El cajetín de la Lengua    

 

¿Se inmolaron los terroristas de Leganés?

Dr. José Antonio Díaz Rojo
Consejo Superior de Investigaciones Científicas
Valencia (España)

 

Tras la terrible explosión causada por los terroristas islamistas en un piso de Leganés (Madrid) el día 3 de abril, que provocó su suicidio, la muerte de un policía y en la que resultaron heridos varios agentes, además de producir numerosos daños materiales, algunos medios de comunicación calificaron el hecho de inmolación:

La Policía confirma que fueron cinco los terroristas que se inmolaron (El País, 4-4-2004).

Los terroristas del 11-M grabaron un vídeo con amenazas antes de inmolarse (El País, 9-4-2004).

Cuatro terroristas islámicos se inmolan en un piso de Leganés y matan a un agente de policía (El Mundo, 3-4-2004).

La investigación intenta aclarar cuántos terroristas se inmolaron (El Mundo, 5-4-2004).

No tardaron en aparecer voces críticas que discrepaban de que la cruel acción terrorista pudiera ser digna de ese nombre. No era la primera vez que la prensa empleaba el término inmolación para calificar atentados suicidas perpetrados por terroristas en otros países:

Dos presuntos terroristas se inmolan en La Meca (El País, 7-11-2003).

[...] un nuevo suicida palestino lograba volver a infiltrarse en el corazón de la ciudad para inmolarse frente a un lujoso hotel (El País, 6-12-2001).

[...] el ataque de dos suicidas de la Yihad Islámica que se inmolaron el pasado viernes (El País, 11-11-2003).

El matrimonio israelí que amenazaba con inmolarse en la Natividad se rinde sin violencia (El Mundo, 15-3-2003).

Dos kamikazes palestinos se inmolan al ser descubiertos (El Mundo, 10-11-2002).

Sin embargo, es curioso que solo se han alzado voces indignadas con el empleo del sustantivo inmolación y el verbo inmolar para designar este tipo de acciones terroristas cuando los medios de comunicación han aplicado el término al atentado de Leganés, pero no en otros actos terroristas anteriores ocurridos fuera de España.

En ocasiones, también se ha empleado inmolar para referirse a suicidios rituales cometidos por fanatismo:

Un miembro de Falungong se inmola en Pekín (El Mundo, 16-2-2001).

En el cuerpo de la noticia nos enteramos de que el miembro de la secta Falungong es un suicida que se ha prendido fuego, y, por tanto, se ha quitado la vida volutariamente, lo que aleja su acción de la inmolación, como veremos más adelante.

Otro titular informa:

Más de 200 personas se queman vivas en Uganda en un suicido colectivo (El Mundo, 28-3-2001).

En la noticia se dice que los autores del terrible hecho pertenecen a una secta apocalíptica cuyos miembros se han «inmolado». Como en el caso anterior, un suicidio movido por el fanatismo nunca es inmolación propiamente dicha.

Según el Diccionario de uso del español de María Moliner, inmolación es la «acción y efecto de inmolar(se)». Entre los varios usos de inmolar, es pertinente en este caso la acepción reflexiva, que Moliner define como «sacrificarse por un ideal o por el bien de otros». El Diccionario de español actual de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos (1999) define ese mismo empleo pronominal como «sacrificar [alguien] su vida». El diccionario de la Real Academia Española (2002) ofrece esta definición en su tercera acepción: «dar la vida, la hacienda, el reposo, etc., en provecho u honor de alguien o algo».

Como tantas veces ocurre, la consulta de varios diccionarios solo conlleva más confusión, además de obtener definiciones incompletas o imprecisas. ¿Se inmola quien sacrifica su vida, aunque no sea por los demás (como dice Moliner) o quien lo hace por el bien de otras personas (como afirman la RAE, y Seco y colaboradores) o por un ideal (como nos informa la Academia)? ¿En la inmolación cabe el suicidio, como podría deducirse de las definiciones de los tres diccionarios? ¿Es compatible la inmolación con el asesinato? Si nos atenemos a la definición de Seco, Andrés y Ramos, parece que los términos inmolarse e inmolación podrían emplearse para describir el atentado terrorista de Leganés, pues no hay duda de que los autores del asesinato de un policía, de las heridas de varios agentes y de los daños materiales a viviendas, coches y otros bienes, sacrificaron además su propia vida en la acción criminal.

Más dudosa es la licitud de usar dichos términos si tomamos las definiciones de Moliner y la RAE. ¿Ofrecieron su vida los terroristas por el bien de otras personas? ¿Su sangrienta, violenta y destructora «causa» constituye realmente un ideal? El extremismo islámico que está detrás del crimen de Leganés promete a los terroristas suicidas una vida eterna junto a Alá en el paraíso y el perdón de sus pecados, pero también les otorga la posibilidad de llevar al paraíso a miembros de su familia, además de asegurarles que su acción contribuye a la liberación de los territorios islámicos de manos de infieles. Según esta lógica, y desde la siniestra perspectiva de los terroristas suicidas y de sus seguidores, los extremistas que dieron su vida lo hicieron por el bien de su familia y por su ideal de liberación nacional, y por ello consideran su acción como muerte santa. Su acción criminal está realizada en el contexto de una interpretación extremista de la yihad o guerra santa contra los infieles.1

Pero si partimos del más elemental de los principios éticos, el derecho a la vida, de ningún modo puede calificarse como inmolación una acción cobarde en la que mueren o son heridas vilmente otras personas, aunque en ella den la vida sus autores. La inmolación es siempre una acción noble y heroica. Es un sacrificio hecho por amor al prójimo o a la divinidad, donde no puede caber el daño a terceros, lo que ensucia y envilece el acto. La muerte no la lleva a cabo quien se inmola, sino que la realiza otra persona que mata a la víctima. En ciertos casos, la muerte del inmolado también puede ser consecuencia de un acción ejecutada por él -en un salvamento, por ejemplo-, siempre que aquella no sea un fin en sí mismo, sino un medio para lograr el bien ajeno, sin causar otras víctimas. Si una persona expone o arriesga su vida en una acción heroica para salvar a otros y la pierde, incluso a sabiendas del resultado mortal, no hablamos de suicidio, sino de inmolación.2 Esta siempre tiene como fin el bien ajeno, sin causar daño grave a otros. Quien se inmola no se propone quitarse la vida, ni en la intención ni en la ejecución. El inmolado acepta su muerte como consecuencia de su conducta heroica por un bien superior espiritual o material, pero no la provoca deliberadamente. El suicidio es la destrucción directa y voluntaria de la propia vida, aunque con el acto suicida se obtengan beneficios ajenos, supuestos o reales.3

Como ejemplo, valga el valiente gesto del sacerdote polaco Maximilian Kolbe, que se inmoló ofreciendo su vida en el paredón a cambio de salvar a un preso judío durante la persecución nazi. ¿Se puede emplear la misma palabra para designar la generosa y valiente acción de Kolbe, y el cruel y sanguinario acto suicida y asesino de los terroristas islamistas? En el atentado de Leganés, estos fanáticos, al verse acorralados por la policía, optaron por matar a los agentes a costa de su propia vida, antes de entregarse o ser capturados. No se inmolaron, sino se suicidaron asesinando.4

 

Notas:

[1] La palabra árabe yihad significa ‘esfuerzo, superación, lucha’. Según los exégetas del Corán, la yihad es el afán por obrar bien y realizar lo correcto para acercarse a Alá, y nada tiene que ver con la guerra o el terrorismo, ya que el islam solo permite la violencia en defensa propia. Según los expertos coránicos, la interpretación de la yihad como guerra santa contra el infiel para extender el poder político o religioso del islam no tiene fundamento en el libro sagrado de los musulmanes. Por otra parte, la palabra yihad posee género masculino en árabe, por lo que algunos defienden que habría de conservar este mismo género en español. Sin embargo, nos inclinamos por el femenino, ya que este es el uso preferente, tomando el género de la palabra guerra con que solemos traducir el término árabe en el actual contexto político internacional, sin causar grave daño a nuestra gramática.

[2] Las palabras autoinmolación y autoinmolarse carecen de sentido. Inmolar admite dos construcciones: transitiva (sacrificar a un animal o persona para ofrecer su muerte a la divinidad) y reflexiva (dejarse matar o perder la vida en una acción arriesgada en beneficio de otros). En el segundo caso, se emplea la forma inmolarse, pero no autoinmolarse, que es redundante.

[3] El francés Emile Durkheim, en su libro El suicidio. Un estudio sociológico (1897), acuñó el término suicido altruista para designar un tipo de suicidio cometido por imperativo social, en el que la persona, fuertemente integrada en el grupo, se quita la vida como opción honorable, generalmente por el bien de la comunidad. Es el caso del harakiri de los antiguos samuráis, del militar derrotado o de la viuda de la India que arde en la pira junto al cadáver de su marido por honor. Asimismo, los kamikazes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial cometían suicidio altruista. Alguien que se quite la vida directa y voluntariamente sin causar daño ajeno en beneficio de los demás tampoco se inmola propiamente, sino se suicida, aunque sea por altruismo. Por ejemplo, en la película norteamericana Espía por mandato (George Seaton, 1962), un enfermo de pulmón escondido junto a otra persona en un disimulado armario en un barco, se suicida altruistamente -en un acto próximo a la inmolación, pero que no es inmolación propiamente dicha- asfixiándose con un pañuelo en la boca antes de que su tos los delate y sean descubiertos por un agente nazi que inspecciona la embarcación en busca de miembros de la resistencia. En cierto modo, este tipo de actos participa de la inmolación en la intención de la muerte (beneficio ajeno) y en el hecho de que la persona no la desea como un fin en sí mismo, sino como un medio para lograr un bien superior, pero es suicidio en cuanto a la forma de quitarse la vida, pues el sujeto es agente directo de su propia muerte.

[4] No solo estos terroristas que actuaron en Leganés y causaron la explosión sin planearla previamente, sino todos los que, movidos por fanatismo político o religioso, asesinan en cualquier lugar del mundo y con premeditación a otras personas con explosivos pegados al cuerpo a los que hacen estallar en lugares públicos, se comportan también como suicidas.

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© José Antonio Díaz Rojo 2004

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