Creación/Memorias


Macedonio Fernández

Adriana Buenos Aires (Última novela mala)

Barcelona, Península, 1998, 236 pp.


 

EL ÍDOLO DE BORGES.

Existen escritores cuya relevancia reside más en los mecanismos que pusieron en marcha a la hora de escribir gran parte de su obra que en el valor intrínseco que ésta por sí sola posee. Buen ejemplo de ello es la esencia de los movimientos de vanguardia que en la década de 1920 y 1930 alumbran la entrada en la modernidad del siglo XX. Posiblemente sin escritores de esta especie escritores del otro lado del charco como Borges, Cortázar, Bioy Casares, por una parte, o César Vallejo, Pablo Neruda y Octavio Paz, por otra, no hubieran hallado el camino adecuado que diera con la luz de lo artístico en sus escritos. La importancia de la vanguardia se plantea por medio de su capacidad de ruptura, por su oposición ante lo viejo en el umbral de un mundo que cambia a una velocidad desenfrenada y cuyos mecanismos fueron puestos de manifiesto por autores que, como Macedonio Fernández, cuestionaron el modo de hacer de la obra literaria. Se trataba de acercar la literatura a la vida, de oponerse al viejo orden burgués y el mejor modo de hacerlo era construir un relato vital, absurdo como la misma existencia, fragmentario como el hombre moderno y visto con la perspectiva de un demiurgo que ríe ante las desgracias valleinclanescas de sus personajes.

Este autor bonaerense, que nació en 1874 y que no llegó a publicar hasta 1924, pertenece a esta saga de escritores que constituyeron un gran avance en la historia literaria, que se adelantaron a su tiempo poniendo en marcha la máquina del procedimiento literario. Tal vez sin él, Julio Cortázar no hubiera introducido en su obra máxima, Rayuela, al personaje de Morelli. Borges, al que Macedonio Fernández debe gran parte de su fama, lo conoció a causa de la amistad que él mantenía con el padre del viejo bibliotecario. De él señala, en los Diálogos con Oswaldo Ferrari, que Macedonio escribía como ayuda a su propio pensamiento: qué cosa tan importante y tan olvidada en las últimas décadas. Porque he ahí la importancia de la escritura, el desmerecimiento de lo escrito ante la carencia de la visión fetichista de la publicación y la reivindicación del acto creador como acto sublime, como actividad que justifica la existencia.

Asociado a los movimientos de vanguardia y especialmente al Ultraísmo argentino de la mano de Borges y Lugones, Macedonio Fernández es el precursor de la prosa moderna en la literatura argentina. Adriana Buenos Aires, como "última novela mala" fue concebida con posterioridad a Museo de la novela de la eterna (1967). Escrita en 1922 y revisada en 1938, se trata de un relato que atenta contra la institución ARTE desde el mismo momento en que el autor la califica peyorativamente frente a lo bueno que es lo que la sociedad mantiene como vigente dentro de los cánones de lo artístico. El autor pensó, tal como anuncia en Papeles de Recienvenido (1944), en editar estas dos obras juntas. Adriana Buenos Aires supone una parodia del género sentimental que se presenta como antirrealista en la misma línea prosística que Benjamín Jarnés por esos mismos años planteaba en España. A pesar del triángulo folletinesco que sujeta la trama Adriana Buenos Aires prefigura gran parte de las innovaciones que se mostraron como novedosas en Museo de la novela de la eterna, "primera novela buena" en palabras de Macedonio, por lo cual se puede decir que una sirvió como soporte de la otra.

El protagonista y narrador de la novela mantiene una distancia en el plano enunciativo acerca de sus personajes, que no por ello dejan de arrastrase ante los deseos de éste que configura y domina el mundo narrativo. El relato, así pues, se conforma como un juego que sirve al autor para plantear en una estructura fragmentaria a modo de puzzle cubista otra serie de cuestiones que abarcan desde la filosofía hasta la vida cotidiana y el modo del hacer literario. Adolfo y Adriana, amantes que protagonizan, si es que existen protagonistas, la acción, son entes de ficción que alcanzan la categoría de parodia por medio de un humorismo sutil que cuestiona la sociedad burguesa. Desencadenante del absurdo es la pasión que el narrador, Eduardo de Alto, siente por Adriana, metáfora de la forma de cómo el hombre fracasa en la vida : "La vida es una partida perdida", dirá, y que conduce a un paroxismo crítico de la realidad cuando la acción regresa a su propio absurdo

Relato que avanza buena parte de los usos narrativos que caracterizarán la segunda vanguardia, Adriana Buenos Aires es un libro para curiosos, una rareza literaria que no significa un libro de goce, pero que sí enseña sobre el modo de construir un extraño artefacto artístico que se aleja de la novela anodina y clásica a la que últimamente estamos tan acostumbrados. Una literatura diferente que ya se hacía en los años veinte y que hoy sigue estando por delante ante la caída de los viejos mitos, las ideologías y la renovación que parecen imposibles. Tal vez una novela necesaria en su día para justificar la trayectoria de las letras latinoamericanas de este siglo y cuya recuperación hace justicia en el mercado español.

Luis Veres


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