El cajetín de la Lengua


BERNABÉU Y OTROS ANTROPÓNIMOS


Dra. Ana María Vigara Tauste

 

Mucho antes de que la Real Academia diera a la luz (a finales de 1999) las nuevas normas ortográficas, nuestros periódicos de ámbito nacional comenzaron a escribir, con sospechoso acuerdo, Bernabéu (acentuado) tanto para referirse al estadio de fútbol del Real Madrid como al presidente que, en su momento, le dio el nombre. Y es posible que el común de los lectores no tenga claro todavía por qué durante tantos años se ha escrito la palabra sin tilde ni –mucho menos– por qué ahora nuestros periódicos la escriben con ella. Y lo cierto es que, aunque el cambio parece haber tenido, en su momento, motivos "ideológicos" (castellanizantes), la redacción (posterior) de la nueva Ortografía de la lengua española (Espasa Calpe, Madrid, 1999, pág. 43) académica parece darle la razón "ortográfica", declarando explícita y escuetamente que

son diptongos las siguientes combinaciones: ai, au, ei, eu, oi, ou, ia, ie, io, ua, ue, uo. Ejemplos: aire, causa, peine, Ceuta, oiga, bou, viaje, ciego, quiosco, suave, fuerte, cuota,

lo cual, salvo que se trate de un apellido no castellano (asunto en que no entra la Academia), obliga a interpretar Bernabéu como una palabra aguda terminada en vocal, a la que corresponde, según las normas generales de acentuación, tilde (Ber-na-Béu); y nuestros medios escriben Bernabéu (a la castellana) pero Bayeu y Gibernau (a la catalana).

El de Bernabeu/Bernabéu es solo un caso más. Desde la llegada de la democracia (tras la muerte de Franco en noviembre de 1975) y de la Constitución (1978), las dudas, las vacilaciones, los cambios y los «problemas» en la escritura de nombres propios no castellanos (tanto extranjeros como españoles) eran el pan nuestro de cada día en las redacciones de los periódicos, que tuvieron que ir adaptando sus criterios a una nueva realidad política y social. Casi sin percatarnos, el «respeto» a las lenguas con las que convivimos y la «corrección» política en su tratamiento pasaron a ser, a la hora de escribir, tan importantes como los criterios ortográficos, y en muchas ocasiones más. Y como los criterios de «respeto» y «corrección» no eran ni son los mismos para todos, las normas ortográficas de la Academia dejaron de ser, a su vez, indiscutidas y «universalmente» válidas (pero no en algunos casos desconocidas); y como, a su vez, esta se ha inhibido históricamente en muchas de las cuestiones política y ortográficamente más acuciantes, comenzó la confusión que, después de más de veinte años, reina todavía[1]...

Uno de los criterios en los que se alcanzó consenso muy amplio con cierta rapidez fue en el de respetar escrupulosamente la escritura original de los antropónimos (o nombres propios de personas) extranjeros, así como catalanes, gallegos y vascos (es decir, españoles no castellanos). Salvo excepciones (que se han ido, además, suavizando con el tiempo –caso del ABC, por ejemplo), fueron desapareciendo las traducciones, transliteraciones y acentuaciones castellanizadas de estos nombres [2].

Aunque la norma era sencilla y aparentemente fácil de seguir, no estaba exenta de problemas: ¿habría que poner tilde al apellido del ciclista "español" ganador de cinco tours Miguel Induráin, o escribirlo sin ella por ser de origen vasco y no llevarlo originalmente (Indurain)?; ¿José Borrell o Josep Borrell?, ¿Lucía Echevarría o Lucía Etxebarria o Lucía Etxebarría –que es como suele escribirse actualmente, en curioso híbrido vasco-castellano?; ¿José Cuiña, Xosé Cuiña o Xosé Cuíña?; ¿Guimerans o Guimeráns (Rociíto o Rociito)?; ¿y leerá el público "eguíbar" donde encuentre escrito Egibar?; ¿iVladimir Putin, Vladímir Putin o Vládimir Putin?; ¿Boris Yeltsin o Borís Yeltsin?; ¿Pedja, Pedrag o Predrag[3], Mijatovic o Mijátovic?... Cuando hay dudas o discrepancias, si la Academia no lo hace –y hasta ahora no lo ha hecho–, ¿quién tiene autoridad para decidir algo así?; ¿se trata solo de una cuestión ortográfica? Remito al lector interesado en el tema al trabajo "Ortografía e ideología: los nombres propios no castellanos en los medios de comunicación", publicado en el núm. 15 de esta revista electrónica (Espéculo), donde se tratan estas y otras cuestiones con mayor profundidad.

 


Notas

[1] Algo similar ocurre con los topónimos extranjeros y españoles no castellanos (véase, en esta misma sección, el ‘cajetín’ titulado "Baviera, A Coruña, Lizarra y otros topónimos")

[2] El ABC ha pasado de castellanizar (traducir o transliterar) todos los nombres vascos y casi todos los catalanes (los gallegos solían llegar ya castellanizados) en la época en que Luis María Anson (Ansón) era su director, a no castellanizar más que los vascos y alguno catalán o gallego en la etapa de Francisco Giménez Alemán; actualmente, con un director muy vinculado al País Vasco, acepta de hecho escribir la tx y la k del vascuence, así como su ausencia de tilde (como en Ibarretxe, Txiki y Arzalluz, que, españolizados, serían «Ibarreche, Chiqui, Arzálluz»), pero no siempre la ge, gi, que a veces convierte en gue, gui (Egiguren> Eguiguren), ni la -h- en lehendakari, nombre del cargo que no castellaniza como «presidente», sino que adapta como lendakari; en general, tanto los nombres catalanes como los gallegos los reproduce en estas lenguas.

[3] De los tres modos hemos podido verlo escrito durante la celebración de la última Eurocopa (junio 2000).

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© Ana María Vigara Tauste 2000


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