Jorge Majfud


Jorge Majfud nació en Tacuarembó, Uruguay, en 1969. Descendiente de inmigrantes libaneses y españoles, estudió arquitectura en la Universidad de la República, con la que recorrió cuarenta países en viaje de estudios o de trabajo. Pero su principal vocación ha sido, desde muy temprano, la literatura, a la cual ha dedicado sus mayores esfuerzos. En 1996 publicó la novela "Hacia qué patrias del silencio (memorias de un desaparecido)", Editorial Graffiti de Montevideo y más recientemente el libro de ensayos "Crítica de la pasión pura", en el mismo sello editorial. También ha colaborado con diversas revistas; algunos cuentos suyos como "Todo el peso de la Ley" han sido reproducidos en diarios y en numerosas revistas de Internet. Actualmente trabaja en su próxima novela que espera no publicar antes de los cinco años.



Para Homero, la creatura era un campo de batalla donde confluían fuerzas exteriores de origen divino y contradictorio. Más tarde, Platón inventó la mente y sus divisiones modernas. Ordenó que la razón debía dominar a las pasiones; porque una estaba sobre la otra en rango de virtud y este orden significaba salud y equilibrio. Siglos más tarde, cuando Pedro Abelardo reflexionó sobre ética, no recurrió exclusivamente a los demonios para explicar y justificar a la creatura; heredero cautivo de los griegos, como casi todos, el escolástico prefirió involucrar a la naturaleza también. Esta vez referida a la mente humana. No hace mucho, Freud retomó el modelo platónico de la psiche para desarrollar su filosofía positivista. Solo que ahora el orden de los factores se había invertido y el famoso equilibrio era otro: la salud consiste en liberar al inconsciente de la antigua condena racionalista. Eso sí, con cierta mesura —con una mesura platónica.

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En tiempos arcaicos, todo fenómeno mental pertenecía a la naturaleza exterior: ríos, hombres, fantasmas. Anaxágoras y Heráclito imaginaron una especie de mente universal que llamaron Nous y Logos. (La palabra "logos" también podía significar "discurso" o "pensamiento".) Cuando Platón inventó la mente humana la hizo depositaria de alguno de esos fenómenos. Hasta que llegó Bérkeley y puso todo en ella. Por entonces, para el obispo y para sus seguidores, no sólo los demonios y los fantasmas eran fenómenos mentales; también los árboles y las piedras. Es decir, la física era una rama de la metasicología humana.

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La creatura moderna está tan condicionada por su memoria que los antropólogos, siempre a la procura de la estructura inmanente, deben ir a sociedades más primitivas para simplificar o purificar el problema. Durante todo el siglo XX, cada vez que algún antropólogo procuraba comprender la locura europea, invariablemente se trasladaba a Nueva Guinea o algún sitio semejante. Allá, entre los papúas, se imponía la tarea de estudiar en vida a nuestros supuestos antepasados. (No hace mucho me he tropezado con dos o tres antropólogos en África. Excelentes europeos, dicho sea de paso.) La antropología es una ciencia que pretende estudiar a la creatura humana, física y moralmente. Pero a ninguno de estos estudiosos se le ocurriría quedarse en París estudiando a los parisinos, que todavía son humanos; no, en semejante enredo ¿cómo distinguirían los elementos fundamentales? Aquello que se repite entre los papúas es más fácil de observar, es más fácil de imaginarlo verdadero, auténtico. Y no cuesta nada importarlo al inconsciente del francés más racionalista. —En las ciencias de facto, la metodología recurrente consiste en "buscar las semejanzas". El estudio de la mente y el cuerpo recurre especialmente a los elementos comunes que intervienen en diferentes individuos. Y de esta actividad surgen la medicina, la psicología y la charlatanería.

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Debo reconocer que no sé qué es la muerte; apenas se me ha permitido descubrir su máscara y no sin las emociones que perjudican el entendimiento. Pero si fuese inmortal no tendría ninguna autoridad para hablar de ella; y si bien no tengo ninguna experiencia en morirme, sí la tengo en convivir con la conciencia de ese futuro inexorable.

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Supongo que ante la muerte ni Demócrito ni Lucreciano debieron experimentar angustia alguna. Por lógica, cerebros como los suyos (casi digo "espíritus") deberían registrar este suceso como uno más: con la muerte de un hermano un nuevo orden molecular se ha establecido en el Cosmos, semejante a una piedra que se parte o un árbol que se incendia. Y sin embargo...

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La muerte de una persona célebre o simplemente famosa, conocida como un familiar pero sin serlo, replantea en la creatura el misterio de la desaparición, de la partida, del abandono. Pero sin el dolor irreflexivo que acompaña la muerte de un amigo o de un familiar. Por ello es vivida por el pueblo como una tragedia griega.

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Pero, ¿acaso hay respuestas para la incomprensible muerte? Es decir, ¿acaso hay respuestas para el misterio de la vida? Bien, si alguna respuesta hay, demos por seguro de que las creaturas ya las han explorado después de enfrentarse durante milenios a la misma experiencia. Porque, vaya casualidad, estos seres se vienen muriendo desde hace mucho tiempo, y desde hace casi tanto que se angustian por ello. —Esas instituciones contestatarias son, sin duda, las religiones. Respuestas imprecisas, es cierto. Pero qué más se puede esperar de unos seres precarios e imperfectos que son deglutidos cada día por el insondable abismo? El cuerpo nunca puede negar la muerte; el espíritu, en cambio, aunque equivocado, es el único capaz de semejante osadía. Y es allí donde radica su grandeza. La creatura, ante la vida y la muerte, es un ser dubitativo. Por lo menos en comparación a un tigre o a un rinoceronte. ¿Qué hacer, qué sentir cuando uno de esos pobres seres deciden ser guiados por un determinado credo religioso, delega la responsabilidad de equivocarse a un líder; o, mejor aún, a todo un pueblo y a toda una tradición milenaria? Aún advirtiendo que otros millones de creaturas se guían por credos diferentes y hasta opuestos, al individuo ya no le angustia la idea de equivocarse en soledad. Si Buda, Cristo o Mahoma lo dijeron, ¿qué Juez los condenaría?

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