Cultura/Ciencia

Erasmo
de Rotterdam

Apotegmas de sabiduría antigua

       


En 1549 dos impresores ambereños sacan a la luz simultáneamente sendas traducciones de los apotegmas erasmistas. Son el Bachiller Francisco de Thámara, catedrático de Cádiz y el Maestro Juan de Jarava, médico; aunque podría decirse, para hablar con propiedad, que más que traductores fueron adaptadores del material facilitado por Erasmo. Formada sobre la colección de Plutarco, principalmente, los apotegmas habían sido la obra de madurez del holandés. Fueron publicados en 1531, es decir, cuatro años después de que Erasmo hubiese sido denunciado ante el tribunal español del Santo Oficio, y al mismo tiempo que un español, Diego Gracián, trabajaba asimismo en la tarea de la nueva versión de Plutarco.

Sin embargo, hasta el índice de Valdés (1555) la obra erasmista circuló libremente en nuestro país, y los apotegmas, en concreto, alcanzaron aún cuatro ediciones más. Plutarco había sido traducido ya por Alfonso de Palencia, de modo muy insatisfactorio, hasta el punto de que como diría Gracián en el prólogo de su versión, más parecían muertes que vidas. En este contexto, la versión castellana de los apotegmas de Erasmo se convertía en excelente opción para tentar el acceso al tesoro de la sabiduría moral de los antiguos griegos.

La versión de Thámara ofrecía la peculiaridad, por otra parte, de haber sabido aislarse del fárrago erudito que consumía a buena parte de los traductores o compiladores del momento. Pero si no cedió a la tentación de la glosa fue, en cambio, poco escrupuloso con el texto, rehaciendo e interpolando cuanto le pareció oportuno, si bien, con enorme franqueza. El propio Thámara prevenía a los lectores de su obra "También quiero avisar que en la interpretación no he seguido tanto la letra, ni la orden del autor, cuanto la brevedad y utilidad. Porque en los dichos y sentencias, yo he dejado algunas que para el tiempo no son tan convenientes, ni tan a propósito dichas". Pero aún si Thámara produjo un nuevo ejemplar de la obra erasmista y no una mera traducción, llegando a producir una especie de palimsesto, como sugiere Morey, no es menos cierto que se mostró atinado y prudente, evitando transformar la colectánea de Erasmo en una poliantea más. En definitiva, este había sido el destino de la sabiduría del humanista, cuyas compilaciones (Adagios, Enchiridion, Símbolos, Enarraciones, etc.) no tardaron en transformarse en eficaces enciclopedias, organizadas en torno a locos communes para provecho de los pseudo-eruditos.

Pero ¿qué esperaban encontrar en estos repertorios los lectores, o más bien los instructores y humanistas de mediados de siglo? Podría advertirse una contradicción entre el interés de estos maestros por los elencos de la sabiduría antigua y su simultanea devoción por los productos populares, los cuentecillos y refranes, desprovistos en principio de interés erudito. Suele mencionarse al respecto la afición a los proverbios de profesores y humanistas como Hernán Núñez y Juan de Mal Lara, que llegaron a pagar en doblones cada nuevo refrán o cuentecillo que los lugareños le repetían. Este material sentencioso, homologable según la enseñanza de Erasmo en sus Adagia donde se equiparan cuentos, fábulas, apotegmas, refranes y sentencias, podía ser utilizado dentro de cualquiera de las partes de la oration o discurso. Funcionaba a modo de ejemplo y cumplía sus funciones: persuadir, deleitar, argumentar, enseñar. Pero además, esas máximas de sabiduría moral e inteligencia práctica resumían, en muchas ocasiones y de modo concreto, lo que muchos y graves autores buscaban explicar en voluminosos tratados. Y si fue el autor de esas elevadas máximas el vulgo ¿cómo no ver en los proverbios las reliquias de la filosofía antigua? Sin necesidad de escuela ni maestro, nuestros antepasados vertieron en esas fórmulas condensadas los principios elementales del sentido común que impulsa a obrar según la naturaleza. En el caso de los apotegmas lo que se proponía a la consideración de los lectores o gramáticos era un modelo humano de sumo interés. El intelecto humano, apoyándose en las columnas de las virtudes morales (especialmente la prudencia, justicia, fortaleza y templanza) es capaz de construir una existencia personal armónica y equilibrada, beata o feliz, y una sociedad justa.

Los dichos de los siete sabios de Grecia, los consejos de Sócrates, el agudo dicterio de Diógenes y su desvergonzada actitud, coreada por la socarronería de los cínicos, junto con la exhortación a la prudencia y la discreción de un Pitágoras, son algunos de los valiosos materiales coleccionados en la obra. A través de estas páginas el lector encontrará el resumen plástico y elocuente de lo filosofía moral griega de la Antigüedad: el desprecio de las vanas apariencias y las opiniones vulgares, la indiferencia ante el dolor e incluso la muerte, la burla de las supersticiones y de toda conducta indigna de la racionalidad, junto con la pasión por la libertad, la virtud, la concordia y el dominio propio.

En cuanto a la edición de Morey, resulta de gran interés la idea de dar a conocer al Erasmo que leyeron en España los menos cultivados, porque no hay que olvidar que los apotegmas de Erasmo se utilizaron, y profusamente, principalmente en latín. De hecho Erasmo era un maestro de estilo. El criterio elegido por Morey también parece adecuado, la modernización parcial del texto que afecta a grafía, acentuación y puntuación, no al régimen gramatical. Se hace así el libro asequible a cualquier público al tiempo que mantiene la sabrosidad del castellano primerizo, recién elevado al estatuto de lengua literaria y científica.

Pilar Vega Rodríguez
Universidad Complutense de Madrid


El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/erasmo.html


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