MARACAIBO:
PALABRA Y POÉTICA

Berta Vega
Escuela de Letras, Facultad de Humanidades y Educación
La Universidad del Zulia, Ziruma, Maracaibo



Diciembre, 1997

PRIMERA

Era una ciudad amable la que nos recibió y el calor apenas amaneciendo. Colores nuevos, variaciones imprevistas, jamás soñadas; un asalto de luz entreverada. Un espacio desconocido ante los ojos, una sonoridad diferente, otra música. El mismo sol, pero otro: siempre resplandeciente, sin tregua.

Por momentos abigarrada entre tanta palabra-fruta extraña junto con sus olores. Era la guayaba, su olor, su múltiple señal etérea: guanábana voluptuosa, defendiéndose con sus lanzas: chirimoya, un juego para comer y saber del perfume; patilla, agua roja tan pesada y preñada de ojos negros; zapote, tan misterioso, tan carne de perfume huidizo; manzanita, pequeña y acidita; lechosa y mil semillas resbaladizas; mango, miel dorada que cuelga de los árboles; guineo, plátano, cambur, tamaño y sabor en la confusión de la variedad; níspero, color innombrable para contener la más dulce y pegajosa de las carnes.

Era preciso, por supuesto, tocar la ciudad. Irla metiendo en nuestro cuerpo. Lo que no se sabía entonces consistía en la certeza, que tenemos hoy, de que ella misma tomó la decisión de invadirnos. Invasión múltiple, desconcertante a veces. Sin embargo, mucho antes y en el tiempo en donde las imágenes penetran los sentidos para construir cada historia personal, esta ciudad fue nuestra, formó nuestro cuerpo en su lento alzamiento y el paso vacilante: registros gráficos por Haticos, lugar de Compañías, lugar de casas de Compañías, y hombres y mujeres de tierras lejanas. Pero esa es otra historia, con un líquido espeso y oscuro. Otra vida.

Es posible, por consiguiente, que ese suceso real haya sido no el de la invasión, sino el de la recuperación. Una gran diferencia, distancia infinita. Aunque ambas acciones requieren de la fuerza, se invade lo que no nos pertenece, se recupera lo que era nuestro. Se recupera en el reencuentro de la luz, de las voces, de los olores, de los tactos, del gusto, de la piel que quema. Y, fundamentalmente, de la palabra.

Lugar indefinible del hombre, sustantivo mayor, saber del común y discusión permanente del conocimiento. "Vay pues, y me váis a decir que no sabéis qué es una palabra. Me váis a venir con eso. Y eso no es lo que vos estudiáis; casi nada. Pero bueno, por si acaso, porque vos sois loca, te lo voy a decir, lo de la palabra, a ver si aprendéis, porque vos con esa cara no parecéis... Bueno, tenéis que entender que eso es con lo que hablamos, las palabras con eso hablamos..."

Y un paso tras otro para el hacer del sonido que construye el cuerpo. Más tarde, y por qué no, otro sonido para jugar y hacerlo nuestro. En un espacio tan distinto y tan parecido: tan llano, tan inmenso en nuestros ojos, que el horizonte era una línea dorada y un olor seco. Entre piedras de castillos derruidos, dando cuenta de su nombre, transcurre el aprendizaje del origen del sonido; en el mismo lugar de su nacimiento, un aire de muchos pueblos se fue quedando en nuestra piel. Luego la recuperación. La decisión: retomar la palabra de la casa, de la casa grande que somos, del espacio decisivo del cuerpo.

Y dónde está la casa que me habita, dónde el sueño del rincón tranquilo, para saber de sus esquinas, de sus paredes, sus techos y ventanas. Y las otras casas, dónde espacian sus fragancias. Cuál la ciudad franqueable para recorrerla y descubrir sus pensamientos. Fuera de mí es mi casa, el mundo imaginario que habito. Toda la ciudad es, entonces, imaginaria, duermevela de los sentidos, pretexto sin fin entre el asfalto y el polvo. Pero la casa-ciudad requiere mi cuerpo, mi presencia actuante, dispuesta, decisiva: la casa primera para encontrar el gesto, el paso preciso. Y la casa es errancia, fruto del cual dispone el viento.

Porque esta ciudad, esta casa, es una decisión de una mañana con recreo, en el centro de un coro de voces. Y el sol, esplendoroso. Mientras la voz de los otros volvía espiral el aire y un movimiento vacilante sintonizaba un canal dormido de la memoria, se reconstruyó el cuerpo con el sonido propio de la ciudad. Desde entonces, el otro cuerpo y su voz viven conmigo, por la piel de otros aromas y otros climas. Una decisión, un canto que no se sabe dónde conduce. Quizá ese sea el reto, el gusto, el placer de un camino cuyo final es múltiple en explicaciones, aunque lo presiente, lo busca y no lo deja reposar.

Palabra, invasión, recuperación: lugar del nombre y de las acciones. Reencuentro de la sustancia y la actuación, del ser y del movimiento para entender que todas las acciones son posibles. Y así desde las palabra qué puede importar ya si es invasión o recuperación. De todas formas el recuperar necesita del invadir, que no de manera inversa.

Palabra nuestra es aquélla que es suceptible de ser de los otros, de jugar con el tiempo y permanecer en nuestra memoria, mientras los otros la hacen diaria y cotidiana. Totalidad rotunda, sin temores, dicha por el placer, por el sueño, por lo que al ser humano le venga en gana. Ella, pero más que ella misma: palabra grande, pequeña, mediana, palabra que pronunciada dice más que lo que sus partes dicen. He allí su misterio, su rotundidad.

Palabra del tiempo, palabra para el transcurso del tiempo, para que en ella vaya quedando toda historia, a veces en una pequeña letra, en un mínimo giro imprevisto: palabra que nos dice del ser humano que fue, de aquél que soñó con este hoy, futuro para él, y quedó allí, prendido en alguna parte de la palabra cuando se desliza por la ciudad. Volver a ser en la palabra de otro que no sabe de él, de ese otro cuerpo. De otra historia viva.

Palabra-Polimnia, mil cantos una y otra vez para el ser humano, ese que se inventó a los dioses para que fueran ellos los dueños del arte del cielo, del arte de lo más alto: un infinito poblado de incógnitas, brillantes galaxias siempre inalcanzables. Palabra-Musa, dueña y señora del canto y de la danza y del número de la excelencia. Y siempre hija de la memoria: algo queda de los cantos en la palabra, una y otra vez inventados en cualquier parte del ser humano.

Y es el poeta el dueño de la palabra-polimnia, como cuando Ramón Palomares (1985, 183) ha de meterla en el pecho, espacio del corazón, y darle de comer "Y que te quedaras allí". Vuela pájaro cansado, la palabra, y renace en el corazón, entre la risa y el llanto: entre la vida, memoria del agua, memoria del tiempo que fluye, sonora memoria del agua que fluye, siempre la misma y otra. Sencilla palabra del poeta que canta, que habla, pero por sencilla no menos importante, no menos profunda. Digo sencilla por natural y espontánea, sin artificio ni ostentación, por ser ella singular, rotunda y múltiple.

Pájaro-palabra no solamente porque vuela, sino, y también, por el aire cualidad del viaje, transporte plácido unas veces y tormentoso otras. Aire para la palabra durante el cuerpo y fuera del cuerpo para el mundo. Aire celeste... "Mi alma... mi arma... miarma". Aire para proferir la palabra y al proferirla, aire para sostenerse durante el viaje de la espiral del sonido. Y al final y mientras viaja, irse deshaciendo en lento vuelo.

Aire meditabundo, aire que medita, el de la palabra polimnia, sin más atributos que su pensamiento, su reflexión sobre el mundo, mientras mira al poeta hasta que éste se da cuenta y dice "Venís a consolarme/ Vos que siempre estuviste para consolar" (Palomares, 1985, 183). Porque el canto, los mil cantos del ser humano, es para el descanso y el alivio de la fatiga y la pena del saber del mundo, como la fatiga y el canto que transcurre entre Sancho y Don Quijote; pero también para la alegría del saber, que es siempre descubrir lo grandes y pequeños que somos.

Grandes y pequeños en la palabra que acompaña al río, mientras imita su sonido. Palabra que preside el arte de imitar, reproduciendo los parecidos y conteniendo las diferencias. Muchos himnos, muchos cantos, dando cuenta de lo parecido y lo diferente: palabras para decir y representar todas las historias, las miradas del tiempo, las perspectivas múltiples del cuerpo del ser humano, del cuerpo del mundo durante los claros y los oscuros, y el estallido del color.

Palabra para jugar con un "tin marín de dos pingüé", cuando "al pasar la barca me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero", porque "en Pamplona hay una plaza, en la plaza una casa, en la casa una escoba, en la escoba una estaca..."; o también "ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras: por el mar corre la ardilla, por el monte el pez espada...". Retahílas, burletas, cantares y cuentos de nunca acabar: maneras de las palabras que juegan entre la infancia, hilando para siempre el cuerpo alado del niño que somos. Conexión esencial en el retozo del sonido del aire con los objetos del mundo: el juego de la risa, la alegría del sonido, entre saltos, carreras y mariposas del día. Un trabalenguas para toda la vida.

Palabra fuego para el resplandor de cada boca, de cada lengua en movimiento: transformación incesante del verbo. Nacer y morir en el fuego, sin cenizas que diluyan los cuerpos. Permanencia de las formas, las cuales, más que desaparecer, se ocultan y decantan para ser recreadas incansables. Fuego como el agua, como el agua que pasa y va quedando para el frescor; fuego como el aire para la brisa de las tardes, cuando el amigo conversa y un barco, de no sé dónde, transcurre. Palabra por el calor del aliento de los otros, pero también por la luz, transparencia del aire mientras vibra ante el sonido.

Palabra como si dijera canto, y entonces música o inicio después del caos, sustancia inicial, nombre primero del universo cuando, entre armonías, verbalizamos los elementos para el nacer y durante el grito, canto primigenio, un orden nuevo surge del ritmo, una y otra vez incansable. Y limitamos la extensión del espacio y la duración de los fenómenos, dándole nombre a los objetos sensibles. Cuántas veces mil ritmos se suceden ligando todas las cosas: ritmo del corazón, como de la casa, como del cuerpo, ritmo del mundo y del universo.

Inevitable juglar nos viene la palabra, cantando, y en el cantar hilando nuestro cuerpo con el tiempo y un lugar tras otro: arco iris del tiempo y del lugar con los cuales brota, desde la unidad, la diversidad para los resplandores de la palabra. Palabra espíritu que vuela y construye las reuniones de los hombres, canto para el lugar y el tiempo de cada ser humano, siempre uno y diverso. Porque la palabra es el lugar del sentido de un pueblo, su arte para las diferencias del espíritu, su música para estar en el mundo y ser el mundo.

Regresar al poeta canto, al poeta mientras vibra el sonido desde la palabra, para que el tiempo y el lugar sean memoria definitiva del instante de la vida: aurora para la belleza del amanecer, ocaso por la hermosura arcana de la llegada de la noche y, entre ambas, el ser humano de cualquier parte, lugar y tiempo haciendo su música inevitable de siglos, su danza leve y memoriosa. Y así reconocer el cantar entre otros cantares, mientras los sueños no nos olviden durante el viaje al interior de la casa.

    


SEGUNDA

Desde las palabras la ciudad se piensa a sí misma: a) cada ciudad de cada voz es una y la otra, presente y pasado, significativa hoy porque es ayer; b) la ciudad ideal es siempre aquélla que se perdió en el tiempo, sueño entonces; c) la lengua que habla es el lugar de encuentro de la ciudad, actualización del sueño de la ciudad.

La palabra tejedora hila la ciudad con transparentes, pero fuertes, hilos para no asfixiarla. Sabiduría propia de aquél que conoce el paso del tiempo: no es sino palabra, música y danza y puesta en escena de una vida. Acto originario, entonces, en la evocación del sujeto que habla y describe, sabiendo que representa, en lo evocado, lo que fue y produciendo en el que escucha esa alegoría perdida, diluida en el tiempo, de las palabras.

Unidad auditiva para una estética sonora en memoria oral desplegándose en la trama narrativa: vuelta y salto, vuelta y salto, en giros espiral trenzando, mientras anudan (causa y efecto, hasta dejar de serlo), los hechos y las palabras. Imaginario sonoro penetrando las páginas de la más elaborada producción del género discursivo secundario (Bajtin, 1982); música danzarina y juguetona entre las palabras impresas en el imaginario escrito latinoamericano: Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Scorza, Bryce, Asturias, Macedonio Fernández, Borges, Elizondo, Roa Bastos, Nazoa y todos los demás. "Nonada. Los tiros que usted ha oído han sido no de pelea de hombre, Dios nos asista. Apunté a un árbol, en el corral, en el fondo del barranco. Para estar en forma. Todos los días lo hago, me gusta; desde apenas en mi mocedad. Entonces, fueron a llamarme." (Guimaraes Rosa, 1975, 13).

Unidad visual en la sonora descripción de los hechos y las palabras: calles reconstruidas en su disposición sonora, ciudad que se levanta entre el color de la casa, su tamaño, la gente que la habitaba o habita, la casa que estaba antes, las costumbres que la envolvían con sus gentes; y los pájaros.

Lo dulce de las palabras en el recuerdo, comprensión de la muerte, pero también del residuo, de la huella de las palabras: modelo de existencia histórica y de destino, su ser como verdad. Porque el residuo es lo que permanece después de la muerte, y su duración, su permanencia, está, precisamente, en su debilidad, no en su fuerza, siendo el lenguaje la relación de todas las relaciones. Por eso y siguiendo a Amado Alonso (1977, 32-34), pero extendiéndolo un poco, toda realidad representada tiene un oficio metafórico, lo cual implica "...servir de expresión a un sentimiento que en sí es inefable...", aunque sea con las palabras más simples, con esas de uso diario, o justamente, por ser de uso diario. Porque "Hallar el sentido poético de una realidad, de un algo, es organizarlo, construirlo, formarlo, dar con la ley de coherencia que le haga portador de ese sentido buscado."

Y te oigo cuando entretejo tu palabra y la mía, mientras te escribo en otro orden que no es el tuyo (pero que también, ahora), en tanto trato de describir alguna de las posibilidades de la palabra en la unidad y la diversidad. La conversación de tu palabra y la mía es, en consecuencia, la ensoñación, una erótica para la palabra.

En las palabras, en la ciudad y su tiempo, está elaborado el pensamiento mientras habla y dice su vida, su expresión; mundo interior y exterior trenzado: entre impresiones, noticias, experiencias e intenciones, selecciona las que tienen significación para él, mientras deja la otras, para provocar en un hilo inacabable otras impresiones...

Ese regusto por la palabra que dice y canta cuando construye la ciudad que habita en su memoria: el sueño del instante de la vida, estallando. Y permanece habitando en la palabra, rincón del corazón.


TERCERA

"...yo tejo, yo tejo eso es que la tejo, tejo la música haciendo la letra, yo tejo la música... yo digo por ejemplo una palabra, por ejemplo, yo, yo quiero decir... vamos a ver... ya vamos a ver...yo no ponía en cuenta esto yo lo que me interesaba era lo que decía la palabra..." ( Alfonso Ruíz, 1988).

Tejes desde siempre Homero incansable, con la sabiduría propia de quien perdió los ojos de tanta palabra en el tiempo. Uno buscando y tú siempre allí, en tu lugar, espacio vencedor de batallas, en esa agitación interior del ánimo: hablando. Tejes con la urdimbre de los hechos y la trama de la palabra, mientras la buscas. Dicha una palabra desde la percepción de un niño que pasa y una voz de muchacha llamándolo (el hecho), la palabra (la trama) sale sin temor bailando; y en el tejer, un interín silencioso del que cavila y crea: titubeo, repetición y búsqueda, para corregir y componer en el telar de tu voz sonora formas inmemoriales donde primero es palabra y luego música.

Porque la ciudad de Alfonso es la voz que lo dice, la voz que lo va contando mientras sus manos aletean. La ciudad de Alfonso ya no existe, murió lenta con el paso de los hombres. Pero de la ciudad de Alfonso queda su habla, oralidad múltiple en sus pasos, oralidad múltiple del recuerdo, de la memoria deshilándose entre el tiempo. Y se va haciendo leyenda, cuento que quién sabe si será verdad, pero a mí me lo contaron, como tienen que ser todos los cuentos. Como si la ciudad de Alfonso fuera la ficción de un ser de más allá del tiempo.

De la ciudad de Alfonso apenas algunas calles, algunas edificaciones, alguna que otra disposición del tiempo. Más bien, disposición de la memoria. Todo volátil, pasajero, carne fácil para el depredador. La otra ciudad, la de Alfonso, subterránea siempre por la humildad emocionada de su canto. De la ciudad de Alfonso las palabras de algunos viejos, los recuerdos brillantes en la lágrima que no termina de caer. Ciudad sintagma sonoro en su realización del mundo: pueblo que habla y espera, desde siempre, ser escuchado para ser paradigma.

LITERATURA CITADA


MARACAIBO: PALABRA Y POETICA (Maracaibo: word and poetics). Vega, B. La Universidad del Zulia.

En este trabajo las ideas fluyen desde la palabra para rememorar, mientras se entrelazan, el texto oral de Alfonso Ruíz en mi reflexión escrita acerca del mismo. La esencia de esa evocación se constituye en el respeto y el goce de la palabra; en la palabra y su transcurso como portadora de conocimiento y de una visión histórica propia. Reconocimiento en la palabra diaria, esa que vuela y construye la reuniones de los hombres. Palabra como lugar y tiempo de cada ser humano, siempre uno y diverso. Palabra como memoria incansable anudando pasado y presente. Palabra como unidad visual en la sonora descripción de los hechos. Palabra reconstructora de los objetos sensibles, aquéllos perdidos en el pasado y de cuya existencia sólo quedan rastros, actualizándose en el acto de la palabra. Palabra como unidad auditiva para una estética sonora en memoria oral desplegada en la trama narrativa diaria. Palabra residuo, un viaje al interior de lo que fue y aún somos en la lengua de la ciudad: Palabra de Maracaibo.

Berta Vega



© Berta Vega 1998
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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