Mark Twain y las mentiras

por

Joaquín Mª Aguirre Romero

F. de Ciencias de la Información

Universidad Complutense de Madrid

Publicado en la revista Los Cuadernos del Matemático.



La novela de Mark Twain Las aventuras de Huckleberry Finn, publicada en 1884, marcó el punto de mayor nivel de su carrera superando las obras anteriores de carácter más liviano. En el Huckleberry Finn se dan la mano el humor y la reflexión profunda, la ironía y la crítica social despiadada. Con ella comienza el período de amargo pesimismo de Twain respecto al género humano, tendencia que fue acrecentándose con el paso del tiempo hasta llegar a una abierta decepción respecto a la humanidad.

Una de las tesis que Twain sostiene en la obra se puede desarrollar de esta manera: Huck es un muchacho a medio socializar. Está en el escalón más bajo en que puede estar un blanco en la sociedad norteamericana del momento -por debajo sólo están los negros-. Esa marginación ha tenido un aspecto positivo: Huck ha vivido alejado de gran parte de los mecanismos sociales. Su bondad natural o, si se prefiere, su inocencia, se ve pervertida por el contacto con la sociedad. En ésta reina el mal, pero hay un pequeño detalle: la sociedad llama virtudes a sus vicios; educación a la perversión; proclama que todos los hombres son iguales pero no cree que los negros sean personas; habla del amor fraterno, pero, para algunos, los demás deben ser primos lejanos, etc.

Esta distancia entre lo que se dice y lo que realmente se hace es lo que Twain llamó, en otro escrito, la Conspiración Universal de la Mentira de la Afirmación Silenciosa. Esta teoría de Twain viene a decir lo siguiente: cuando algo malo sucede, los buenos siempre estarán mirando hacia otra parte. Esto permite mantener en pie la buena conciencia de los hombres. Twain escribió

[...] La conspiración universal de la mentira de la afirmación silenciosa está presente siempre y en todas partes y trabaja siempre en interés de una estupidez o de una falsedad, jamás en interés de algo noble o respetable. Y parece tener el aspecto de la más tímida y ramplona de todas las mentiras. Durante siglos y siglos ha trabajado en favor de despotismos, aristocracias y esclavitudes militares, esclavitudes religiosas, y a todas ha mantenido con vida; las mantiene con vida todavía, aquí, allá y acullá, por todas partes del globo; y seguirá manteniéndolas vivas hasta que la mentira de la afirmación por el silencio se retire del negocio... la afirmación silenciosa de que nada sucede de lo que los hombres justos e inteligentes sean conscientes y a lo que por deber hayan de poner fin. (1)

Para Twain hay dos clases de mentiras o, mejor, la Mentira se manifiesta de dos formas. La primera es la que todos conocemos: decimos que lo blanco es negro, por ejemplo. El efecto de estas mentiras es muy variable, dependiendo del objetivo que ésta busque. La segunda forma, la de la Afirmación Silenciosa, es mucho más peligrosa porque ya no se trata de decir que lo blanco es negro, sino de vivir como si lo blanco fuera realmente negro. De la primera forma engañamos a los otros; de la segunda nos engañamos nosotros mismos, esto es, vivimos en el engaño. La importancia del primer tipo de mentiras respecto a las segundas pasa a ser relativa. Las mentiras que podamos decir apenas son nada en comparación con las que podamos vivir. Y es que la Mentira de la Afirmación Silenciosa afecta a la raíz de la propia sociedad y se da desde los orígenes del Hombre.

Cuando Twain hace que su mirada recorra los caminos de la Historia encuentra que ésta se encuentra llena de maldades e injusticias, de arbitrariedades y hechos atroces. Los hombres de todas las épocas han encontrado, en su momento, justificaciones para todas ellas. La Mentira de la Afirmación Silenciosa permite que la injusticia reine en todo momento porque todos los hombres viven ignorando la verdad o, más exactamente, queriendo ignorar la verdad. La forma más efectiva y habitual de transmitir las mentiras es la educación. En 1908 escribe

Los colegios y universidades tienen dos grandes funciones: conferir y ocultar conocimientos valiosos. Los conocimientos teológicos que ocultan no pueden considerarse con justicia menos valiosos que los que revelan. Es como si se dudase de que cuando un hombre está comprando un cesto de fresas pueda servirle de algo saber que la mitad inferior está podrida.(2)

El claro rechazo que algunos de los personajes infantiles de Twain suelen sentir por la escuela -Huck, como ejemplo más claro- es el reflejo de esa idea del autor norteamericano: el proceso educativo tiene como finalidad enajenar las bases naturales y sustituirlas por otras sociales. Así se explica el núcleo moral del Huckleberry: el conflicto de conciencia que se le plantea al protagonista cuando entiende que su deber es entregar a Jim, el esclavo negro fugado, mientras que su corazón, todavía no demasiado pervertido por los falsos valores sociales, le indica que éste es su único amigo. Huck decide lanzarse a los abismos infernales y condenarse, creyendo hacer el mal, esto es, no denunciando a Jim. A Huck le han enseñado que robar cosas es malo. También le han enseñado que un negro se encuentra entre las cosas, que es una propiedad. Huck está ocultando un objeto robado cuando ampara a Jim en su huida. La parte superior de las fresas del cesto ocultan las fresas podridas del fondo. En otro de sus escritos, Twain indica: Raras veces, muy, muy raras veces, puede un hombre imponerse a su educación. Es un lastre demasiado pesado. Huck tiene ya asimilados los falsos valores sociales cuando decide condenarse por proteger a Jim. El hecho de sentirse culpable lo demuestra.

Las mentiras son la base de la sociedad; de hecho, ésta funciona gracias a la mentira, ya que todo el mundo se ha acostumbrado a ellas. En el mismo texto en que habla de la Mentira de la Afirmación Silenciosa, Twain hace el siguiente relato, caracterizado por su ironía:

Según entiendo, lo que deseas es información sobre "mi primera mentira y cómo salí de ella". Nací en 1835. Mi edad es avanzada ya y mi memoria no es tan buena como lo fue. Si me hubieras preguntado por mi primera verdad, me hubiera resultado a mí más fácil y hubiera sido más amable de tu parte, porque eso sí lo recuerdo bastante bien. La recuerdo como si hubiese sido la semana pasada. La familia cree que fue la semana antepasada, pero esto es adulación y probablemente encubre algún proyecto egoísta [...]

No recuerdo mi primera mentira. Queda demasiado lejos. Pero recuerdo muy bien la segunda. Tenía yo entonces nueve días y había caído en la cuenta de que si un alfiler me pinchaba y yo hacía propaganda de ello de la forma corriente, me acariciaban cariñosamente, me mecían, se compadecían de mí y además me daban una ración extra entre las comidas. Era cuestión de humana naturaleza querer conseguir tales riquezas y yo me dejé llevar. Mentí sobre el alfiler..., haciendo propaganda de uno cuando no lo había. Tú mismo lo hubieras hecho, George Washington lo hizo; cualquiera lo hubiera hecho. [...] Hasta 1867, todos los niños civilizados nacidos en el mundo eran unos mentirosos -incluido George-. Pero llegó el imperdible y bloqueó totalmente el juego, ¿pero vale para algo tal reforma? No porque es una reforma por la fuerza y no tiene en sí virtud alguna; meramente pone fin a esa forma de mentir; no destruye la disposición a mentir. Es la aplicación a la cuna de la conversión por el fuego o del principio de temperancia mediante la prohibición. (3)

La historia de la mentira del alfiler tiene carácter de fábula o de parábola, enseña algo sobre una parte de la naturaleza humana. Los hombres mienten porque en su naturaleza está la ambición; mienten para conseguir algo mejor para ellos, aunque sea a costa de los demás. La llegada del imperdible anuló la posibilidad de esa mentira, pero no tiene ningún valor moral porque no implica ningún tipo de regeneración, sólo una imposibilidad material: si no te puedes pinchar, no puedes fingir que te has pinchado. Por otro lado, la Humanidad gusta de llamar avances morales, progreso, etc. a lo que se ha tenido que llevar adelante por la fuerza. Cuando la reforma se ha conseguido sacar adelante con grandes resistencias, todos miran satisfechos hacia atrás y celebran el avance y hablan de cosas como la perfectibilidad humana, el avance de la historia, etc.

Twain decía en una de sus últimas obras que aquellos que se dicen virtuosos son los que todavía no han tenido la ocasión de dejar de serlo. Es sólo cuestión de tiempo el que les llegue la oportunidad. Por poner un ejemplo, es como si Robinson Crusoe hubiera presumido de no robar a nadie en su isla. La virtud, en muchas ocasiones, sería también una forma de mentira, de autoengaño. Gracias al autoengaño, la Humanidad puede ir con la cabeza bien alta por la Historia.

No es que pensara que no hubieran existido personas virtuosas a lo largo de la Historia. Twain admiraba a algunas -pocas-. Pero la Humanidad no las ha seguido, sino que, más bien, las ha perseguido, y en cualquier caso, son siempre las menos. Cuando Twain decía que le habría sido más fácil decir cuál fue su primera verdad que cuál fue su primera mentira, nos viene a decir que es más fácil hacer una lista de buenas personas que de malas personas. Sencillamente, son menos. Las "vidas ejemplares" son habas contadas y, por eso mismo, más fácil de proponer como ejemplo, cuando en realidad su "ejemplaridad" proviene, en la mayoría de los casos, de su radical oposición a la forma de vivir del resto de la sociedad.

En una de sus últimas obras, de publicación póstuma por su acidez y negrura, El forastero misterioso, se recogen las opiniones de Satán sobre la Humanidad y se profundiza en esa idea del autoengaño:

Satán solía decir que nuestra raza vivía una vida de autoengaño continuo e ininterrumpido. Se estafaba a sí misma desde la cuna hasta la tumba con imposturas e ilusiones que tomaba por realidades, y esto convertía su vida entera en una impostura. De la veintena de buenas cualidades que imaginaba tener y de las que se envanecía, en realidad no poseía prácticamente ninguna. Se consideraba a sí misma como oro, y era solamente latón.(4)

Una parte de las obras del último Mark Twain no fueron publicadas en vida por la visión negativa de las mismas. Los acontecimientos de la vida familiar de Twain no fueron como para ayudarle a superar su pesimismo final. En ellas se desahogó de toda la amargura que se fue acumulando en su corazón durante sus últimos diez años de vida. Algunos han llegado a hablar de dos seres distintos: de Mark Twain, el humorista admirado, y de Samuel L. Clemens, el hombre amargado. En cualquier caso, el 30 de diciembre del año 1900, apareció publicado en el Herald de Nueva York este "Saludo del siglo XIX al siglo XX":

Te presento a la majestuosa matrona llamada Cristiandad, que viene sucia, manchada y deshonrada por sus razzias piráticas en Kiao-Chou, Manchuria, Africa del Sur y Filipinas; con el alma llena de mezquindad, el bolsillo atiborrado de dinero mal habido y la boca rebosante de piadosas hipocresías. Dale jabón y una toalla, pero escóndele el espejo.(5)

Lo firmaba Mark Twain.


Nota aclaratoria: El autor de este artículo no comparte las opiniones expresadas por Mark Twain. De hecho, cree en las grandes virtudes de la Humanidad, demostradas a lo largo de su Historia. Ha solicitado un año sabático para poder investigar unos escritos inéditos de autor desconocido en una biblioteca húngara que, según los primeros rumores, le permitirán rebatir, sin ningún género de dudas, las opiniones negativas del escritor norteamericano.

NOTAS:


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