El cajetín de la Lengua

Ministras, arrieras y azabacheras.
De la feminización de tres lemas en el DRAE (2001)


Dra. Eulàlia Lledó Cunill
IES Goya (Barcelona)
elledo@pie.xtec.es
Proyecto I+D BFF2000-1277
Universidad Rovira i Virgili (Tarragona)

 

Son ya numerosos los artículos que dedicados en parte o totalmente a la denominación de las profesiones, los oficios y los cargos según el sexo de las personas que los ejerzan, han aparecido en la sección El cajetín de la Lengua.

He podido leer sobre esta cuestión en diferentes artículos de Soledad de Andrés Castellanos; en junio de 2001 apareció un artículo suyo dedicado íntegramente a la cuestión titulado "arquitectas, ingenieras, ministras, obispas, toreras...". Dos años antes, Ana María Vigara Tauste había dedicado uno a la denominación "árbitra".

Hace tiempo que me interesa la cuestión y me dedico a ella; también hace ya días publiqué un pequeño diccionario de oficios en femenino y en masculino que editó el Instituto de la Mujer (Profesiones en femenino. Instituto de la Mujer. Madrid, 1996). En el artículo "Ministras y mujeres", en cuyo título, como en el antes citado de Soledad de Andrés, también aparecen ministras, hablé de dónde provenían algunas de las resistencias a adoptar una forma específica para el femenino de las profesiones o cargos prestigiados y ejercidos mayoritariamente por hombres.

Retomo hoy aquel artículo por creerlo vigente y por pensar que también es pertinente en el momento de analizar algunos de los cambios (o de los no cambios) que se detectan en la nueva edición (2001) del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española. El artículo "Ministras y mujeres" decía así.

Una de las cuestiones más apasionantes y reveladoras de la utilización del femenino y del masculino, si se quiere un detalle, ¡pero qué detalle!, se puede seguir a partir de la feminización (más que de la masculinización) de alguna de las denominaciones de cargos o profesiones. Es como una radiografía del estado de la cuestión, desvela el entramado y la urdimbre de la interrelación entre la jerarquización o subordinación sexual y la subordinación lingüística; sus repercusiones en ella.

Esto viene a cuento de una polémica que, como los ojos del Guadiana, se aviva y se acalla según la estación pero nunca desaparece, y que yo pocas veces he visto bien enfocada.

Así, hace ya más de 20 años, corría el año 1977, el diario El País utilizaba la expresión "primera ministra" para referirse a Margaret Thatcher, mientras que el ABC empleaba la expresión "primer ministro". Hubo en aquel momento personas, me gustaría pensar que bien intencionadas, que opinaron que la dinámica social conduciría al empleo creciente de una forma única (en el bien entendido -aunque en este caso, mejor sería hablar del mal entendido- que esta forma única sería la masculina) para ambos sexos con valor de género común en detrimento de la doble forma; personas que consideraban, pues, que en este punto y asunto el ABC era más progresista que El País.

Pensar que la dinámica social iría en este sentido es una opinión que como mínimo llama la atención, nada llevaba ni lleva a pensar así. En primer lugar, la dinámica social más bien ha ido en el sentido de que cada vez más mujeres han ido ocupando profesiones o cargos que antes tenían prohibidos, vetados o como mínimo su acceso plagado de dificultades; paralelamente, esta misma dinámica ha ocasionado que se acuñaran nombres de oficios y profesiones que reflejaran el sexo de quienes los ejercían.

En segundo lugar, y hablando ya en términos de lengua, es evidente, por un lado, la tendencia diáfana del castellano hacia formas diferenciadas para el femenino y el masculino y, por otro, la tendencia también clara a realizar los femeninos mayoritariamente en -a. El castellano no tiene ningún problema en crear neologismos a medida que las mujeres se incorporan a un oficio determinado; por ejemplo, la presencia masiva de las mujeres en el ramo del textil produjo hace ya tiempo un femenino como "oficiala" en una terminación -al considerada en principio invariable para el femenino y el masculino, o un femenino como "aprendiza". Esta tendencia se ve en otras formaciones de femeninos que en principio podrían crear conflictos; así, se constata que "dependienta" es un femenino normal y corriente que nadie pone en cuestión, aunque si se toma "dependiente" como adjetivo se comprueba que dicha palabra es invariable, la prueba es que el adverbio resultante es "dependientemente". Se admiten sin ninguna dificultad un femenino como "dependienta" porque hay muchas y, además, la tendencia general de la lengua es la de terminar los femeninos en -a (y sobre todo, no crean alarma general en el patriarcado). Es previsible que el día que haya muchas "gerentas" y "escribientas" acaben denominándose así.

Sólo un escollo se interpone en el camino de esta "natural" y pacífica creación de neologismos a medida que el dinamismo social de las mujeres crea y recrea espacios y palabras. El escollo consiste en la resistencia de algunas personas, de alguna prensa, de algunas academias, a admitir palabras femeninas para cuestiones, en este caso denominaciones de cargos, consideradas importantes, investidas de prestigio social y de poder.

Y así a primeros de año [enero de 1998] ha vuelto a aparecer, ahora en Francia, la polémica de la denominación ministerial. La Academia francesa, en su representación dos académicos y una académica, envió una carta al presidente de la República quejándose de la osadía que mostraban las ministras francesas y que consistía, ni más ni menos, que en autodenominarse como mujeres a partir de su cargo; en la misiva, al mismo tiempo que no reconocía a las ministras la capacidad para nombrarse como quisieran, otorgaba a Chirac atribuciones en materia de lengua, ya que le pedía que las metiera en cintura y las hiciera desistir de su actitud.

La carta no tiene desperdicio. En ella, la académica y los dos académicos ponen de manifiesto que la Academia francesa es un feudo masculino, ya que, haciendo alarde de un curioso feminismo, llegan a decir que están a favor de la igualdad de las mujeres y de los hombres en las funciones públicas y para demostrarlo se preguntan retóricamente: "¿Acaso no hemos dado prueba de ello llamando a mujeres a sentarse en la Academia?". Y una no puede menos que preguntarse: ¿quién forma parte realmente de la Academia?, ¿quién llama a quién?, ¿dónde tiene su lugar de enunciación la académica firmante de la carta?, ¿acaso ha pasado a ser "académico" una vez investida de tan alto honor?; seguramente sí, ya que la carta a renglón seguido afirma: "Pero las dos que hemos elegido estos últimos años (realmente me quedo estupefacta de la generosidad con que sientan a tan amplia representación femenina de la Academia -el doble que la española, por cierto-) han aceptado gustosamente, porque tienen un conocimiento perfecto y un sentido agudo del francés, ser denominadas académicos y no 'académicas'".

Una no puede menos que preguntarse el porqué de este afán en nombrar a las mujeres con la palabra "académicos" o "ministros" de la que hace gala con tanta contundencia la Academia francesa, cuando además esta última denominación es un caso que no plantea ningún problema lingüístico: no hay ni siquiera que recurrir a una solución que temporalmente chirríe un poco, ni se fuerza la lengua como en los casos que se han visto anteriormente, porque la solución en el caso del francés pasa sólo por utilizar el artículo femenino en lugar del artículo masculino, puesto que la denominación para ministra, al ser ésta una palabra de género común en francés, es simplemente "madame la ministre".

La explicación a tanta resistencia y desatino, como era de esperar, la da la misma carta; un poco más abajo la académica y los dos académicos muestran la patita cuando, dando una vez más muestras de su exquisita tolerancia y amplitud de miras, después de negar con pretendida ironía la denominación femenina a una serie de cargos prestigiosos y valorados social y políticamente, dicen que no tienen inconveniente en denominar con formas femeninas establecidas por el uso después de mucho tiempo como, por ejemplo, "panadera" o "charcutera" a las mujeres que se dedican a estos menesteres; ¿cómo pensarán que se establece el uso?

Más claro, el agua. Están de acuerdo en denominar a las mujeres y marcar la diferencia sexual en los oficios corrientes y molientes pero muestran resistencias a la hora de nombrar a unas mujeres poderosas por su nombre.

Las conclusiones que se pueden sacar del caso de las ministras son las siguientes.

1)    No se utilizan nunca los mismos argumentos al hablar de las denominaciones masculinas y las femeninas; para poner un ejemplo y si se me permite una disgresión, diré que siempre me ha sorprendido ver que hay personas que recomiendan no usar ciertos femeninos porque son ambiguos, por ejemplo, recomiendan no usar "crítica" si una mujer se dedica a este oficio porque se puede confundir con un adjetivo; pues bien, tengo recogidos más de 80 oficios que en masculino pueden confundirse con objetos o cosas (monedero, billetero), sitios (basurero, varadero), adjetivos (demoledor, casero, estadístico) y jamás he oído una voz que invocara esta posible ambigüedad para vetar el uso del masculino y para proponer otra denominación.

2)    Las resistencias a feminizar una profesión o cargo nunca se sostienen en argumentos estrictamente lingüísticos, porque las resistencias no vienen de la lengua, las lenguas suelen ser amplias y generosas, dúctiles y maleables, hábiles y en perpetuo tránsito; las trabas son ideológicas; en el caso que hoy me ocupa tienen que ver concretamente con la resistencia a admitir que las mujeres ejercen cargos que algunas personas (y Academias) preferirían ver ocupadas en exclusiva por hombres; y si no consiguen mantener apartadas a las mujeres de estos lugares, esperan (e intentan exigir) no "mancillar" ciertos cargos con una expresión femenina y "elevar", ni que sea lingüísticamente, a categoría de hombres a las mujeres que, a su entender, los usurpan.

3)    La lengua tiene un valor simbólico enorme, lo que no se nombra o no existe o se le está dando carácter excepcional, no hace falta tener un sentido muy agudo de la lengua para darse cuenta de ello, es por esto que denominar en masculino a una mujer que transgrede una norma tiende hacia cuatro objetivos: a) invisibilizar a las mujeres que los ocupan; b) presentar su caso como una excepción que demuestra no que las demás mujeres podrían, sino que ni podrían ni deberían; c) marcar con una dificultad más el acceso a algunos cargos u oficios (alegando una pretendida resistencia de la lengua a crear el femenino o postulando que es una incorrección lingüística); d) reservar el masculino para actividades prestigiadas.

4)    De todo ello se puede colegir que cuando se dirime una cuestión que relaciona sexo, género y género lingüístico nunca se está hablando sólo de lengua.

("Ministras y mujeres". En femenino y en masculino. Instituto de la Mujer [Cuaderno de educación no sexista, 8]. Madrid, 1999, pp. 43-46. En esta versión del artículo se han corregido los errores detectados en su publicación y se ha añadido alguna palabra para ejemplificar algún caso.)

Hasta aquí el artículo. Ahora bien, lo que me interesa remarcar hoy es lo que ha ocurrido con algunas de las profesiones que han sufrido cambios en la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española, es decir, en su última edición, la de 2001. Se verá a partir de un detalle: a raíz de tres artículos del diccionario.

Con motivo de esta última edición del DRAE, la Real Academia Española decidió, en principio, revisar y corregir algunos de sus sesgos ideológicos. Así, en el año 2000, un equipo formado por Mª Ángeles Calero, Esther Forgas y yo misma, recibimos el encargo por parte de la Real Academia Española de detectar dichos sesgos y proponer soluciones o fórmulas alternativas a los lemas y ejemplos que tuvieran algún bies discriminatorio por cuestiones de sexismo, racismo o religión.

Y he dicho en principio porque aunque es prematuro para afirmarlo con contundencia, parece que la Real Academia ha desestimado incorporar muchos de los cambios propuestos para evitar los sesgos expresados en el anterior párrafo, al menos, el sexista.

Hemos revisado una cantidad considerable de lemas referidos a oficios, cargos y profesiones, alrededor de unos 900; a la espera de un análisis pormenorizado de lo que el destino ha deparado a esta revisión, presento hoy a modo de pequeño ejemplo, como ya se ha dicho un poco más arriba, tres artículos de la letra A.

En la primera columna del siguiente cuadro se muestra cómo era la redacción de cada unos de los tres lemas en la penúltima edición del DRAE, en la segunda columna se pueden ver las propuestas de cambio que hicimos (los cambios aparecen subrayados) y en la tercera columna aparecen las redacciones finales de la última edición.

 

DRAE (1992) Propuestas de cambio DRAE (2001)

acuchilladizo.
1. m. Esgrimidor o gladiador.

acuchilladizo, za. [Enmienda al lema]
1. [Enmienda a la acepción] m. y f. desus. Persona que hace esgrima. También se dice del gladiador o gladiadora.

acuchilladizo. m.
Esgrimidor o gladiador.

arriero.
1.
m. El que trajina con bestias de carga.

arriero, ra. [Enmienda al lema]
1. m. y f. Persona que trajina con bestias de carga.

arriero, ra. m. y f.
Persona que trajina con bestias de carga.

azabachero.
1.
m. Artífice que labra el azabache. 2. El que vende azabaches.

azabachero, ra. [Enmienda al lema]
1. [Enmienda a la acepción] m. y f. Artífice que labra el azabache. || 2. [Enmienda a la acepción] [m. y f.] Persona que vende azabaches.

azabachero. m.
Artífice que labra el azabache. || 2. Vendedor de azabaches.


Así pues, se trata de tres lemas considerados únicamente como masculinos en la edición de 1992. Propusimos enmendarlos adjuntando la derivación de femenino puesto que en ninguno de los tres casos había razón fonética o de otro tipo que lo impidiera o desaconsejara. Sólo se aceptó en el lema arriero, a pesar de que parece el oficio menos practicado por las mujeres.

El lema acuchilladizo no sufrió variaciones, así como tampoco su definición, aunque es evidente que hay esgrimidoras, es decir, mujeres que practican la esgrima, y si las hay, el lema debería ser masculino y femenino. Propusimos añadir "gladiadora" porque en la imposibilidad de saber con certeza los oficios practicados por las mujeres en la antigüedad (practicaron muchos más de los que se suele suponer), así se hizo en todos los lemas que recogieran oficios susceptibles de ser practicados por mujeres en palabras capaces de crear la habitual derivación en -a.

En el lema arriero se aceptaron todos los cambios propuestos. En el tercero y último, azabachero, por contra, no se admitió ningún cambio; el lema permaneció sólo como masculino y de su definición se desprende que no hay mujeres que labren ni vendan azabache. Me gustaría recordar que la redacción concreta de estas tres definiciones no es producto de la inercia o del hecho de que no haya habido propuestas de cambio: las ha habido y la Real Academia decidió su redacción final.

A la vista de este pequeño botón de muestra, creo que se puede afirmar que las razones para implementar los cambios en el nuevo diccionario no parecen lingüísticas o al menos no parecen estrictamente lingüísticas.

27 de enero de 2002

 

Este artículo se ha realizado, en parte, gracias a la concesión por parte del Ministerio de Educación español del Proyecto I+D BFF2000-1277.

Comentarios:

Eulàlia Lledó Cunill elledo@pie.xtec.es

    1/03/2002

 

Comentarios:

Ana Mª Vigara amvigara@ccinf.ucm.es

© Eulàlia Lledó Cunill 2002

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