Teoría literaria


Umberto Eco

Umberto Eco, Interpretación y sobreinterpretación;
Gran Bretaña, Cambridge University Press, 1995. 164 pp. 1.550 pesetas.

a todos aquellos que conocen la producción de U. Eco el contenido de este texto no les sonará a nuevo. Aquí se reproducen las "conferencias Tanner" pronunciadas por Eco en 1990. El tema propuesto por la organización es el que da título a este libro. En estas conferencias Eco utilizó diversos materiales ya elaborados o en proceso de elaboración que aparecieron reunidos en su obra Los límites de la interpretación[1]

El principal atractivo, por tanto, no es el de nuevas ideas, sino la forma condensada de la conferencia, por un lado, y el incluir la edición los textos de réplica de las conferencias a cargo de Richard Rorty, el filósofo pragmatisma americano (ironista liberal, en su propia definición), de Jonathan Culler, conocido crítico y teórico vinculado con las posturas desconstruccionistas, y de Christine Brooke-Rose, catedrática de literatura de la Universidad de París VIII.

Las conferencias de Eco platean un tema recurrente durante los últimos años: la interpretación textual. Eco diferencia la "interpretación" del "uso" de los textos. Un texto puede ser interpretado, lo que implica el deseo de determinar un significado desde del texto mismo. Por el contrario, un texto puede ser "usado", es decir, en este caso la voluntad no es la de determinar un significado ajeno, sino la de imponerle un sentido que no está, por decirlo así, previsto.

El debate se centra en la lucha entre la "intentio operis", la "intentio auctoris" y la "intentio lectoris". La intentio auctoris ha sido objetivo de ataques por todos aquellos que defienden la autonomía -el carácter autotélico- del texto; la intentio lectoris, por los defensores d "respuesta lectora" como determinante del significado. Eco toma una vía intermedia: la defensa de la intentio operis, la intención de la propia obra. Un texto -dice Eco- es un dispositivo concebido con el fin de producir un lector modelo [2]. El lector interpreta el texto, pero el texto mismo se esfuerza en llevar al lector hacia el sentido que preconiza.

En su tendencia antiesencialista habitual, Rorty trata de minimizar el efecto de la distinción entre "uso" e "interpretación" de los textos:

Ésta es, por supuesto, una distinción que los pragmatistas no deseamos hacer. En nuestra opinión, todo lo que uno hace con cualquier cosa es usarla. Interpretar algo, conocerlo, penetrar en su esencia, etcétera, son sólo diversos modos de describir algún proceso de ponerlo en funcionamiento. [3]

Los que conocen la voluntad provocadora de Rorty entenderán la respuesta correcta, pero contundente, de Eco:

...he subrayado lo difícil que es decir si una interpretación es buena o no. Sin embargo, he decidido que es posible establecer algunos límites más allá de los cuales se puede afirmar que una interpretación determinada es mala e inverosímil. Como criterio, mi crítica cuasi popperiana quizá sea demasiado débil, pero es suficiente para reconocer que no es cierto que todo sirve. [4]

Con cierta ironía, el papel de moderador queda en manos de Jonathan Culler, que se ve situado en esa posición por la distancia más radical que establecen Rorty y Eco. Culler se ve en la obligación de contestar tanto a uno como a otro:

La interpretación no necesita defensa; siempre está con nosotros, pero, como la mayoría de las actividades intelectuales, sólo es interesante cuando es extrema. La interpretación moderada, articuladora de un consenso, por más que pueda ser valiosa en algunas circunstancias, no tiene mucho interés [...] no creo que haya que considerar la producción de interpretaciones de obras literarias como meta suprema, y mucho menos como única meta, de los estudios literarios, pero si los críticos van a dedicar su tiempo a la elaboración y la propuesta de interpretaciones, entonces deben aplicar toda la presión interpretativa que puedan, deben llevar su pensamiento todo lo lejos que les sea posible. No cabe duda de que muchas interpretaciones 'extremas', como muchas moderadas, tendrán escaso impacto, porque se juzgarán poco convincentes, redundantes irrelevantes o aburridas, pero si son extremas, gozarán, en mi opinión, de una mayor posibilidad de sacar a la luz conexiones o implicaciones no observadas o sobre las que no se ha reflexionado con anterioridad que si luchan por permanecer 'sanas' o moderadas. [5]

Eco contrarresta el ataque de Rorty explicando que para él "la interpretación de un texto comprende: (i) su manifestación lineal; (ii) el lector que lee desde el punto de vista de un Erwartungshorizon dado; y (iii) la enciclopedia cultural que engloba un lenguaje concreto y la serie de interpretaciones previas de ese mismo texto" (pp. 155-6).

Con esta declaración Umberto Eco se introduce dentro de la línea hemenéutica gadameriana que será continuada por Jauss. La interpretación no es tanto la determinación de un sentido que pueda ser tomado como una verdad intemporal y objetiva, sino una afirmación de naturaleza histórica, es decir, determinada por un contexto que a su vez integra las interpretaciones anteriores.

El problema que se plantea es el de la convivencia entre interpretaciones tradicionales e interpretaciones extremas. Lo que para Eco es un derroche interpretativo, un abuso, para Rorty es una posibilidad más que funciona con un grado mínimo de consenso. Para Culler, en cambio, lo extremo tiene el atractivo de lo diferenciado y es necesario para mantener viva la riqueza del texto a lo largo de la historia.

Desde nuestro punto de vista, las posturas de Eco y Culler pueden coincidir si se atienden desde su desarrollo histórico. Es decir, las interpretaciones extremas son valiosas si logran modificar las interpretaciones consensuadas. De hecho, la intención de cualquier interpretación no ortodoxa es transformar la tradición para convertirse ella misma en tradicional. El momento de la integración -la absorción de lo extremo por la tradición- dependerá de la confirmación de su viabilidad. Muchas interpretaciones no lograrán introducirse en la corrientes o corrientes interpretativas aceptadas; otras, en cambio, irán logrando constituir una corriente interpretativa que pueda rivalizar con las otras líneas interpretativas.

En su devenir estas corrientes pueden tener: 1) procesos de desradicalización mediante la integración de métodos, contenidos, etc. que provienen de corrientes aceptadas por la tradición; o 2) un enclaustramiento sectario, es decir, reafirman sus postulados interpretativos y se mantienen al margen de las corrientes de la tradición, rechazando cualquier contaminación exterior.

Al no poderse establecer un cierre definitivo del sentido del texto, las interpretaciones se suceden históricamente, pero, señala Eco, 'hay grados de aceptabilidad de las interpretaciones' (p.162). A este grado de aceptabilidad, Eco añade lo que podríamos denominar "grado de fecundidad": 'ciertas interpretaciones pueden reconocerse como fracasadas porque son como un mulo, es decir, son incapaces de producir nuevas interpretaciones, no pueden ser confrontadas con las tradiciones de las interpretaciones previas' (pp. 163-164)

Lo que resulta evidente -ya se podía apreciar en Los límites de la interpretación- es el efecto que ha producido en Umberto Eco su labor como novelista o, para ser más exactos, la observación de los juicios e interpretaciones que sus obras han motivado. La doble actividad de teórico y creador, es decir, el situarse en ambos lados del terreno de juego, ofrecen una posibilidad privilegiada de análisis que Eco ha sabido aprovechar.

Christine Brooke-Rose se mantiene al margen de la polémica y teoriza sobre lo que denomina -siguiendo una idea de Salman Rushdie- la "historia-palimpsesto", es decir, la literatura como reescritura de la historia:

La novela echó sus raíces en los documentos históricos y ha tenido siempre un vínculo íntimo con la historia. Pero la tarea de la novela, a diferencia de la historia, es extender hasta el límite nuestros horizontes intelectuales, espirituales e imaginativos.[6]

En resumen, una obra de interés doble gracias al valor añadido de la confrontación directa entre Eco, Rorty y Culler.

Joaquín Mª Aguirre


Notas:

[1] U. Eco: Los límites de la interpretación; Barcelona, Lumen, 1992. [Volver]

[2] Interpretación y sobre interpretación, p. 68. [Volver]

[3] p. 101. [Volver]

[4] p. 156. [Volver]

[5] p. 120. [Volver]

[6] pp. 149-150. [Volver]


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