El cajetín de la Lengua    

PRESUNTO

Dra. Ana María Vigara Tauste
Dpto. Filología Española III
Universidad Complutense de Madrid

En el plazo de 24 horas, los telediarios de Televisión Española nos proporcionan dos ejemplos “dudosos” del adjetivo presunto, -a: el día 7 (de octubre del 2002), el locutor recuerda a los espectadores que el francotirador que había empezado a disparar el día anterior, sin aparente motivo, en Washington, sigue matando, e introduce la noticia diciendo:

[Mientras tanto, en Washington] se busca al presunto asesino [...];

el martes 8 es un entrevistado en la sección de deportes el que, refiriéndose a la paliza que (por parte de unos cuantos jóvenes “aficionados” sevillistas) sufrió un guardia de seguridad en el estadio de fútbol Sánchez Pizjuán, campo del Sevilla, dos días antes, dice:

[ha sido] una presunta infracción muy grave.

¿Dónde reside la incoherencia -el absurdo- de tales expresiones?

Quizá, para empezar, conviene preguntarse cuándo y cómo se adquiere la consideración de “presunto/a”; o, mejor aún, cuándo y por qué aplicamos tal rango a alguien o algo. Y aquí, una vez más, debemos aludir, como tantas otras veces, a lo “políticamente correcto”, quizá al eufemismo y a la cortesía; sin duda, a una cierta confusión, propiciada por el significado y el uso “corriente” de este adjetivo.

El DRAE (Diccionario de la Real Academia), en su vigesimosegunda edición (2001), refleja en su primera acepción un significado “general” del término y luego, en la segunda, el restringido, que es el que trata de respetarse escrupulosamente en nuestros periódicos (y en los dos ejemplos tratados aquí):

presunto, ta. (Del lat. praesumptus, part. pas. de praesumere). adj. supuesto. || 2. Der: Se dice de aquel a quien se considera posible autor de un delito antes de ser juzgado.

Por su parte, el DEA (Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos), que es esencialmente un diccionario de uso, lo define una sola vez:

presunto -a adj Pretendido o supuesto. Frec. en derecho. | ByN 31.12.66, 48: Pudo .. matar .. a Lee Harvey Oswald, el presunto asesino del presidente. Laforet Mujer 311: Por las escaleras descendían un grupo de mujerucas que más que presuntas viajeras parecían incendiarias.

Es este uno de los muchos casos en nuestra lengua en que, pese a las apariencias de las definiciones (y del ejemplo de Carmen Laforet recogido en el DEA), raramente podemos emplear como sinónimos los términos (presunto, pretendido, supuesto). En el uso (que es el que propicia su sentido ‘real’), los tres adjetivos (curiosamente, supuesto<‘suponer’ no aparece como tal adjetivo en el DRAE, sino sólo como sustantivo) implican un rasgo de connotación negativa, que podríamos describir como ‘poner en entredicho’, pero los tres de diferente manera. Supongamos que ha aparecido un billete de lotería premiado en el portal de mi casa y el portero, que lo ha encontrado, ofrece devolvérselo a su dueño/a; enseguida aparecen varios vecinos (hombres todos, para evitar en esta exposición el engorro de la duplicación masculino/femenino) que dicen serlo:

a)  Si hablamos del pretendido dueño del billete de lotería nos referimos a alguien que dice ser el dueño, pero tal condición, que está por demostrar para los demás, suscita dudas (en quien emplea el término, y quizá en otros). Aunque uno puede pretender algo respecto de otros (por ejemplo, yo puedo pretender que todo el mundo admira a mi hermano, y en este caso podría hablarse -otros podrían hablar- de “la pretendida admiración” hacia mi hermano), lo normal es que, refiriéndose a personas, “uno mismo (se) pretenda”: con pretendido dueño digo que a) Fulanito afirma que él es el dueño, y b) yo-hablante -y conmigo seguramente muchos otros- no tengo constancia de que él sea el dueño y/o no doy por aceptado/no me creo que lo sea.

b)  Si nos referimos al supuesto dueño, el punto de vista de quien habla deja fuera el de aquel de quien se habla; la expresión instala tanto a quienes juzgan como a quien es “juzgado” (puesto en entredicho) por la expresión en el terreno de la hipótesis: puede que sea el dueño, nosotros suponemos (o no suponemos) que lo es, pero no consta aún como probado para mí (que soy el hablante) ni para los demás.

c)  El presunto dueño sería seguramente para la mayoría de los hablantes ese vecino que además de no haber acreditado su condición de dueño del billete, resulta -aunque sin demostración- “sospechoso precisamente de no serlo”, casi “acusado de pretender serlo”.

Más allá de estos usos (digamos) cotidianos, el término presunto, sin embargo, escapa al estricto significado que le asignan los diccionarios generales para referirse a un concepto técnico-jurídico, el de presunción de inocencia, recogido como derecho fundamental en la Constitución (art. 24-2): el que tiene todo sospechoso, encausado, acusado o condenado sin sentencia firme.

Si a todo esto añadimos que el adjetivo presunto se ha especializado para los usuarios de a pie en el campo del delito (la transgresión o la falta que merecen punición), en el sentido de la segunda acepción del DRAE (“Der: Se dice de aquel a quien se considera posible autor de un delito antes de ser juzgado”), y que en nuestros periódicos -y, por extensión, en nuestros actos formales y públicos de comunicación- es una cuestión de ética esencial mantener explícita la presunción de inocencia de todo aquel que (es acusado, pero) no ha sido juzgado, comprenderemos quizá el absurdo de buscar no al asesino real (a la persona real con nombres y apellidos que ha matado a otras personas), sino al presunto asesino (que quizá no sea esa persona real con nombres y apellidos que ha matado a otras personas). Si para ser “presunto” debe mediar una acusación aún no probada por la justicia, para ser “asesino” basta con haber matado a otras personas: la policía busca al asesino, y éste (u otro en su lugar, si es otro el detenido/acusado) sólo adquiere la condición de “presunto” después, cuando, en manos ya de la justicia, todavía no ha sido juzgado y condenado culpable (aunque de hecho, de alguna manera, ya ha sido considerado asesino, y precisamente por ello ha sido acusado) y, amparado por la ley, reclama el derecho a la presunción de inocencia que la constitución garantiza a todas las personas (individuales).

Tenemos un ejemplo reciente en España que puede ayudar a entenderlo: el del caso de Rocío Wanninkof. Tras aparecer asesinada la joven, la policía buscaba a su asesino; cuando detuvo a una amiga de la madre de la chica, ésta se convirtió, hasta ser juzgada, en su presunta asesina (a pesar del convencimiento de mucha gente, y sobre todo de la madre de la chica, de que ella era quien realmente la había matado y de la acusación que hacían públicamente); tras ser formalmente acusada, juzgada, condenada como culpable y más tarde excarcelada tras una nueva consideración de las pruebas con que fue condenada, la mujer no es ni puede ser considerada ya la presunta asesina de la chica, aunque para algunas personas, empecinadas en considerarla culpable pese a la exculpación de la justicia, siga siendo la supuesta asesina. Y se entiende que de ningún modo podríamos hablar de la pretendida asesina, sino todo lo contrario, pues la mujer ha defendido siempre su inocencia (es decir, “se ha pretendido” siempre inocente).

Paralelamente, el entrevistado en la sección de deportes del telediario llevaba hasta las instancias pertinentes, como acusador y para que la juzgaran, una infracción en el campo del Sevilla (que él consideraba) muy grave, no una presunta infracción (en todo caso, una infracción presuntamente muy grave); su papel es, en este caso (salvando, claro está, las distancias), similar al de la policía; es decir, el de quien se enfrenta con asesinos o infractores reales, que pasarán después -en una instancia que queda ya fuera de la responsabilidad policial propiamente dicha-, temporalmente, a ser “presuntos”.1

¿Tiene sentido que se busque en Washington a una persona “a quien se considera posible autor[a] de un delito antes de ser juzgad[a]” y no al auténtico francotirador asesino?

 

16 octubre 2002

10 noviembre 20022


1 Por otra parte, en esta dinámica judicial en que la presunción de inocencia se vincula directamente a una demostración efectiva de culpabilidad por parte de la ley, una determinada persona puede reconocer ser autora de un acto que ella misma no considera delito o falta, pero la policía y el fiscal sí: también en un caso así se hablaría de "presunto delito" o "presunta infracción", por cuanto de ello se deriva la presunción de inocencia (cometió la acción, pero es inocente hasta que se demuestre que tal acción es infracción o delito).

2 Texto revisado y corregido. Agradezco a Luis Prados Roa sus siempre oportunas aclaraciones y aportaciones.

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© Ana María Vigara Tauste 2002


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