SOBRE ESCUCHAS,
PLAGIO Y MÉTODO

    

Ángel Madriz
amadriz@luz.ve
Escuela de Letras
Facultad de Humanidades y Educación
La Universidad del Zulia
Maracaibo-Estado Zulia-Venezuela


 

Quizás el escuchar sea una facultad que permita, como la práctica lectora, llegar a una síntesis que no puede ser alcanzada con el peso histórico de la presencia concreta. Puede el poeta, entonces, reconstruir un mundo a partir de la oralidad transmitida hasta su capacidad escuchadora. Ya Homero, Virgilio, el Inca Garcilaso de la Vega y lo más genuino de nuestra literatura (desde la Calle Victoria hasta Macondo, pasando por el Café Comercio hasta Dublín), son ejemplos típicos de que el escritor pone en marcha los correajes de su audición para poder definir y justificar su ausencia de los acontecimientos que vivencia y experimenta en la obra que lo identifica. Vale lo mismo para quien desea teorizar. Podemos llegar a conclusiones a partir de reflexiones sobre lo escuchado, siempre que dicha práctica esté enclavada dentro de nuestra expectativa por deslindar. Es el caso que me corresponde: Desde que las propuestas metodológicas fueron quebradas por la duda y el escepticismo lector de quienes no pueden aceptar el estudio de lo literaria desde la rigidez cientificista y la inflexibilidad explicadora, se ha venido desarrollando una conciencia oculta de nuevo rumbo metodológico y, desde la solidaridad incomprensible que une a lectores disímiles, se ha instaurado una especie de voz asaltando los oídos de todo aquél que, de alguna forma, vislumbra una vía de acceso inherente a eso que debe estudiarse como Literatura. Voz que acomoda nuestras disposiciones de escucha para la que estamos preparados desde la palabra cotidiana o del discurso estructurado, pero sin sistematización grupal o generacional. Tan sólo ha resultado suficiente el escucharnos-leernos desde nuestros intereses, para llegar a conclusiones sobre algunas consideraciones metodológicas en el estudio de la literatura, las cuales venimos manejando desde la diversidad escritora y la heterogeneidad explicadora como multiplicidad discursiva. Partiendo del hecho de que es el producto literario un complejo corpus de propuestas humanas sobre el mundo, no puede éste ser asumido cabalmente en su interpretación desde un filón metodológico único, absoluto y determinado, sin caer en sectarias fórmulas críticas que asomarían a una especie de negado teórico de la multifuncionalidad del trabajo estético literario. Ya lo vigenciaron posturas autosuficientes al filo del estructuralismo más exacerbado y del impresionismo más ingenuo. Se trata, para recordar a Benedetti y reconocer a ensayistas como Juan Carlos Santaella, de hacer crítica sin limitaciones metodológicas y sin prejuicios cientificistas que, por el peso metropolitano, nos ha devaluado en toda una herencia de propuestas para el estudio literario. Escuchamos simplemente lo que alguno u otro intelectual puede estar exponiendo dentro de la conciencia anteriormente descrita en la oralidad, y al final estamos en la capacidad de asumir un discurso sustentado por la solidaridad intelectual que en nuestro caso, retomando la idea de invención propuesta por Dardo Cúneo en la condición del intelectual latinoamericano, es suficiente para permitirnos lo que hoy es la mejor vía de acceso a lo literario. Lejos, más allá de nuestros horizontes marítimos, puede estar, hoy vigente, lo que en otros tiempos de tempestuosos modelos estructurales fue considerado el sueño de la impresión, actitud que impidió estudiar-leer lo literario a partir de nuestras necesidades como estudiosos-lectores, lo que al mismo tiempo significaba expandir nuestro propio ejercicio intelectual. Se trata entonces, hoy, de hacer estudio de la obra literaria a partir de la sociología, la historia, la lingüística o el psicoanálisis, sin que ello impida un libre ascenso a las categorías asomadas por Picón Salas, Alfonso Reyes, Mariño Palacios, Briceño Iragorri, Guillermo Sucre, Jesús Semprúm y todos aquellos intelectuales cuyos discursos de la modernidad sintetizan a una América recelosa frente el empuje de la postmodernidad que desconoce la importancia de la creación, la libertad y el descubrimiento sorpresivo como categorías esenciales para la labor investigativa. Vale decir el asombro ilimitado.

Ilustro lo expuesto a partir de lo escuchado en una conversación con el poeta Naudy Nucena y que llega a mí por el poder de la oralidad y de la disposición escuchadora. Mi ausencia me llevó a una irremisible reflexión sobre lo escuchado, llegando a conclusiones sobre algunas consideraciones que, sobre el método para estudiar la literatura, vengo manejando en mi propuesta personal y que de la misma manera no deja de ser una forma oralizada de mi eje accional-axional como investigador amante de la obra literaria. Partamos de lo que el poeta Nucena titulaba como El plagio en la obra de Rufino Blanco Fombona. Ante esto, que concluyó en un disertar-escudriñar el problema de su método -el del poeta, concebido total e interdisciplinario-, debemos reconocer, para dejar constancia de reflexiones posteriores, que tal propuesta como vía investigadora, tiene que ver con lo definido como única categoría Kantiana vigente para la literatura: La originalidad. Que si Rufino deseaba, cual modernista empecinado, ser único como escritor esencial y expresivo, resulta menos sustancial que descubrir los modos para hacerse un aparato que le permitiera la escritura. Y aquí es importante señalar lo que tanto se ha discutido: ¿Hace la supuesta originalidad mejor escritor a alguien que se debate entre una conciencia ética-estética actualizada históricamente de acuerdo a las necesidades expresivas que lo motivan como escritor? Por otra parte, la originalidad depende, y es aquí donde radica el valor de la lógica Kantiana, del discurso autentificado por una razón de ser particular y universal. Y es que el mundo, de acuerdo a esta lógica, puede ser reescrito una y mil veces, y seguirá resultando nuevo si es capaz de ser muestra de lo que el hombre ajusta a su existencia como forma de la existencia de todos los hombres, incluyendo al escritor como catalizador de la misma a través de su realidad expresada en el lenguaje, en esa actitud de inundado aprendizaje de la que nos habla Harold Bloom en su libro La angustia de las influencias. Es el caso de Gabriel García Márquez: que si Cien años de soledad es un plagio de las obras de Milton, Faulkner, Cervantes o de la Biblia, resulta menos importante que descubrir el aparato que le permitió a García Márquez vivir en el Paraíso perdido situado en la exuberancia tropical de Macondo, ser un (Absalón! maravillado por pescaditos de colores, luchar como Don Quijote de la Mancha para perder el amor de mil y una mujeres, o sentir el Apocalipsis cuando las hormigas deciden devorar cien años de historia, mientras se debatía en la realidad que le exigía una participación de un mundo Ancho y Ajeno, pero pequeño y propio para obviar la esencialidad humana. Y aquí vale lo que decía el poeta Wallace Stevens: "El individuo participa de la totalidad. Salvo en casos extraordinarios no le agrega nada". Y esto es lo que queda vigente de la filosofía para la literatura. De allí que Ramos Sucre dijera, con la tan consabida angustia de todo creador que se siente, la mayoría de las veces, trascendido por toda la cultura literaria que ha aprendido a amar leyendo y escribiendo: "Leer es un acto de servilismo". Sin embargo la escritura es una forma de leer, la diferencia estriba en el proceso, y Rufino nunca pudo, como nadie ha podido, salvar esta gran, auténtica y reconfortante verdad.

Lo importante es que, gracias a una propuesta surgida de lo que García Canclini cuestionaba como acto narcisista, la vertiente inobviable para todo investigador sigue siendo, y es lo que justifica esta práctica fuera del trabajo ya hecho, el señalamiento de su método. Lo demás resulta una especie de humor Lautréamontiano a la espera de la identificación de un absoluto personal plagiado o parafraseado. Huelga entonces decir que a pesar de todo, cuando investigamos, debemos hacerlo a la luz de nuestras necesidades y sin temer a esa totalidad intelectual que nos puede servir para conformarnos agentes de un nuevo discurso, a pesar de que el espíritu humano ha sobrevivido (tomando las palabras de Borges en su libro Prosa), "a la terrible literatura con la cual ha tenido que contender". Afirmación que debe resultar una disposición franca desde cualquier escucha sin prejuicios.

 

BIBLIOGRAFIA

1) BLOOM, Harold. La angustia de las influencias. Monte Avila Editores. Caracas, 1991.

2) BORGES, Jorge Luis. Prosa. Ediciones del Club de Lectores. España, 1986.

3) RAMOS SUCRE, José Antonio. Antología. Monte Avila Editores. Caracas, 1990.

4) SANTAELLA, Juan Carlos. La lámpara encendida. Ediciones de la Academia de la Historia. Venezuela. 1995.

5) STEVENS, Wallace. Adagia. Cuadernos de difusión FUNDARTE. Caracas, 1977.


© Ángel Madriz 1998
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero10/escucha.html