Espéculo

Carmen Martín Gaite


Sobrevivir en un mar de tinta


Juan CANTAVELLA
Universidad Antonio de Nebrija



De "artesana de la escritura" califiqué en una ocasión a la novelista Carmen Martín Gaite, cuando quise explicar su relación consuetudinaria con las letras. Lo dije como un elogio que juzgo merecido, aun teniendo en cuenta el descrédito que los oficios manuales tienen entre nosotros, donde el que no es ingeniero o investigador de oncogenes parece que no sea nadie. Era consciente, además, del escaso prestigio de que goza la laboriosidad aplicada a los escritores, inmersos en un mundo mitificado por la inspiración, concebida como un estado de placidez espiritual en cuyo transcurso se reciben los efectos de la iluminación, de tal manera que a partir de ella los libros se escriben solos. Como la realidad es bien distinta, es necesario que nos detengamos en poner de relieve una serie de cualidades indispensables para el acto de escribir y entre ellas son especialmente apreciadas la vocación, los conocimientos y la entrega, a los que deberíamos añadir el amor y la perseverancia.

Tales dotes adornan la dedicación de Carmen a la escritura. No podemos pensar en ella si no es metida plenamente en el proceso que se inicia con las ideas o las sensaciones hasta dar por bueno el texto que deposita en manos de los lectores. Escribe, por supuesto, pero con ser mucho, eso no es todo. Antes de llegar ahí está el vivir y aquel acto se nutre de éste, que es el primigenio: el que no vive con intensidad difícilmente podrá escribir páginas sustanciales. Y vivir lo encierra todo. Es gozar y sufrir, es amar y odiar, es apresurarse en salir al encuentro de los demás y encerrarse en uno mismo, es sentirse empujado por las olas o dejarse mecer por el viento. Y es también la sucesión de actos cotidianos que unen los grandes acontecimientos de nuestra existencia: actúan como una especie de líquido intercelular, que pasa desapercibido, pero resulta vital.

La entrega de Carmen a la escritura es ilimitada, porque no se trata de una imposición ni de un negocio ni de una evasión (aunque no pueda librarse de ello, le permita vivir dignamente y le salve de muchas asechanzas), sino de una forma de estar en el mundo. En cualquier momento podía haber optado por lanzarse a recorrer otros caminos, pero yo creo que ni se le ocurre. Si está a gusto de esta manera, ¿para qué cambiar? Como dicen los castizos: ¿Dónde va a ir que más valga?

Todo esto es percebible en cuanto se conoce medianamente a Carmen Martín Gaite. He tenido ocasión de dialogar con ella en diversas ocasiones. La entrevisté cuando se estrenó su pieza dramática A palo seco (1988) y cuando salieron sus novelas Nubosidad variable (1992) y La reina de las nieves (1994). Tuve una conversación -mucho más larga y sosegada (por mi parte)- para incluir sus palabras en mi libro Semblanzas entrevistas (PPC, 1995). En todas las ocasiones saqué del encuentro la misma sensación: que estaba deseando concluirlo cuanto antes porque lo que a ella le gusta es escribir, no glosar lo que ha redactado, ni explicar lo que por si mismo se hace comprensible, ni lucir unas plumas de pavo real. Anhelaba volver a su fructífera soledad o al coloquio enriquecedor con los personajes, de los que se va nutriendo su obra narrativa.

Cada autor trenza las paredes de su cesta con unos mimbres diferentes y aun es diversa la manera con que los mezcla y anuda. Pero difícilmente extrae todo el provecho quien sólo se ocupa de cacarear, quien se hace presente en todos los saraos y exige participar en todos los entramados que la industria cultural organiza en su propio beneficio. Ya es bastante con ocuparse de la parcela que le corresponde cultivar, aquello para lo que se tiene vocación y que debe tratar de urdir de la mejor manera posible.

El amor a la obra bien hecha, que Carmen practica, no llamaría la atención si no fuera algo tremendamente inusual. Los españoles, por lo general, somos más amantes de los fuegos de artificio o de gastar la pólvora en salvas que de encerrarnos en nuestro taller para labrar las piezas con dedicación y entusiasmo. Así salen las cosas. Cuando leemos algunas novelas tenemos la sensación de que el autor ha corrido en exceso, que si hubiera trabajado aquel material con más intensidad, otro hubiera sido el resultado, pero le pudo la prisa, el afán de terminar cuanto antes y esperar la recompensa a que se juzga acreedor (que generalmente suele ser de dinero o vanagloria, no de reconocimiento por la obra compacta y redonda).

La entrega de Carmen Martín Gaite a la literatura pasará como una de las más absorbentes y gozosas que se conocen. No porque no pueda ejercer otras dedicaciones, no porque las páginas salgan bordadas de sus manos a la primera, sino porque está convencida de que, entre las infinitas posibilidades de inclinación profesional, la que le ha cabido en suerte es la mejor que podía tocarle, como si la hubieran diseñado "ex profeso" para ella. Hay que aceptar como una suerte el que sea así o, al menos, el que obre con este convencimiento.

Que una persona viva su profesión tan consecuentemente redunda en su beneficio y en el de la colectividad. Difícilmente puede salir una obra tan amplia y sólida como la de Carmen Martín Gaite si no es como fruto de una entrega de esta naturaleza. Novelas, relatos breves, ensayos de investigación, reflexiones sobre su oficio, versos, conferencias, artículos... manifestaciones diversas, pero confluyentes, de un ansia de expresar por escrito un mundo interior que se desborda y llega a los demás "ex abundantia cordis".

El dedo deformado por el peso leve, mas constante, de la pluma es la demostración de un ansia que no admite imposiciones ni relojes, porque sólo es fruto de su enorme ilusión. Verla flotar en el mar de tinta que constituye su medio natural es todo un gozo.


© Juan Cantavella 1998

El URL de este documento es http://www.ucm.es/OTROS/especulo/cmgaite/jcantave.htm

Espéculo. Revista de estudios literarios (Universidad Complutense de Madrid) 1998

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