El mar de las lentejas
y de la imaginación

    

Miguel Correa Mujica*
MgCorrea@aol.com


Tesis

Me he propuesto en este trabajo analizar la novela El mar de las lentejas del cubano Antonio Benítez Rojo a la luz del concepto de nueva novela histórica, concepto o trend ya en existencia en las postrimerías de la década de los 60(), pero que a finales del siglo XX no cuenta aún con una definición concreta o permanente que lo enmarque. Aunque se conocen, grosso modo, sus características escenciales, la definición del concepto ha seguido sujeta a interpretaciones personales de críticos y estudiosos de la materia. Es lo que generalmente sucede cuando analizamos un fenómeno o categoría literaria ubicándonos dentro del mismo sistema temporal que la categoría: no podemos ver con claridad lo que ocurre en la actualidad. El distanciamiento epocal beneficiará con creces esa formulación venidera, la cual se nutrirá de muchos trabajos como éste, los que de alguna forma incidirán en su gestación, formulación y brote.


La nueva novela histórica

En su intervención crítica "El concepto de ficción" (1991) Juan José Saer define la ficción de un modo muy peculiar y absolutamente nuevo. Nos dice el escritor como crítico:

(...) no podemos ignorar que en las grandes ficciones de nuestro tiempo, y quizás de todos los tiempos, está presente ese entrecruzamiento crítico entre la verdad y la falsedad (...) El fin de la ficción no es expedirse en ese conflicto sino hacer de él su materia (...) podemos definir de un modo global la ficción como una antropología especulativa (bastardillas en el original) (Saer 3)

Saer ha salido a la caza de una definición del concepto tal vez como pocos críticos lo hayan hecho hasta la fecha. Dos planteamientos definitorios subyacen en este enunciado suyo, los que a mi juicio se acercan sobremanera al concepto que nos ocupa. El primero, el objetivo de la ficción no es para él (ni para la nueva novela histórica) centrarse en los posibles y ya tradicionales conflictos entre la verdad histórica y la ficción; o sea, no es un fin en sí para el novelista el delimitar qué tiene de falsedad o de veracidad determinado acontecimiento histórico, ni desarrollar el conflicto mismo, sino precisamente utilizar esa coyuntura —u otras que podrían o no estar en conflicto— como materia prima de donde partir para construir nuevos universos ficcionales. Creo que ésta es una de las mejores definiciones con que contamos hasta la fecha para definir eso tan reciente que se ha llamado la nueva novela histórica.

En segundo lugar, Saer considera que la ficción es, desde una perspectiva muy general, "una antropología especulativa". El enunciado, que se puede descomponer en sus significantes de reflexión filosófica y también de categoría especular o reflejante, es muy valioso porque de él está impregnada la nueva novela histórica. El novelista no se conformará con la visión —o las interpretaciones— heredadas a priori, ni con los manidos recuentos de Historia, ni siquiera con la información que ya tenemos por fija, sino que colmará la ficción y recontará la Historia desde sus propias convicciones, añadiendo reflexiones, cavilaciones, y juicios filosóficos a su antojo, independientemente de su validez, actualización o incluso de su autenticidad histórica. Hacia finales del siglo XX, el novelista no se conforma ya con el fantasmagórico relato que de nuestra identidad nos ha llegado a siglo traviesa. Especular sobre la Historia, sobre nuestros orígenes, sobre nuestra identidad, esbozada por manos y hombres a siglos de distancia, especular en fin sobre la naturaleza humana y sobre su devenir son preocupaciones que se ubican al centro de lo que la crítica ha dado por llamar "la nueva novela histórica".

Pero Juan José Saer añade un ingrediente más que el novelista va a utilizar: el concepto del otro, el que también podría coincidir, por default, con nosotros mismos, o con los otros que también son a diferencia y muy a pesar nuestro, o en contraposición con nosotros, el otro que refleja lo que somos o que no somos. En esta medida la nueva novela histórica se distancia un paso más de los últimos trends o escuelas literarias que hemos conocido en Hispanoamérica hacia finales del siglo XX, como lo son el realismo mágico y lo real maravilloso.

En su libro Latin America's New Historical Novel, Seymour Menton anota algunas características comunes a la nueva novela histórica. Según el crítico, esa novela incursiona en lo dialógico o carnavalesco; se hace eco de la intertextualidad discursiva, de la metaficción, del comentario autoreferencial; puede también asistirse de protagonistas tanto históricos o reales como de entes de ficción, y más aún, puede mezclarlos, ficticios y reales, enfrentarlos en el argumento novelesco. Pero tal vez la característica más típicamente inherente a la nueva novela histórica, también expresada por Menton, es la distorsión o violación consciente de la realidad histórica que se aborda, ya sea por omisión, por exageración o por pura imaginación del novelista. Esa distorsión subordina la reproducción mimética de la historia (Lukas) a las reflexiones filosóficas del autor. Esta última característica es sui generis a este grupo de novelas. En ello se alejan del concepto de "lo real maravilloso" asumido entre otros por el cubano Alejo Carpentier, concepto que no distorsiona precisamente la realidad física sino que se preocupa más por su exuberancia e impenetrabilidad, características éstas que en su momento distinguieron –que diferenciaron— esa realidad extra-literaria de la hasta entonces considerada prestigiosa o en boga por la literatura canónica de la época. Pero esa distorsión y reordenamiento de la Historia a partir de la Historia y de la ficción mismas también apartan a la nueva novela histórica del llamado realismo mágico emprendido (asumido) por los novelistas del Boom latinoamericano, pues la distorsión que ejecutaron los novelistas mágicos (por llamarlos de alguna manera) tuvo —¿o tiene todavía?— su centro operacional más bien en el lenguaje, en los mitos, en la exageración, en el discurso en suma, y no exactamente en la distorsión consciente (ni en el entrecruzamiento con la ficción) de la realidad histórica a trabajar. Por ello es posible decir que la nueva novela histórica es más bien un trend literario, todavía joven, prácticamente inédito, y también diferente de lo que hasta ahora era considerado canónico dentro de la literatura no sólo hispanoamericana sino también universal.

Antonio Benítez Rojo y la nueva novela histórica

La tesis hegeliana de que las naciones deben negar su pasado primero para así llegar a asimilarlo, a superarlo –para nutrirse de él— tiene una gran resonancia en el ciclo de novelas conocidas como históricas dentro del contexto latinoamericano de las últimas décadas. El Mar de las Lentejas (1984) de Antonio Benítez Rojo cae indudablemente dentro de ese grupo de obras empeñadas en retomar, reinterpretar y asumir tanto aspectos pocos conocidos de nuestro pasado como de nuestra identidad histórica, aspectos que de alguna manera nos forman. Los novelistas, al parecer inconformes con un legado tan pobre, han salido a la caza de la Historia, de los códigos que nos definen y nombran. No es que esos autores tengan que acudir necesariamente a una especie de cacería transepocal: la Historia a asimilar, negar e incorporar se ubica tanto en un pasado remoto (a cinco siglos de distancia ya y que se aleja vertiginosamente) como en la más vigente actualidad. Sin embargo, el descubrimiento y la conquista del Nuevo Mundo están a menudo al centro de esa gestión literaria. Aunque esos hechos no sean el punto de partida de la historia continental americana, éstos sí juegan un papel fundamental con respecto a la identidad de los pueblos del Caribe o Pueblos del Mar.

Lo primero que salta a la vista en esta novela es su sazonado título: en él, Antonio Benítez Rojo expone en poquísimos tropos su concepción de lo que es el Caribe: el mar de las lentejas es una parodia de la denominación que el cosmógrafo Guillaume le Testu emitiera para la zona: la mer de lentille, parodia convertida por asimilación fonética en lenteja, en joya, pero también en sopa, en potaje, en gigantesco melting pot, definición que del Caribe sustenta el autor. O dicho con sus palabras, el Caribe es "un meta-archipiélago". Así nos lo revela el propio Benítez Rojo en su ensayo "The Repeating Island", aparecido en la antología de Gustavo Pérez Firmat, Do the Americas Have a Common Literature? (1990).

El concepto de meta-archipiélago para definir el Caribe es fundamental para llegar a entender la obra del autor cubano. Para Benítez Rojo, las Antillas no son un aglomerado de islas heterodoxas e inconexas sino una misma isla "que se repite", y no en el sentido físico o terrestre específicamente sino en otros más profundos como en el sentido cultural, en el ontológico, en el histórico. Lo que se repite no es una isla sino su escencia, sus manifestaciones vitales, culturales, folclóricas, religiosas y hasta tribales. De ahí que el Caribe no se circunscriba a un mero espacio geográfico (el cual , según el autor, también es un puente entre la América del Norte y la del Sur) sino a cierto grupo de valores que pueden aparecer o florecer en cualquier rincón del planeta, tanto en Bruselas como en Buenos Aires. El Caribe es ritmo, improvisación y cierta ternura. Es un meta-archipiélago porque no existe solamente en tanto lugar geográfico sino también como valores comunes compartidos por grupos humanos de naturalezas diversísimas que el meta-archipiélago se encarga de convertir en valores altamente permanentes y uniformes.

Es importante también acudir al concepto que de texto sustenta Antonio Benítez Rojo como escritor de esa región sui generis, del Caribe, para entender la obra que nos incumbe. Para el autor cubano, un texto literario es también un pre-texto que comienza a existir en el momento en que es leído por el lector. Texto y lector desarrollan una tácita relación seductiva que, según el autor, no se corresponde con el concepto de texto formulado por la escuela postestructuralista desde la contemporaneidad. Para Benítez Rojo, esas teorías literarias —ese discurso— pertenecen a las sociedades postindustriales y no a la caribeña, permanentemente ubicada esta última en una suerte de pre-industrialismo perpetuo. El discurso del Caribe es de naturaleza intuitiva, primigenia, sin dogmas ni parámetros preestablecidos mientras que el otro discurso es epistemológico, afectado por el advenimiento de la era postindustrial con todo lo que ello implica. Considero que ha sido necesario adentrarnos en estos dos conceptos que el autor concibe y maneja de una forma muy peculiar para desde ellos analizar El Mar de las Lentejas.

El autor

Antonio Benítez Rojo nació en Cuba, en 1931. Cursó estudios en la Universidad de La Habana y en la American University . Ocupó cargos significativos dentro de la revolución cubana: dirigió el Departamento de Estadística del Ministerio del Trabajo, así como la Casa del Teatro del Consejo Nacional de Cultura cubanos. Se dio a conocer en la literatura cubana en 1967 con Tute de Reyes, libro de cuentos con el que ganó el premio "Casa de las Américas". Al año siguiente ganaría otro importante premio literario en Cuba: el "Luis Felipe Rodríguez" de la UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba) con su libro El escudo de hojas secas. Es autor de la Recopilación de textos de Juan Rulfo (1969) , y de Quince relatos de la América Latina (1970). Sin dudas, Benítez Rojo fue en Cuba un autor oficialista, pues era publicado por el gobierno revolucionario y ocupó puestos de relevancia dentro del aparato gubernamental. Sin embargo, en 1980, desertó espectacularmente en París estableciéndose más tarde en los Estados Unidos. Actualmente es profesor de Literatura en Amherst College, Massachusetts.

Sobre el texto

Esta novela parece centrarse en el proceso de desmitificación de esa pre-historia o preámbulo histórico que sin lugar a dudas marca de mil modos nuestra identidad. El ubicar el centro de su búsqueda no sólo en la conquista de América sino en la historia que le precede, esto es, en las condiciones pre-descubrimiento y pre-conquista de América, Benítez Rojo tropieza con la mayor dificultad del proyecto: cómo rastrear una historia cuyo centro de gravedad es móvil, ondulante, heterogéneo y cambiante tanto con respecto al espacio y al tiempo como a los universos individuales de sus protagonistas. El novelista se adentra a tientas en ese espacio, equipado tan sólo con su concepción de lo que para él es el discurso literario en el Caribe, con el lenguaje a él legado por la conquista y con una poderosa imaginación. Todos los acercamientos son válidos pues ninguno es definitivo ni improbable, parece decirnos Benítez Rojo. No importa que a nuestra identidad se le vean todas las costuras del intento por abordarla. Lo importante es atraparla.

Esta novela es, entre otras cosas, un gigantesco tropel de voces fragmentadas, compuesta de voces anónimas, populares, militares y de minorías de toda calaña. La ficción pretende atravesar la realidad histórica. Y lo logra. El autor se vale de memorias, diarios, historiografía, crónicas y de su imaginación para construir un marco histórico y social de dimensiones monumentales, el que debió servir de sustrato humano al descubrimiento y a la conquista de las Indias Occidentales. El autor se ha propuesto sacar a relucir en esta obra todo lo que tuvo de aportación individual o sencillamente humana un sisma social sin pecedentes, de dimensiones bíblicas, pero que yace congelado hoy por la retórica de los libros de Historia. Es evidente que a Benítez Rojo le interesa sobremanera lo que tuvo –o debió haber tenido —de substrato puramente humano ese cataclísmico suceso, las rabietas personales que debieron acompañarlo, la enorme carga de crueldad y violencia, de egoísmo, de pasiones y entuertos, de voracidad, de indolencia y hasta de ensueños que una empresa de esta índole debió haber acarreado.

La obra comienza con la agonía del rey Felipe II de España, postrado en su cama de muerte, donde una mosca revolotea y aguarda la conversión del monarca en cadáver. Es una historia putrefacta, de humores y pestilencias, terminal, que muestra la furia y el horror de un poder que se desintegra. Esa desintegración física y moral es el contexto político donde se ubican las demás historias de la novela, tantas que apenas se les puede seguir. Las más importantes son, sin lugar a dudas, el segundo viaje de Colón al Nuevo Mundo, el recorrido del Adelantado Pedro Menéndez de Avilés por la península de la Florida, y en tercer lugar, la saga de una familia mercantilista y feroz, los Ponte, quienes, desde Tenerife, lucran con el comercio de vinos y negros entre el Viejo Mundo y los demás mundos en surgimiento. En ese contexto voraz, neblinoso e incendiario, donde lo que importa es hacer fortuna, por encima de cuantas almas, cabezas y pueblos sea menester pasar, es que transcurre la novela y la visión armagedónica de Benítez Rojo sobre la conquista de América. Una vez concluida la lectura de la obra, el lector puede comprender mejor porqué la conquista del Nuevo Mundo no pudo haber sido de ninguna otra manera, dados los tipos humanos que la protagonizaron y dadas las condiciones políticas y económicas del mundo de la época.

La estructura de la novela es de una fragmentación alarmante, casi como la del meta-archipiélago. La voz del narrador omnisciente salta a la de personajes que hablan desde su atalaya, para lo que Benítez se asiste de innumerables sub-narradores en primera, en segunda y en casi todas las personas del singular y el plural. Los puntos de vista cambian con inusitada frecuencia, con extrema libertad creadora, precisamente porque todos son en realidad un mismo punto de vista girando sobre un denominador común: el saqueo. Por esa vía y bajo ese sentimiento de rapacidad impostergable, de implacable y hasta natural devenir, también penetra en América, como si fuera un virus, la cristiandad.

Decenas de personajes se agolpan en esta obra de Benítez Rojo, todos reclamando, con una mano extendida y la otra en el plomo, su parcela en el Nuevo Mundo, todos con sus miserias puestas al servicio del poder y del enriquecimiento privado. ¿Qué sentimiento de piedad, de misericordia, de humanidad puede quedar en esos protagonistas de la Historia? Ninguno. Nada queda. No está entre los valores de la época el cuestionarse esas categorías en una región carente de Dios. Todos parecen llevar en la memoria colectiva que se trata de un territorio sin Historia, donde todo está por escribirse y hacerse, sin alma, abandonado a la suerte y a las garras de Dios, lo que facilita grandemente el saqueo y el crimen. "Aprovechad hasta que dure" es una frase memorable de una de las voces menores dentro del texto, la que define tal vez como ninguna otra de qué se trataba aquella empresa.

Es difícil seguir el desarrollo del argumento de esta obra debido precisamente a su fragmentación continua. Y debido también a que no tiene un argumento definido. Son voces como pequeños remolinos de polvo que hacen su aparición, dan sus vueltas cónicas y estallan a los pocos segundos. Todos inconexos, de pasada (hacia el Nuevo Mundo), todos no quieren otra cosa que hacer una marca en el texto y seguir, sin perder mucho tiempo, pues ni siquiera el texto es importante. Sólo dos o tres acontecimientos parecen llamar la atención del novelista: el desastre de la Armada Invencible contra los ingleses, una escena de indios en el meta-archipiélago y la aborrecible experiencia o vida de un personaje menor, Antón Babtista, un pícaro que llega a convertirse en una especie de cacique con el tráfico del dinero —entiéndase oro— de Indias. A medida que nos adentramos en los mundos de estos colonizadores primigenios, en la mecánica de ese mundo ya a cinco siglos de distancia y en la idiosincrasia de los protagonistas, podemos entender mejor porqué la conquista de América fue en realidad un genocidio, algo monstruoso, pero podemos comprender también porqué difícilmente pudo haber sido de otra manera. Estos personajes, en su mayoría cuatreros, gente de rompe y rasga, verdaderas maquinarias dentadas, fueron seres no sólo movidos por la voracidad de una época que se desintegraba sino también formados por ella. Por ello es que es válido decir que esos protagonistas de la Historia no hubieran podido conquistar este hemisferio de ninguna otra manera. Ni aunque se lo hubieran propuesto. Porque sencillamente respondían a lo que eran y al legado que los conformaba.

El carnaval bakhtiniano luce su colorido en esta obra de Antonio Benítez Rojo, tal vez como en ninguna otra suya. La conducta de los colonizadores no se juzga dentro del texto: los conceptos de bien y mal están más allá de ella. Como en La campaña de Carlos Fuentes, esta obra contiene un planteamiento dialéctico al enfrentar dos mundos en oposición: el europeo y el americano. Y como en El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, la novela patentiza y se nutre del fracaso de los ideales con la conquista de América, pues toda la conquista fue, para Benítez Rojo (aunque no necesariamente para sus protagonistas) un viaje hacia la utopía.

El concepto de metaficción gana otro inciso en su definición: el texto, como los personajes, no tiene la intención de examinarse a sí mismo. Nada hay que rectificar. Recordemos que para Benítez Rojo la función del discurso textual en el Caribe es la de mantener una relación de seducción recíproca con el lector. Es en el campo del lenguaje donde, a mi juicio, se le debe dar un crédito todavía mayor a Benítez Rojo: el autor ha recreado, sin interrupciones contemporáneas ni arcaismos insoportables, el idioma español de la época, sirviéndose para ello del andamiaje verbal del barroco (más cercano al Quevedo de los Sueños que al Góngora de las Soledades).

Esta novela acusa la mayoría de los síntomas del ciclo que hasta la actualidad compone la nueva novela histórica. La inmensa mayoría de los personajes principales parecen ser reales o históricos, incluyendo algunos personajes menores como los indios (como Anacaonda) y otros incluso inferiores a los menores, como algunos mencionados o traídos a colación por personajes indudablemente menores. Sería una tarea de enciclopedista retirado o de complejos mecanismos computarizados el tratar de encontrar qué personajes son o no reales dentro del texto. Como no es ésa mi intención, ni siquiera me detendré en el asunto. Sólo un dato curioso: me ha parecido interesante la presencia del personaje señor Avilés o Adelantado Avilés dentro del texto, nombre que también da Rodríguez Juliá al niño de su novela La noche oscura del niño Avilés, tal vez mera coincidencia onomástica, tal vez pura referencia intertextual.

En esta novela, la ficción sirve de nexo entre unos y otros personajes, la que les ha elaborado un pasado, un contexto, una red de vasos comunicantes entre sí. La Historia es distorsionada —y hasta reescrita— a partir de la ficción. Las ideas filosóficas del autor se subordinan a la reproducción de la realidad a través de la ficción. O sea, las ideas del autor no están expuestas en un discurso directo sino más bien a través de la conducta de los personajes. En pocas palabras, la Historia se distorsiona en la medida en que es evocada. La obra termina con una especie de viñeta, con una complicada historia de amor entre Hawkins e Inés: el vínculo de lo español con lo inglés. A medida que avanza el texto hacia su fin, el lector descubre que aquellos enamorados trágicos también avanzan, en una nao, hacia el Mar de las Lentejas. ¿No es acaso la praxis de esos dos mundos lo que da forma y sentido al meta-archipiélago? Antonio Benítez Rojo así lo entiende y así concluye la novela, un verdadero texto post-moderno, sin un centro argumental definido, altamente fragmentario y catársico.

Conclusiones

El mar de las lentejas es un texto polisémico que por sus características estructurales y estilísticas se puede ubicar dentro del ciclo de novelas que integran la llamada nueva novela histórica. Pero también es un abigarrado y precioso monumento barroco de cuya elaboración y lectura salimos transformados tanto autor como lectores. La parodia que de la lengua española del XVI hace Antonio Benítez Rojo es tan rotunda (a pesar de ser éste un español no-arcaico) que desde las primeras páginas los lectores quedamos cómodamente instalados en esa otra época para ver desfilar los acontecimientos. Novela de vastos recursos formales, enriquecida aún más con la multiplicidad de niveles o planos narrativos. Un texto que a pesar de su barroquismo y su exuberancia léxica no llega a ser lezamiano, tentación en la que podría caer todo autor cubano contemporáneo que se empeñe en valerse del barroco como andamiaje verbal para construir un texto de ficción de estas dimensiones.

Por último, contrario a lo que podíamos esperar, la isla de Cuba no es el centro ni argumental ni geográfico de esta novela de Antonio Benítez Rojo. Lo es el Caribe, el contexto valorativo y físico que sí abarca a Cuba. Y lo es también el continente europeo, no solamente España, lo que confirma que la identidad del Caribe se forjó a partir de valores dispersos en un número mucho más amplio de conductas y de pueblos. Esta observación reafirma una vez más la visión del autor de que el Caribe es una zona metafísica, un meta-archipiélago, una gigantesca fórmula mágica que sin lugar a dudas nos definirá siempre.


BIBLIOGRAFÍA


* Miguel Correa Mujica es escritor cubano residente en Nueva York. Actualmente termina sus estudios doctorales en la City University of New York con una tesis sobre Reinaldo Arenas.


© Miguel Correa Mujica 1998
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid


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