Espéculo

Carmen Martín Gaite


Lo que piensa un lector de Carmen Martín Gaite
acerca de ella


José Santa Ana Porras Alcocer



Para Ysabel Gracida Juárez

Pienso que, cuando padezca la necesidad urgente de ser escuchado, buscaré a mi interlocutora particular Carmen Martín Gaite. Pienso que, si alguna vez me ensoberbeciera considerándome un ser extraordinario, allí estará, en algún entrepaño de mi cuarto de atrás, el volumen de sus cuentos completos, para recordarme que soy, como sus personajes, un ser más de lo común y lo corriente. Pienso que, el día en que la memoria ya no me devuelva el candente sol de la Plaza Mayor o el río humano de la Gran Vía o el olor trasnochado de un cafetín madrileño, volveré a platicar con Águeda Soler para evocar las calles, los sitios de Madrid, los dulces de "La mallorquina", mis nuevas ataduras.

   

Y no es que me piense el interlocutor que Carmen Martín Gaite buscaba en la distancia, sino que me hubiera gustado decirle que no desesperara, que yo era uno de sus tantos escuchas invisibles que la ha seguido de cerca desde el balneario, a ritmo lento, entre visillos, sin irme de casa.

Expreso lo anterior, porque cuando leo un texto suyo siento que reclama mi presencia, me enajena. Sé que las "enunciadoras" de sus textos son las que me permean, los teóricos de la literatura lo afirman categóricamente, sin embargo, cuando voy a comprar un libro de Carmen me digo: "Y ahora qué me irá a contar la Gaite", pues nada que no sea humano, nada que no recuerde a la vida misma, nada que no surja de nuestra condición y, a pesar de eso no digamos, conciliatoriamente: lo raro es vivir.

Y pensar que uno cree que los seres en soledad no tenemos más que la redención gratificante de la escritura a solas, sin concederle demasiada importancia a la presencia del otro que nos ve, nos escucha, corrige e interpela, pero cuando yo voy a leer un libro de Carmen sé que debo aislarme, que puedo aislarme del mundo que me rodea y me instalo no sólo en la soledad sino en la "solitariedad", esa maravillosa condición del individuo de saber estar en solitario, entre todos y aun con todos.

Fue Mario Benedetti –si no me equivoco- quien había reclamado esa condición como atributo de sus personajes Martín Santomé y Ramón Gudiño, pero yo la descubrí en los de Martín Gaite: Matilde y Natalia, como una revelación de esos seres que disfrutan de estar solos, de ser diferentes, solitarios, como lo dictan los versos de Lope de Vega.

Mi abuela –tan pródiga en refranes como la abuela Rosario de Carmen- decía que "el buey solo... bien se lame" y tal vez yo sea de esa especie animal, pero los refranes de mi abuela me sirven también para explicarme el misterio de la casualidad, tan importante a los personajes de Carmen, como la causalidad, pero ésta, sin ninguna magia, sino con la imposición, que ya no tiene nada de causa.

Quiero terminar diciendo que Carmen Martín Gaite no estaba sola en la enunciación, pues siempre estuvo acompañada de ese interlocutor de azogue, de humo, de memoria. Tal vez sea uno entre varios, pero soy uno de carne y hueso que la escucha, le escribe y la evoca no sólo en esa España que esperaba un porvenir, sino, especialmente, en la Salamanca que apenas conocí.

Ciudad de México, 2 de octubre, 2000
José Santa Ana Porras Alcocer

© José Santa Ana Porras Alcocer 2000

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/cmgaite/santaana.html

Espéculo. Revista de estudios literarios (Universidad Complutense de Madrid) 2000

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