El cajetín de la Lengua    

 

Miembra

Ana M. Vigara Tauste

Universidad Complutense de Madrid
amvigara@ccinf.ucm.es

 

¿Cuáles son las reglas de utilización de los géneros?, se preguntaba Rollingstone (pseudónimo bajo el cual no hay modo de saber si se trata de una mujer o un varón) en el foro de “comentarios” del diario digital El País (14 junio 2008), opinando sobre el reportaje del día, titulado (y subtitulado)

El lenguaje es sexista. ¿Hay que forzar el cambio?

El idioma es reflejo de una sociedad machista - Pero el feminismo de la ministra Aído choca con la gramática - ¿Hay que respetarla o imponer su transformación?

y firmado por “Tereixa Constenla”. Y añadía las siguientes reflexiones:

¿No ocurre que hay unas reglas y muchas salvedades a ellas: las irregularidades? Si se puede decir asociada o afiliada o socia, no sé por qué no se puede usar miembra. Será una cuestión de costumbres, de uso; pero nunca de incultura. [1]

Este de Rollingstone era, cuando lo vi, el comentario número 383 de 413, y había sido enviado al foro a las 15:53:24 horas. Lo lógico es que antes de la medianoche todavía se sumaran a los 413 de ese momento unos cuantos mensajes más, porque, efectivamente, sobre la lengua, como sobre tantas otras cosas (lo bonito/feo, por ejemplo), todos tenemos algo que decir, todos podemos tener opinión y todos podemos expresarla…

Me he tomado la molestia de leer los 50 primeros mensajes y los 70 últimos (de esos 413), y puedo asegurar que hay comentarios para todos los gustos. Si he seleccionado este de Rollingstone para articular esta breve nota es solo porque me parece que guarda, en su brevedad, estrecha relación con el contenido del reportaje, que afirma ya en su titular que el lenguaje es sexista y (en el subtitular) que el idioma es reflejo de una sociedad machista.[2] Y es que, en lo que atañe al lenguaje, y particularmente a la feminización de términos en nuestra lengua, no tenemos más remedio que admitir que vivimos en un mundo de contradicciones…

 

1. ¿Por qué no miembra…? ¿Por qué no?

Si el lenguaje es sexista, el idioma machista y la ministra Aído feminista, ¿qué es lo que choca con la gramática? ¿El feminismo de la ministra? ¿Choca realmente con la gramática el término que la ministra utilizó, miembra (con -a), creado sobre el masculino miembro (acabado en -o)? ¿No tiene toda la razón Rollingstone cuando deduce que será más bien una cuestión de costumbres, de uso, que de gramática o de incultura?

Y en términos de uso lo describe precisamente el Diccionario panhispánico de dudas:

miembro. 1. ‘Individuo que forma parte de un colectivo’. Normalmente se usa como epiceno masculino (—> género2, 1b ), con independencia del sexo del referente: «La esposa de Molins [...] es un miembro estratégico del equipo» (Mundo [Esp.] 20.2.96). Pero hoy se está extendiendo su empleo como sustantivo común en cuanto al género (el/la miembro; —> género2 , 1a ), uso que se admite como válido cuando se desee hacer explícito el sexo del referente: «EH coloca en sus listas a una miembro de Haika encarcelada por Garzón» (Abc@ [Esp.] 2.4.01).

Y obsérvese la justificación que se da en el DPD, no tanto en el ámbito de la gramática (y la preceptiva) como de la pragmática comunicativa (y la norma): “sustantivo común en cuanto al género (el/la miembro), uso que se admite como válido cuando se desee hacer explícito el sexo del referente”.[3]

Si hay alguna terminación en español que identifiquemos automáticamente (salvo excepciones como mano o moto…) con el género masculino de la palabra, esa es -o. Si hay algún procedimiento gramatical que podamos considerar bien asentado tanto en el uso como en la gramática para crear el correspondiente femenino, ese es el cambio de la desinencia (terminación masculina) -o en -a. Si hay algún ámbito en que los hablantes de español sintamos el deseo o la necesidad de “hacer explícito el sexo del referente”, ese es, sin duda, el de la designación de (o la alusión a) personas.

Menciona Rollingstone, entre sus ejemplos, el de socia, femenino de socio. ¿Deberíamos atribuir alguna importancia, algún significado (social) al hecho de que “socio” haya sido sustantivo de género masculino exclusivamente hasta el DRAE de 1914, en que aparece por primera vez como “socio, a”, masculino y femenino?

Si conociéramos la historia (meramente lexicográfica) de las palabras, nos sorprendería seguramente comprobar las oscilaciones que los sustantivos referidos a personas han sufrido a lo largo del tiempo, en las sucesivas ediciones de los diccionarios académicos. Algunas de las más discutidas (jueza, por ej., que, por ser nombre personal, poco tiene que ver con *nueza, con el que se quiere insistentemente comparar o igualar) llevan ya tiempo admitidas en femenino por nuestra Academia en el DRAE (como entrada independiente de juez en las dos últimas ediciones -incomprensiblemente-, y como juez, a en la edición de 1989). Pero antes de reconocerle también la posibilidad de género gramatical femenino añadiéndole la terminación (desinencia) -a, el sustantivo juez fue solo masculino hasta la edición de 1956 (incluida) y de género común desde la de 1970.[5]

¿No querrá esto decir que, en casos como este (en tantos casos, pues), el proceso lingüístico de evolución (género masculino > común > masculino y femenino), que se repite en otros términos, ha sido el “lógico” y adaptado al proceso de evolución social? La sociedad (es decir, los y las hablantes) dejó de conformarse con el masculino exclusivo cuando el cargo y la profesión de´”juez” dejaron de ser exclusivos del varón; la primera inercia, sin duda, jugó a favor del género común, con el que los hablantes podían ya distinguir, pero quizá no suficientemente, el sexo de la persona aludida (el juez, la juez); si sintieron la necesidad de desarrollar un femenino, como ocurrió en rapaz-a, aprendiz-a, capataz-a o andaluz-a, lo raro hubiera sido que no hubieran añadido esa a final a juez (y mucho más raro hubiera sido, desde luego -y de hecho no ha ocurrido, que sepamos, nunca-, que de andaluza necesitaran crear andaluzo, o rapazo y capatazo de rapaza y capataza: curioso argumento que se sigue utilizando con frecuencia -y fe­-para oponerse al femenino jueza).

De acuerdo con toda esta explicación, tampoco parece tan disparatado pensar que miembro, que ha sido de género exclusivamente masculino siempre hasta que, en la última edición del DRAE (22.ª, 2001), se le ha adjudicado género común, puede estar siguiendo el mismo proceso gramatical que ha seguido juez y que, por lo tanto, convertirse en un futuro más o menos cercano/lejano en miembro/-a (sustantivo masculino y femenino) puede ser, previsiblemente, su siguiente paso.

Y si así fuera, el opinante Rollingstone, que al parecer temía encontrarse en el terreno de la irregularidad y la excepción, habría, por el contrario, fundamentado perfectamente, con su percepción, la regularidad: la doble regularidad de crear un femenino en -a sobre un masculino en -o y de convertirse en femenino después de haber sido de género masculino (solo) y común. Y nuestra ministra de Igualdad, Bibiana Aído, habría, simplemente, anticipado el final del proceso, en una intervención que seguramente no merecía por este motivo (por la aparición del término miembra) la atención inusitada que ha recibido, los apasionados juicios de valor que ha suscitado y el efecto social que ha provocado dividiendo el mundo entre oponentes y partidarios, irritados y complacidos… Y ni lo dicho por ella, pues, ni el hecho mismo de decirlo (o pensarlo) [6] podría considerarse, en rigor, incorrección, ni estupidez, ni sandez ni feminismo salvaje (nada menos que “salvaje”), como se acusaba al principio del reportaje de El País citado:

La palabra "miembra" es una incorrección [7]. No figura en el diccionario de la Real Academia Española, que fija la norma. Proferirla es una "estupidez", una "sandez" y una muestra de "feminismo salvaje", según Javier Marías, Fernando Savater y Juan Manuel de Prada.

 

2. Y sin embargo…

Hay que reconocer, sin embargo, que la extrañeza de casi todos ante miembra está más que justificada. Aunque no sepamos muy bien por qué o no hayamos sabido explicarlo aún, jueza nos suena bien; socia, ministra, cancillera nos suenan bien; bedela, jefa y clienta nos suenan estupendamente…, pero miembra no: miembra nos suena aún raro, innecesario, “mal”.

Y no es que “sonar mal (o bien)” sea un gran argumento lingüístico: no lo es en absoluto. Pero lo cierto es que miembra nos suena como esos masculinos creados artificialmente a partir de palabras que tienen terminación aparentemente femenina, pero son de género común (*poeto [8], *artisto,* pediatro, *juristo, *periodisto,* espío…), epiceno (*guardaespaldos, *persono) o exclusivo para uno de los sexos (*curo); o como esos otros masculinos imposibles (*monjo) o inventados innecesariamente a partir del femenino (*juezo, *profesoro…); o como esos femeninos forzados que también levantan polvareda cuando aparecen (jóvenas, mujeras…). ¿Por qué?

María Luisa Calero, Margarita Lliteras y María Ángeles Sastre proponen en Lengua y discurso sexista (2003) una clasificación de los sustantivos personales según el modo en que el género gramatical designa en ellos el referente [9], clasificación poco conocida y muy interesante, que puede arrojar alguna luz -creo- sobre nuestra percepción, aparentemente inexplicable, pero cierta, de miembra:

a) intrasex: vasallo/a, niño/a (lexema con desinencia de género);

b) extrasex: el/la espía, el/la periodista; el/la joven (los “comunes”; aquí se incluirían también los compuestos como guardaespaldas, cantamañanas);

c) heterosex: el padre/ la madre, mujer/varón (son los tradicionales “heterónimos”);

d) ortosex: monja/cura (persona designada por su propio sexo);

e) unisex: prójimo, persona, víctima, bebé, criatura (sustantivos personales “abstractos”), “epicenos” tradicionales; tribu, abogacía, claustro, clero, gente (sustantivos personales “colectivos”).

Obsérvese que, en cualquier caso, todos los sustantivos que ejemplifican esta clasificación son o masculinos o femeninos, unos por medios “internos” o morfológicos (cambio desinencial: los intrasex), otros mediante procedimientos “externos” (todos los demás). La tendencia a “feminizar” los nombres personales en nuestra lengua, clara e inapelable en nuestra sociedad, por más que peleemos por ello o contra ello, parece desarrollarse de abajo arriba:

                   unisex> … > extrasex> intrasex.

Antes de convertirse en intrasex (juez, jueza), juez había sido extrasex (el/la juez) y antes, como tantos otros que no lo son ya, unisex masculino (el juez). Por su parte, socio pasó directamente de unisex masculino (el socio) a intrasex (socio, socia).

Puedo estar equivocada, a falta de mayor reflexión y análisis; pero no parece demasiado arriesgado aventurar que la mayor parte de los sustantivos unisex masculinos concretos (no los abstractos ni los colectivos) han acabado convertidos en extrasex o en intrasex: es decir, han acabado “feminizados” interna- o externamente. La responsabilidad de que esto ocurra es, sin duda, social (y en el hecho social deberíamos buscar y encontrar las causas, creo), y el que haya ocurrido de una u otra manera -me parece- ha dependido esencialmente de un rasgo lingüístico: su terminación.

—   Así, artista y periodista (sustantivos unisex masculinos en origen, con terminación aparentemente femenina) pasaron a extrasex en 1884 (el/la artista) y 1956 (el/la periodista); socio (unisex masculino en origen, con terminación masculina -o) pasó -ya lo hemos dicho- directamente a intrasex (socio, socia);

—   cliente y juez (unisex masculinos en origen, con terminación ni propiamente masculina ni propiamente femenina) se utilizaron (y reconocieron en los diccionarios académicos: de ahí lo deducimos) primero como extrasex (el/la cliente, el/la juez) y luego como intrasex, feminizados con la desinencia -a inequívoca (cliente, clienta; juez, jueza); lo mismo está ocurriendo actualmente con gerente, unisex masculino quehemos comenado a utilizar a como intrasex, con doble género (gerente, gerenta) [10];

—   comadrón (heterónimo masculino de comadre en origen) acabó desarrollando un femenino comadrona que se adueñó por excelencia del concepto y la figura social y propició la desaparición de los heterónimos originales. Etcétera.[11]

Esta podría ser, pues, una explicación, justificada además por la abundancia de sustantivos masculinos originariamente unisex que se convierten, aceptan y usan generalizadamente como intrasex, muchas veces en contra de lo que a primera vista pudiera parecer: cartero (cartero, cartera), árbitro (árbitro, árbitra), torero (torero, torera), gerente (gerente, gerenta), capitán (capitán, capitana)… Es posible que el futuro de miembra dependa, más que de nuestra tendencia a crear femeninos personales en -a donde hay sustantivos masculinos en -o (que es tendencia lingüística indiscutible, y en absoluto disparatada ni estúpida), de nuestra percepción del sustantivo (unisex masculino) miembro como más o menos “abstracto”.

Dicho de otro modo: mientras “miembro”nos parezca una abstracción, tenderemos a utilizarlo como unisex; igual que prójimo, unisex que, sin embargo, se convierte en la prójima cuando alude concretamente a la pareja- mujer; o como bebé, que quizá sigue siendo mayoritariamente unisex, pero recibe siempre diferenciación de género cuando se concreta con/en un diminutivo: un bebito, una bebita.

Y esto explica probablemente también que, pese a su terminación, sustantivos como cliente o gerente pasen a intrasex, pero no otros como gente, que es colectivo (y, como colectivo integrador, al igual que tribu, no precisa desarrollar la distinción de género). En la clasificación propuesta por Calero, Lliteras y Sastre (2003), la casilla unisex la llenan, sobre todo, los sustantivos personales colectivos y abstractos; los demás, como nuestros propios hijos, suelen salir de casa en busca de su propio camino y emanciparse…

Así las cosas, la tendencia al uso del masculino unisex para los dos sexos lleva ya siglos en proceso de extinción. En español,

—   si la terminación de la palabra lo permite y la sociedad lo concibe, convertimos fácilmente el masculino (unisex) en femenino (intrasex): así surgió, como tantos otros femeninos, jueza, que, pese al rechazo que suscita en España (no en Hispanoamérica), podemos considerar consolidado; y así ha surgido, aunque excepcionalmente y con pocas posibilidades seguramente de consolidarse pronto, miembra;

—   si, como suele ocurrir, el hablante o la sociedad necesitan (o creen que precisan) el femenino y la terminación de la palabra es poco propicia a marcarlo u ofrece algún obstáculo, raramente nos conformamos con menos que con la recategorización del sustantivo unisex en extrasex: masc. exclusivo periodista> común el/la periodista (DRAE 1956); masc. exclusivo testigo> común el/la testigo (DRAE 1803); masc. exclusivo miembro> común el/la miembro (DRAE 2001)…

Los diccionarios académicos registran además con nitidez esta tendencia, perdiendo constantemente a lo largo de su historia la anotación s. m. (‘sustantivo masculino’) a favor de s. com. (‘sustantivo común’) o de la entrada con doble género. Y en este sentido, es innegable que, como defienden con pasión los académicos entrevistados en el reportaje de El País aludido -si bien para oponerse con rotundidad a miembra-, “la Academia refleja la realidad” (Ignacio Bosque), “la Academia no inventa, es un notario” (Ana María Matute) y es mejor que los hispanohablantes "No esperen por las mujeras" [12]; ni -añado yo- por los mujeros ni por las hombras ni por los curos ni por los monjos, pues -en palabras de otro académico, Salvador Gutiérrez- "la lengua es el organismo más democrático que existe en el mundo", y es muy improbable que los sustantivos heterosex y ortosex (heterónimos tradicionales), perfectamente identificados con el sexo de su referente, susciten en los hablantes la necesidad de cambiar su terminación para expresar el sexo-género que ya expresan [13].

Y “no tiene sentido pensar que la gramática está contra los hablantes”, tiene toda la razón Ignacio Bosque, en el reportaje. Podríamos pensar, en todo caso, que en esto de la feminización de los nombres personales solemos ser los hablantes los que nos declaramos, explícita y conscientemente o por la evidencia de los hechos, en contra de la gramática. O más bien de la prescripción gramatical, que es algo lingüística y socialmente distinto. La realidad es múltiple, cambiante, todos formamos parte de ella e influimos sobre ella. ¿La realidad que refleja la Academia es LA realidad? ¿La que la Academia no refleja no es (también) LA realidad? Aunque mujeras no parece esperable ni previsible, está por ver que miembras no acabe suscitando muchas más discusiones entre los hispanohablantes y echando raíces, con el tiempo, en nuestro idioma. Como está por ver que la Academia, que “no inventa”, tenga, como notario (o notaria) de “la realidad”, el mismo comportamiento que ha tenido hasta ahora y suscite las mismas valoraciones que ahora si alguna vez aumentara su misérrimo número de tres académicas hasta un porcentaje de (aproximadamente) el 50 % de mujeres entres sus miembros (para lo cual, justo es reconocerlo, la institución está muy poco o nada preparada)…

Pero volvamos a la actualidad que ha dado lugar a este trabajo y resumamos. El hecho sigue siendo que, aunque no responde ni a la misma motivación ni a la misma regla que *rompetechas (< rompetechos), ni se trata del mismo caso que todos esos masculinos inmotivados que hemos visto ni hace otra cosa que repetir por analogía la creación de femeninos más acorde con “el genio de nuestro idioma”, miembra “nos suena mal”. Y este puede ser un argumento -no lingüístico, pero sí social-, si no suficiente para oponerse con rotundidad (agresiva, sospechosa) a esta palabra ni para cargar toda suerte de desprecios sobre nuestra joven ministra[14] de Igualdad, sí revelador de que, pese a responder impecablemente “a la regla fundamental de los géneros” (gramaticales), de la que Rollingstone hablaba, todavía no nos encaja con naturalidad en la percepción y el uso espontáneo de nuestra lengua. Y digo “todavía” sin ánimo de profetizar, pero con el deseo, que hago explícito aquí, de sumarme al juicio de Rollingstone y aceptar con humildad que la consideración de la palabra miembra, que tanto revuelo ha suscitado, será una cuestión de costumbres, de uso; pero nunca de incultura. Aunque sea una ministra quien la diga (y lo sea precisamente de Igualdad) y queramos, por motivos políticos, por ejemplo, situarnos en la oposición…

 

NOTAS

[1] He normalizado la ortografía del mensaje de opinión en el foro.

[2] Pero ¿no habíamos quedado en que el lenguaje no es sexista, sino lo que hacemos con él? Si se afirma ya que el idioma es reflejo de una sociedad machista, como se afirma en el subtítular, ¿qué hacen quienes opinan contra el femenino en el interior del reportaje y en el foro de opinión sino negar la mayor? El reportaje, en este sentido, potencia la discrepancia.

[3] La verdad es que es difícil evitar que los usos lingüísticos “reales” desborden nuestras capacidades y nuestras expectativas gramaticales y semánticas. Obsérvese, por ejemplo, la correlación verbal “se admite … cuando se desee…” (inducida, sin duda, por el enunciado tradicional, por elipsis, tipo “válido cuando se utilice para…”); y, puesto que de género gramatical y de femeninos hablamos, y además de “miembro” como termino de género común (el/la miembro), ¿no habría sido más adecuado el término persona en la definición que individuo, que es el que aparece? Por lo demás, la última edición del DRAE (22.ª), considera miembro en su acepción 7 (la que nos interesa) de género común.

[4] El pájaro que estoy viendo ahora mismo frente a mí ¿es gorrión o gorriona? (¿?)La persona que agita su mano para saludarme ¿es hombre o mujer?

[5] Podemos hacer la prueba con otras muchas palabras, sobre todo con las más discutidas, consultando simplemente el Ntlle (o Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española) en linea, en la página de la RAE. Conviene dejar claro, no obstante, que las únicas de verdad relevantes en esta discusión (social, o lingüístico-social) son los sustantivos con referencia personal; la aparición de otros tipos de palabras (adjetivos o adverbios -feliz, *feliza, ¿*felizo?-, o sustantivos referidos a animales o cosas -*nueza ) no hace, con frecuencia, más que desenfocar la argumentación (y su fundamento racional) y desorientar, aunque hay que reconocer que muchas veces con humor y gracia, a los usuarios.

[6] Otra cosa es que, como se ha dicho, la propia ministra se sorprendiera negativamente de encontrar el término en su discurso e intentara justificarlo de forma no del tdo coherente. Eso, sin duda, sería “otra cosa”.

[7] Como dice, llena de sentido común, la filóloga Eulàlia Lledó en el reportaje aludido, "¿era incorrecto decir abogada antes de que la palabra estuviese en el diccionario de la RAE?". Obviamente (y hago mías sus palabras), "la corrección en la lengua no es un valor absoluto. Y no veo nada en contra de la corrección [lingüística] de la palabra miembra".

[8] Incluyo poeta aquí, entre los de género común, porque así es como se usa más frecuentemente en la actualidad, aun a sabiendas de la existencia del femenino poetisa. En teoría, si “poeta” pasara a usarse siempre como sustantivo de género común, no podríamos descartar rotundamente la aparición futura del masculino poeto, que ahora nos parecería disparatado.

[9] Margarita Lliteras Poncel (coord.): Lengua y discurso sexista (col. Mujer e Igualdad, Guía de estilo 1; autoras: las tres citdas en el texto). Junta de Castilla y León, Dirección General de la Mujer e Igualdad de Oportunidades, Valladolid, 2003.

[10] Curiosamente, el femenino suele desarrollarse más fácilmente en los sustantivos terminados en -ente (cliente, gerente> clienta, gerenta) que en los terminado en -ante (cantante, amante, estudiante).

[11] La tendencia a crear sustantivos intrasex por feminización de masculinos (unisex) es mucho más potente y productiva entre nosotros que la de hacerlo mediante la creación de masculinos a partir de unisex femeninos (unisex azafata, enfermera, modista, puta, prostituta> azafato, enfermero, modisto, puto, prostituto).

[12] “No esperen por las mujeras” es el título de un reciente artículo de opinión del escritor Javier Marías, ahora académico también, en EPS (11 mayor 2008), revista dominical del diario El País.

[13] El caso de comadrón (/comadre)> comadrona, utilizado arriba, es una excepción. He obtenido la información relativa a esta palabra del trabajo de Antonio Martínez González “Sobre la norma lingüística: el español del siglo XIX y la norma purista de P. F. Cevallos”, en ídem (ed.), Estudios de Filología Hispánica I (Estudios lingüísticos y literarios), Univerdad e Granada, granada, 1996: 11-47.

[14] En el caso de ministro, en cambio, se prohíbe expresamente (en el DPD) el “femenino común” (*la ministro):

ministro -tra. ‘Persona que tiene a su cargo un ministerio’. El femenino es ministra (—> género2, 3a ): «La ministra [...] dijo hoy que las condenas son una vergüenza» (DYucatán [Méx.] 21.1.97). No debe emplearse el masculino para referirse a una mujer: la ministro. El femenino de primer ministro es primera ministra, no primer ministra (—> primero, 1 ) ni primera ministro: «La señora Thatcher [...] será la primera mujer que accede al cargo de primera ministra en Europa» (Clarín [Arg.] 10.4.79).

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© Ana María Vigara Tauste 2008

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