El cajetín de la Lengua


DE RACISMO Y OTROS -ISMOS


Dra. Ana María Vigara Tauste

Racismo, xenofobia y clasismo son conceptos y términos que tienden a aparecer juntos en nuestra habla y en nuestros escritos, quizá porque están socialmente tan imbricados, que con frecuencia es imposible separarlos del todo. De un reportaje publicado el pasado 21 de diciembre en el periódico Abc (21-12-99, sección "Madrid", págs. 12-13) recojo la siguiente cita:

Así, un 49,6 por ciento de los jóvenes [universitarios de Madrid] se declaran "algo racistas". El director del estudio [el catedrático de Antropología Tomás Calvo Buezas] atribuyó esta confesión a varias razones: a una autoapreciación de la xenofobia; al rechazo a determinados grupos sociales, y a que se demuestra, una vez más, que no se considera "políticamente correcto" declararse abiertamente racista. Este hecho, a su juicio, "es una buena noticia".

No entro ahora en la posibilidad de que un apresurado resumen del periodista haya atribuido a las palabras del experto un sentido que no es el que exactamente (el experto diría que) tenían. No es necesario hacerlo, porque la verdad es que informaciones o afirmaciones de esta misma o muy parecida guisa las encontramos continuamente en la prensa escrita, en los informativos televisivos, en las tertulias radiofónicas, en las conversaciones cotidianas... La nueva "ley de inmigración" está de rigurosa actualidad y, en general, los medios de comunicación no pueden (ni deben) sustraerse a esta circunstancia[1].

En el mismo reportaje se resumían las cifras de la investigación sociológica en un cuadro precedido del título Prejuicios racistas en los universitarios de Madrid. A la izquierda se exponían los porcentajes de antipatías ("interiormente sientes antipatía por"); a la derecha, los prejuicios matrimoniales ("me molestaría casarme"). Entre los primeros figuraban, por este orden (de mayor a menor):

cabezas rapadas, fachas nazis, gitanos, drogadictos, borrachos, feministas, moros, comunistas, curas, catalanes, franceses, norteamericanos, vascos.

Entre los segundos ("me molestaría casarme") figuraban (por orden):

gitanos, moros/árabes, negros de África, asiáticos, negros de América Latina, judíos, indios de América Latina, mestizos, mulatos, portugueses.

Basta con dar un repaso a este cuadro-resumen para tener testimonio de la confusión social y terminológica que sufrimos en torno a estos sentimientos-conceptos. Meter en el mismo saco ("prejuicios racistas en los universitarios de Madrid") la antipatía que pueda sentirse por cabezas rapadas, gitanos, borrachos, comunistas, curas o norteamericanos es (por lo menos) desconcertante; pero utilizar para describir los "prejuicios matrimoniales (de carácter racista)" terminología como moros/árabes y judíos, y encontrar además en la misma lista a los portugueses puede resultar, si se piensa, incluso absurdo. Afortunadamente, al principio del reportaje se decía que el estudio en el que se basaba era sobre "valores solidarios y prejuicios racistas en los universitarios madrileños": sin duda, este epígrafe hubiera "descrito" mucho mejor el contenido del cuadro...

Los sucesos del pueblo almeriense de El Ejido, que todavía hoy (15/2/2000) merecen titulares en todos nuestros periódicos e informativos, han puesto nuevamente el dedo en la llaga. Si la animadversión hacia un joven inmigrante marroquí que ha matado a una habitante del pueblo se convierte en agresividad contra todos los que tienen los mismos o similares rasgos anatómicos que él, podemos hablar de racismo, sin duda. Nada, al parecer, consiguió evitar las agresiones ni los enfrentamientos: ni siquiera el hecho de que el joven asesino fuera un desequilibrado que había pedido varias veces ayuda psicológica[2], ni de que algunos de los que presentaban rasgos anatómicos similares a los suyos fueran ya antiguos habitantes de El Ejido, con raíces, negocios e incluso matrimonio e hijos en el pueblo. Claro que las agresiones han sido contra los inmigrantes, y lo que tienen en común todos los inmigrantes de El Ejido es su procedencia y su situación "desfavorecida": todos son extranjeros (casi todos de origen magrebí) y todos, en principio, pobres que vienen hasta aquí a buscar mejor fortuna (pero también han sufrido ataques los hogares y los negocios de algunos que ya la habían encontrado). Los términos xenofobia, clasismo, nazismo y extrema derecha han servido también a muchos para describir la situación. La raza es una entidad biológica; la nación, una entidad histórica; la riqueza/pobreza y la situación laboral, una coyuntura; la adscripción política, una elección supuestamente racional... A todos nos corresponde algún puesto en cada una de estas entidades y, con frecuencia, tal puesto en cada una de ellas depende en alguna medida del que tengamos en las otras. Y se supone que la discriminación en cualquiera de ellas afecta a todas las demás y atenta contra los derechos universales del ser humano.

Por eso no es extraño que esto mismo, esta curiosa mezcla de términos y conceptos, se repita casi sistemáticamente cuando se habla/escribe sobre este tema, y no sólo en los medios de comunicación y en las conversaciones cotidianas; el ejemplo que se utiliza en Clave. Diccionario de uso del español actual (SM, Madrid, 1996) para ilustrar el término sudaca[3], sustantivo "coloquial" que se define como suramericano, es decir, "de América del Sur", reza así:

Es muy racista que digas que esto está lleno de negros y `sudacas´.

Se trata, me parece, de un caso en el que todo (entiéndase: la complicada realidad social, la actividad de los profesionales de los medios de comunicación y el propio sistema de la lengua, como veremos enseguida) contribuye a la confusión. Cada uno de los factores alimenta a los otros dos, y el resultado (verbal) puede estar influyendo en nuestra percepción de la realidad y en la de los otros.

Para el común de los españoles, al parecer, ser racista es algo similar a (o quizá lo mismo que) tener sentimientos xenófobos, mostrar comportamientos clasistas o incluso no admitir, en defensa de la propia imagen (individual o colectiva), que se es en alguna medida xenófobo o clasista (o racista) o que se perciben claramente las diferencias culturales y se tienen en cuenta. Y, por añadidura, ser xenófobo es algo similar (o quizá lo mismo que) ser racista o clasista, y así sucesivamente... Nuestra percepción de estos conceptos es seguramente bastante confusa, pues, más allá de lo que informan los diccionarios, en que las diferencias "terminológicas" parecen claras:

racismo. Tendencia a considerar unas razas superiores a otras y, como consecuencia, a discriminar a las inferiores[4].

xenofobia. Odio, repugnancia, aversión, desprecio u hostilidad hacia lo extranjero o los extranjeros.

clasismo. Defensa de la división de la sociedad en clases. Particularmente, actitud de desprecio hacia los individuos de clases sociales inferiores;

más allá de lo que informan los diccionarios —decía—, seguramente no es fácil discernir (ni siquiera para los propios implicados) si el motivo por el cual los señores XYZ no desean, por ejemplo, que su hija se case con su novio YZX, negro y musulmán, es su condición de extranjero (suponiendo que lo sea), su raza, su ubicación social o su religión y su cultura...; o quizá un poco de todo ello, o incluso simplemente la creencia de que el matrimonio distanciaría demasiado a su querida hija... Porque parece obvio, al menos a la luz de los diccionarios, que se puede ser racista, clasista y xenófobo a la vez; pero también que se puede ser sólo racista (o clasista, o xenófobo), sin que esto implique necesariamente todo lo demás; e incluso que se puede no ser racista, ni xenófobo, etc. Y, como las diferencias (de raza, de clase social, de procedencia, de cultura...) sí son un hecho, la descripción de las múltiples combinaciones posibles podría ser tediosa.

Creo, como Manuel Seco[5], que "la mayor parte de lo que escriben los periodistas refleja la lengua que circula a su alrededor, son mensajeros de la lengua real. Dicen cosas que están en boca de la gente y lo único que hacen es reflejar lo que se usa. En ese sentido, si se confirma que el uso existe, entonces por qué considerar que están destrozando el idioma, como dice la gente. Lo que están es reflejándolo". Una carta al director publicada en El País (14-2-2000) puede servirnos como testimonio:

Yo no soy racista

Yo no soy racista, pero no me gusta que me quiten el trabajo. Yo no soy racista, pero no quiero que ningún gitano estudie con mis hijos. Yo no soy racista, pero no deseo que mi hija se case con un negro. Yo no soy racista, pero no debería existir la Unión Europea, al fin y al cabo son extranjeros. Yo no soy racista, pero desprecio a los viejos, deberían estar en un asilo. Yo no soy racista, pero la mujer debe trabajar en su casa cuidando de sus hijos. Yo no soy racista, pero no tendrían que existir homosexuales, tullidos y paralíticos. Yo no soy racista, pero no creo en la democracia, prefiero un buen caudillo que nos gobierne a todos y le dé a cada uno lo que se merece. Lamentable, pero cierto: todas estas estupideces están en muchas mentes. [...]

En el reportaje del que venimos hablando, el periódico no ha titulado"prejuicios racistas" solamente porque el foco de nuestra actualidad se centra ahora en el racismo; en ese enfoque y en la terminología empleada reconocemos la mayoría de los lectores nuestra propia terminología y un punto de vista muy similar al que estamos manejando cotidianamente.

A la "confusión" contribuye, sin duda, otro factor tanto o más que el hecho de que estos "sentimientos" aparezcan juntos (y confusamente mezclados) muchas veces en la realidad (y casi siempre cuando se habla sobre alguno de ellos). El sistema de la lengua, que nos permite nombrar la actitud de discriminación social en función de la raza (racismo), el origen (xenofobia), la clase o el grupo social (clasismo) e incluso el sexo (sexismo), no nos permite, en cambio, nombrar con un término único adecuado la discriminación (personal o social) en función de la religión o de la cultura, entendida como "conjunto de valores compartido por un grupo social". Tal concepto, que es el que rige el comportamiento de los señores ZXI, por ejemplo, que no desean que su hija se case con su novio de raza blanca (como ellos), de Salamanca (como ellos) y de clase media (como ellos) porque consideran que los valores que priman en la cultura del joven (musulmana) son incompatibles con los de su propia cultura (laica occidental), tal concepto -decía- no tiene nombre en español que nos permita asociarlo con ninguno de los términos clave: ni culturalismo (<cultural<cultura) ni culturismo, términos que tienen ya su propio significado, alejado del que aquí queremos expresar, serían válidos; ni religionismo es término usado con este significado, ni con ningún otro.

En general, los hablantes, los usuarios de la lengua, si no disponen en el sistema de procedimiento con que expresar lo que desean decir, se las apañan para hacerlo como sea: inventando palabras, adoptando extranjerismos, dando rodeos, utilizando símiles o metáforas... Este comportamiento tiene, sin embargo, un freno claro en periodismo, que debe, incluso por simple respeto a sus lectores, informar con la lengua que ellos conocen y del modo más breve, claro y sencillo posible. Así que, paradójicamente, aunque sigue pareciendo claro, a la luz de los diccionarios y de la propia experiencia subjetiva, que se puede hablar de "racismo" o de cualquiera de las otras realidades sin implicar necesariamente a las demás, este término parece actualmente el comodín con que nombrar cualquiera de estos sentimientos negativos, incluidos esos dos que no poseen nombre bien asentado en español (los relacionados con la discriminación en función de la religión o de la cultura). Y en este caso, como en tantos otros, los profesionales de los medios, inevitablemente, reflejan el uso lingüístico de la gente y lo alimentan.

Escribir estas pequeñas notas y atribuir a los usuarios de español en general (entre los que, naturalmente, me incluyo) "responsabilidades" al fin y al cabo "exculpatorias" no tiene mucho sentido si no es para llegar un poco más allá... Estoy convencida de que intentar (y alcanzar) un cierto rigor terminológico en los medios de comunicación no sólo propiciaría una mayor eficacia de la información, sino que contribuiría a mitigar esa percepción "confusa" de la realidad que al parecer tenemos (en la que podemos incluir actualmente la ausencia de criterios claros para tomar posiciones respecto de lo "políticamente correcto" en estas cuestiones) y -lo que es más importante- puede ser muy útil para asumir responsabilidades sociales. Evidentemente, no es lo mismo luchar contra el racismo de los jóvenes que contra el clasismo o contra ambas actitudes juntas, como no sería (no es de hecho) lo mismo educar a un niño para que no sea racista (es decir, para que no considere "inferiores" o "superiores", respetables o "agredibles" a las personas en función de la raza a que pertenezcan), para que no sea clasista (es decir, para que no identifique a las clases o grupos sociales menos favorecidos que el propio como "inferiores" y desarrolle desprecio hacia sus miembros) o para que no menosprecie a las personas que tienen una religión diferente a la suya (al margen de su raza, su clase social, su origen o su adscripción cultural)...


NOTAS

[1] El estudio aquí citado, difundido por los medios de comunicación españoles, ha tenido gran eco en las instituciones afectadas y no pocas réplicas en la prensa, que van desde el "estupor" (del actual rector de la Universidad Complutense, por ejemplo) a la alarma o la protesta airada. Alguna hace hincapié en la necesidad de hablar más de clasismo que de racismo.

[2] Pese a haberlo perpretado contra una persona de otra raza, su delito nunca ha sido calificado de "racista"; como tampoco lo fueron, en su momento, los dos anteriores en la zona, que habían ya calentado el ánimo de sus habitantes. De este modo, las palabras dan (o dejan de dar) forma a una compleja realidad.

[3] Véase, en esta misma sección de "El cajetín de la lengua", el trabajo titulado Sudamérica, o sea.

[4] Esta definición está tomada del Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, Aguilar, Madrid, 1999 (s. v.); la de "clasismo", del Diccionario de uso del español, de María Moliner (Gredos, Madrid, 1998, segunda edición); la de "xenofobia" es una síntesis personal de las definiciones contenidas en estos dos diccionarios más la del DRAE (1992).

[5] Entrevista concedida en Málaga el 29-11-99 al periodista Carlos J. Rodríguez para Diario Sur ("La crónica universitaria"), publicada el 1 de diciembre. El lector puede encontrar la reproducción completa de esta entrevista en el número 14 de Espéculo.

20/02/2000
modificado 01/03/2000

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