales azafate tal vez no haría mal papel (cit. artículo, pp. 591-592).

Las profesiones variadas que recoge, exclusivamente en femenino, s/v azafata, el último diccionario académico (DRAE2001, p. 261), corresponden a cuatro acepciones:

1. Mujer encargada de atender a los pasajeros a bordo de un avión, de un tren, de un autocar, etc.

2. Empleada de compañías de aviación, viajes, etc. que atiende al público en diversos servicios.

3. Muchacha que, contratada al efecto, proporciona informaciones y ayuda a quienes participan en asambleas, congresos, etc.

4. Criada de la reina, a quien servía los vestidos y alhajas que se había de poner y los recogía cuando se los quitaba.

A continuación, en el mismo diccionario, aparece el masculino azafate, definido como ‘canastillo, bandeja o fuente con borde de poca altura, tejidos de mimbre o hechos de paja, oro, plata, latón, loza u otras materias’. Una segunda acepción, coloquial, lo define como ‘jofaina de madera’.

No aparece en el DRAE01 el masculino azafato.

En el Diccionario del español actual de Seco, Andrés y Ramos (DEA99) han matizado notablemente las definiciones académicas, ampliándolas a cinco, al tener en cuenta a las azafatas televisivas; han añadido el adjetivo de color (‘azul intenso sin llegar a marino’). Pero además, teniendo en cuenta la presencia ya abundante de varones en las actividades profesionales correspondientes, incluyen la entrada en masculino azafato, marcada como coloquial, y definida como ‘hombre cuyas funciones son las mismas de la azafata’. Se recogen tres citas, las dos últimas del año 1992, en plural: ‘Las azafatas y los azafatos de la Expo [...]’ (Ya, 24.6.92, 4); ‘Para campaña informativa. Se precisan azafatas/os (informadores)’ (Córdoba, 2.8.92, 15).

¿Hasta cuándo seguirá extrañando o ‘chirriando’ a muchos usuarios de nuestra lengua el masculino azafato y su plural azafatos? ¿Es realmente la palabra en sí la que les molesta, ‘les suena mal’, o bien es el hecho de que profesiones antes claramente femeninas sean ahora realizadas por varones?

Sin la menor duda, el caso del masculino ‘telefonisto’ es claramente diferente: no existe en nuestra lengua necesidad de este anómalo masculino. Se trata de una palabra de género común, como artista, periodista, modista, psicópata, etc.; no hay ninguna necesidad de modificar la -a final en -o, pues basta con utilizar los determinantes concordando en género masculino o femenino con el sustantivo: la telefonista nueva, el telefonista nuevo. El nombre telefonista aparece correctamente recogido en los diccionarios: el DRAE01 lo marca como de género común, y lo define como ‘persona que se ocupa en el servicio de los aparatos telefónicos’; el DUE98 lo recoge como nombre [masculino y femenino] y lo define como ‘empleado o empleada que maneja las comunicaciones telefónicas’; el DEA99 lo marca también como masculino y femenino, y lo define como ‘persona que se encarga del servicio de una centralita telefónica’.

 

médica, enfermero, matrón

En el ejercicio de la medicina, ya nos hemos acostumbrado a la presencia generalizada de mujeres. Por ello, doctora es ya habitual, aunque todavía a muchos les cuesta utilizar el femenino médica, que fue en el pasado, sobre todo en el ámbito rural, ‘mujer del médico’; a quienes les provoque aún rechazo el femenino médica, conviene recordarles que tienen la posibilidad de seleccionar el uso del común la médico, si bien creemos que ya es hora de utilizar sin prejuicios, mirando no al pasado sino a la realidad presente, el femenino.

También los varones van ocupando oficios, en este sector, que antes fueron exclusivamente femeninos. Hemos encontrado, bajo el titular Enfermeros discriminados, en El País (26.1.2001, Madrid, 2) la amarga queja de un varón enfermero:

Me llamo Miguel y soy enfermero [...]. Telefoneo para denunciar la discriminación sexual que sufrimos los hombres en esta profesión de enfermería: me encuentro en la imposibilidad de trabajar en numerosos centros sanitarios ya que, al tratar a mujeres de edad, entre ellas algunas monjas, no se me permite atenderlas porque consideran concernida su intimidad [...]. Es más doloroso [...] al ver que esa consideración no la aplican a los médicos varones que las atienden.

Parece que el problema denunciado poco tiene que ver con la lengua española: desde el punto de vista lingüístico, no hay el menor problema con el masculino enfermero; ni siquiera en el diccionario, pues incluso el DRAE recoge la doble forma enfermero, ra en única entrada igualitaria, y en doble moción genérica, m. y f., y hasta en la definición utiliza la correcta fórmula ‘persona dedicada a la asistencia de los enfermos’.

Más complicado es el terreno de las especialidades ginecológicas y obstétricas. La vieja desigualdad sociológica se ha mantenido demasiado tiempo en los diccionarios, conservando hasta tiempos recientes el masculino comadrón como ‘cirujano que asiste a la mujer en el acto del parto’, y los femeninos comadrona y partera con una acepción desvalorizadora como ‘mujer que, sin tener estudios o titulación, ayuda o asiste a la parturienta’. Así sucedía aún en la edición del diccionario académico de 1992, pero ya han rectificado en el DRAE01:

comadrón, na. m. y f. partero.
partero, ra.
m. y f. Persona con títulos legales que asiste a la parturienta. //2. f. Mujer, que sin tener estudios o titulación, ayuda o asiste a la parturienta.

No parece adecuado que matrona aparezca exclusivamente en femenino en el diccionario académico, incluso en la última edición del año 2001; también el DEA99 recoge solo el femenino matrona, y la acepción 4 lo define escuetamente como ‘comadrona’, e incluso la única cita se refiere a mujeres. La realidad actual ya no encaja con estos diccionarios, pues tales oficios sanitarios son hoy ejercidos frecuentemente por varones. Ya hace tiempo, el 8 de marzo de 1998, pudimos oír y ver cómo un varón de mediana edad afirmaba ante las cámaras de Antena3, hacia las 20.45, que él prefería ser denominado con el femenino matrona, pues se sentía muy satisfecho de su profesión, que antes fue exclusivamente femenina; en este caso, el protagonista de la noticia era uno de los primeros varones alumnos de la antigua escuela de matronas de Madrid, que ha cambiado de denominación y es hoy ‘escuela de enfermería’, naturalmente mixta. Acaso se trate de la misma persona a la que se referían en la primera cadena de TV el lunes 25 de noviembre de 1996, hacia las 20.20, con la frase “es toda una matrona y se llama Juanjo”. La actitud de este y de otros varones matronas me parece simétrica a la de la novillera y matadora de toros Cristina Sánchez, que durante su vida profesional insistía machaconamente, verdad es que con poco éxito, ante la prensa en que ella prefería el masculino torero; conviene no olvidar que el femenino torera puede significar ‘mujer liviana’, sentido recogido por el DEA99, en su acepción 7, marcada con la etiqueta col[oquial].

Más difícil que nuestros varones matronas lo tienen los franceses, pues en su lengua sage-femme no ha conseguido desarrollar un igualitario sage-homme, cuando la profesión se ha extendido a ellos. Algunos han propuesto maïeuticien ‘mayeuta’, procedente del griego maieutiké, en alusión al viejo método socrático de alumbrar conocimientos que el alumno posee sin tener clara conciencia de ello. La lingüista Marina Yaguello ironiza al respecto: “On voit que la fonction de sage-femme est considérablement anoblie en passant au masculin” (En español: “Se ve que la función de matrona queda considerablemente ennoblecida al pasar al masculino”. Le sexe des mots, Belfond, 1989, 141).

 

modista, encajero

En el mundo de la costura, la lengua española diferenciaba tradicionalmente entre artesanos capacitados para realizar ropa destinada a las mujeres (modista, modistilla, modisto), y quienes realizaban ropa para varones (sastre, sastra, sastresa). El reconocimiento, hace años, por parte de la Academia de un masculino modisto parece hoy del todo innecesario, pues el término de género común modista puede perfectamente admitir en español la doble moción genérica, exactamente igual que periodista y artista. Tan innecesario y anómalo nos parece hoy modisto como el artisto del chiste de Antonio Mingote, publicado el 19 de marzo de 1996 en Abc con el texto ‘el retrato de la jueza lo ha pintado este artisto’.

Distinto es el caso del masculino encajero. La lengua española no plantea ningún problema, pues es perfectamente normal la doble moción genérica para este oficio; y los diccionarios recogen sin dificultad ambas posibilidades: encajero, ra. El problema es social, pues al ser este un oficio generalmente reservado a las mujeres, sorprende todavía hoy a los lectores la redacción de noticias como la siguiente, aparecida en El País, el miércoles 3 de mayo de 2000, Agenda, 54:

El sargento encajero de bolillos
Nunca soñó Wermeer cuando creó en el siglo XVII La encajera que el cuadro podría repintarse en 2000 con otro protagonista. Juan López, sargento de la Guardia Civil de Fraga (Huesca), es un consumado encajero que no tiene empacho en sentarse entre 80 mujeres y que se sepa que es el sargento del pueblo. López es un caso excepcional.

 

‘psicópato’, prostituto

Hemos encontrado un extraño psicópato, impreso en el siguiente título, en negrita y entre comillas simples, en el ejemplar de El País del jueves, 30 de abril de 1998, Madrid, 24: “Un ‘psicópato’ anda suelto”; a continuación, Ramiro Varea relata cómo en el lago de la Casa de Campo de Madrid “desde hace unos cuatro meses, unos desconocidos estrangulan y apalean a los patos y ocas que anidan y descansan en las orillas”. Los diccionarios recogen psicópata (y sicópata), de género común; el ‘psicópato’ de Ramiro Varea nos parece también inoportuno e innecesario, aunque acaso el redactor ha pretendido, como Mingote, introducir el recurso del humor, con poco acierto, en nuestra opinión, pues no se trata precisamente de un asunto gracioso.

Muy diferente es el masculino prostituto, que hemos encontrado también en los medios de comunicación, por ejemplo, en El País del jueves, 30 de abril de 1998, Madrid, 7: “Diez años de cárcel para el policía que mató a un supuesto prostituto”. Los diccionarios académicos recogían, hasta la vigésima primera edición (1992) únicamente el femenino prostituta; aunque una segunda entrada prostituto, ta se refería al p. p. irregular de prostituir. En la última edición del año 2001 han rectificado: tenemos ahora una única entrada igualitaria, prostituto, ta, con doble moción genérica, m. y f. Tras la rectificación académica, este chocante (para muchos) prostituto resulta del todo posible en los usos del español actual.

UCM, 29 junio 2002

    7/07/2002

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