Espéculo

Carmen Martín Gaite


Amistades de ida y vuelta a través del texto


Juan Senís Fernández
Departamento de Estudios Ibéricos y Latinoamericanos
Universidad de Estrasburgo



La lectura de un autor concreto no es nunca un coto cerrado y autónomo que comienza y se cierra en sí mismo, sino todo lo contrario, afortunadamente. Todo el caudal de sugerencias, citas, influencias y deudas que un texto arrastra consigo nos conduce a otros textos y, de esta forma, la marea de resonancias literarias nos lleva a un paseo sin fin por el animado bosque de la creación y del saber. Este jugoso paseo ha sido bautizado con muchos nombres y tratado desde varios puntos de vista. Es fácil, en este sentido, remitirse a nombres tan parlantes - y opacos- como intertextualidad o culturalismo. Pero, al lado de este fenómeno, que no se le escapa a casi nadie y que, como acabamos de decir, se encuentra ya de sobra estudiado, existe otro más misterioso, recóndito y sutil, que se relaciona directamente con cada lector y su manera íntima de acercarse a la literatura, y entender el arte a través de su propia sensibilidad. Así, el periplo del lector -o del espectador del arte en general- se convierte en un camino sorprendente, lleno de coincidencias extrañas y refugios comunes.

Y es que dejarse fascinar por el mundo de un escritor, lejos de ser una simple cuestión de gustos y afinidades, supone poner en marcha una galaxia de conexiones no siempre fáciles de explicar.

La propia Carmen Martín Gaite hablaba, en un artículo escrito a raíz de la muerte de Primo Levi, de amistad a través del texto; con estas palabras quería referirse a esa manera peculiar que tienen algunos autores para sacudirnos y crear con nosotros un espacio común. Para ella, escribir sobre esta unión secreta con el judío italiano era la mejor manera de rendirle un homenaje tras su suicidio. Para nosotros, "robarle" estas palabras a Carmen Martín Gaite es una manera también de agradecerle su capacidad para provocar, a través de sus obras, un grupo vario pinto de amistades. Son, en efecto, amistades creadas a través del texto, que surgen de éste y nos conducen por un recorrido circular. Pero, al mismo tiempo, hay extrañas coincidencias que nos llevan de nuevo a sus obras después de vagar por otras lides, aparentemente muy ajenas a éstas.

Descubrir, por ejemplo, que dos de nuestros pintores favoritos, Vermeeer y Hooper, lo son también de Carmen Martín Gaite nos lleva a sentir una rara complicidad y una alegría única. Al principio, es una conmoción difícil de explicar, gozosa y algo frustrante a un tiempo, una suerte de diálogo-monólogo. Se siente una corriente de unión íntima y secreta, pero se lamenta muy profundamente no tener a mano a la propia Martín Gaite para hacerla partícipe de estos hilos ocultos, manejados, desde remotos rincones, por jóvenes que reciben cartas alegres o mujeres derrotadas, agonizantes silenciosas entre las paredes de un motel perdido. Pero esta mezcla de alegría y fastidio no impide que se pase a reflexionar sobre un curioso triángulo: un pintor americano de principios del siglo XX, un artista holandés del XVII y una escritora española que empezó a darse a conocer durante la posguerra. Una agrupación similar sorprendería a cualquiera, pero, posiblemente, no a quien conozca y ame las obras de estos creadores.

Si hay algo que destaca en los tres por encima de todo es su capacidad para trascender las simples anécdotas convocando múltiples sugerencias a partir de una situación inicial aparentemente banal. Carmen Martín Gaite lo hace, por ejemplo, en Retahílas y El cuarto de atrás, dos de sus obras más acabadas. El espacio en que sitúa a sus personajes es reducido e interior, pero la palabra y la memoria lo llenan de unos muy vivos retazos de emoción y recuerdos. Del mismo modo, Vermeer y Hooper usan su extraordinaria capacidad para reflejar los matices psicológicos en un gesto mínimo y certero, de un lado, y las gamas de luces, sombras y colores, de otro, para ubicar a sus personajes en clara ligazón -positiva o negativa- con el ambiente. Las tres son obras basadas en la poética del espacio que se extiende y se trasciende desde un rincón mínimo e íntimo, desde una simple habitación poblada por figuras que están muy lejos de la heroicidad convencional. Es, en definitiva, una estética de la aparente insignificancia.

Los personajes que habitan los mundos de Hooper y Martín Gaite sufren a menudo de incomunicación. Podemos, por ejemplo, imaginar a la Mariana de Nubosidad Variable como una de las mujeres de los hoteles de Hooper, sentada junto a la ventana e intentando llenar, con la luminosidad de una playa del sur, su soledad y desazón. O incluso a la solterona de El balneario, ofuscada por un sueño del que sale con alivio, pero, al mismo tiempo, atrapada por su monótona existencia y por unas amigas que la esperan para jugar a las cartas. Pero, si Hooper es un maestro en pintar el extrañamiento entre el hombre y su medio, Vermeer, por el contrario, suele ocuparse de la complicidad entre sus personajes y el espacio en que habitan, como se ha encargado de explicar muy bien la misma Martín Gaite en Desde la ventana. Esa misma complicidad es la que une, en algunas de sus novelas, a los protagonistas con sus casas. Así lo deja ver su "doble literaria" de El cuarto de atrás, donde incluso encontramos un ambiente veermeriano en el suelo de cuadros blancos y negros y en la cortina roja del pasillo a medio correr; o en Retahílas, con ese pazo lleno de recuerdos que resucitan mientras la abuela agoniza, y Nubosidad variable, que nos transmite la relación de amor-odio que Mariana y Sofía mantienen con los espacios y el valor simbólico y arropador de la casa.

Pero, además, en este juego de conexiones e influencias hay otro punto fundamental, y es el valor de Carmen Martín Gaite como consejera literaria, a modo de celestina que maneja con soltura hechizos para hacernos caer en las redes de sus seductores "protegidos". Quizás haya pocos escritores que nos arrastren hacia su mundo con tanta fuerza como lo hace ella. Y todo se lo debemos a sus extraordinarias dotes de ensayista y conferenciante. Fuera de toda duda están sus méritos como historiadora: sus dos Usos amorosos no son acumulaciones de datos y fechas sino amenas -y rigurosas, por supuesto- recreaciones de una época, además de firmes aportaciones a esa historia de la vida cotidiana que tan de moda está hoy en día. Pero, ante todo, Carmen Martín Gaite posee esa cualidad propia de los grandes ensayistas que es dejar oír su voz entre los pliegues del tema que tiene entre manos. Es decir, cuando leemos algún ensayo de esta autora - y sirva de ejemplo importante El cuento de nunca acabar- o un simple artículo, notamos la cálida presencia de un yo que no sólo sabe de qué está hablando, sin que disfruta con ello, que siente el placer de contarnos algo y contarlo bien. En definitiva, notamos su pasión extendiéndose línea a línea y llenado los espacios. Quizás por eso sus grandes pasiones llegan a ser nuestras grandes pasiones, porque el hecho de sentir su voz nos lleva a sentir un vivo interés por lo que está contando. Y así, llegamos a compartir su "amistad" con Natalia Ginzburg, por ejemplo.

Carmen Martín Gaite ha definido a esta autora italiana como escritora "de espacios interiores", con toda razón. En sus novelas nos sumergimos en una intimidad seca, una intimidad que es más que nada una suma de individualidades. Pocos han sabido dibujar como ella la desidia y la indiferencia como motores de la vida familiar, la sensación de fragilidad que se desprende de unos personajes que, a pesar de su cercanía y su parentesco, son unos extraños y no logran nunca hacer recíproco su amor. Estamos, en definitiva, ante el motivo de búsqueda del interlocutor, que tanto ha preocupado a Carmen Martín Gaite y que, más allá de los ensayos, podemos rastrear como tema estructurador de sus novelas; así, en Nubosidad variable, Retahílas o El cuarto de atrás asistimos a la exaltación de un oasis comunicativo, de un estado de gracia que, tras este éxtasis de la palabra, se estrellará contra el mundo de la incomunicación y la incomprensión. Y este mundo dominado por la soledad, que es el que Natalia Ginzburg nos describe, ¿no es también el mundo Hooper, el mundo de las mujeres solitarias que se marchitan en los hoteles, de los desconocidos que comparten en silencio la barra de un bar...?

Hemos llegado de nuevo a Hooper tras detenernos unos instantes en Natalia Ginzburg. Hemos cerrado, en fin, el círculo de amistades a través de los textos tras este recorrido en el que, sin duda, Ginzburg, Hooper y Vermeer, con Carmen Martín Gaite como "jefa" del cuarteto y fuente primera, han salido enriquecidos, sin perder nada de su fascinante individualidad. Ésa es, como decíamos al principio, una de las grandezas del arte: arrastrarnos por sus caminos, llevarnos de un lado a otro y hacer que nos detengamos en estaciones a las que, por una vía u otra, siempre acabamos regresando.


© Juan Senís Fernández 1998

El URL de este documento es http://www.ucm.es/OTROS/especulo/cmgaite/senis.htm

Espéculo. Revista de estudios literarios (Universidad Complutense de Madrid) 1998

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