Premio Biblioteca Breve:
cuarenta años después (1958-1998)


El Premio Biblioteca Breve, que se convocó entre 1958 Y 1972, tiene una significación singular en el ámbito de las literaturas hispánicas contemporáneas, y en buena medida definió el papel que respecto a ellas se propuso desempeñar, y en forma efectiva ha desempeñado, Editorial Seix Barral. El 14 de junio de 1958, en Sitges (Barcelona) se fallaba el «primer Premio Biblioteca Breve de novela en lengua española», que tomaba su nombre de la colección Biblioteca Breve, ininterrumpida hasta hoy, y la más característica de Editorial Seix Barral. Los rasgos distintivos de este premio, que lo singularizaban respecto a todos los otros que entonces se fallaban y hoy se fallan en el ámbito hispánico, se desprenden claramente de las declaraciones que, en ocasión de aquel primer veredicto, emitieron los miembros del jurado. Para Víctor Seix, director de la Editorial Seix Barral, «la principal misión del premio es estimular a los escritores jóvenes para que se incorporen al movimiento de renovación de la literatura europea actual». Para el director literario de Seix Barral, Juan Petit, «su principal interés reside en que debe concederse a una obra que por su temática, estilo o contenido represente una innovación». Para el director de la Biblioteca Breve, Carlos Barral, se aspiraba a que la obra premiada «se cuente entre las que delatan una auténtica vocación renovadora o entre las que se presumen adscritas a la problemática literaria y humana estrictamente de nuestro tiempo», ya que «Biblioteca Breve se había propuesto hasta ahora presentar al público de lengua castellana obras representativas de la más moderna narrativa francesa, inglesa, italiana y alemana; a partir de ahora se propone dar paso a lo más nuevo que se hace en España y en Hispanoamérica». Para J. M. Castellet, «el premio de novela Biblioteca Breve debe aspirar a ser un premio que reúna a su alrededor a jóvenes novelistas españoles que, de un modo u otro, se sientan partícipes de la literatura de su tiempo en lo que ésta tiene de renovación y avance dentro de una línea de conciencia social y de responsabilidad histórica». Por último, para José María Valverde, «la iniciativa de este premio tiende a buscar la calidad absoluta en la realización literaria, prescindiendo de toda consideración comercial».

Estas declaraciones, complementarias en todo caso y en gran medida coincidentes, señalan un camino que definió toda la trayectoria del premio. En aquella primera convocatoria, recayó en Las afueras, de Luis Goytisolo, y en la siguiente en Nuevas amistades, de Juan García Hortelano, para quedar desierto en 196o, aunque la obra finalista que obtuvo mayor número de votos fue Encerrados con un solo juguete de Juan Marsé. En 1961, era premiada Dos días de setiembre de J. M. Caballero Bonald. Pero aquel mismo año, por lo demás, Seix Barral se contaba -con otros destacados editores europeos y americanos: Gallimard, Einaudi, Rowohlt, Weidenfeld & Nicolson, McCIelland & Stewart, Meulenhoff, Arcadia, Otava, Bonnier y Gyldendal- entre los impulsores de dos importantes iniciativas que rebasaban el marco lingüístico y cultural hispánico: la creación del Premio Formentor y la del Prix International de Littérature. El Premio Formentor se otorgaba a una novela presentada por alguno de los editores incluidos en el proyecto, que era traducida y publicada simultáneamente por todos los demás; el Prix lnternational de Littérature, por su parte, recompensaba, en su última obra relevante -no forzosamente, y de hecho no fue siempre así, publicada por los editores que patrocinaban el premio- la trayectoria de un autor ya consagrado y de alcance mundial. En las dos primeras ediciones, tales premios se fallaron en Formentor (Mallorca), para tomar luego un carácter itinerante que subrayaba su universalidad y otorgarse en Corfú, Salzburgo y Túnez. El Prix International de Littérature, en su primera edición, recayó ex aequo en Samuel Beckett y Jorge Luis Borges; en la segunda, en Uwe Johnson; en la tercera, en Saul Bellow; y en la cuarta y última (1967), en Witold Gombrowicz. Paralelamente, el Premio Formentor fue concedido a Juan García Hortelano por Tormenta de verano, a Dacia Maraini por Los años turbios, a Jorge Semprún por El largo viaje y a Gisela Elsner por Los enanos gigantes en su última edición (1964); a causa de la situación política española, la segunda y la tercera de tales obras no pudieron ser dadas a conocer en España por Seix Barral, en contra de lo previsto en las bases, en aquel momento.

Al año siguiente de las primeras convocatorias del Premio Formentor y del Prix International de Littérature, el Premio Biblioteca Breve iniciaba una sucesión de tres galardones consecutivos concedidos a autores de Iberoamérica: en 1962 se premiaba La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, primera novela de un autor de veintiséis años de edad; en 1963, Los albañiles, del mexicano Vicente Leñero, y en 1964, otra primera novela, Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, que por razones diversas, entre ellas los problemas con la censura española, no se publicó hasta 1967. A partir de 1964, por otra parte, hubo cambios en la composición del jurado. A causa del fallecimiento de Juan Petit en enero de 1964, reemplazado en la dirección literaria por Gabriel Ferrater, el exilio de José María Valverde en 1967 en Canadá y el fallecimiento de Víctor Seix en octubre de este mismo año, se incorporaron así al jurado, en ediciones sucesivas, nombres como Salvador Clotas, Luis Goytisolo o Juan García Hortelano, También hubo algunas modificaciones en las bases: en homenaje a Juan Petit, durante unos años el premio recibió el nombre de «Premio Biblioteca Breve/Juan Petit», e incluso «Premio Juan Petit», aunque tales modificaciones, homenajes al fallecido director literario, fueron más simbólicas que efectivas. Igualmente, la anómala situación política española motivó, a modo de gesto de respuesta, que, durante algunos años, la convocatoria se abriera a cualquier lengua romance de la península ibérica, y efectivamente concursaron obras en catalán y en portugués (de Portugal y del Brasil), aunque ninguna llegara a obtener el premio. La segunda mitad de los años 60 se caracterizó por la alternancia entre autores españoles e hispanoamericanos, todos ellos conocidos ya por su obra anterior aunque faltos todavía por entonces del reconocimiento último de un premio como el Biblioteca Breve. En 1965, ganó Juan Marsé con Ultimas tardes con Teresa (fue finalista Manuel Puig, con La traición de Rita Hayworth, que no se pudo publicar en España y apareció en Argentina). En 1967 lo obtuvo Carlos Fuentes con Cambio de piel (obra que tampoco se pudo publicar en España y apareció en México; fue finalista José María Guelbenzu con El mercurio); en 1968 recayó en el venezolano Adriano González León con su primera novela (aunque en modo alguno su primer libro), País portátil y en 1969, Juan Benet con Una meditación; con este último premio se cerraba una década brillantísima, con un título que indicaba los caminos de textualismo experimental que iniciaba por entonces la narrativa hispánica.

Hubo un paréntesis, en 1970, año en el que el jurado optó por no adjudicar el premio -al que concurría José Donoso con El obsceno pájaro de la noche ante las disensiones que habían surgido entre los directivos de la editorial acerca de la gestión de ésta, que terminaron en la salida de Carlos Barral. El Premio Biblioteca Breve volvió a otorgarse en 1971 y 1972, alternando una vez más nombres españoles e hispanoamericanos, en una línea que, por caminos diferentes, confirmaba que la innovación característica de la historia del galardón se orientaba hacia la experimentación textual: la autora cubana Nivaria Tejera por Sonámbulo del sol, en 1971 y el escritor español J. Leyva, por La circuncisión del señor solo, en 1972. En 1971 formaban el jurado Luis Goytisolo, Juan Rulfo, Juan Ferraté y Pere Gimferrer, a los que en la convocatoria de 1972 se añadió G. Cabrera Infante. Por otro lado, Seix Barral publicó en 1971 El obsceno pájaro de la noche, la obra que hubiera podido ganar el Premio Biblioteca Breve en 1970 si se hubiese fallado, y que apareció con un texto de solapa firmado por Carlos Barral, a pesar de hallarse éste ya desvinculado de la empresa, a modo de gesto simbólico. Después de 1972, se optó por no volver a convocar, de momento, el premio: la etapa de renovación -de sucesivas renovaciones- en España e Iberoamérica por él auspiciada había dado ya excelentes frutos, su función primordial de airear la narrativa hispánica se había cumplido y podía manifestarse, por entonces, sin necesidad del premio, simplemente manteniéndose en el cauce por él abierto. Con este espíritu, por ejemplo, el 21 de julio de 1973 se firmaba el contrato para una primera novela de Eduardo Mendoza: La verdad sobre el caso Savolta.


El presente texto sobre la historia del Premio Biblioteca Breve ha sido cedido por la editorial Seix Barral para su publicación en Espéculo.


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