El cajetín de la Lengua    

 

Miembra y algunos aspectos del género gramatical

Cristian Fallas Alvarado

Filólogo
cristianfallasalvarado@gmail.com

 

A raíz del artículo de la profesora Vigara sobre miembra, se explican a continuación algunos aspectos que podrían tenerse en cuenta sobre el tema del género.

Como dice la profesora Vigara en ese artículo, el femenino miembra no es bien aceptado por los hablantes.

Además de las razones que se detallan en ese artículo, creo que también podrían añadirse otras.

El sustantivo miembro procede del latín membrum, -i, sustantivo de género neutro que se usaba primeramente para referirse a cosas con el sentido de ‘parte’. Lo mismo sucedió en español.

Veamos las acepciones de miembro que proporciona el DRAE. La primera es ‘cada una de las extremidades del hombre o de los animales articuladas con el tronco’, y la segunda es ‘pene’ (antes miembro viril, igual que en latín: membrum virile). Las acepciones tercera, cuarta, quinta y sexta se refieren a las partes de algo. Y la última acepción, la sétima, es la única que se refiere a personas y se define, por tanto, como ‘individuo que forma parte de un conjunto, comunidad o cuerpo moral’.

Según lo anterior, el sentido primario de miembro es ‘parte’, aplicado a cosas; sin embargo, este sentido primario se extendió a las personas integrantes de un conjunto: miembros de una asamblea, miembros de una junta directiva, etc.

Es posible que los hablantes relacionen (incluso sin ser conscientes de ello) estos sentidos primarios de la palabra miembro y, por eso, sientan que miembra suena mal o está mal formado.

Otra palabra que se aplicaba originalmente a cosas es parte, pero, si consultamos el DRAE, vemos que las acepciones octava y novena se refieren a personas: ‘cada una de las personas que contratan entre sí o que tienen participación o interés en un mismo negocio’ y ‘cada una de las personas o de los grupos de ellas que contienden, discuten o dialogan’. Por eso, cuando alguien versado en Derecho habla de las partes de un contrato, se refiere a las personas que participan en él, independientemente de si son mujeres o varones. Incluso podrían ser dos varones y se hablaría de ambas partes. De nuevo, se extiende a las personas el sentido primario para cosas.

Lo que se acaba de explicar es muy común en la lengua. Se puede hablar de los dos pilares de este proyecto y referirse a dos mujeres; o también se puede hablar de las dos estrellas del concierto y referirse a dos varones. En ninguno de los dos casos mencionados es necesario cambiar el género gramatical de pilar o de estrella. Tampoco si decimos que Juan es una maravilla o que María es un desastre.

Es cierto que, si el sistema morfológico del idioma permite la creación de femeninos (y masculinos), deberían aplicarse las reglas correspondientes para ese fin; pero esto debe hacerse analizando cada caso particular y no generalizando sin razón.

Precisamente por eso se incurre en el error de extender o generalizar las marcas morfológicas de género (-o para el masculino y -a para el femenino) a cualquier palabra. Efectivamente, estos dos morfemas sirven para marcar esos géneros en muchísimas palabras. El morfema -a sirve especialmente para crear femeninos. Y es totalmente correcto, justo y necesario aplicar ese criterio para formar femeninos a partir de sustantivos masculinos que designan profesiones o cargos (abogado/abogada, escritor/escritora, notario/notaria, arquitecto/arquitecta, profesor/profesora, director/directora etc.). Si se consulta la página electrónica de la RAE, se puede ver que en la próxima edición (vigesimotercera) se incluirá el masculino azafato al igual que azafata. Pero de esto no puede deducirse que todas las palabras que terminan en -o deberán tener una opción en -a cuando se refieran a mujeres, ni tampoco puede pensarse lo inverso: que todas las palabras que terminan en -a deberán tener una opción en -o cuando se refieran a varones.

Si se consulta Google, se encuentran ejemplos del femenino ídola, como Tú eres una ídola para referirse a una cantante. La forma que registran los diccionarios es ídolo. En este caso también se usa una palabra cuya primera acepción es ‘imagen de una deidad objeto de culto’, es decir, se aplica a cosas; la segunda acepción que proporciona el DRAE es ‘persona o cosa amada o admirada con exaltación’. Los usuarios de ídola seguramente se limitan a pensar que, si ídolo termina en o, solo puede referirse a varones, por lo cual deben emplear un femenino que acabe en a cuando se refiere a mujeres. Si este análisis fuera correcto, también, para referirse a una mujer, deberían decir Tú eres una ícona o Tú eres una mita en vez de Tú eres un ícono o Tú eres un mito. Esto es tan poco lógico como decir Juan es el glorio del equipo o Juan es un fábulo en vez de Juan es la gloria del equipo o Juan es una fábula.

Como se ha visto, los sustantivos referidos a cosas (incluidos los usos figurados, como las metáforas) generalmente no cambian de género cuando se aplican a personas.

A veces también se aduce que este tipo de formaciones sirven para aclarar un contexto, como un titular que diga Fernández, excelente miembro del grupo, triunfó anoche. Obviamente, no se puede saber si Fernández es el apellido de una mujer o de un varón. Pero decir esto se resuelve con emplear miembra en caso de referirse a una mujer sería como decir que también se desambiguaría si, en vez de Fernández, excelente cantante [o integrante] del grupo, triunfó anoche, se empleara cantanta o integranta. El problema es la redacción del titular, no el sustantivo empleado.

La lengua no es diáfana siempre. Hay muchísimas ambigüedades que solo los contextos aclararán.

Tampoco se puede decir que hay que crear palabras por cada diferencia que se encuentre. Si se hiciera esto, la cantidad de palabras creadas sería exagerada y casi nadie podría nombrar las cosas porque no se conocerían sus nombres. Esto no ayudaría a unificar el idioma, sino todo lo contrario. Aunque hay muchos tipos de lápices, sombreros, teléfonos, etc., no es necesario nombrar cada uno de manera distinta, por ejemplo. De igual forma, no es necesario crear femeninos (o masculinos) para cada animal. No parece necesario hablar de delfina, perdizo, serpiento, por citar algunos ejemplos de sustantivos epicenos relativos a animales (el delfín hembra/macho, la perdiz hembra/macho, la serpiente hembra/macho).

Incluso a veces se pierden usos que antes existían. El DRAE todavía recoge culebro, sustantivo masculino, aunque lo marca como “desusado”. Los propios hablantes han preferido solamente la forma femenina para referirse también a los machos de estos animales: la culebra hembra, la culebra macho.

Otro caso que muestra la tendencia contraria es el de poetisa, sustantivo femenino que hace algunos años muchos han dejado de emplear por razones sociales y prefieren considerar poeta común en cuanto al género: la poeta.

También hay sustantivos colectivos que no permiten diferenciar si se habla solo de mujeres o solo de varones, o de ambos (mixtos). Si hablamos de un alumnado, no sabemos si será mixto o no; lo mismo si hablamos de una orquesta.

Además, hay palabras que tienen un solo género y se pueden referir a mujeres o a varones. Un caso de estos es el sustantivo ser, masculino, que, como tal, impone la concordancia en masculino: La mujer es un ser vivo. El determinante un y el adjetivo vivo concuerdan en masculino con el sustantivo ser, pero se habla de la mujer. O el caso de persona, sustantivo femenino que impone la concordancia: Los varones también son personas presionadas por la sociedad. El participio presionadas concuerda con el sustantivo femenino personas, pero se habla de los varones. Igualmente, si se habla de los seres vivos, se incluye a los masculinos y los femeninos. En ninguno de los casos mencionados hay exclusión de género.

Como se puede ver, el sistema morfológico no es tan estrecho como tal vez piensan algunas personas. La palabra ser es de género masculino y no tiene el morfema -o, y la palabra mujer es de género femenino y no tiene el morfema -a. No parece nada probable que alguna mujer se sienta excluida y quiera inventar un femenino en -a tomando como base el sustantivo ser: sera.

Finalmente, hay palabras de género femenino que acaban en o y se aplican normalmente a mujeres, como contralto o soprano. Y hay otras que, por razones históricas, religiosas, mitológicas, etc., tienen un solo género, como ángel, sustantivo masculino que también puede emplearse para referirse a una mujer: María es un ángel. No parece muy aceptable María es una ángela, a pesar de existir el nombre propio de mujer Ángela. O el caso de genio, sustantivo masculino que ha empezado a usarse como común en cuanto al género: el/la genio, según los datos que arroja Google. Hasta hay algunos pocos casos de genia en este buscador.

Lógicamente, debe tenerse en cuenta que el idioma va evolucionando al ritmo de la sociedad, y son los usuarios los que tienen en su poder el idioma y hacen que este refleje lo que es la sociedad. Esto implica muchos cambios en la lengua que deben ser aceptados por todos. Véase el caso de bebé en el Diccionario panhispánico de dudas, que es epiceno (el bebé) en España, común en cuanto al género (el bebé, la bebé) en casi toda América y con dos terminaciones (el bebe, la beba) en el Río de la Plata. Pero también sería muy recomendable someter a análisis lo que se piensa usar, justificar con buenos argumentos un uso y no precipitarse o generalizar, mucho menos por razones políticas.

 

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© Cristian Fallas Alvarado 2008

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