Espéculo

Carmen Martín Gaite



Presentación de los Cuadernos de todo en Salamanca

por Maria Vittoria Calvi

 

El 25 de octubre de 2002 se presentaron en Salamanca los Cuadernos de todo de Carmen Martín Gaite, un elegante volumen de casi setecientas páginas que recoge una selección de los apuntes y notas personales con las que la autora ha ido llenando, a lo largo de cuarenta años, los cuadernos, blocs y libretas, de diferentes tamaños y colores, que siempre llevaba consigo.

En el acto, que tuvo lugar en la Filmoteca de Castilla y León, participaron la hermana de la escritora, Ana María Martín Gaite, Belén Gopegui, Rafael Chirbes, Constantino Bértolo, director de la editorial Debate, Charo Ruano y quien escribe. Transcribo a continuación el texto de mi intervención:

 

Es una gran emoción, para mí, encontrarme hoy aquí: este acto, con el que se concluye la larga aventura de mi trabajo de edición de los Cuadernos de todo, reaviva la conciencia de dolorosa pérdida que compartimos todos los lectores de Carmen Martín Gaite, y sobre todo quienes hemos tenido la suerte de conocer su amistad y cariño.

Pero la aparición de este libro llena, en parte, el gran vacío de la ausencia, devolviéndonos la voz auténtica de un ser querido, esa voz inolvidable que la escritora sabía convertir en literatura. Me es grato recordar y leerles, a este propósito, un fragmento de El cuento de nunca acabar: “A las personas […] se las recuerda por las palabras que han dicho y las historias que han contado […] mucho más que por su estatura o el color de su pelo, lo cual se comprueba con una nitidez desgarradora siempre que un ser querido muere o deja de querernos, ocasiones ambas en que el único expediente válido para revivir su presencia es acudir a nuestra memoria en busca de las cosas que ese ser nos contaba o nos decía, como si sólo su palabra, al resucitar los gestos que la acompañaron, nos refrendara aquel añorado existir y lo hiciera perdurar de alguna manera”.

La voz de Carmen Martín Gaite me ha acompañado a lo largo de un camino que empezó, hace aproximadamente año y medio, el día en que su hermana Ana María me entregó una caja que contenía unos ochenta cuadernos inéditos de la escritora, pidiéndome que me hiciera cargo de su edición. Tras la lectura de los manuscritos, que despertaban el recuerdo de mis largas conversaciones con Carmiña y remitían al inmenso caudal de su obra literaria, me invadió una aguda desazón: me sentía perdida en una madeja de materiales heterogéneos, con páginas “de limpio” y otras casi ilegibles; no sabía cómo encontrar el hilo para ofrecer al público una selección dotada de un mínimo de coherencia.

Pronto me di cuenta de que la clave del enigma estaba en la propia obra de la escritora. Y fue sobre todo El cuento de nunca acabar, libro en forma de ensayo narrativo en el que Carmen Martín Gaite expone su teoría de la narración, donde vi con claridad que sólo cabía una opción: publicar los Cuadernos de todo en la sucesión caprichosa de fragmentos dispares, en su desorden creativo, renunciando a todo criterio de ordenación temática; aunque, por supuesto, una selección ha sido indispensable.

La edición incluye 36 capítulos, y una sección final de “Fragmentos inéditos y notas fugaces”; cada capítulo corresponde, por lo general, a un cuaderno. He intentado respetar, en la medida de lo posible, la sucesión cronológica de los originales, a partir del n. 1, que se inauguró el 8 de diciembre de 1961, cuando Marta, la hija de la autora, de cinco años, le regaló a su madre un bloc con las tapas color garbanzo, en cuya primera página puso una dedicatoria y las palabras "Cuaderno de todo", dándole así permiso para "meterlo todo desordenado y revuelto”, como escribe Carmen Martín Gaite en unos de los siete prólogos de El cuento de nunca acabar, titulado “Mis cuadernos de todo”. Y luego añade: “A partir de entonces, todos mis cuadernos posteriores los fui bautizando con ese mismo título, que me acogía y resultaba de fiar por no obligar a nada, a ninguna estructura preconcebida. De hecho, venciendo una tendencia al ostracismo que por entonces me apuntaba, empecé a escribir más y se configuró en gran medida el tono nuevo de mis escritos, que derivaron a reflexionar no sólo sobre la relación que tienen entre sí todos los asuntos, sino también sobre el carácter relativo y provisional de aquello mismo que iba dejando anotado” (CNA: 46).

Los Cuadernos de todo tienen una relación muy estrecha con El cuento de nunca acabar; ambas obras comparten el rechazo de los géneros establecidos, la busca de una estética de lo provisional e incierto, que encuentra su razón de ser en las conexiones significativas que relacionan lo cotidiano con lo universal y emperecedero. La escritura se fundamenta en la observación y en el gozo que ésta produce (“no es sólo ver, sino entregarse a la felicidad de ver, dejar que entre y nos habite esa felicidad", escribe Carmen Martín Gaite en uno de sus cuadernos); tomar notas permite poner en orden los hechos, las historias nuestras y ajenas: “Es como entrar en un cuarto donde todo está patas arriba y empezar a doblar historias y meterlas en sus estantes correspondientes, luego ya se puede respirar y el ocio de tomar el sol en una butaca es armonioso, no ácido”. Pero añade, “hay que dejar de ser notario de cuanto los ojos ven”, hay que renunciar al diario entendido como reflejo fiel de los hechos que se cuentan.

Los Cuadernos de todo, en efecto, se pueden considerar como diarios en libertad, que no obedecen a las reglas del género. Desfilan en ellos personajes y lugares, reflexiones, apuntes de lecturas, ejercicios de inglés, relatos de sueños, ideas y fragmentos para novelas que a veces se desdoblan, confluyen en otras o se quedan a la espera de una continuación. Diario, autobiografía, ensayo y creación literaria forman un todo inextricable, una aténtica “obra total”, cuyos heterogéneos componentes quedan fundidos en el mismo proceso de elaboración.

Los Cuadernos de todo han ido cambiando con el tiempo. Los primeros estaban destinados a albergar diálogos con otros textos y reflexiones sugeridas por las lecturas, como explica la autora en uno de ellos: “Mis cuadernos de todo surgieron cuando me vi en la necesidad de trasladar al papel los diálogos internos que mantenía con los autores de los libros que leía, o sea convertir aquella conversación en sordina en algo que realmente se produjera” (CT: 264). A este hilo argumental, que implica también el placentero ejercicio de “copiar” frases de otros para vivificarlas, para “meterlas en tu contexto, traducirlas a tu lenguaje, entender a través de otro” (CT: 357), se une pronto una línea más intimista, que recoge el murmullo de lo cotidiano, ese murmullo que es como “una mano viva, un fleco desflecado de memoria” (CT: 402).

A veces, padecemos con la escritora el asalto de los “demonios”, el conflicto entre el deseo de libertad y las ataduras, el esfuerzo lacerante que conlleva la creación literaria, el acoso de la inercia; pero la autonomía intelectual conservada siempre como raro tesoro, la voluntad de poner distancias, de vivir la vida como si fuera un espectáculo, hasta en los momentos más difíciles, nos permiten asomarnos a estos cuadernos sin sentirnos incómodos, sin tener la impresión de fisgar en la intimidad ajena. Acompañados por su voz más genuina, nos dejamos llevar de la mano a través de diferentes escenarios: su casa, la biblioteca del Ateneo, calles y locales madrileños, paisajes vistos desde la ventanilla del algún tren, o los rascacielos de Manhattan y otros decorados americanos, descubiertos por primera vez en el año 1979.

Los Cuadernos de todo recogen también ideas para novelas y obras de ensayo, fragmentos de capítulos que la autora retocaría o reelaboraría completamente, incluso a distancia de mucho tiempo. Como ella misma nos informa en el prólogo o en la nota final de algunos de sus libros, a menudo éstos han tenido una larga elaboración; Carmen Martín Gaite atendía a varios proyectos simultáneos, pasando de uno a otro, hasta que uno se imponía, adquiriendo su forma definitiva. El lector se dará cuenta de que estos cuadernos eran como un “río revuelto” en el que pescar ideas y sugerencias; encontrará en los Cuadernos de todo fragmentos de obras conocidas, engastados aquí en la trama de otro cuento; verá por ejemplo cómo la novela titulada Pesquisa personal va derivando hacia lo fantástico de La Reina de las Nieves. Pero descubrirá también proyectos inacabados, como el de Cuenta pendiente, una obra que Carmen Martín Gaite pensaba escribir en plan diario, dirigiéndose a la madre; entre las pocas muestras existentes, sobresale el espléndido relato de la muerte del padre.

Asimismo, se han incluido en la edición algunos fragmentos de obras teatrales encontradas en unos cuadernos de los años cincuenta; anteriores, por lo tanto, al nacimiento de los Cuadernos de todo propiamente dichos, pero en armonía con ellos precisamente por su carácter fragmentario e inacabado.

En ningún momento de su vida dejó Carmen Martín Gaite de tomar notas; veneraba hasta la materialidad del papel, las diferentes texturas y colores, y siempre llevaba consigo algún cuaderno, bloc o libreta para apuntar “de todo”, en cualquier sitio; pero con el tiempo, las largas reflexiones ceden el paso a las notas fugaces, como las que se recogen en la parte final del libro. Uno de los últimos cuadernos de cierta extensión, el único de la serie en llevar un título (“El otoño de Poughkeespie”), fue escrito en Estados Unidos en el otoño de 1985, tras la muerte de su hija, una tragedia asumida con extraordinaria entereza, “a pie quieto”, como reza el título de una de sus piezas teatrales. Es un cuaderno importante, descrito en sus propias páginas: “Es rayado, tamaño holandesa, con tapas de cartulina negra de muy buena calidad. Lo de atrás tiene una especie de sobre para meter papeles, lo cual resulta bastante útil, porque además el triángulo de ese sobre puede también enganchar en una ranura que tiene la tapa de delante, y así queda cerrado el cuaderno como una carpeta” (CT: 628). Lleva dentro una cubierta amarilla, con una etiqueta “donde dice con mayúsculas CUADERNO DE TODO”; había sido un regalo de Carmen a su hija Marta.

“El otoño de Poughkeespie” nos ofrece un ejemplo perfecto de “diario en libertad”, en el que se van enhebrando recuerdos cercanos y más antiguos, con la conciencia siempre viva del poder de la palabra. Con una breve pero elocuente cita de este cuaderno, voy a cerrar ahora mi intervención: “No hay más huella que el texto. Me pongo a volver hojas hacia atrás en el cuaderno, y de paso las cuento. Veintiocho, ¿es posible?, mira que es vicio el tuyo, mujer, no hay quien te lo descaste, pero bueno, más duro habría sido aguantar a palo seco a base de pitillos y de naranjada, no sirve para nada escribir, ya lo sé, ¿y es que algún vicio sirve para algo como no sea para matar el tiempo? Con éste, por lo menos, no se mata del todo, tiene uno la impresión, por el contrario, de que ha rescatado peligrosamente de las fauces de la muerte misma que el tiempo lleva abiertas, alguna visión fugaz destinada al naufragio general” (CT: 622-623).


© Maria Vittoria Calvi 2003

17/2/2003

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/cmgaite/c_todo.html

Espéculo. Revista de estudios literarios (Universidad Complutense de Madrid) 2003

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