Presentación de Emma Martinell Gifre (directora)

     


Muchos de los licenciados españoles en Filología Española, a lo largo de su vida profesional, dedican parte de su actividad docente o investigadora a la enseñanza del español a hablantes de otras lenguas. La gama de posibles relaciones es muy amplia: hay profesor universitario que da clases a extranjeros que acuden bien a través de becas de intercambio bien porque se matriculan en cursos específicos de español para extranjeros; hay quien produce materiales destinados al aprendizaje de la lengua y está más o menos conectado a la enseñanza; hay quien ha obtenido una plaza de lector y durante tres o más años adquiere experiencia sobre lo que supone enseñar una lengua fuera del ámbito físico en el que se habla. Incluso puede que opte por vivir indefinidamente en ese lugar.

Panorama parecido ofrecerán, sin duda, los licenciados de los diferentes países hispanoamericanos. Su actividad se desempeñará en otros países de habla hispana, en los Estados Unidos de América, o en otros lugares del mundo.

Aquellos y estos saben de la existencia de variantes, de niveles y de registros, así como de la simultánea existencia de una base común igualadora que permite la intercomunicación entre tantos millones de personas a través de una sola lengua. Aquellos y estos son, culturalmente, a la vez parecidos y diferentes, como lo son los horarios que observan, sus costumbres alimenticias, o su música.

Esta enumeración de personas relacionadas profesionalmente con el aprendizaje y la enseñanza del español quedaría incompleta si no saliéramos del ámbito de la filología y no tomáramos en cuenta otros saberes, teóricos unos y aplicados los otros. Estamos hablando de periodistas y traductores, de locutores y de guionistas, de historiadores y de fotógrafos, de artistas y de viajeros, de turistas y de jubilados.

Y como que una lengua no es -por suerte- patrimonio exclusivo de los que han nacido oyéndola en sus casas, aumenta esta relación con los que, sin tener el español como primera lengua, se han formado como hispanistas y profesan en la hispanística. En ellos -tenemos multitud de testimonios- la simpatía y el interés comprende la lengua, englobada en un modo de ser amplio. El término -más bien prestado que genuino- que da nombre a ese "genio" -otro préstamo- es el de "civilización".

Todo lo anterior se ha traído a colación para mostrar que el interés por el español, por aprenderlo y por enseñarlo, sólo puede materializarse si el proceso engloba la familiaridad con la homogeneidad y la diversidad no ya del sistema lingüístico sino de la cultura que comporta. Para unos se tratará de una proximidad cultural, para otros la distancia cultural será más profunda. Sin embargo, aceptamos que precisamente las manifestaciones culturales vehiculadas por una lengua y producidas en los territorios en los que se practica constituyen el estímulo fiundamental y el vínculo estable que atrae a los aprendices de esa lengua y que alienta a los profesionales.

Tres factores más coadyuvan al peso de la cultura en la enseñanza de una lengua, de carácter metodológico uno, de carácter instrumental el segundo y de carácter demográfico el tercero. En cuanto al primero, nos acordamos de cómo la calificación de la "competencia" que es deseable alcanzar en una lengua ha ido de "escrita" y "oral" a "comunicativa", cuando se ha reconocido la primacía de la lengua en su uso, es decir, en su realización en la práctica de la interacción. Algo más tarde se ha defendido la necesidad de alcanzar una "competencia pragmática", para lo cual se requiere un conocimiento lingüístico completado con una autenticidad comunicativa que responde a cada circunstancia y actuación. Y llegamos a una "competencia cultural", que se consigue al conocer datos relativos a la variedad del ámbito hispánico, al proceso evolutivo de su historia, y al abanico de manifestaciones artísticas que conoce. Se trata de patrones culturales, muchos de los cuales, pretéritos, han determinado los actuales, en parte ya compartidos por otras culturas y otras lenguas.

Esto nos lleva a comentar el segundo factor que dijimos que contribuía al papel de la cultura en la enseñanza de una lengua: las redes de telecomunicaciones. Su desarrollo ha relativizado la noción de "lejanía", ha acercado lo remoto, ha hecho acostumbrado lo exótico. Ha propiciado, además, si no la tan llevada y traída "globalización" sí un acceso veloz -que no su asimilación- a la información y la uniformidad de ese acceso desde puntos de origen por completo heterogéneos.

¿Y qué decir del factor demográfico? Puesto que la voz de Espéculo, y la de su editor, y también la de las tres directoras de este número monográfico salen de Europa, reconozcamos el valor de las estadísticas que indican el envejecimiento de nuestras poblaciones, advirtamos el consejo de los diferentes ministerios de incorporar al mercado laboral a una población inmigrante cualificada o sin serlo. Estas personas se asimilarán a los usos lingüísticos y se comportarán de acuerdo con determinados patrones de la sociedad en la que se integren, sin desprenderse de sus patrones de origen, aunque lo hagan de su lengua salvo en el recinto familiar. Con esto tenemos ya las nociones de "multicultural" y de "multirracial", que vienen entendiéndose de modo tan diverso.

Proliferan las publicaciones dedicadas a las reflexiones sobre la "multiculturalidad" y la "interculturalidad", debidas a sociólogos y a lingüistas. Aumenta el número de congresos dedicados al intercambio de perspectivas culturales, y aumenta la conciencia colectiva del valor de lo variado, de la conveniencia de la aceptación, incluso asimilación, de prácticas culturales ajenas... El campo de la enseñanza de una lengua es idóneo para la aplicación de teorías, pensamientos, métodos y prácticas, todos ellos asociados a la cultura. Por esa razón, hemos creído que era un momento adecuado para confeccionar, entre todos los interesados, un monográfico de la revista. Aventuramos un esquema como punto de partida. Aspiramos a que, desde otros lugares, otras experiencias y otros enfoques, se aporte información sobre ese entramado cultural, ese tupido tejido que -como hicieron los quipus-encierra una información secular.

Dra. Emma Martinell Gifre
Universidad de Barcelona