AQUILES Y LA TORTUGA:
UNA APORIA PARA EL SABER


Angel Madriz
Escuela de Letras
Facultad de Humanidades y Educación
La Universidad del Zulia
Maracaibo-Estado Zulia-Venezuela


 

Cuando nos lanzamos al tormentoso camino de la investigación en procura de un saber más definitivo que aquél que nos ha brindado la condición inicial de la reflexión indagatoria -por ser simples y mortales lectores productivos-, tenemos que enfrentarnos a una incontestable verdad cultural: ¿Qué puede ser digno de investigación? ¿Qué verdad merece ser corroborada por la indagación rigurosa? Escollo que se detiene entre el abismo y la planicie de nuestras necesidades y las necesidades de la realidad que requiere ser verificada. Algo así como dudar y estar seguros de que la verdad sólo puede estar del lado de los que la cuestionan como fenómeno esencial (haciéndole honor a las enseñanzas inolvidables del sabio europeo Karl Popper). Valga entonces decir que asumir el reto de la investigación presupone un enclave que debemos reconocer como el punto de partida para transgredir lo convencional, aceptando el riesgo de la búsqueda y poder entonces proceder a su identificación en el terreno deslindado de la verdad obtenida. Especie de dilema accional que quien investiga debe resolver si desea llegar a la síntesis de su experiencia cultural, intelectual y vivencial. Todo en procura de una actualización de las dudas ejecutando las verdades presupuestas por la ceguera cotidiana. Resolver, en síntesis, el error asumido como verdad absoluta y sistemática, por el procedimiento de un razonamiento enajenante de la ideología respectiva. Pasar a la demostración de que la verdad suele ser tal cuando el hombre a través de sus indagaciones racionales y pasionales demuestre que sólo evidencia es de una realidad abordada y explicada con el lenguaje de la perversión, ese que Descartes cuestionaba por ser piedra de tranca entre el espíritu científico y los prejuicios intuitivos.

Comenzar a investigar es tratar de conocer y demostrar una verdad en el sentido de asombro más auténticamente humano esperanzador. Es despojarse de pretensiones tautológicas, presentes en todo hombre que desea iniciarse en la investigación, como estigma atávico de esa cultura que representa y lo ha representado. Es reconocer que del lado de la oscuridad está la posibilidad de encontrarse con las luminosas carnes de la verdad ajena y en procura de ser reconocida. Ahora bien, para lograrlo debe, quien lo intente, asumir el reto de la verdad amorosa, de lo contrario podría caer derrotado por la inercia de una contradicción insuperable representada por el deseo natural de encontrarse con el hallazgo y la carencia de la visión oportuna que está del lado de los pacientes, humildes y devotos inquisidores. Debe, al mismo tiempo, despojarse de los odios y los miedos al caos y tratar de ordenar lo que la razón de ser existencial, la capacidad creadora, la posibilidad vivencial y la inquietud indagatoria se le muestran como reto constituido en evidencia y esencia en sí. Llegar a eso que tanto hemos retorizado en el devenir de nuestros ejercicios intelectuales: la síntesis del conocimiento a través de un descubrimiento asumido en su exposición más ingenua. Es así como cobra vigencia la perogrullada como punto de partida de la reflexión: lo descubierto, descubierto está y debe por lo tanto ser verificado; primero, a través de un discurso que le es inherente y lo justifica, de lo contrario, descubrimiento evidenciable de error puede resultar y el caos podría ser el elemento expresivo desestabilizador de la dialéctica contenido/forma que orienta a toda investigación. "Práctica científica" al estilo de Marx y Galileo, como nos lo dijo ese viajero incansable de nuestra filosofía: Núñez Tenorio.

Teniendo como premisa importante que la investigación consiste en acercarse de una forma u otra a un estado de la verdad que el hombre identifica en el mundo que le circunda y del cual se apodera, debemos reconocer que tal acercamiento implica, de manera esencial, una acción de amorosa búsqueda y de amorosa existencia. Como decía Bachelard en su libro La formación del espíritu científico: "Un amante puede ser tan paciente como un científico" y por lo tanto vale que su capacidad de acción surge de una necesidad de saber que la ciencia, por lo tanto, está hecha de un potencial ordenador del caos errático y de la responsabilidad que significa resolver todas sus metáforas. Su conciencia oculta tras el legado de las ideologías.

Es el caso de la paradoja de Zenón de Eleas para demostrar que el movimiento es ilusorio desde la ilusión del tiempo. Aceptar que la Tortuga jamás será alcanzada por Aquiles, el de los pies ligeros, significa quedarse en las instancias de un conocimiento meramente ideológico. Defender la paradoja de que la rapidez caerá vencida por la lentitud, es aceptar el razonamiento de un discurso por evidencia cartesiana. Significa obviar la dialéctica reveladora de una verdad elemental por estar fuera del hombre. Sería detenernos en idealismos camuflados por silogismos lógicos, en un intelectualismo teórico parcial e individual, ante los cuales podemos caer derrotados por carencias de amor racional que es el camino del racionalismo cultural e histórico. Valga entonces que Aquiles superará a la Tortuga, porque el cetro del emperador chino vio su fin con el corte definitivo de la razón dialéctica, que no podrá permitir el predominio del pensamiento formal matemático sin reconocer la verdad en su constante devenir, en su ascendente contradicción y en plena búsqueda de la síntesis reductora de la paradoja mediante el procedimiento del pensamiento diverso. Más allá, entonces, de los elementos de la paradoja, estarán la concreción/abstracción, alejadas de una lógica matemática fragmentando la unidad intelectual del ser humano: Aquiles, al final, gana la carrera. Es esta una ilustración para poner de manifiesto el valor de las herramientas del pensamiento integral-dialéctico. Investigar significa llegar al conocimiento con los pertrechos de la imaginación, la historia, la cultura y el riesgo a plantearnos un aporte que al final sea el producto de nuestros deseos por resolvernos en un mundo de metáforas infinitas. Esto, al mismo tiempo, revelará las fuerzas de nuestro amor indagatorio, el potencial de nuestras dudas, el empuje de nuestra razón y las ganas de nuestros discursos. Cuerpo indoblegable de un deseo que el conocimiento construye y verifica.


BIBLIOGRAFIA

1) BLOOM, Harold. La angustia de las influencias. Monte Avila Editores. Caracas, 1991.

2) BACHELARD, Gaston. La formación del espíritu científico. Quinta Edición. Edit. S.XXI. México, 1976.

3) ELIOT, T.S. Función de la crítica. Función de la poesía. Edit. Seix Barral. Madrid, 1974. (Col. Biblioteca Breve).

4) GRAMSCI, Antonio. La formación de los intelectuales. Edit. Grijalbo. México, 1967. (Col. 70).

5) RAMOS SUCRE, José Antonio. Antología. Monte Avila Editores. Caracas, 1990.

6) STEVENS, Wallace. Adagia. Cuadernos de difusión FUNDARTE. Caracas, 1978


© Ángel Madriz 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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