DEL PADECER Y
DE LA TRASCENDENCIA

La filosofía poética de María Zambrano

Víctor Bravo
Profesor Titular de la Universidad de los Andes



Por la voluntad poética y filosófica de María Zambrano el idioma, nuestro rudo y dulce español, parece alcanzar esa posibilidad de trascendencia que toda lengua en momentos luminosos, identificándose con el ser, alcanza. Momentos en que la palabra, más allá de la emergencia comunicativa, o en su seno mismo, sacraliza lo real y el ser, en la creación de un ámbito a la vez de ocultación y revelación. Desde la perspectiva abierta por Zambrano, el humano ser, avanzando entre las cegueras del mundo y las aristas de la temporalidad, muestra la sustancia frágil que lo constituye, muestra su intransferible padecer, incluso en su ansia de trascendencia, donde se abre el abismo con los dioses.

Voluntad poética y filosófica: en la obra de Zambrano se realiza una vez más el prodigio del reencuentro entre poesía y filosofía. Regreso a la unidad perdida, extraviada, rota. "Habida en Heráclito, Parménides, Empédocles", y rota a partir de la construcción del edificio filosófico platónico. "Es en Platón -señala Zambrano- donde encontramos entablada la lucha con todo su vigor, entre las dos formas de la palabra, resuelta triunfalmente para el logos del pensamiento filosófico, decidiéndose lo que podríamos llamar "la condenación de la poesía"; inaugurándose en el mundo de occidente, la vida azarosa y como al margen de la ley, de la poesía, su caminar por estrechos senderos, su andar errabundo y a ratos extraviado, su locura creciente, su maldición". Desde Platón es posible contar la historia de "la divergencia entre los dos logos", y gran parte de la obra de Zambrano nos concede los prolegómenos para la posibilidad de esa historia, y nos muestra el camino para el regreso a la unidad, para el regreso a ese universo de intuiciones y hallazgos, sepultado por el formidable edificio platónico: el múltiple universo fundado por los filósofos llamados presocráticos y al que empezamos a regresar como a algo que nos pertenece por entero, como a un logos similar a nuestra contemporaneidad. Sabemos que en Platón esa divergencia se vive de manera atormentada y, desde entonces, el logos filosófico se vivirá como unidad de pensamiento frente al encanto de la irracionalidad del poema. El filósofo, desde la conciencia y desde el resplandor de la sabiduría, verá con horror "el mundo de apariencias a las que se aferra el poeta". El filósofo, desde entonces, sin saber, sin querer escuchar y escucharse que lo lleva de manera intransferible en las entrañas, condena al poeta al andar errante.

Entre los estremecimientos y hecatombes que las culturas irremediablemente sufren, nada quizás sea comparable a esa grieta que pone en cuestión la verdad originaria y que da forma, en occidente, a lo que se ha denominado la modernidad: la "destrucción de lo divino", para emplear las palabras de Zambrano, el inicio de un proceso de secularización, el acceso a la más extrema libertad y a la más extrema soledad del humano ser, la sustitución de los dioses por la Diosa Razón donde el padecer, acaso la condición misma de la existencia, se enmascara y se engaña con los signos imantados del poder. Esa asunción del mundo y el ser, que tiene en Descartes su figura paradigmática, redimensiona la condición de verdad, asume el conocimiento como búsqueda y estrategia de la verdad revelada, crea el método y el discurso categorial: funda la epistemología. En el reino de la razón, filosofía y poesía profundizan su enemistad, y no será sino con la crítica y la negación de "la verdad revelada", con el intenso proceso de desconstrucción categorial que se inicia con Nietzsche e Heidegger, y que en Derrida tendrá uno de sus más extremos y extraordinarios avatares, cuando se cierre la divergencia entre los dos logos y la palabra filosófica regrese a su condición primera de palabra poética. Zambrano señala este paso del logos filosófico: "Y así aparece gracias al más renombrado de los filósofos de este siglo -Heidegger- que le es necesario volverse a la poesía, seguir los lugares del ser por ella señalados y visitados, para recobrarse, sin la certeza de lograrlo tal como lo lograron los presocráticos, en quienes la filosofía no se había desprendido aun de la poesía". Para Zambrano, Heidegger es figura emblemática de esta vieja y nueva condición de logos filosófico y logos poético, pero observa sus antecedentes en el romanticismo ("En el romanticismo, poesía y filosofía se abrazan, llegando a fundirse en algunos momentos, con una furia apasionada"), y en Nietszche. En ese regreso a la unidad de los dos logos, la filosofía toma de la poesía "los lugares del ser por ella señalados", se convierte en reflexión sobre el lenguaje como morada y, en la irradiación misma de los signos, deviene formulación estética, señalamiento de la expresión poética como revelación y ocultación, complejo modo de lo que Zambrano llama la sacralidad del ser.

Así como es posible concebir la poesía a la vez como lenguaje y como trascendencia de lenguaje, es posible pensar el ser como desprendiéndose de sí hacia la trascendencia: el camino fundado por la poesía es el mismo de las ansias del ser.

Zambrano distingue de este modo entre la palabra y el lenguaje, colocando en la primera el ansia de trascendencia y revelación. Así, habla de "la palabra liberada del lenguaje", y señala que "al modo de la semilla se esconde la palabra"; y aun señala: "En lo más alto de la escala de lo viviente se nos muestra la palabra y su semilla". Palabra y lenguaje así delimitados, nos revelan sus diferentes funciones: el lenguaje, en la ceguera del existir, nombra las cosas del mundo; la palabra, su posibilidad poética, funda un ámbito, el presentimiento de una ocultación, la revelación, como secreta experiencia del ser con el instante. "La palabra -dice Zambrano- no necesita del estar envuelta en una relación sino que siempre la suele romper para crear ámbitos ilimitados, horizontes imprevisibles. Al lenguaje le está enconmendado el moverse dentro de la limitación". ¿No es ésta la intuición fundamental de los grandes poetas, de Mallarmé a Octavio Paz, de Novalis a Lezama Lima y Rafael Cadenas?. En el horizonte ilimitado de la palabra el logos filosófico se reencuentra con el logos poético. En este horizonte, lo decíamos, la reflexión filosófica se hace, en Zambrano, reflexión estética: así su decir sobre sobre Valery y Mallarmé, sobre Machado y Neruda, y, sobre todo, su decir sobre Lezama Lima, su igual en la poesía, pues la resurrección por el milagro del poema, tal como lo expresa el poeta cubano, parece identificarse con las metáforas de la esperanza y de la aurora que se desprenden de la reflexión filosófica de Zambrano; así su concepción de la belleza y del poema, así su magistral reflexión sobre el héroe, tal como se expresa en la soledad de los paisajes kafkianos: reflexión estética que no es sino, a la vez, paisaje e interioridad de la condición del ser. ¿No es el ser la razón primera de logos poético y logos filosófico?. Desde esta razón primera se expresa lo que podríamos llamar la condición esencial: el padecer, y, desde el padecimiento, lo real y su forma de precipitarse por la temporalidad; y los signos de trascendencia: los sueños y la creación de lo divino.

EL PADECER.-

La filosofía poética de María Zambrano intenta revelar "la estructura metafísica de la vida humana", a través por lo menos de dos signos contradictorios: el padecer y el trascender. Así dirá en una paradoja incomparable: "El hombre es el ser que padece su propia trascendencia". En esta paradoja el hombre vive con lo otro (el mundo y lo divino) una relación a la vez humana y sacralizada, pues jamás podrá desprenderse del padecer, y jamás abandonará su ansia de trascendencia: el ser como humano, demasiado humano, que funda ámbitos de sacralidad.

El hombre es, de este modo, la fragilidad misma entre las formas atenazantes del mundo. "Pues que estamos depositados en la historia -nos dice la autora- atenazados por la necesidad y sobrecogidos por la muerte". Los hilos de esta fragilidad son la soledad y el abandono, la huida y el exilio, que son experiencias consustanciales con el vivir. El hombre del padecimiento parece guardar analogías con el "hombre lábil", descrito por Paul Ricoeur, el hombre de la finitud y la culpabilidad que incuba, en el seno de su debilidad, la posibilidad misma del mal. "Vivir -dice en este sentido Zambrano- es un trabajo que parece en instantes imposible de cumplir; el trabajo de recorrer la larga procesión de los instantes, de oponer una resistencia al tiempo, resistir al tiempo es la primera acción que requiere el estar vivo". El hombre del padecimiento, sin embargo, parece alejarse del hombre lábil de Ricoeur pues en su debilidad, en vez de colocar el mal coloca la esperanza y la aurora, como metáforas de la trascendencia. Por ello dirá que "la esperanza está en la base de la constitución de la persona"; por ello concebirá el despertar como recurrente metáfora de lo naciente en el vivir; de allí que, frente al inescapable padecer, es posible colocar la más optimista de las metáforas, la de la aurora. Así dirá: "Que inmensa soledad la del que no ha contemplado, ni siquiera por una sola vez, la aurora". Si el hombre, a diferencia del animal y de la planta que encuentran la vida hecha, ha de hacerse su propia vida, entonces el ser ya en si mismo es el padecimiento, "el ansia de ser que el hombre padece". Si el hombre es, fundamentalmente, un ansia, en la tradición heredada de Ortega es la incompletez, la carencia en busca de colmarse. ¿No es esta, mutatis mutandis, la revelación del deseo que encontramos de Freud a Lacan?. ¿No es ésta la más clara expresión del padecer la trascendencia?. El hombre, como ser inacabado que coloca, en la herida de esta incompletez, la razón ontológica de su padecimiento, que se irradia hacia las formas del mundo.

Inacabamiento del ser y el mundo que se expresa, en la filosofía de Zambrano, de manera incomparable, en la metáfora de la ocultación: en ese lugar inacabado del ser y el mundo, en ese lugar de la carencia se coloca el signo del ocultamiento, y, sabemos desde Lezama que todo lo que permanece oculto se sacraliza; la aporía muestra de este modo su esplendor: la carencia, la incompletez, por arte del ocultamiento, se sacraliza, alcanza un signo de plenitud: el padecer se convierte en trascendencia y, la trascendencia, por los caminos del ansia, en padecimiento: "La forma primaria en que la realidad se presenta al hombre -nos dice Zambrano- es la de la completa ocultación, ocultación radical; pero la primera realidad que al hombre se le oculta es él mismo". Ser y realidad, por su condición de ocultamiento, deben ser continuamente interrogados (de allí la necesidad del la conciencia crítica), y deben ser revelados; de allí la conjunción de logos filosófico y logos poético; de allí que las figuras de la visión y la ceguera, tan importantes, por ejemplo, para filósofos como Paul de Man, se encuentran como trasfondo de este discurso. "El que mira -nos dice en este sentido Zambrano- es por lo pronto un ciego que no puede verse a sí mismo". Esa ceguera es también la del lenguaje que nombra las cosas del mundo, de allí el hallazgo de la palabra, a la vez poética y filosófica, que propicie la visión y el asombro en el seno del ocultamiento.

El padecer y el trascender dibujan la figura del hombre que avanza atenazado por la realidad, en el ansia misma del vuelo, por desprenderse del peso de la vida, del peso de la temporalidad, el que nos impone la vida como contracara de la muerte. El ser hecho de tiempo que es, como decir, hecho de la fragilidad de la vida y, en el sentido heideggeriano, para la muerte. "La función primaria del sujeto -nos dice Zambrano- es disponer de tiempo, disponer en el tiempo de lugar adecuado para que las diversas formas de realidad se alojen". Ese "alojamiento" de la realidad se hace visible en la finalidad, de allí que la asunción de lo temporal, desde la noción de la redención en el judeocristianismo hasta la "promesa de felicidad" de la historia, tal como la concibe la modernidad, es una glorificación del futuro; una ceguera sobre la fragilidad del ser en la afirmación del sentido final de la existencia.

LAS TRES VIAS

Es posible decir, con Zambrano, que el hombre ha seguido por lo menos tres vías, en su ansia de trascendencia, para liberarse del peso del tiempo; de ese peso que es la herida misma de la fragilidad.

La primera de esas vías es la valoración el instante, acaso la intuición poética esencial, desde Mallarmé, que se presenta como la superación del peso del tiempo, en el seno de la temporalidad. ¿No es la valoración del instante, en el devenir, lo que le permite a Nietzsche superar el abismo del nihilismo ante la conciencia de la discontinuidad de la vida?. ¿No es la intuición de Holderlin, retomada fervorosamente por Heidegger, de la poesía como fundamento de lo permanente, una valoración del instante poético?. ¿No es ésta la concepción de la poesía que expone Bachelard al pensarla como metafísica instantánea, como intuición del instante?. La valoración del instante, ese ser que tiende a no ser, según la aporía agustiniana, es la refutación misma del tiempo como transcurrir, del tiempo que nos destruye, según palabras de Lezama Lima. Así, en ese ansia de ser, en la resistencia misma ante el tiempo que se precipita, "la vida se busca en el presente, se despierta, sucesivamente, para buscar presentes donde encontrase y producir una forma". En la refutación del tiempo, el instante se hace "unidad cualitativa del tiempo".

La segunda vía es la del sueño, pues por este camino nos escapamos del tiempo para constituirnos en los hechizados, los del viaje por los confines de la vida que es, en un resplandor, "un eterno retroceder y un hundimiento". Por el sueño participamos, podríamos decir, de la cantidad hechizada intuida por Lezama, superamos lo causal, ese desfiladero del vivir que nos proporciona la máscara de un sentido, y vivimos la existencia como la fiesta de la discontinuidad. "En los sueños -señala Zambrano- aparece la vida del hombre en la privación del tiempo". ¿No es la resistencia al tiempo, tenáz y seguramente inútil, una de las secretas razones de toda expresión estética?. Quizás por ello Albert Béguin concibió el romanticismo como una poética del sueño, y los surrealistas consideraron el soñar como experiencia similar a la experiencia poética. Desde el sueño "la ocultación" se vive como revelación y lo causal queda permanentemete refutado por inesperadas formas que se abren al escándalo del absurdo. En su hermosa reflexión sobre esa "otra vida en sombra" que es el soñar, María Zambrano nos habla del "sueño del obstáculo", ese que coloca al ser en un camino abierto hacia un centro que, sin embargo, no puede ser recorrido; refutación de lo causal que sumerge el vivir en una dimensión del absurdo que pertenece a la vida, pero en ocultación. El agrimensor que, desde la aldea no puede recorrer la distancia que lo separa del Castillo, sin una causa aparente, y a pesar de que los demás van y vienen, revela una condición del ser en ocultamiento, señala el obstáculo que refuta al gran dador del sentido, lo causal, y revela un sin sentido del existir.

La tercera vía es la de la construcción (y destrucción) de lo divino. Zambrano se pregunta: "¿Cómo han nacido los dioses y por qué?". "¿Por qué ha habido siempre dioses, de diverso tipo, ciertamente, pero, al fin, dioses?. Pues dondequiera que volvamos

la vista, descubrimos dioses aunque de distintas especies". El hallazgo de Zambrano es asombroso: el hombre no es producto de los dioses sino éstos invención de los hombres, surgidos de una matríz esencial que hace que el hombre tienda espontáneamente hacia la deificación, la matríz que hace del hombre el ser para la trascendencia y que, como sabemos, lo convierte en el único animal que mira al cielo.

Pero entre el hombre y los dioses se crea un abismo, el de la inaccesibilidad de los dioses, quienes sólo abrirán hacia los efímeros el puente del sacrificio, por medio de lo que Kierkegaard llamó el temor y el temblor. Solo una religión del amor hará accesible a los dioses, y eso sólo es posible en la inversión del sacrificio: del sacrificio del hombre al sacrificio de Dios. Pero esa inversión producirá la destrucción de lo divino. Zambrano observa los signos de este proceso de destrucción ya en los presocráticos, así en Heráclito, para quien el universo no es obra de ningún dios, "sino el resultado del fuego central que se alumbra con medida y se extingue con medida"; así también en Lucrecio, para quien, "en el caso de que haya dioses, no se ocupan para nada de los hombres". Ese proceso de destrucción se encontrará después en la pregunta de Job, pues, "la actitud de preguntar supone la aparición de la conciencia", se continuará en la crucifixión, el acto de accesibilidad a lo divino por la muerte misma de Dios, y tendrá uno de sus últimos avatares en la crítica de la verdad en Nietszche, donde Dios sufre su segunda muerte: destrucción de lo divino que dará origen al espectacular proceso de secularización en occidente.

Creación y destrucción de lo divino, como una manifestación de la sacralidad que le es consustancial al ser y que abarca toda la existencia, la íntima estructura metafísica que convierte al ser, como reitera María Zambrano, en el del padecer su propia trascendencia.


© Víctor Bravo 1998
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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