Lou Burnard
Director de la Humanities Computing Unit



Lou Burnard. Head of HCU P- ¿Qué es la HCU?

R- Es Ia abreviatura de Humanities Computing Unit. Esta es una frase muy bonita porque es ambigua. Podría referirse a un centro informático que ayuda a las humanidades o a un centro que hace informática y humanidades.

P- ¿Cuál es la interpretación adecuada? ¿Y cuál es la historia de la HCU?

R- No estoy muy seguro, porque no sé si la segunda tiene algún sentido. No sé lo que significa "informática y humanidades". La historia de este centro es bastante larga. A mediados de los setenta la Universidad se dio cuenta de que necesitaba hacer más para promover el uso de la informática en las humanidades. Nombraron a Susan Hockey, una política académica muy hábil que escribió uno de los primeros libros acerca del uso de los ordenadores en relación con las humanidades. Le dieron una beca de investigación para desarrollar software de uso en las humanidades, que acabó siendo el Oxford Concordance Program. Fue un programa que se probó ampliamente en un gran número de universidades diferentes y que al mismo tiempo impulsó el lanzamiento de este campo. Esto sucedió a principios de los ochenta, y como sabes, en la Universidad te dan una beca para hacer una cosa, que te lleva a hacer otra cosa para la que te dan otra beca, y de pronto empiezan a suceder muchas cosas al mismo tiempo. Otro momento clave posterior fue el desarrollo de la CTI (Computers and Teaching Initiative), un proyecto financiado por el gobierno para promover el uso de los ordenadores en la enseñanza de determinadas asignaturas. Nos convertimos en un centro nacional, y la Universidad se enorgullecía de acogernos en sus Computer Services. También estaba el Oxford Text Archive, que empezó en 1976. La Humanities Computing Unit en sí no surgió hasta, déjame pensar... Susan se marchó, nombraron a Marilyn Deegan para llevar el CTI centre y el CHC, y luego estaba la Office for Humanities Communication, financiada por otro proyecto nacional con la British Library. Marilyn reforzó los lazos con la Universidad y las Bibliotecas, y fue muy hábil para conseguir financiación y comunicarse con las facultades de humanidades clásicas. Esto fue a finales de los ochenta, cuando la idea de una biblioteca digital iba haciéndose popular. Entonces ella se marchó y a mí me pidieron que llevara todos los diferentes servicios de humanidades como un todo racional.

P- ¿Cuál es la posición de la Humanities Computing Unit dentro de la Universidad de Oxford?

R- Para contestar a eso me referiré a la naturaleza de las disciplinas. Una disciplina es una construcción social, quizá sería mejor utilizar una palabra como club, banda o cuadrilla. En Oxford, una cuadrilla como la nuestra lo ha tenido muy difícil para existir, porque la enseñanza de las humanidades está fragmentada en los colleges. Cada college organiza la enseñanza de humanidades para sus alumnos. Algunos son muy pequeños, otros muy grandes, algunos son ricos y otros son pobres. Varían enormemente, y esto funciona muy bien para el estudiante, porque la relación alumnos-profesores de Oxford es extremadamente buena, la mayoría de las clases se dan en grupos de dos, tres o cuatro alumnos. La desventaja de todo esto es que no hay una base real para todos los estudiantes de humanidades. Las facultades se limitan a albergar las bibliotecas, organizar los exámenes y las conferencias y poco más. Pasamos gran parte de nuestro tiempo intentando fortalecer las facultades. Por ejemplo, la HCU participa en un comité para el uso de la informática en las disciplinas de humanidades que reune representantes de todas las facultades de humanidades. Ese comité es el responsable de que el número de personas del equipo técnico en tecnologías de la información haya aumentado en muchas facultades de cero a dos o tres. El personal técnico no puede dar mucho apoyo, porque ya tienen bastante trabajo con mantener los equipos en condiciones, ocuparse de qué ordenadores se compran, enseñar a los profesores a manejarlos, etc. Así que aquí en la HCU proporcionamos una ayuda experta en temas específicos que van más allá del programa de texto. Cuando hables con los jefes de cada sección pueden contarte más acerca de este tema. Hay una cosa de la que me siento muy orgulloso: el Development Team, en el que colaboran expertos informáticos y especialistas en contenidos, pero Sarah te lo contará todo. Es un matrimonio entre iguales más que una relación amo-esclavo, y creo que esta es la clave de su éxito. Otras universidades han caido en la trampa de hacer a los informáticos sus sirvientes o viceversa.

P- ¿Por qué es paradójica la frase "informática y humanidades"? ¿Es que ambos términos se excluyen? ¿O es que en una sociedad de la información como se dice que es la nuestra no debería haber necesidad de un centro de asistencia porque los profesores deberían poder hacerlo todo por sí mismos?

R- Ese es un punto de vista por el que tengo una cierta simpatía. La gente dice que al usar los ordenadores cambia la naturaleza de las humanidades ya que se trata de un modo diferente de manejar los materiales. El texto digital puede ser procesado de tantas formas que la diferencia no es sólo de grado, sino de naturaleza. ¿Eso lo dijo Hegel? Creo que era Hegel el que hablaba de un cambio cualitativo consecuencia de uno cuantitativo. Para dar un ejemplo trivial y obvio, si me interesa la etimología del inglés y quiero saber qué palabras de origen español entraron en nuestro vocabulario en el siglo XVII... palabras como "armada"

P- ¿Por qué entraría esa precisamente?

R- (Se ríe) Puedo buscarlas abriendo el diccionario en la letra "A" y leyendo hasta el final, pero por supuesto nadie haría esto, y ese tipo de investigación sería muy complicada. Si uso el ordenador para que me haga esto es exactamente la misma operación, con la diferencia de que el ordenador no se cansa o se aburre, no necesita comer y encima es más rápido. Así que es un cambio cuantitativo, porque algo que duraba un año se reduce a unos segundos, pero es un cambio de tal calibre que es casi un cambio en la cualidad de las cosas.

P- Sí, porque deja al investigador tiempo para pensar en otras cosas.

R- Como la interpretación.

P- No necesitas concentrarte en la mecánica, porque la máquina lo hace por tí.

R- En otros aspectos no creo que los ordenadores estén cambiando tanto a las humanidades. El area que a mí me interesa más es la de la codificación de textos: la representación en lenguaje-máquina de la comprensión del texto que tiene un investigador. Todos sabemos que el significado de un texto es el resultado de una interacción compleja entre el lector y el material, y no algo inherente o intrínseco al texto. Lo que me fascina de los ordenadores es la forma en la que manejan los textos. Hay que hacer esa comprensión explícita, codificarla. Los ordenadores no saben nada, no tienen nada con qué pensar, no tienen capacidad de conocimiento. En el ejemplo anterior sobre el diccionario, tendríamos que decirle al ordenador qué palabras de la entrada del diccionario se refieren a la etimología, y además, qué secuencia de palabras de la etimología se refieren al idioma español. Ese es el aspecto que me resulta más fascinante: encontra una forma de que la interpretación humana sea explícita para una máquina.

P- Eso parece mucho. El ejemplo del diccionario está muy claro, pero si cogemos otro tipo de textos, la interpretación no es sólo una cuestión de apariencia o posición en el texto, como podría pasar con la entrada de un diccionario. Es un nivel más conceptual. ¿Hay opiniones diferentes acerca de cómo se debe etiquetar el texto? ¿Cómo se puede expresar la información más abstracta?

R- Hay muchísimos puntos de vista acerca de esto, muchas opiniones distintas. Pero veamos algún ejemplo más acerca de lo que se puede hacer específico en un texto: puedes querer mostrar que algo es un nombre propio, de una persona o de un lugar; pues bien, esto es más problemático. En textos en inglés antiguo aparecen nombres como "John the Baker", o "Albert the Blacksmith from some place", y no se puede saber qué parte es el nombre de la persona, porque en la Edad Media la gente solía llamarse con su nombre, profesión o lugar de nacimiento. Así que el concepto de "nombre" no es el mismo que ahora. Y si trabajas con textos del siglo XIX y encuentras un nombre de lugar como "Prusia", que estaba muy claramente definido geográfica y políticamente pero que ya no existe, tienes un problema. Así que si no se piensa mucho en la intención que hay tras el uso de un nombre, es muy fácil clasificarlo mal. Puede que etiquetemos bien Prusia como un lugar, pero si asumimos que hay un lugar geográfico correspondiente ahora estaríamos equivocados. De igual modo podemos tener nombres diferentes para la misma persona, o un nombre para una persona que no existe. Esto me recuerda una discusión que tuve con unos americanos acerca de cómo etiquetar el nombre de Dios.

P- Parece una de esas disputas medievales acerca del sexo de los ángeles.

R- Pues a lo mejor por eso hay tantos medievalistas que usan ordenador. Muchos de los debates clave de la Edad Media, como la visión platónica o aristotélica del universo, subyacen en nuestras discusiones acerca del modo de usar los ordenadores. Porque los ordenadores son máquinas maravillosas que operan a partir de abstracciones platónicas, y el mundo en que vivimos no es nada platónico. Sé que esto es duro, pero vivimos en un mundo duro y aristotélico y tenemos que acomodar ese desequilibrio. Por eso todos esos debates son relevantes en informática.

P- ¿Cuál es tu historia personal con los ordenadores?

R- Empecé a utilizar los ordenadores hace años. Estudié Literatura Inglesa en Oxford y me interesaba procesar textos, encontrar modos de usar el lenguaje. Me entusiasmaban las consecuencias de la participación del lector en el texto. Quería saber si era posible encontrar un significado o estructura en el texto independientemente del lector, cosas como métodos estadísticos de cuenta de palabras, por ejemplo. Quería responder preguntas complicadas acerca de cómo usamos de verdad el lenguaje, independientemente de las teorías acerca de como se construye el lenguaje. No pretendo afirmar que no haya otros métodos válidos, porque los hay, pero esto es lo que a mí me atraía más.

Por ejemplo, piensa en el escritor Samuel Beckett. Sus obras, como sabes, juegan constantemente con la idea de prescindir de todas las emociones y reacciones humanas, y aún así acaban siendo conmovedoras, lo cual es paradójico. Una de las primeras cosas que hice con un ordenador fue coger un texto de Beckett, "Imagination dead imagine", que consiste en 120 frases ordenadas en un orden particular, e intentar reorganizarlas en el ordenador en órdenes diferentes a ver qué surgía. Esto fue a principios de los setenta, por aquel entonces no conocía el trabajo de Oulipo. Pero no pude dedicarme a la investigación que me interesaba porque tenía que ganarme la vida. Tuve mucha suerte de estar en Oxford en ese momento, porque la Universidad se dio cuenta de varias cosas: que el 80% o el 90% de sus estudiantes eran de humanidades, que la Universidad tenía unos excelentes servicios informáticos que no sólo tenían porqué aprovechar los estudiantes de ciencias, y que ninguna de las personas que trabajaban allí tenía mucha idea de los intereses o necesidades de la gente de humanidades. Oxford fue una de las primeras universidades del país en hacer algún trabajo de este tipo, de hecho en los setenta había ya investigadores de la Facultad de Inglés que estaban haciendo concordancias shakespeareanas usando el ordenador.

A mí me preocupaba el tema de la reducción del tiempo y el esfuerzo requerido para producer textos digitales. Al principio había que teclearlo todo para convertirlo en tarjetas perforadas. Los ordenadores de entonces eran enormes, y había que guardarlos en salas especialmente acondicionadas. No quiero insistir en mi condición de vieja y venerable reliquia del pasado...

P- Bueno, lo cierto es que las cosas han cambiado bastante.

R- El problema con ese tipo de afirmaciones es que propician una visión de la informática y las humanidades como algo con un origen, que se desarrolla y llega a la madurez, lo cual es una visión muy del siglo XIX, una especie de visión evolutiva. Yo prefiero otro punto de vista, el que cuestiona la relación entre la tecnología en general y las disciplinas académicas. Hay una especie de simbiosis entre las disciplinas y la forma en que usan las tecnologías, y no es nada tan simple como una edad heroica, una dorada, etc.

P- No, yo también pienso que hay mucho romanticismo en la forma en que los teóricos hablan de los ordenadores. Lo que quería preguntar es, ¿qué impulso hay detrás de todos tus años de dedicación a las tecnologías de la información?

R- Si tuviera que escribir mi obituario, una de las cosas que me gustaría mencionar es que siempre he intentado incitar a la gente a usar y compartir recursos, a crear textos y libros en formato electrónico igual que crecí pensando que los libros impresos debían crearse y compartirse. De niño fue para mí muy importante poder usar una biblioteca pública. El simple hecho de poder ir allí y encontrar un libro acerca de cualquier cosa, aunque no lo entendiera, el hecho de tener derecho a pedir ese libro y obtenerlo, era el privilegio de vivir en un país civilizado con un gobierno democrático, etc. Esas cosas que hoy en día damos por supuestas aún no son así en el mundo digital, y aún hay un gran peligro de que surjan dos clases que se vayan separando: los que tienen acceso a la cultura digital y los que no. Y creo que eso es un desafío muy grande para esta sociedad, no deberíamos permitir que la cultura se fragmentase.

Al principio tuve mucha suerte porque nadie pensó que los textos digitales tuvieran algún valor. Así que por ejemplo, cuando empecé con el Oxford Text Archive en 1976, obtuvimos copias de diccionarios, enciclopedias y colecciones de textos de editoriales que no tenían ni idea de que aquello sirviera para algo. Y quizá tenían razón, es decir, en la forma en que obtuvimos aquellos textos eran realmente muy difíciles de usar. Una de las cosas más emocionantes fue compartir estos recursos digitales con gente de todo el mundo. A principios de los ochenta, el mundo del correo electrónico y de Internet estaba apenas comenzando. Había una red de correo electrónico para todo el Reino Unido, cuyo estándar era diferente del americano. Yo era una de las dos o tres personas en los servicios informáticos de Oxford que pudo obtener una cuenta del ordenador en Londres, que en ese momento era la única conexión entre este país y el resto del mundo. Era como cuando se inventó el telégrafo. Durante tres o cuatro años hubo estándares diferentes y un montón de discusiones acerca de cómo hacerlo todo más homogéneo. Había una tremenda sensación de comunidad entre los que empezábamos a usar estas tecnologías, incluso a pesar de estar geográficamente muy separados. Eramos lo suficientemente pocos como para conocernos personalmente. A principios de los noventa fui a una conferencia en Varsovia, y es la primera vez que recuerdo que alguien se levantara y dijera que Internet era un recurso económicamente rentable. La mayoría de los asistentes pensaron que aquello era una locura total, ¿cómo se iba a poder hacer dinero con Internet? Y unos años después todo el sistema ha cambiado por completo y vemos direcciones de Internet en los anuncios de los autobuses y por todas partes.

En ese aspecto al menos, la estandarización del acceso a los ordenadores ha sido un éxito sorprendente. Porque creo que "estandarización" es la clave de todo esto. En los primeros tiempos del OTA en los ochenta se hizo evidente que cada persona que preparaba un texto digital lo hacía de una forma diferente. Así que era muy difícil compartir los textos. No me refiero sólo a diferencias físicas, como el tamaño del floppy disk, o a diferencias resultantes del uso de software diferente, sino a diferencias acerca de cómo se debía codificar el texto para que lo entendieran las máquinas, acerca de lo que debía hacerse explícito. En 1987 hubo un taller muy influyente que reunió a cincuenta o más representantes de archivos textuales y bibliotecas digitales (aunque tenían otro nombre entonces) de todo el mundo. El resultado de esa conferencia fue la Text Encoding Initiative -- un proyecto internacional tremendamente influyente para establecer una Guía para la creación de textos electrónicos destinados a la investigacion. Me uní al TEI como editor europeo en 1990, y cuatro años después publicamos las recomendaciones que ahora siguen casi todos los que se dedican a este campo.

En la conferencia en Roma donde estuve la semana pasada, Allen Renear habló de lo que llamó dos giros informáticos, dos cambios en las humanidades: uno es el hecho de que la tecnología que usamos para la creación de textos de todo tipo (incluyendo música, etc) es digital, y el segundo es que el análisis de esos textos, la misión de la investigación en humanidades, también es digital. Este es un momento muy emocionante. Vale la pena preguntarse qué sucedería si intentaramos ignorar esta tecnología, suponiendo que pudiéramos. Es cierto que hay gente que ignora la tecnología porque no la usan a su máxima capacidad, como quien usa el ordenador de máquina de escribir. Pero no sé hasta qué punto esto es así, porque parece que la tecnología afecta al modo en que escribimos. Hay una tendencia ludita en algunas áreas de las humanidades, porque la gente teme a la tecnología o piensa que es una amenaza.

Jonathan Miller helping a user

P- Algunas personas conciben las humanidades como una religión y se ven a sí mismas como las guardianas de los valores culturales occidentales.

R- Exactamente. Sin embargo la tecnología no ha venido de la luna. La hemos inventado nosotros. Pretender que no forma parte de nuestra cultura es una actitud extremadamente ingenua. Me recuerda a ciertas actitudes decimonónicas, al principio de la tecnología moderna, cuando gente como los decadentes le dieron la espalda deliberadamente a lo nuevo. Esto no sucedió al principio, en que gente como Dickens se mostraban tremendamente entusiastas acerca de los nuevos descubrimientos, sin dejar por ello de advertir acerca de sus malas implicaciones. Los novelistas victorianos no le dieron la espalda a la tecnología, no simularon que aquello no estaba sucediendo. Los ordenadores han seguido el camino de otras tecnologías, como por ejemplo los coches. Empezaron siendo algo muy especializado: muy poca gente tenía uno. Y de pronto una de las grandes ideas de los años treinta fue que se podían producir coches en cadena, y eso cambió la naturaleza de los coches e incluso de nuestro mundo. Lo mismo ha sucedido con los ordenadores. Hay una historia (probablemente falsa) atribuida a Thomas Watson, el fundador de IBM, que dijo: "Oh, creo que a finales de siglo habrá quizás trescientos o cuatrocientos ordenadores en el mundo". Y ahora los ordenadores son simplemente otra parte esencial de la moderna economía de mercado, puedes comprarte uno en la misma tienda en que compras un microondas, es una máquina de entretenimiento. Para mí esto resulta muy extraño. Pero también creo que tenemos que acoger las nuevas tecnologías con los brazos abiertos, y ser capaces de reconocer su potencial para contribuir a extender las cosas que más nos importan, es decir, la preservación de la cultura, la comprensión de los textos y de las generaciones de investigadores que los han estudiado antes que nosotros.

P- Los ordenadores en sí no son buenos ni malos.

R- Todo depende de lo que hagamos con ellos. Sin embargo hay algo que me preocupa. En la conferencia DRH (Digital Resources in the Humanities Conference) Derek Law dió su conferencia inaugural acerca de la "cultura Mickey Mouse". Habló de la amenaza o desafío que Internet supone para el investigador serio. Se preguntaba quién está invirtiendo enormes cantidades de dinero y experiencia en llevar la cultura a las masas. ¿Quién está tratando de producir versiones digitales de la historia, la cultura y los museos?

P- ¿Microsoft?

R- Microsoft y Walt Disney. Las universidades han sido las guardianas de esta cultura, pero si no reaccionan rápido, si no se dan cuenta de que deben colaborar con estos agentes sociales, acabarán por ser destruidas. Por un lado estará la Universidad Mickey Mouse, que ofrecerá una versión de la historia que se parecerá a la historia real tanto como Mickey Mouse a un ratón de verdad. Por otro lado estará la historia académica, de la que hablarán sólo un grupo de viejos en algún rincón oscuro. Pero hay una oportunidad para la Universidad, si no nos dejamos bloquear por la paranoia y el esnobismo. Podemos cooperar con ellos y producir material que sea más interesante. Podemos usar la tecnología nosotros. Si ignoramos esto seremos unos irresponsables, cerrando nuestras puertas al mundo como los monjes medievales. Quizá ellos tenían buenas razones para hacerlo, pero prefiero no pensar que se avecina una edad oscura cultural, porque esta tecnología nos permite extender mejor nuestra cultura.

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