REPORTAJE

CONGRESO EN LA UCM


"LOS SIGNIFICADOS
DEL 98"


¿VIVE LA UNIVERSIDAD?


Javier Ochoa Hidalgo
Ldo. CC. Información (UCM)


 

Muchos asociarán la idea de un congreso académico con la imagen de una sala pequeña y medio vacía, en la que un profesor o un doctorando que tratan de aportar méritos a su carrera universitaria leen con mayor o menor gracia, pero casi siempre al pie de la letra y sin levantar la vista del papel, un trabajo de trascendencia limitada ante una audiencia desatenta que a menudo va desapareciendo antes de que concluya la sesión, observada con tristeza o cara de circunstancias por el presidente de la misma y con franca inquietud por el ponente que espera sentado a que llegue su turno. Organizadores y público deben además arrostrar otros peligros: por ejemplo, que no se presente la estrella elegida para inaugurar el evento, normalmente un académico o personaje ‘famoso’ que ese día tiene la desgracia de caer enfermo. O que abunden esos espectadores que saltan como un muelle cuando se abre el turno de preguntas, agotándolo ellos solos con una intervención interminable y de propósito nebuloso que provoca la desesperación poco disimulada del resto de la concurrencia. El congreso internacional "Los significados del 98", que acaba de celebrarse en la Universidad Complutense de Madrid (días 21, 22 y 23 de octubre), poco tiene que ver con este cuadro patético o grotesco. Se trataba de un proyecto ambicioso: reunir a casi un centenar de especialistas de prestigio para reflexionar sobre los acontecimientos de 1898 y su efecto en la conciencia española de los años posteriores.

 

Los más cáusticos arremeten también contra los congresos de mayor presupuesto, acusándolos de constituir una forma de viajar gratis para una serie de profesores, siempre los mismos, que se reparten el circuito académico saltando de conferencia en conferencia e impidiendo un auténtico enriquecimiento de la comunidad científica. Sin embargo, y aunque resulta difícil determinar los resultados de una reunión de grandes dimensiones, puesto que en su amplitud cabe de todo, en esta conmemoración se han visto numerosos detalles positivos. Entre los participantes ha habido comunicación, interés, debate y hasta chispazos de ironía crítica muy de agradecer. Y los asistentes han podido apreciar, además de trabajos serios y variedad de ideas y enfoques, la experiencia y capacidad de unos cuantos ponentes que conocen la diferencia entre una conferencia y una sesión de lectura: basta mencionar la energía expositiva de Ignacio Sotelo, la amenidad de Andrés Amorós o el humor espléndido de Juan Pablo Fusi, que arrancó risas del público en el acto de clausura. Circunstancias que invitan a reflexionar no sólo sobre las sugerencias que han constituido el contenido del congreso, sino también sobre la realidad y posibilidades de este tipo de acontecimientos en la vida universitaria española.

Una apuesta por la calidad.

La iniciativa partió del Rectorado de la Universidad Complutense de Madrid, que optó por recordar el centenario con un acto único, pero de calidad, que se distinguiera por su trascendencia científica del resto de conmemoraciones que han tenido lugar a lo largo del año. Como presidente fue designado Octavio Ruiz Manjón-Cabeza, catedrático del departamento de Historia Contemporánea de esta universidad, quien comenzó a trabajar en la selección de participantes con una comisión científica compuesta por Andrés Amorós, Francisco Cabrillo, Francisco Calvo Serraller, Antonio Elorza, Antonio Fernández-Rañada y Silvia Hilton. Este equipo ideó la estructura del congreso con la intención de facilitar el debate: dos sesiones diarias de conferencias simultáneas más o menos clasificadas por ámbitos de interés (ciencia, economía, literatura, etc.), y en cada conferencia dos ponencias con un título común pero relativamente amplio: ‘El nacimiento de los intelectuales’; ‘Crisis del Estado-Nación’; ‘Militarismo y antimilitarismo’; ‘Noventayocho y modernismo’, etc. Junto a esto, una mesa redonda cada día con especialistas procedentes de distintas áreas de estudio, y una sesión de comunicaciones (que han sido más de treinta) también clasificadas en apartados: ‘La vida política’, ‘Sociedad y economía’ e "Historia intelectual, ciencia, literatura y arte’.

Entre los participantes han figurado economistas del prestigio de Juan Velarde o Gonzalo Anes (también académico de la historia). Estudiosos de la ciencia como José Luis Peset o José Manuel Sánchez Ron, ambos del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Catedráticos veteranos como Antonio Truyol, de Derecho Internacional, o Miguel Artola, académico de la Historia y ex presidente del Instituto de España. Historiadores como Javier Tusell o Manuel Espadas Burgos, director de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma. Y expertos que han combinado el estudio con el ejercicio de cargos de responsabilidad en la vida pública: Francisco Rubio Llorente, magistrado del Tribunal Constitucional; Jorge de Esteban y Javier Rubio, embajadores, o Jordi Solé Tura, diputado, ex ministro de Cultura y uno de los padres de la Constitución española. El programa completo puede consultarse en Internet, en una dirección en la que también está previsto incluir la prepublicación con los resúmenes de las ponencias: http://www.ucm.es/info/1898ucm/. Octavio Ruiz Manjón señala que "no ha habido en toda España este año un congreso con este número de participantes". Y la ministra de Educación y Cultura, Esperanza Aguirre, felicitó por esta ambición a la Universidad Complutense -que, como puede imaginarse, ha realizado un gasto considerable- en el acto de inauguración, al que asistió en calidad de presidenta de la Comisión Nacional para la Conmemoración de 1898. "Ha habido muchas iniciativas conmemorativas este año", comentó, "pero ninguna me parece tan enriquecedora como la reflexión profunda llevada a cabo en el seno de la Universidad".

Carácter multidisciplinar y participación.

Pero, al margen de las grandes cifras y los discursos protocolarios, la calidad de un congreso depende fundamentalmente del comportamiento de sus ponentes. De los diversos factores que la determinan, Octavio Ruiz Manjón destaca la novedad de los trabajos presentados, preocupación lógica teniendo en cuenta el reciclaje de artículos que se da en el mundo universitario: "Un congreso debe ser un lugar de reflexión original", afirma. "Y las actas constituyen la prueba de que lo que se publica es material nuevo. Aparte de esto, también cuenta la profundidad de los estudios, pero eso depende de los ponentes". Sin embargo, ha habido otro aspecto de este congreso, su carácter multidisciplinar, que tal vez por no resultar muy habitual ha sido especialmente apreciado por algunos participantes. Ruiz Manjón prefiere mostrarse comedido y considerar que el resultado no ha sido extraordinario, pero sí destaca el esfuerzo que ha supuesto reunir a investigadores de muy distintas áreas.

El profesor Fernández-Rañada, físico, lo celebró al comienzo de su intervención en una mesa redonda sobre la España posterior a 1898, advirtiendo que "la Universidad española parece estar disgregada en tribus que no hablan entre sí". Y, significativamente, Carlos Blanco Aguinaga y Serge Salaün, estudiosos de la literatura y por tanto acostumbrados a relacionar el 98 con el consabido grupo de escritores españoles, coinciden en valorar a título personal las conferencias sobre historia de la ciencia como la aportación que más les ha interesado. Pero este carácter multidisciplinar no lo sería si se limitara a la reunión de profesores de facultades distintas, y ha impregnado agradablemente capas más profundas del congreso. Por ejemplo, Javier Tusell daba una conferencia sobre artes plásticas, en vez de sobre historia política, como en él es habitual; catedráticos de unas materias asistían a las ponencias de sus colegas de otras, y en muchas intervenciones se acababa abordando múltiples aspectos de la realidad estudiada. Lo que debería ser una norma es quizás, como advertía Fernández-Rañada, una excepción llamativa.

El profesor Ignacio Sotelo, de la Universidad Libre de Berlín, fue muy crítico con la universidad española actual. Señaló irónicamente que hubiera sido interesante incluir en el congreso una ponencia sobre la universidad de 1898, si no lo impidiera la ausencia de materia. Y a continuación denunció que en muchos aspectos la universidad de hoy es similar a la de entonces. Como ejemplo comentó un experimento que realizó en el curso de una conferencia en la Universidad de Granada. En aquella ocasión se refirió continuamente a un texto de un profesor español amigo suyo, leyendo diversos pasajes en los que ese amigo criticaba la situación de la universidad española. Al final de la conferencia desveló que se trataba de un artículo de Unamuno publicado en 1897, y perfectamente aplicable a la actualidad. "Cuando surge la universidad moderna en el siglo XIX", explica Sotelo, "en España adopta estructuras continuistas, heredadas de la universidad medieval y renacentista, que ya no existen en los restantes países de Europa (y particularmente en Alemania). Frente a la metáfora de Kant, quien habla de ‘islotes de saber en un mar de ignorancia’, en España parece mantenerse la idea tomista de un continente de saber, es decir, de un saber sistematizado que es lo que hay que divulgar". El profesor Sotelo se apasiona progresivamente y su voz, ya de por sí sonora, va cobrando potencia: "Somos el único país en que la ciencia se divide en áreas de estudio. Era lo que Unamuno criticaba ya en ese artículo al que me referí: los conceptos de ‘asignatura’ y de ‘plan de estudios’. ¡La universidad española parte de las asignaturas, no de los problemas! En vez de enseñar a enfrentarse con la realidad, en vez de plantear el saber como un esfuerzo y un objetivo, lo transmite como un cuerpo ya sistematizado y parcelado en ‘asignaturas’. Y eso determina que no se produzca la interconexión de conocimientos".

Por lo demás, puede decirse que la mayoría de los participantes eran historiadores, si bien de distintas áreas: la política, la sociedad, la economía, la ciencia o la literatura. Y a ello puede deberse en gran medida el ambiente de comunicación interdisciplinar que se ha conseguido en algunos momentos. Pero también han contribuido sin duda la formación y el interés personal de unos cuantos ponentes con buenos conocimientos de varias materias, rasgo que siempre ha sido considerado como un buen indicativo de valía intelectual.

En comparación con otros congresos, a los que los ponentes sólo acuden para dar su propia conferencia, en éste la participación ha sido alta. Muchos invitados han sido también asistentes ocasionales e incluso asiduos, y ello ha evitado que cada ponencia constituyera una unidad independiente y aislada, como suele ser habitual. La presencia de congresistas entre la audiencia ha redundado en numerosas alusiones, en el curso de una conferencia o una mesa redonda, a otras ponencias que ya habían tenido lugar, y ha propiciado que esos miembros del público que toman la palabra al abrirse los turnos de intervención se llamen esta vez Juan Pablo Fusi o Joaquim Molas. Fusi casi convirtió sus observaciones a las ponencias de Antonio Elorza y de Borja de Riquer en una nueva ponencia sobre la crisis del Estado-Nación, según señala apreciativamente el propio Elorza. Y el profesor Molas, Premio de las Letras Catalanas de este año, ha sido uno de los asistentes más asiduos y participativos, interesado siempre en complementar las ideas de sus colegas de Madrid con un punto de vista catalán. Por otra parte, es interesante constatar que de las universidades no madrileñas han sido las catalanas, con siete conferenciantes, las que han tenido una mayor representación.

¿Generación del 98?

El consabido conjunto de literatos tradicionalmente conocido por "generación del 98" sólo ha sido en esta ocasión objeto específico de una conferencia, la que dio Pedro Laín Entralgo tras el acto de inauguración. Pero sus supuestos componentes han tenido una presencia constante, en forma de citas, menciones y comentarios, durante los tres días de congreso. Laín Entralgo prefirió no entrar a discutir si es válida la ordenación de la historia mediante generaciones, tal como propuso Ortega, pero afirmó que al menos él sí observaba que ese fenómeno se había producido en un periodo determinado de la historia de España, en el que encontraba cuatro "generaciones": del 80, del 98, del 14 y del 27 ("mal llamada así"), si bien ya no sabría cómo ordenar las generaciones venideras. Estas palabras propiciaron un irónico comentario del hispanista francés Serge Salaün, quien comentó en su ponencia: "El profesor Laín Entralgo observa que existen las ‘generaciones’, pero sólo las encuentra en cincuenta años de la historia de España. No las hay ni antes ni después, y por supuesto tampoco aparecen en Francia, en Inglaterra o en Alemania...".

Laín Entralgo indicó, sin embargo, la impropiedad de llamar generación a un grupo de personas. Según él, los escritores del 98 representaron el común sentir crítico de una parte de la sociedad española del momento, pero para hablar de "generación" del 98 habría que incluir, junto a este grupo de literatos más reformadores o más modernistas, a una serie de intelectuales como Hoyos o Menéndez Pidal y de artistas como Falla, Sorolla, Zuloaga, Rusiñol o Regoyos. También señaló que no existe una relación de causa y efecto entre el desastre del 98 y el grupo de escritores críticos identificado con esa fecha, porque Azorín ya se había referido a ellos en un artículo de 1910 denominándolos "generación de 1896". El posterior cambio de nombre obedecería, por tanto, a razones fundamentalmente publicistas: la fecha 1898 tenía más fuerza. Respecto a posturas como la de García de la Concha, quien niega que los escritores del 98, con sus profundas diferencias, constituyan una generación, Laín Entralgo distinguió: "No existe una generación literaria del 98; sí una generación histórica, que tiene ante España una actitud crítica, de descontento, no por el desastre, sino por los múltiples problemas (analfabetismo, caciquismo, etc.) que afectaban al país". Por último, el profesor hizo otra distinción interesante: "Los hombres del 98 no son pensadores, ni siquiera Unamuno, sino soñadores. Soñaron para España un pasado y un porvenir, y crearon un sueño de España, no un proyecto de España". Como ejemplo citó textos de Azorín, Ganivet, Baroja, Machado, Unamuno y Valle Inclán en los que se parece anteponer el ensueño al triunfo factual. Una observación que trae a la memoria algo que José Antonio Marina ha escrito este mismo año: "Los miembros de la generación del noventa y ocho [son] eximios escritores, pero pensadores políticos erráticos, irracionales, misticoides y detestables".

Interrogado al respecto, Carlos Blanco Aguinaga, de la Universidad de California (La Joya), opina que la afirmación de Laín Entralgo es un disparate. "No se trata, desde luego, de pensadores sistemáticos, pero el Mairena de Machado es una creación de gran hondura filosófica. Y Unamuno, pese a los pasajes insoportables de En torno al casticismo, era una cabeza privilegiada, que encaja en el pensamiento existencialista. Sartre le dedica una nota importante en su Crítica de la razón dialéctica. Quizá el profesor Laín Entralgo estaba pensando en Azorín, que efectivamente divaga y tergiversa el pasado de España a su antojo. Pero no puede decirse lo mismo de Machado". Juan Pablo Fusi, por su parte, señaló en su conferencia que los pensadores españoles de fines del siglo XIX, Ganivet, Unamuno o Costa, son asistemáticos, y que este tipo de intelectual no cambia hasta la irrupción de Ortega, "que es ya un filósofo en un país donde la filosofía había sido casi inexistente".

¿Cuál es, sin embargo, la repercusión real de los escritores del 98, que tanto espacio ocupan en los manuales de literatura españoles, en el resto del mundo? El profesor Blanco Aguinaga afirma tristemente que en Estados Unidos es prácticamente nula. "Pero no porque ellos no la merezcan, sino porque en Estados Unidos nada de la cultura española tiene repercursión. Sólo conocen a Cervantes y a Lorca. Ni siquiera a los miembros de la generación del 27 que residieron y dieron clases allí durante el exilio. Algún especialista en la novela europea del siglo XIX está empezando ahora a leer a Galdós, sin duda uno de los máximos novelistas decimonónicos...".

Serge Salaün, de la Sorbona, denuncia a su vez que "España casi no existe en la historia de la literatura europea. No se estudia a una figura como Valle-Inclán dentro del teatro simbolista, lo que es absurdo". Sin embargo, comenta que Machado siempre ha tenido mucho peso en Francia, y que hay también muchos hispanistas franceses interesados en Unamuno. Precisamente el profesor Salaün dijo de él, en el curso de su interesantísima ponencia sobre la importancia de los espectáculos en la vida cotidiana española de finales del siglo pasado, que "escribía de todo sin saber de nada", refiriéndose a su obra teórica sobre teatro. "Bueno, es verdad", comenta riéndose, "Unamuno tocaba todos los temas y algunos de ellos los desconocía por completo". Un buen pretexto para pedir su opinión sobre la solvencia de los noventayochistas como pensadores. "Sí, Unamuno es un pensador, pero un pensador con las tripas, arrebatado, con mala leche. No es un filósofo. Quizá lo que aporta al pensamiento sean sus contradicciones, la ‘contradicción’ misma, el hecho de decir en un mismo libro primero una cosa y luego la contraria". Pero lo que más le interesa a Salaün es combatir el concepto español de generación, como se desprende de su réplica a Laín Entralgo citada antes, para poder situar a los escritores españoles en su contexto europeo: "En gran medida es falsa esa idea del aislamiento español. A finales del siglo pasado hay un intercambio de influencias entre España y Europa. España está en Europa".

Significados del 98.

El planteamiento del congreso, explícito en su mismo título, ha permitido a los ponentes abarcar un periodo histórico y una variedad temática bastante amplios, aumentando considerablemente el atractivo de un análisis circunscrito a una fecha concreta. Aline Helg, de la Universidad de Texas, ha presentado un interesantísimo trabajo sobre algunos aspectos de la política social que se implantó en Cuba tras la independencia: marginación de los negros cubanos en el mercado de trabajo a favor de los inmigrantes españoles; promoción de formas culturales importadas de Europa y represión violenta de la cultura popular afrocubana; prohibición a los negros de formar un partido propio y masacre de 1912. Santos Juliá ha comparado a los intelectuales de la llamada generación del 98 (Unamuno) con los de la generación que le siguió (Ortega), destacando la preocupación europea y las actitudes primero monárquico-reformistas y después republicano-democráticas de los segundos frente al ensimismamiento castizo y los vaivenes ideológicos de los primeros. Ha habido ponencias sobre los antecedentes de las insurrecciones cubana y filipina, sobre el sistema político de la Restauración, sobre la repercusión del "desastre" en la Hacienda estatal o sobre la respuesta de la prensa de la época. Pero quizás el congreso ha constituido sobre todo un análisis del primer tercio del siglo XX español, realizado desde todas las perspecitvas.

Octavio Ruiz Manjón destaca, no obstante, el éxito de las ponencias y mesas redondas de historia política, por ser probablemente las que han contado con un grado de debate más alto, tanto entre los propios invitados como entre éstos y el público asistente. Algunas de ellas han tenido además un interés añadido por conectar con acontecimientos actuales: singularmente, la sesión de ponencias sobre la "Crisis del Estado-Nación", que se celebraba cuando sólo faltaban tres días para las elecciones del País Vasco (a las que ya se había referido Laín Entralgo en la conferencia inaugural). La selección de los ponentes demostraba en este caso el cuidado puesto por la organización en los detalles: un catedrático catalán, Borja de Riquer, y otro vasco, Antonio Elorza, aunque perteneciente a la Universidad Complutense de Madrid.

Elorza atribuyó a la derrota colonial de 1898 una consecuencia muy concreta de gran trascendencia para el devenir de España: el despegue de los nacionalismos periféricos, movimientos "muy minoritarios que a partir de entonces se presentan como fuerzas políticas a considerar tanto en Cataluña como en el País Vasco". Defendió la tesis de que los nacionalismos catalán y vasco no son resultado de la existencia de unas esencias catalanas y vascas oprimidas por el Estado español, sino del fracaso de unos procesos de integración económica, política, cultural, militar y simbólica que sí se dieron en otros países. "Todo se reduce", explica, "a que en España las cosas funcionaron mal. Si un Estado central funciona, hay integración de los territorios que lo componen; si no, hay movimientos centrífugos. Lo que entró en crisis en 1898 fue una nación ya muy antigua, que en ese momento estaba en proceso de constitución como Estado-Nación. En Francia, por ejemplo, había una situación de diversidad regional muy similar, e incluso más complicada, puesto que existía además el problema de Alsacia. Pero el país marchaba bien y se produjo la integración. Por el contrario, con la pérdida de las últimas colonias, aunque no supusiera ninguna tragedia, el Estado español se deslegitimó, tanto en el interior como frente a Europa. Fue una crisis más simbólica que real".

Jordi Solé Tura, que figuraba entre el público, planteó posteriormente una objeción a la tesis de Elorza durante su intervención en una mesa redonda que se celebró a continuación. Solé Tura destacó la importancia de las diferencias entre esos dos nacionalismos periféricos emergentes. El vasco tenía un carácter foralista, estaba relacionado con el carlismo y su discurso era rupturista. Pero el catalán no buscaba desvincularse de España, sino crear una Cataluña fuerte que tuviera peso en el Estado español e incluso alcanzara el Gobierno central. Unas aspiraciones que no encajarían tan bien en el esquema del profesor Elorza.

Pero, al margen del estudio de los nacionalismos, Elorza tocó también una cuestión que enlaza directamente con otra ponencia, la de Ignacio Sotelo. "En ese momento", explica, "el nexo ejército-sociedad se está consolidando en toda Europa. Inglaterra, Alemania, Francia, incluso Portugal están anexionando territorios. Nosotros, por el contrario, los perdemos, y es a partir de entonces cuando puede hablarse de una tradición anti-militar en España (aunque no se deba exclusivamente al desastre: hay que tener en cuenta, por ejemplo, que eran los más pobres los que hacían el servicio militar, mientras que los ricos se libraban pagando una cantidad al Estado). Esa tradición llega claramente hasta ahora mismo, pues somos el país europeo con mayor número de objetores de conciencia. Como reacción el ejército desarrolló un nacionalismo corporativista muy centrado en sí mismo".

La tesis del profesor Sotelo fue, precisamente, que la principal secuela de la crisis de 1898 fue el estallido de la guerra civil en 1936, a través de la consolidación del ejército africano. Sotelo estableció una conexión entre la pérdida de las colonias, la guerra de Marruecos -que interpreta como un sucedáneo de conquista colonial- y la sublevación del general Franco. "Lo de 1898 no fue desastre", declara. "El verdadero desastre ocurrió en el 36. Y aunque los factores que lo determinaron son muchos, no puede olvidarse que el intento de golpe de Estado partió de Marruecos. Una fecha verdaderamente clave es la del fin de la Restauración: 1923. Desde la perspectiva de los años 20, nadie podía imaginar que fuera a desencadenarse una tragedia como la guerra civil: la llegada de Primo de Rivera despertó expectativas en casi todos, se pensó que iba a restaurar rápidamente el orden y a instaurar nuevamente un régimen parlamentario. Pero lo que instauró fue una dictadura que preludia la de Franco, y hay que destacar el papel que desempeñó el ejército "africanista" en todo esto. El ejército español fue el auténtico humillado en la guerra de Cuba. Echó la culpa a los políticos, pero en el sistema político no cambió nada. La guerra de África le ofreció la posibilidad de recuperar el orgullo perdido".

Son quizá estos dos fenómenos históricos, el despegue de los nacionalismos y la creación del ejército africano, las dos secuelas de mayor trascendencia que se han atribuido al "desastre" colonial. Pero tanto Antonio Elorza como Ignacio Sotelo responden también a una cuestión de fondo que ha estado siempre presente en el congreso: los acontecimientos de 1898, ¿constituyeron un verdadero desastre? En esta cuestión se centró una mesa redonda titulada "El 98, crisis social y política", que destacó por el grado de interés y animación que despertó entre los asistentes, realmente infrecuente en una reunión científica de estas características. En primer lugar intervino el profesor Carlos Serrano, de la Sorbona, quien recordó el caso de los soldados españoles que se establecieron en Cuba tras la guerra para ejemplificar la idea central de su exposición: "La valoración de los acontecimientos históricos depende del nivel historiográfico que se adopte". A continuación tomó la palabra Jordi Solé Tura, para quien el 98 representa efectivamente el punto culminante de una crisis profunda de España, cuyos problemas no empezarían a solucionarse hasta la promulgación de la Constitución en 1978.

Pero fue el tercer participante, José María Marco, quien hizo que los asistentes se revolvieran en sus asientos con una intervención de voluntad polémica y en algunos momentos abiertamente provocadora. El profesor Marco sostuvo una visión radicalmente opuesta a la de Jordi Solé Tura. Negó categóricamente que 1898 supusiera un momento crítico de decadencia para España; afirmó que el país no afrontó el cambio de siglo con diferencias sustanciales respecto a los restantes Estados europeos; atribuyó a la megalomanía de los intelectuales españoles la creación de la imagen exageradamente negativa del 98, y salpicó su intervención con comentarios que provocaron murmullos, sonrisas y ganas de que llegara el turno de réplica. Bastan dos botones de muestra: en el terreno cultural, señaló que Echegaray, bestia negra de los escritores del 98, fue en realidad un matemático excelente, un hombre ilustrado, muy al tanto de cuanto se estaba haciendo en Europa en el campo de la ciencia, y un dramaturgo que en 1898 estrenaba con éxito en Nueva York, mientras que Valle Inclán, que tanto le atacó, "no logró estrenar sus obras hasta muchos años después de escritas, y gracias al teatro subvencionado". Y en el terreno político, denunció, volviéndose hacia Solé Tura, que se sentaba a su izquierda, que el PSOE no había sido "un partido demócrata hasta tiempos muy recientes", y que si hubiera querido podría haber utilizado resortes para llegar al Parlamento mucho antes de 1910, año en que lo hizo Pablo Iglesias.

Según el profesor Marco la Historia muestra que España no encaró el cambio de siglo con unos problemas especiales: "En rigor, el problema al que se enfrentan los españoles lo comparten muchos países occidentales: la democratización de un régimen liberal". Y el 98 sería "la elaboración a posteriori", por parte de los intelectuales de la época, de la posición que ellos mismos adoptaron: "oposición radical al sistema e impotencia a la hora de presentar una alternativa válida".

Al margen del debate de esta mesa redonda ha habido bastante coincidencia entre los participantes en el congreso en señalar que los acontecimientos de 1898 no supusieron un auténtico desastre (aparte del naval) ni tuvieron unos efectos inmediatos destacables: la monarquía no cayó, el sistema de la Restauración prosiguió con el turno de partidos y la economía mejoró. Interrogado al respecto, Juan Pablo Fusi asiente, pero señala que la fecha sí es signíficativa en cuanto despertar de una conciencia nacional y una reflexión crítica: "Y exista o no una ‘generación’ del 98", añade, "lo cierto es que llevamos cien años hablando de ella". En términos muy parecidos se expresa Octavio Ruiz Manjón: "Si hubo desastre en el 98 fue un desastre militar. Pero la fecha marca muy vivamente la conciencia española y va asociada a una serie de propuestas de modificación".

Y, efectivamente, muchas de las ponencias han querido destacar el periodo de relativa prosperidad que siguió al 98: no sólo mejoró la Hacienda, sino también la ciencia (especialmente la medicina) y la actividad cultural, a la que Fusi dedicó su conferencia de clausura. Para él, "modernismo y 98 supusieron el despertar cultural de España. Ese despertar desembocó muy pronto en una verdadera plenitud. La cultura española de 1900-1931 fue cuando menos una versión discreta de la modernidad europea". Y aunque la guerra civil y la dictadura franquista truncaran luego ese florecimiento cultural, el congreso no ha constituido una conmemoración pesimista. Como señala Ruiz Manjón, "para muchos conferenciantes España refleja hoy el estadio de superación de los problemas de 1898, que están solucionados o en vías de solución". Una idea que también quiso destacar el rector de la Universidad Complutense, Rafael Puyol, en el acto de inauguración: "La España actual poco tiene que ver con la España amarga de los pensadores del 98", dijo. "Es una España con una economía floreciente y una estructura social claramente moderna, perfectamente homologable con los países más prósperos del mundo".

En definitiva, Octavio Ruiz Manjón se muestra satisfecho con el resultado del congreso. Los aspectos organizativos han funcionado bien, lo que ya es importante en una celebración de estas dimensiones, y sólo han faltado tres de los ponentes invitados. Entre ellos, Jon Juaristi, que acababa de ser galardonado con el Premio Nacional de Ensayo. Ruiz Manjón estima también que se han cumplido las expectativas de interés del debate y de aportación de reflexión original. En cuanto a la asistencia, considera que ha sido la normal en una reunión científica. Y lo cierto es que con mínimas excepciones, en parte atribuibles a la descompensación que pueden producir las conferencias simultáneas, los organizadores no han tenido que preocuparse porque las salas estuvieran vacías. Por el contrario, en muchas sesiones han estado casi llenas. Y otro detalle que dice mucho del éxito de una ponencia o mesa redonda: en más de una ocasión los asistentes y participantes hubieran deseado contar con más tiempo para prolongar el periodo de debate. Pero, como dice Ruiz Manjón, "un congreso no termina hasta que no se publican las actas". Hasta entonces, los interesados disponen de un E-mail al que escribir:

1898ucm@eucmax.sim.ucm.es.


© Javier Ochoa Hidalgo 1998
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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