La esperpentización de
la realidad en
La cabeza del Bautista.
Melodrama para marionetas
,
de Ramón del Valle Inclán

Lic. Victoria Martínez Arrizabalaga
Profesora Jefe de Trabajos Prácticos
Cátedra de Literatura Española Contemporánea
Facultad de Filosofía y Humanidades
Universidad Nacional de Córdoba - Argentina



En el marco de un sentimiento general de pérdida y desorientación que asalta al hombre común en este fin de siglo, leer a un autor de fines del siglo XIX como Ramón del Valle Inclán, es por lo menos, una experiencia inquietante.

Tomando en cuenta la circunstancia histórica en que Valle escribe, el muy tormentoso fin de siglo de la España decimonónica, creemos que es válido leerlo ahora, cuando nos las hemos arreglado como especie para ponernos al borde de la extinción física total, pero además cuando llegamos a este momento con una sensación de cansancio moral absoluto. Todavía queda mucho por extraer de la lectura del maestro gallego, y de sus esperpentos.

Mucho se ha dicho ya acerca de ellos; muchos críticos han caracterizado exhaustivamente el esperpento como género; veamos ahora si cabe volver a leer esta caracterización, en términos de la posmodernidad. En principio, creemos posible pensar en un paralelismo entre la situación de la España de fines del siglo XIX, inmersa en una intensa crisis de valores, y la crisis de valores por la que atravesamos, en general, todos los habitantes de esta gran aldea global que es el mundo de este fin de siglo.

La España decimonónica no estaba afectada sólo en el ámbito de lo político - fuertemente fustigado por las derrotas militares que llevaron a la pérdida de los últimos eslabones de la gran cadena del otrora poderoso imperio español -, sino también en lo social y humano, por la pérdida de fe de los españoles en los ideales tradicionales, que sostuvieron durante mucho tiempo a la propia nación.

De alguna manera puede asimilarse esta crisis española a la gran crisis mundial, que nos afecta a todos de un modo u otro, en este difícil fin de siglo XX.

Crisis del sujeto y la representación, crisis de la idea de la historia, crisis de la obra-texto, crisis de las tradiciones artísticas, crisis del valor de realidad, crisis de la inutilidad de la interpretación, o de ausencia de límites para la interpretación, dada la semiosis indefinida del lenguaje. Crisis que de algún modo, decíamos, nos afecta a todos, aún en este empobrecido lugar del planeta, marginado del primer mundo, pese a lo que digan las consignas. Creemos válido pensar, por una parte, que lo que reflejan los esperpentos valleinclanianos de la España finisecular, sirve también como reflejo de nuestra situación. Los esperpentos reflejan una sociedad en crisis, que permite y alienta la supervivencia de los más aptos -y los más aptos suelen ser los más inescrupulosos -; una sociedad que propicia el ascenso social y económico por la aventura, la trampa, la estafa; que admite en su seno a todos, y que a todos les encuentra un lugar; que si bien ubica a sus criaturas, las desdibuja, las deforma, las desvaloriza; en la que las tradiciones ya no existen, desplazadas por las nuevas costumbres igualadoras.

Creemos, por otra parte, que la estética valleinclaniana - sacudidora desde su ácida visión de conciencias adormecidas -, puede leerse hoy con la misma vigencia y actualidad, y que puede aplicarse a similares conciencias adormecidas. Creemos que sigue manteniendo su fuerza revulsiva. En este pequeño trabajo nos limitaremos a comentar el cambio que Valle introduce en la estética de su época, con la introducción en su teatro de personajes de grupos marginales, que dicen sus verdades en escena; lo cual nos hace plantear un paralelo con el actual creciente interés por los discursos de grupos marginales - ante la pérdida de prestigio de los grandes discursos dominantes -. Entendemos que este es un primer paso en el orden de una lectura posmoderna de Valle Inclán. Nuestra limitación obedece a razones de espacio.


El esperpento ¿admite una lectura desde la posmodernidad?

Valle Inclán hace hablar en su texto a personajes que habitualmente no aparecían en el teatro de su época: en esta pieza tienen la palabra una muchacha que trabaja en un bar, un aventurero de poca monta que viene de América, los parroquianos del bar y billar; todos ellos, marginados y marginales. Emergentes de una época de crisis, de una España que de pronto comprende su dura realidad, en medio de un mundo que cambia vertiginosamente, y que no da lugar a los más débiles. Pero éstos sí tienen cabida en la imaginación y la estética valleinclaniana, incomprendida en su momento. Mientras los dramaturgos contemporáneos de Valle hacían un teatro burgués, los personajes valleinclanianos traen a la escena su particular bagaje cultural, su forma de ver y entender la realidad, determinado uso del lenguaje, expresiones que se vinculan al discurso de delincuentes y marginados varios; aparece en escena, en suma, una realidad desconocida (o poco conocida) para la España finisecular; una realidad mostrada con ironía y corrosivo humor.

De una manera muy personal, muy moderna, en La cabeza del Bautista Valle recrea la historia de la muerte de Juan el Bautista, pero ambientada en la España de principios de siglo; el gobernador Herodes Antipas es un viejo mezquino, gruñón y lujurioso, don Igi el gachupín, indiano enriquecido en tierras americanas, que ahora atiende un bar y billar en tierras españolas. La perversa e intrigante Herodías, malcasada con el gobernador, instigadora de la muerte del Bautista, es aquí una niña de la buena vida, amancebada con don Igi; aparece en escena con gruesas pinceladas de maquillaje que exageran sus rasgos. Y por último, el Bautista, el profeta que anunció la llegada del Mesías, y que fustigaba la unión irregular de Herodes y Herodías, es un antiguo conocido de tierras americanas de don Igi, que si no trajo dinero de América, sí todo el empaque del arquetipo rioplatense de principios de siglo; este personaje, conocido como el Jándalo, por su manera de hablar, es quien ha de morir en la última escena, llevado por su codicia, por su cerrado individualismo, por las brutales condiciones de supervivencia del más fuerte impuestas por la época, y por el súbito deseo de la Pepona, la mujer del otro.

El humorismo característico de los esperpentos salta a cada paso. Así, por ejemplo, el enano de Salnés, uno de los distinguidos parroquianos del establecimiento, comenta de la Pepona (de quien ya comentamos el oficio, y el modo de vida): Pepona, como mujer , es quien se consume viéndose señalada por la Iglesia. Y el sastre: ¡No es para menos!. Ironía del autor, que hace vivir, amar y morir a sus criaturas esperpénticas lejos de la Iglesia, resolviendo sus cosas a su manera.

En la acotación que sucede a la llegada del Jándalo Valerio el Pajarito ... le alarga la mano en compadre ..., y remeda además, en un gracioso cocoliche, el habla que él supone de América:

- Che, ¿venite vos de la América? ¿Conoce vos la pampa argentina?. Cuando don Igi habla al Jándalo sobre su establecimiento, le dice: -. "Arruinándome por dotar a este pueblo de café y billares. Un progreso que no saben estima". Ya se burló de los españoles que vinieron a América a hacerse la América, e indirectamente de las grandes pretensiones imperialistas de una España empobrecida, de los preceptos y las prácticas religiosas, de la idea del progreso indefinido del fin de siglo XIX europeo; y Valle sigue y sigue por este camino...

Es propio de los personajes del esperpento el ser presentados como enmascarados. Así, la Pepona es una mujerona con rizos negros, ojeras y colorete; don Igi, tiene una actitud de fantoche asustado; con los pelos de punta, huraño y verdoso; y luego, pálido, con los pelos como un gato espantado...El Jándalo es también una caricatura del compadre; se dice de él en las acotaciones: se apea con fantasía de valentón ... ; haciendo el gallo se acerca a la mujer de los rizos ... ; tirada la mangana a la hembra de los rizos, camina al mostrador....

Los personajes están rebajados en su condición, animalizados o cosificados; así, el Jándalo entra haciendo el gallo; la morocha cerrará el pico; don Igi aparece reiteradamente con los pelos como gato espantado.

Por otra parte, en cuanto al lenguaje que emplean, tanto don Igi como el Jándalo salpican su conversación de acertados americanismos: merito, chamaco, níquel, chulita, facón; don Igi y la Pepona emplean expresiones que denotan su nivel cultural, tales como: horita por ahorita; desagera por exagera.

Tal como vemos, los personajes de Valle ponen en escena una visión distinta de la realidad: el autor expone a través de ellos su desilusión y desencanto por las falencias de la sociedad española. Pero propone también otra posibilidad de ver las cosas, que amplíe los escasos márgenes de imaginación de su época: de alguna forma está abriendo un lugar a los grupos tradicionalmente marginados, a través de su teatro, para que se oigan sus voces. El desencanto de la pérdida, según parece decirnos Valle, puede encarrilarse hacia la búsqueda de otras formas de entender la realidad. Si los proyectos dominantes - de una política, una cultura, un arte, una religión - han fracasado en sus intentos, entonces ¿por qué no escuchar a los que hasta ahora no han podido hablar? No nos engañamos en cuanto a que una cosa es hablar a través de, y otra cosa es hablar directamente, sin intermediaciones.

Lo que Valle hace como dramaturgo es estetizar su visión de la realidad de los marginados, y presentarla en escena, pero siempre desde su conciencia creadora. Lo cual ya es un paso adelante, en relación con su medio y su época. De alguna forma, se está abriendo camino para las otras realidades.

Por otra parte, tanto rigor en el fustigamiento de una sociedad atrasada, mezquina, nostálgica de sus valores tradicionales, apunta a una revisión profunda de conciencias y personas, a una puesta en claro de una realidad dolorosa, pero necesaria si se quiere rectificar las cosas.

Creemos que este trabajo inicia apenas la cuestión ; el esperpento en sí amerita una lectura harto más minuciosa. Nada hemos mencionado a propósito de la ruptura formal que Valle inicia en el teatro español con sus esperpentos. El punto central de este pequeño apunte, la de una posible lectura desde la posmodernidad del esperpento valleinclaniano, apenas si ha sido esbozado.


© Victoria Martínez Arrizabalaga 1998
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero10/bautista.html