Zárate

LA VISIÓN DE UN MOMENTO
EN EL PROCESO HISTÓRICO DE
LA VENEZUELA DE FINALES DEL SIGLO XIX
O EL NARRADOR QUE HACE LA HISTORIA
A TRAVÉS DE LA FICCIÓN


Javier Meneses Linares



Resumen:
Este trabajo de reflexión histórica recoge resultados de investigaciones llevadas a cabo en un proyecto de Investigación más amplio, que abarca el período comprendido entre 1842-1935 (el proyecto con casi tres años de investigaciones lleva por titulo: La Literatura y el escritor Venezolano, paradigmas de totalidad en la significación de la realidad socio-cultural venezolana); donde nos planteamos el estudio minucioso de esa realidad socio-literaria e histórica del gran proceso creador de la Venezuela de finales de siglo XIX y comienzos del XX. En estas reflexiones partimos del estudio del objeto literario (ZÁRATE), la experiencia vital de su creador (EDUARDO BLANCO) y de un momento del proceso histórico-literario Venezolano (LA GUERRA FEDERALÍSTA Y EL PERÍODO GUZMANCISTA) para llegar a un modelo de globalización sobre o de la concepción de modernidad.



A MANERA DE PRÓLOGO
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Lo difícil es encontrar el punto de partida; ello supone tomar la palabra, parcializarse de cierto modo, en definitiva, elegir. Esta primera muestra de honestidad parece fascinante y es algo a lo cual el escritor y el investigador no pueden ni deben renunciar en la difícil tarea de la investigación.

A partir de los últimos años, los historiadores y los antropólogos han empezado a tener mayor conciencia de la manera como sus etnografías e historias han sido moldeadas a traves de los años por los artificios retóricos y literarios.

De igual manera entre los críticos literarios ha crecido el interés por emplear la teoría antropólogica y los hechos históricos para formular nuevas interpretaciones de los textos que como ZARATE habían sido considerados tradicionalmente como simples relatos históricos-románticos. Todo esto nos ha conducido a una etapa extraordinariamente interdisciplinaria: los críticos literarios leemos más historia y los historiadores están recurriendo cada vez más a la literatura y todos recurrimos a las herramientas y usos que este siglo agonizante nos suministra, las nuevas tecnologías forman y formarán parte de estos cambios.

En el marco de discusiones planteadas en el proyecto, una de las cosas que más poderosamente nos llamaron la atención fue la insatisfacción general producida por las limitaciones de las críticas existentes sobre el dominio Colonial, Post-colonial e Independentista y por otro lado el desconocimiento de un movimiento intelectual que sustento, remedó y acreditó el poderío en todos estos períodos.

A través del orden de los signos, cuya propiedad es organizarse estableciendo leyes, clasificaciones, distribuciones jerárquicas, la ciudad letrada articuló su relación con el Poder, al que sirvió mediante leyes, reglamentos, proclamas, cédulas, propaganda y mediante la ideologización destinada a sustentarlo y a justificarlo... Por encima de todo, inspiró la distancia respecto al común de la sociedad. ( Rama. 1985:3 ).

Hemos dedicado nuestros esfuerzos a repensar y revalorar la experiencia en campos tan diversos como la crítica y la historiografía; y el descontento con las críticas tradicionales y la desvastadora uniformidad que caracteriza a textos de ambos lados de la investigación. Nuestro discurso está dedicado a redireccionar las reflexiones críticas sobre la obra de Eduardo Blanco a través del análisis histórico contemporáneo, trataremos de hacer una crítica articulada con el lenguaje del discurso postcolonial y la vinculación de ésta con la producción novelística como modelo de un proceso histórico-literario que nos conduzca a nuevos caminos de interpretacón de nuestra realidad.

Dentro de la totalidad de la obra de Blanco, ZARATE es solo un fragmento de su discurso, y si vamos a considerarlo altamente significativo se debe precisamente a ese discurso inagural que existe en esa obra, que marca su puesto definitivo en la novelística Venezolana frente a una ilimitada serie de escrituras posibles. Blanco encontró en ZARATE su punto de partida, un relato para todos los enmascaramientos, una novela que permitirá leer lo invariable a través de las diferencias. Blanco descubre en esta novela los distintos trucos que le permiten armar un andamiaje narrativo dentro de una época donde se narra de guerras, caudillos, alzamientos, es decir, un tiempo marcado por tintes sangrientos; baraja posibilidades, teorizando en hacer novela sobre y con la historia. Su palabra se disfraza de verdad recogiendo en su narrativa la interpretación que él tiene de esa realidad que lo rodea, atrás quedará el escritor por imitación.

Eduardo Blanco era un letrado de origen ilustre que a la edad de veinte años era ya oficial del ejercito y edecán del General José Antonio Paéz entre 1860-1861, asociado por su vida y obra a los sectores de mentalidad conservadora, escribe ZÁRATE en 1882 ( después de haber publicado VENEZUELA HEROICA ) durante la administración de Guzman Blanco, es decir, en plena de avanzada del proyecto liberal amarillo, y cuando el país, después de casi un siglo de guerra y revoluciones, parecía estar viviendo la utopía de la Modernidad, al estilo de las más industrializadas y cultas naciones de la época.

En ZARATE se percibe un intento de interpretación de la realidad nacional:

Si radical, en lo político, fue la transformación de Venezuela al separarse de la madre patria, pocas alteraciones en lo privado de sus tradicionales costumbres sufrieron los pueblos americanos de origen español, a pesar de la guerra y de la emancipación de la metrópoli. Largos años después de ser independientes y llevar vida propia, conservaron nuestros padres, y con ellos la generación que les siguió inmediatamente, los usos y costumbres heredados de sus mayores... La revolución había abatido el vetusto edificio de la colonia y sepultado bajo sus escombros el pasado político de la capitanía general de Venezuela; ... pero, no obtante tan violentos como trascendentales cambiamientos, no había alcanzado a desarraigar, en lo privado, las preeminencias sustentadas por tres siglos de perdurable estabilidad, ni logrado penetrar en el santuario del hogar y abatir los ídolos, de oro... (BLANCO 1972 pág 130 ).

La intervención del autor en el desarrollo temático, en las acciones y pensamientos de los personajes es notoria, tanto que a veces lo percibimos como un personaje más. Ironiza, elucubra, y difiere en lo político por igual tanto con el bandolero como con el terrateniente.

La visión histórica y social del autor está dada por la exposición de dos clases sociales, la dominante: Don Carlos, su familia y amigos; la dominada: Santos Zárate, su banda y sus enemigos. Es a través de estas oposiciones que se desarrolla la trama de la novela.

Los personajes centrales, Don Carlos, el terrateniente y Zárate, el bandolero, merecerán por parte del autor un tratamiento especial, podría decirse que heróico. En medio de Don Carlos y Zárate aparecen otros personajes no menos importantes, tal es el caso de Sandalio Bustillón, quien representa el carácter de una clase degradada que quiere adquirir las posiciones sociales que le están vedadas, valiendose de cualquier cosa para lograr su objetivo: pertenecer a la clase dominante aristocrática.

En la novela no podía faltar la admiración que Blanco le profesa a José Antonio Paéz; en el capitulo con el significativo título "La audacia, deslumbrando el valor" se narra la entrevista entre Zárate y Páez : Páez no había cumplido aún los treinta y cinco años; estaba en plenitud de su física pujanza que tanto como su indomable bravura contribuyó a sobreponerlo en las llanuras del Apure a las hordas salvajes que acaudiló por largo tiempo, dominándolas con el esfuerzo material de sus músculos de acero y el ascendiente moral de las repetidas hazañas con que lustró su nombre..."

Eduardo Blanco denuncia sin embargo el ordenamiento jurídico de esa época, que él considera imposibilitado para hacer justicia; pone a través de la ficción al destino y a dios como los justicieros ante todo hombre que esté fuera de orden. Dentro de las disertaciones de carácter histórico y social donde condena el panorama general de la época en que vive oponiéndola a la de la independencia; propone en tono de prédica, el comportamiento que debe tener todo venezolano si pretende ser aceptado por la sociedad.

Esta novela será centro de confluencia de diversas corrientes literarias, que hacen de ella la novela nacional o de asuntos venezolanos más sólidamente lograda, y que, como dice el crítico literario venezolano Oswaldo Larrazabal, "será orientadora de posteriores narraciones de la expresión del pueblo de Venezuela y de sus circunstancias históricas".

Ella nace de la experiencia primera del escritor, conocedor de los desmanes cometidos por el bandido Cisneros (1824), y de su relación belicosa contra la autoridad del Comandante Militar de Venezuela. De esta forma la aparente ficción del bandolero no es más que el manto cubridor del tamiz realista.

Zárate es la novela que recoge los más diversos influjos vanguardistas: no solo por lo realista, sino también costumbrista y romántica.

La literatura venezolana en general, para encontrar su autonomía, no soló tuvo que luchar contra los modos y estilos occidentales, sino contra su estructura y visión heredada de la época emancipadora. Por ello el siglo XIX representa un proceso cuyo desarrollo nos conduce hacia una amplia comprensión del camino que debieron recorrer nuestras letras para encontrarse, pura y limpia, sin accesorios... "Esfuérzate por ser de tu época, no te quedes atrás, porque cuando pretendas alcanzarnos estarás viejo y no podrás correr... los tiranos de ayer eran eternos; los de hoy, sólo duran lo que tarda en despertar el pueblo; los de mañana... ¡ah! ésos no existirán... Nuestro siglo es un muchacho travieso, emprendedor, que corre a saltos, se ríe de todo, hace prodigios en ciencias, artes y política, se desgañita gritando libertad y tira piedras a sus maestros..." (Blanco. 1972: 15 ).

PANORAMA HISTÓRICO-SOCIAL DE LA VENEZUELA DE FINALES DEL XIX.

Venezuela inicia en este período su inclusión al mercado internacional, con la cual comienzan a llegar al país capitales extranjeros que, en menos de una década, logran modificar inusitadamente la vida doméstica y la actividad económica. Se inauguran carreteras, cementerios, redes ferroviarias, acueductos. Se erigen algunos de los edificios más emblemáticos del poder urbano, tales como el Capitolio de Caracas, el Teatro Municipal. Se promulgan cuatro códigos: el comercial, el penal , el militar y el de hacienda. Se establece el matrimonio civil y la educación primaria gratuita y obligatoria. Por otra parte la rutina en las ciudades, sobre todo en Caracas, se agilizan y éstas mismas crecen y se transforman; aparecen teatros, clubes, plazas, las costumbres y la cultura del pasado comienzan a transformarse. Las ideas se discuten libremente, surgen nuevos valores, nuevos modales, nuevos tipos ciudadanos. Muchos de estos adelantos se quedaron solo en la fachada y no llegaron a representar un verdadero desarrollo para el país. Sin embargo, ellos significaban un hecho ineludible: el inicio de un proceso de cancelación del pasado tradicional. Proceso que, por supuesto, provoca sus reacciones en los sectores más apegados a la tradición:

" Estos proyectos debieron enfrentar la realidad de otro proceso histórico, tan de peso como las acciones políticas y militares desplegadas por la elite de la capital para hacer sentir su presencia en la nueva República de Venezuela. Espacialmente el territorio no estaba integrado; coexistían -desde el punto de vista funcional- espacios articulados por economías agroexportadoras, cada uno de ellos con sus sectores económicos relacionados más con el exterior que entre sí o con Caracas; gobiernos provinciales relativamente autónomos que desde el principio se pronunciaron por el establecimiento de un sistema federal: en una palabra, "REGIONES HISTORICAS" dispuestas a hacer respetar su propio proceso, y aun capaces de reasumirlo y de llegar a la amenaza separatista. (Urdaneta 1992:13).

En medio de este contexto, la novela ZARATE puede interpretarse en términos de un contradiscurso de esa modernización urbana de fines del siglo XIX. Ella constituye un esfuerzo ideológico que pugna por promover para el imaginario social, desde los sectores conservadores, un sistema de orden público y privado, estructurado desde el campo como modelo de civilización y cuyas imágenes de la nacionalidad se asimilan a la de nación, fundamentalmente, sobre la figura de la sociedad dominante. En ZARATE, la perpectiva sobre la cual se construye la nación y la identidad nacional está íntimamente asociada a la nostalgia y recuperación del pasado tradicional. En ella la imagen de la nación imaginada se concentra en los signos y simbolos heredados de la cultura y las formas de vida adquiridas durante la colonia.

En ZARATE se tocan dos períodos de la historia venezolana: el período paecista y el período guzmancista, quizás por ese mecanismo que se empleó durante esa época para decir ocultando.

"Al igual que Bustillón y Zaráte, el narrador se disfraza. En su intento de restablecer el orden de las palabras y las cosas incorpora a la escritura el rasgo que define al otro: la capacidad de ocultamiento, el empleo del disfraz" (Silva 1994:417).

Cabe destacar aquí que en este juego ficcional del escritor, en esta dualidad que edifica para el imaginario social, hay una pretendida unidad nacional que el texto quiere imponer. Desde su óptica narrativa, de la modernización guzmancista, podríamos pensar en este mismo orden de ideas, le estuviese diciendo al lector que la nación lo incluye a él tambien y que no es una ficción sino la realidad. "El dominio de Guzmán Blanco representa la conciliación de los intereses antes contrapuestos y la finalización de las luchas civiles que ensangrentaron a Venezuela a lo largo de un extenso período histórico. El llamado Autócrata Civilizador introduce un profundo corte con el pasado, ya que la influencia de los viejos caudillos rurales se ha apagado" (Banko 1990 pág. 197).

Como mecanismo de representación de la nacionalidad, permite al mismo tiempo delimitar los territorios de la identidad que se le asocian, frente a aquellos de los que pretende distinguirse:

En este sentido le correspondió a Antonio Guzman jugar un papel decisivo: debía centralizar el poder del gobierno capitalino, fortalecer a los grupos de la región norcentral a través de ventajosos negocios, controlar a los caudillos regionales y debilitar a las elites regionales en cuanto a su autonomía económica y administrativa. Una vez alcanzadas estas metas, se podría llevar adelante lo que con propiedad se debería denominar el proyecto caraqueño... casi medio siglo que tardó en hacerse efectiva la integración política del territorio nacional constituye un indicador de los complicados vericuetos por los cuales discurría el proceso histórico venezolano en el siglo XIX..." (Urdaneta 1992 : 15 ).


LA HISTORIA DE UNA HISTORIA: EL NARRADOR QUE CUENTA LA HISTORIA

La literatura, en su función social, es edificación, diversión y problematización, pero las dos últimas son, a la hora de narrar, las que imperan, por esto vemos que la imaginación del escritor y el gusto del lector son tentados por el folletín patético y sentimental que en 1830 Francia exporta por todo el mundo; nuestros narradores hacen concesiones al gusto del público con la intención de mantener el interés del lector. Esta complaciencia no se mantiene por mucho tiempo y entra en escena la función problematizadora de la literatura, expresada en la preocupación y formulación de los conflictos políticos y sociales que se agudizan cada vez más.

El escritor del siglo XIX quiere participar en la realidad, aquí donde la crítica a la sociedad es manifiesta de manera drámatica y a veces trágica. Ninguno escapa a esta concepción de patria.

" Vivimos en un siglo en que llorar es una impertinencia; quejarse, una falta de cortesía, y ser pobre, el non plus ultra de las abominaciones humanas... El sentimentalismo ha caído en desuetud, la antigua poesía pierde terreno, lo real está de moda..." (Blanco 1972 : 17).

En una sociedad dominada por la inestabilidad política, como era la sociedad venezolana del siglo XIX, resultaba imposible para los escritores evadir las funciones de diagnóstico, crítica y denuncia en sus obras, pues la escritura era y sigue siendo el instrumento más poderoso al momento de romper con las viejas estructuras y fundar otras. El proyecto Nacional que Germán Carrera Damas aborda, para examinar e interpretar la evolución socio-histórica de Venezuela, constituye un hito tanto dentro de la historia nacional como dentro de la historia literaria, porque recoge los supuestos ideológicos y cuerpos jurídicos que la clase u oligarquía dominante impondría como único orden posible. Libertad y progreso fue la clave de la época, cuya misión es precisamente encubrir todas las relaciones estructurales de la sociedad que la teoría -el liberalismo- podría descubrir. La literatura pasó a ser un acto vital, pero tambien de compromiso; los cuales se sentían responsables de la libertad y el progreso de la sociedad venezolana.


CONCLUSIONES o el difícil arte de armar rompecabezas

Toda obra literaria deviene en una especie de prisma que descompone la escritura aparente de la realidad: en el caso de la producción novelística venezolana de la segunda mitad del siglo XIX destaca, como denominador común, la respuesta que el autor da al entorno socio-histórico, "(...) No olvidemos que entre las personalidades anónimas que se levantaron durante las guerras independentistas, se encontraba Páez, y que quienes echaban abajo las preeminencias sustentadas por tres siglos eran los liberales de Antonio... esto es, la nueva oligarquía crecida a la sombra del Liberalismo Amarillo. Tenemos entonces que el arribista Bustillón representa más a los sectores en ascenso durante el guzmancismo que a los esforzados desconocidos que se convirtieron en héroes durante la Independencia" ( Silva 1994: 419-20).

Como puede verse, detrás de cada personaje se vislumbra un trasfondo histórico-social, un momento político que la literatura capta en sus raíces más profundas, porque su función final no es ya la de comunicar imágenes, sino trascender al signo, a la EXPRESIÓN Y A NUEVAS CREACIONES A PARTIR DE OTRAS.

De conformidad con esas pautas, es en la modernización que se fragua el sistema literario hispanoamericano y su aparición testimonia un largo esfuerzo, viejo de medio siglo, a la búsqueda de esa EXPRESIÓN que por fin conquista una orgullosa y consciente autonomía respecto a las literaturas que le habían dado nacimiento, aunque esta afirmación es sólo parcialmente cierta ya que los más conspicuos representantes de la "modernización" siguieron actuando en política y aun ocupando puestos señalados de liderazgo, pero debe reconocerse, en este proceso, un deslizamiento de la función intelectual que habría de tener importantes repercusiones futuras no solo en Venezuela sino en América Latina.


MARACAIBO, noviembre de 1998.


BIBLIOGRAFIA CONSULTADA.


© Javier Meneses Linares 1998
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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