Problemas y disgustos universitarios


Grandeza y decadencia de
la Universidad Complutense


Joaquín de Entrambasaguas

Este documento reproduce los capítulos 17 y 18 de la obra Grandeza y decadencia de la Universidad Complutense, del catedrático D. Joaquín de Entrambasaguas. Fue publicada por primera vez en 1972, posteriormente en 1977 y en 1996.


Fernando el Católico en la Universidad Complutense


Retrato del cardenal Cisneros. Felipe de Bigarny y Fernando del Rincón.1518
C
uando ya, en obras avanzadas los seis Colegios Menores y el Hospital para Estudiantes, creados a un tiempo por el Cardenal, estuvo en Alcalá de Henares, en enero de 1516 el rey Fernando el Católico -ya viudo de la gran reina Isabel, tan protectora de las Humanidades-, quien acompañado de Cisneros visitó su Universidad Complutense, y al llegar al Colegio Mayor de San Ildefonso, sucedió lo siguiente, que cuenta don Vicente de la Fuente con tal garbo histórico que merece reproducirse:

«Salióle a recibir el Rector, que era, a la sazón, Fernando de Balbás, precedido de los Maceros de la Universidad, acompañado del Claustro, Colegio y el estudio. Los ujieres del Rey mandaron a los bedeles bajar las mazas, pues delante del Rey no era lícito presentarse de ese modo. Como era a la puerta de la Universidad, mando el Rey que las alzasen pues aquél era el palacio de las Musas y había que ser galante con ellas.

Todo me parece bien -dijo el Rey a Cisneros, luego que hubo recorrido cátedras y dependencias, y escuchado a varios profesores-; pero se me figura que estas tapias no han de alcanzar la eternidad a que su fundador aspira. Así es -respondió Cisneros-, pero yo soy viejo y he procurado acelerar la obra antes de que me sobrecoja la muerte. Creo poder asegurar que estas paredes de tierra algún día serán de mármol». Y acertó absolutamente, como ya veremos.

«Besó el Rector las manos del Rey -continúa La Fuente- por el distinguido honor que hacía a la Universidad naciente, dándole expresivas gracias, las cuáles repitió Cisneros, añadiendo que se alegraría escuchase el Rey de boca del Rector los adelantos del Estudio. Aceptólo el Monarca y para escucharlo mejor, y honrarle, hizo que se colocara entre él y Cisneros.

«Alargóse la conversación hasta la hora de anochecer, lo cual dio ocasión a un grave disgusto, con que acabó la función aguando la fiesta. Vinieron los pajes del Rey con hachas encendidas para alumbrar a su regreso, y como eran notados por su travesura y petulancia, comenzaron a burlarse de los escolares.

«No eran ni son gente los estudiantes para aguantar mucho, por muy nobles que fueran los pajes y sus padres, y como a las burletas añadían el quemarles el pelo con las hachas, arremetieron contra los malcriados palaciegos, que lo pasaran mal a no haber mediado el conde de Coruña, don Bernardino, emparentado con Cisneros.

«Oyó el Rey la bulla y lo tomó por agravio, como ofensa hecha a su persona en la de sus pajes, aunque no tenía razón pues los insultos venían de éstos y a pesar de su habitual disimulo no pudo menos de increpar a Cisneros, diciendo: -Ved ahí la recompensa de mis bondades. Si cuando atropellaron a la justicia [a la de la Villa de Alcalá, con la que tenían rifirrafes a menudo] se les hubiera castigado a los estudiantes, como era justo, no se propasarían ahora a tales desmanes contra mi familia y en mi presencia.

«Cisneros contestó: -Señor, hasta las hormigas se vuelven contra quien las ofende. Hizo valer además la sumisión de los estudiantes así que les increpó el conde de Coruña, con lo cual el Rey templó su enojo y continuó conversando con mejor semblante.»


Problemas y disgustos universitarios


Escudo del Cardenal Cisneros. Finales del s. XVIINo le faltaron tampoco otros disgustos al gran Cisneros, puesto en marcha el complejo organismo docente del Colegio Mayor de San lldefonso y sus Colegios Menores primeros -familia bien avenida, pero complicada- que constituyeron al fin la Universidad Complutense, que él supo paliar con su aguda inteligencia, su arte didáctico y político, y sobre todo con su bondad innata...

Hubo defecciones de algunos catedráticos, que no comprendían la modestia franciscana, que había animado desde su origen a la Universidad Complutense, y ansiosos de más dinero o esperanzados de conseguir más pronto fama, se trasladaron a otras.

Merece la pena, por lo que revelan de su espíritu universitario, reproducir las palabras de Alvar Gómez de Castro -siguiendo la «vox populi»- al aludir a estos catedráticos, desarraigados del «alma mater» de la Universidad Complutense, autónomamente, cuya suerte no fue en verdad envidiable:

«A Gonzalo le agradó poco Salamanca, donde aún no florecían mucho las Bellas Artes; Alfonso por lo ingrato de la escuela [salmanticense] se hizo agustino; Herrera se vio atacado de lepra... Bartolomé de Castro murió en el mar, al volver a España, cansado de Roma ... ». También nos cuenta, siguiendo el rumor popular, que, al saberlo Cisneros, dijo olímpicamente: «es el Genio Complutense, que venga justamente sus agravios»...

Pero más numerosos y ruidosos fueron los problemas -que no desaparecieron después de muerto el Cardenal en la convivencia de los estudiantes y los muchachos alcalaínos, que parecía reflejo de lo que ya se contó de aquéllos y los nobles pajes del Rey Fernando el Católico. Los estudiantes, en buena parte petulantes y pendencieros, dieron lugar a no pequeños problemas de competencia entre la Universidad y la Villa de Alcalá de Henares, por los fueros de ambas, que hicieron intentar nada menos que trasladar la Universidad Complutense a Madrid -como se hizo desa. fortunadamente siglos después de modo definitivo- y transformarla en Matritense, aunque, al fin, se desistió de ello, incluso por oposicion de la Corte, viniendo al cabo a entenderse unos y otros. Dos anécdotas tradicionales, entre otras vanas, nos dan el clima a que se llegó, en este sentido: una, cuando los estudiantes -incumpliendo las Constituciones Universitarias- evitaron la ejecución de un condenado a la pena capital, que era platero, de Guadalajara... A Cisneros llegó, a través de la justicia alcalaína, y hubo de suavizar una vez más la indignación del Rey con esta frase: «es la espuma de la ebullición escolar que pronto apaciguará sus ardores», pero no faltó quien achacara esta benignidad del Cardenal a que necesitaba al reo para realizar obras de orfebrería religiosa del Colegio Mayor de San lldefonso.

Otra intervención estudiantil, en caso de justicia, fue más grave, cuando la justicia de Alcalá llevaba a ahorcar a un delincuente, y éste tenía ya la cuerda al cuello. Bajo el pretexto de que era a la sazón la Cuaresma, los estudiantes, instigados por uno de ellos, se le arrebataron al verdugo y le acogieron «a sagrado», impidiendo su muerte, lo que, en el fondo, agradaría al alma de Cisneros, quien hubo otra vez de reprender aquella nueva «espuma», sin castigo y disculpando a los autores de tal desmán bajo el pretexto de ser aquel acto propio de la juventud, siempre generosa, y la verdad es que caso análogo, en la justicia universitaria, más bien dedicada a mantener orden en todo el ámbito que le correspondía, no se dio nunca.

Muerto ya Cisneros, los desórdenes de este tipo continuaron más de una vez. El historiador La Fuente nos da este expresivo cuadro de uno de los más significativos:

«Corría el año de 1518, y apenas hacía tres meses que había muerto Cisneros cuando ya estalló otro motín entre estudiantes y vecinos. Cortejaba un joven de Alcalá, llamado Arenillas, a una linda joven que vivía en la Plaza. Pasando por allí un fámulo del Colegio Mayor, llamado Carrillo y pariente de la muchacha, reconvino al galancete por su petulancia y descoco, irritado el joven desenvainó la espada y se arrojó sobre el inerme fámulo, el cual, viéndose apurado, comenzó a gritar «¡Favor al Colegio!», que era el grito escolar.»

«Como en habiendo jarana brotaban estudiantes hasta de las piedras, aparecieron por todas partes, cargando sobre Arenillas, que a su vez gritaba «¡Favor a la Villa!», «¡A mí los vecinos!». Acudieron éstos, trabóse atroz contienda y para mayor conflicto, llegando allá un fraile de la Merced en favor de los estudiantes, se valió del pañuelo en forma de honda y dio con un guijarro tal golpe en el pecho a un armero, llamado Ramírez, que lo dejó muerto en el acto.»

«Llegó en esto el Consejero [o Consiliario del Colegio] Vargas, que iba con caudales a Uceda y metiéndose a caballo en medio de los contendientes, trató de poner paz en nombre del Rey llevando algunas pedradas, como sucede siempre a los mediadores. Vióse tan comprometido que hubo de acogerse a la iglesia de Santa María de donde salió el cura con el Santísimo. A su vista se descubrieron los contendientes y aprovechando la ocasión Vargas y el Rector Carrasco, hicieron retirar éste a los estudiantes y aquél a los vecinos. Mas los de Alcalá quedaron tan exasperados, que amenazaron que, a otro lance como aquél, pegarían fuego a la Universidad»

Es natural que en esta tesitura la Universidad Complutense tratara de abandonar Alcalá de Henares e intentó su traslado a otros lugares, entre ellos, Madrid.

De los tanteos hechos en este sentido y de su resultado, desistiendo del traslado, nos da cuenta, en breve resumen, Alvar Gómez de Castro, según la versión de don Esteban Azaña:

«Con motivo de las continuas y sangrientas quimeras de los ciudadanos complutenses con los escolares, se trató seriamente, por el claustro, de trasladar a otra parte los estudios. Ocasión oportuna prestaban los monjes jeronimianos de Lupiana, prontos a comprar a cualquier precio y condiciones el Colegio-Universidad, que les acomodaba mucho para monasterio de su Orden. Madrid y Guadalajara»... «se disputaban entre sí la honorífica recepción de la Academia. El obispo de Plasencia, hijo del Consejero Vargas, convidaba con gran suma de dinero para que se trasladase a Madrid, su patria, cuyo engrandecimiento preveía con este establecimiento literario. Dio comisión en el claustro al famoso doctor Pedro Ciruelo para que pasase a acordar la traslación con el Senado de Madrid: y hubiérase sin duda verificado, a no ser por la oposición del gobernador Francisco de Prado. Éste hizo presente lo peligroso que sería incorporar al vecindario [a la sazón no mucho mayor que el de Alcalál la gente estudiantina, tan turbulenta por el ímpetu fogoso de la edad, y compuesta de tan diversas provincias y naciones, y que tan odiosa se había hecho a los comarcanos», y concluyó de esta suerte, que por lo visto es lo que hizo más efecto, extrañamente para nosotros:

«Si admitís aquí la Universidad Complutense, cerráis la entrada a los Reyes, que fundarán otra Corte en este país [aún no era Corte Madrid, como es sabido, aunque llevaba barruntos de serio, como lo fue, antes de acabar el siglo, con Felipe II] antes que mezclarse con la gente de Letras [disparate máximo, ya que hemos visto cuánto ayudaron los Reyes a crear la Universidad, como veremos que nunca la abandonaron]. Porque, en realidad, ¿cómo pueden convivir hombres entregados al lujo y a los placeres con los que hacen profesión de templanza y frugalidad?, por cierto, la prudencia de los principios no querrá turbar el sosiego literario con el estrépito palaciego.»

Dejando aparte tan extremados y absolutos juicios de Universidad y de Corte, no podemos considerar que el buen humanista Alvar Gómez de Castro tuviera una visión social perspicaz ni asentada en firmes realidades.

El caso es que la arenga sirvió para que la Universidad Complutense siguiera siéndolo y no Matritense, por las razones aducidas, según él, por el Gobernador de Madrid.

Y desde entonces -sigue el mismo historiador- en fuerza de los recíprocos beneficios y conveniencia mutua, es tal la unión de los ánimos entre los paisanos complutenses y los estudiantes que se cree será eterna su concordia; mayormente después que se han construido tantos edificios y establecimientos, que son tantas prendas e hipotecas de perpetuidad.» Y, efectivamente, tales violencias no se reprodujeron en adelante, por conveniencia de unos y otros, como es natural.


Joaquín de Entrambasaguas
Grandeza y decadencia de la Universidad Complutense
Madrid, Editorial Complutense, 1996, 303 pp.



© Universidad Complutense de Madrid 1996, 1998
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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