El cajetín de la Lengua


¿ÁRBITRA?


Dra. Ana María Vigara Tauste

El problema se plantea precisamente ahora que la mujer comienza a incorporarse profesionalmente a esta actividad en competiciones y deportes mayoritarios. Y no es baladí, si se piensa que, inevitablemente, a los argumentos lingüísticos se suman otros de carácter cultural y social. La lengua no es, en sí misma, «políticamente correcta (o incorrecta)». Es simplemente una convención, que sin duda responde en parte a un cierto estado de cosas, pero que no va por sí misma mucho más allá de lo que queramos ver en ella. ¿Decimos, en rigor, lo mismo ahora con los compañeros y compañeras que con las compañeras y los compañeros? ¿Y decimos lo mismo (ahora) con cualquiera de estos sintagmas que antes con simplemente los compañeros? De la respuesta que demos mayoritariamente, con el uso, a estas preguntas depende probablemente que la (por otra parte, tediosa y no exenta de problemas puramente «lingüísticos») famosa duplicación arraigue en español.

En su último diccionario (1992), la Academia registra la palabra con dos terminaciones:

«árbitro, tra: 3. m. y f. `Persona que en algunas competiciones deportivas de agilidad y destreza cuida de la aplicación del reglamento´».

Debemos deducir, pues, que, de acuerdo con el registro académico, si tal persona es hombre, se trataría de un árbitro; si es mujer, de una [?] árbitra. Esto es, además, coherente con la tendencia académica, perceptible en su último diccionario, a generalizar el femenino a los nombres de cargos, títulos y profesiones cuando son desempeñados por mujeres: de manera que abogado, catedrático, médico, diputado, ministro, mandatario, ingeniero, arquitecto, juez, edil, concejal, bedel, teniente, capitán, torero, fontanero, etc., pasan a abogada, catedrática, médica, diputada, ministra, mandataria, ingeniera, arquitecta, jueza, edila, concejala, bedela, tenienta, capitana, torera, fontanera, etc.

En principio, la opción académica de aplicar a todos estos sustantivos el femenino correspondiente parece «políticamente correcta» y, salvo excepciones (por ej. comandante, coronel y almirante son invariables, de género común: el/la comandante), «sociolingüísticamente coherente». Sin embargo, y aun proviniendo de la (considerada) máxima autoridad normativa en español, no está plenamente aceptada por el uso; no ya por el uso estándar del hablante digamos «común», sino ni siquiera por el uso periodístico, tan influyente, por lo demás, en el «común».

El diario El País, por ejemplo, no admite jueza, ni edila, ni concejala, con el argumento de que, frente a lo que ocurre con ministro (>ministra), la terminación de juez, edil y concejal no es representativa desde el punto de vista del género. Para el diario y para sus usuarios, estos términos deben tener género «común» (como reo o testigo, o como las palabras terminadas en -ista), y la variación reflejarse sólo en las concordancias: el periodista/juez/edil más atento; la periodista/juez/edil más atenta (por cierto, la Academia ha admitido modisto). La mayor parte de sus lectores, sin embargo, probablemente dirán más fácilmente la jueza que la primera ministra o la mandataria, pongamos por caso.

Este es un argumento puramente lingüístico, frente al «políticamente correcto» de la Academia. Y no deja de ser curioso que los papeles parezcan cambiados y sean precisamente los periodistas los defensores del argumento «lingüístico» y los académicos, seguramente sin pretenderlo, los del «políticamente correcto»... Frente a El País, el diario ABC parece aceptar de buen grado jueza y el resto de los femeninos; no obstante, recogía ya en 1993, en su Libro de estilo (Ariel, Barcelona, pág. 89) la extrañeza de árbitra:

«árbitro. Tiene género femenino, aunque resulte sorprendente».

En otros diarios nacionales y en los medios orales de comunicación (televisión, radio), la alternancia en muchos de estos vocablos refleja las dudas sistemáticas del público medio.

Puesto que el uso, escrito u oral, discrepa a menudo de lo prescrito por sus diversas «autoridades», unas veces con argumentos lingüísticos (juez debe ser, por su terminación, de género común), otras veces con argumentos históricos, culturales o sociales (jueza ha designado, por tradición, a la esposa del juez, persona-hombre que realmente desempeñaba el cargo), otras veces porque simple e intuitivamente el término «suena mal» a la mayoría de los usuarios (caso de abogada, edila, fontanera o minera), admitamos que no es fácil pontificar en estas cuestiones.

Y ninguna solución parece además buena (entiéndase «políticamente correcta» a la vez que lingüísticamente coherente) para árbitro. La primera pregunta parece simple, y su respuesta obvia:

— ¿Qué hacer con un sustantivo históricamente sólo masculino (en esta acepción), ahora que las mujeres se incorporan profesionalmente a esta actividad? Evidentemente, convertirlo en femenino, como se ha hecho con ministro (ministra) o médico (médica). Así, pues, árbitra, como admite y estipula la Academia.

Llegados a árbitra, sin embargo, surge una segunda pregunta, cuya respuesta, aparentemente obvia desde el punto de vista del sistema, parece inadmisible:

— ¿Qué hacer con un sustantivo masculino comenzado por a- tónica? Lo mismo que con área (esdrújula, como «árbitra»), aula o hada: aplicarle en singular, para evitar la cacofonía, los determinantes el, un, algún, ningún (en masculino): el área (y no *la área), un aula, algún hada... Así, pues, el árbitra (pero las árbitras), un árbitra, etc. (?)

Hemos hecho una encuesta, informal pero amplia: nadie, ni siquiera quien (por deformación «profesional» o por estar particularmente interesado en estas cuestiones) conocía los argumentos lingüísticos o la aceptación explícita del femenino por parte de la Academia, nadie, al parecer, diría la árbitra (políticamente correcto, pero lingüísticamente incoherente) y mucho menos el árbitra (engendro lingüística y «políticamente» correcto, pero inexplicable para el común de los hablantes).

Repudiados ambos femeninos, que suenan peor que mal a los usuarios de la lengua, la única solución aceptable (les) parece la árbitro: es decir, el género «común», que ni refleja el femenino en la terminación ni, por lo tanto, usaría los determinantes como otros sustantivos femeninos comenzados por a- tónica:

El árbitro, despistado, no pitó la falta

La árbitro, despistada, no pitó la falta.

Uno de nuestros informantes, sin embargo, añadió una interesante coletilla a su respuesta: aun considerando que diría la árbitro, concebía como posible, quizá probable, y hasta tal vez «adecuado», el término en femenino en determinados contextos de uso «espontáneo» en los que no fuera preciso el artículo:

¡Penalti!... ¡Árbitraaa...! ¿Qué pasa, no tienes ojos en la cara, o qué? ¡Penalti, coño, penalti!

¿Significa esto que el problema está en el artículo, es decir, en las combinación artículo-sustantivo? ¿Que alternaremos árbitro y árbitra, según precisemos o no delante un determinante con el que «señalar» explícitamente el sexo de la persona aludida? Si así fuera, el uso de este sustantivo nos proporcionaría una paradoja más: aparecería «marcando» el femenino en su desinencia precisamente cuando tal información de sexo-género está ya dada en el contexto (la apelación directa del ejemplo anterior); y en cambio, para proporcionar explícitamente tal información, utilizaría la desinencia en masculino...

Claro que lo que decía nuestro informante puede significar algo más, que no sería (ni histórica, ni lingüística ni socialmente) incompatible con lo dicho hasta aquí: ¿aparecerá el femenino árbitra sólo con carácter peyorativo?, ¿acabaremos «percibiendo» alguna (oscura) diferencia entre la labor que realizan los árbitros y la de las árbitras, como al parecer percibimos entre la de los modistos y la de la generalidad de las modistas?

Los hablantes, al parecer, no quieren decir ni escribir la árbitra, y mucho menos el árbitra (sino la árbitro), como no quieren decir ni escribir la música ni la cartera (sino la músico, la cartero) —aunque por razones sólo en parte coincidentes—, pese a ser los femeninos fácilmente identificables de profesiones que ya ejercen las mujeres. Sólo el tiempo convertirá en definitivamente convencional, al margen quizá de la Academia e incluso de ideologías, una u otra opción, o quizá —a saber con qué razones— la alternancia. Con los años, seguramente, algunos de estos femeninos «nuevos» habrán echado raíces y otros no: y parece muy probable que árbitra esté entre estos últimos... Pero hoy por hoy —admitámoslo—, periodistas y periódicos, eventuales informantes como los que han colaborado para hacer posible estas notas lingüísticas, aficionados al deporte y público en general tienen —tenemos— todavía «la palabra».

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© Ana María Vigara Tauste 1999

15/07/99


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