Creación/Memorias


Rafael Argullol

Transeuropa

Madrid, Alfaguara, 1998, 236 pp.


 

Rafael Argullol nació en Barcelona en 1949. Con más renombre de ensayista que de autor en el campo de la novela, ya es autor de cinco novelas: Lampedusa (1981), El salto del cielo (1986), Desciende, río invisible (1988) y La razón del mal con la que obtuvo el Premio Nadal en 1993. Entre sus ensayos destacan El héroe y el único (1982), El fin del mundo como obra de arte (1991), Sabiduría de la ilusión (1995). También tiene un buen número de poemarios escritos en catalán.

Con Transeuropa, Argullol incrementa con un título más el grueso de su corpus narrativo y no sólo en lo que a cantidad se refiere sino que el horizonte de esta obra crece también en calidad. Traseuropa es la visión de un hombre acerca de los años más recientes de la historia europea y supone una mirada a lo que es el corazón de Europa desde el desasosiego de la caída del muro de Berlín y el derrumbe de las ideologías. Por este motivo, la estructura del viaje se ajustaba perfectamente al relato, aunque la primera parte del libro suponga una ralentización del ritmo narrativo que el autor ha tratado de suplir o menguar mediante la articulación de capítulos breves que acotan de mejor manera la articulación del discurso.

Traseuropa es la historia del regreso al corazón de Europa y el retorno de un hombre a sus orígenes: un ingeniero, esta es la trama esencial de la novela, es el encargado de construir un puente sobre el Volga. Con esta tarea se ve obligado a viajar a Rusia en donde se encontrará con la imagen de un pasado teñido de somnoliente apariencia, pues allí, en la antigua Unión Soviética, el protagonista se encontrará con la figura de su tío, un niño de la guerra española que huyó de su país y que podía haber reproducido la historia de su padre. El viaje se convierte así en un juego de espejos donde el hombre se enfrentará a su conciencia, a su memoria y a su identidad. Existe, por tanto, en el libro de Argullol una reivindicación de la memoria como agente de sentido en la época que nos acecha, pero esta memoria deshará su sentido conforme nos adentremos en el relato, y, de este modo, el protagonista se perderá en una búsqueda con apuntes de carácter kafkiano que dotan a la historia de cierta fisonomía alucinatoria u onírica. El protagonista hace un recorrido en el que pretende alcanzar su fundamento vital, pero esta búsqueda desde el principio carece de sentido, y el hombre será, al final, el resultado de esa búsqueda inútil y fracasará en ese retorno pesadillesco ante la imagen de su padre.

De esta manera, el relato se vuelve el juego en un laberinto que recuerda la búsqueda de K. en recopilación de un proceso que no existe. La entrada del protagonista en una fábrica se asemeja a la entrada alucinante de Teseo en el laberinto para matar al minotauro, ese minotauro será la imagen del pasado representada en la figura de su padre, y no es casual, por ese motivo, que podamos ver rastros de la fábula borgiana en ese mismo capítulo, el número veintinueve, que recoge tal vez lo mejor de la prosa de Argullol en Transeuropa: "Por las paredes de las salas, como precipitados desde el infierno, caían cuerpos como pellejos, huesos infinitamente largos sin el ropaje de la carne y del vestido, cráneos desproporcionadamente presentes, Pero, sobre todo, ojos. El silencio eran ojos: los ojos más grandes que jamás había visto, implorantes, furiosos, dóciles, ojos que acababan usurpando el resto de las anatomías, Círculos negrísimos anclados, como hogueras, en el centro de los enormes óvalos blancos que llovían sobre el mundo."

La novela posee numerosos atractivos para el lector que van desde su arriesgada estructura, fundamentada en un intercambio de presente y pasado, hasta la elección de un narrador testigo que se acopla perfectamente a las pretensiones del relato. Ello se complementa con un aparente y excelente conocimiento de la ruta del protagonista que aumenta ese juego entre realidad y ficción, entre pasado y presente, entre actualidad y memoria que el narrador desentraña de manera admirable a lo largo de toda la novela.

Traseuropa es una novela densa, un relato que puede dar cabida a múltiples interpretaciones y que une la forja de una trama bien montada a una voluntad de estilo que aúna lirismo y simbolismo con el deseo de representar verazmente el escenario urbano del actual y crítico mundo soviético. Argullol ha logrado con su novela escribir un relato ambicioso que se sale de los márgenes corrientes de lo que es la novela actual. Una novela perturbadora, una novela para releer que asegura el disfrute de sus páginas al lector más exigente.


Luis Veres


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