VEINTE AÑOS NO ES NADA

(NOTAS SOBRE NARRATIVA VENEZOLANA
DEL NOVENTA Y EL OCHENTA)

Juan Carlos Méndez Guédez



al recuerdo de Julio Miranda,
siempre amigo, por sus huellas en la nieve.


Durante 1993 y 1994 se concentraron buena parte de las sorpresas que parecieron insinuar la irrupción de un nuevo conglomerado de voces en el universo de la narrativa venezolana. En 1993 Israel Centeno obtiene con su primer libro: "CALLETANIA" el PREMIO CONAC DE NARRATIVA , Nelson González Leal ganaba el CONCURSO DE CUENTOS DE EL NACIONAL (1), y al año siguiente, este destacado premio recaía otra vez en un autor de los 90(2) como es Luis Felipe Castillo. Es importante destacar que otro novísimo, Marco Tulio Socorro, obtenía en 1994 el Premio Municipal de Narrativa del Distrito Federal, y en 1992, Ricardo Azuaje ganaba el FUNDARTE de Narrativa, abriendo un círculo de expectativas cuyo cierre todavía es hoy bastante difuso.

Centeno, Castillo, y Socorro contaban para la fecha en que obtuvieron estos reconocimientos con apenas un libro publicado, y sólo recientemente Nelson González Leal ha visto publicado su volumen de narraciones UNA PISTA SUTIL (1997). De tal manera que puede afirmarse que con ellos surgía en las letras venezolanas la punta de un iceberg, la señal mínima de un proceso que como insinuábamos en el párrafo anterior, se encuentra en plena gestación y crecimiento.

En tal sentido, es necesario recordar que pese a la desconfianza que inevitablemente despiertan los premios literarios, una de las señales más obvias de las transformaciones ocurridas durante la década de los sesenta fue la concentración de distintos galardones en un grupo determinado de escritores que con el tiempo perfilaron varios de los momentos más luminosos de la historia literaria venezolana. En ese particular, Maritza Jiménez afirma:

" Ya casi finalizando la década (del sesenta), los integrantes de esta nómina heterogénea de autores(3), empiezan a destacar en las premiaciones nacionales, reflejando el desplazamiento generacional que se opera a partir de este período. José Balza recibe el municipal de prosa, por MARZO ANTERIOR; el Pocaterra de Narrativa, corresponde a Rodolfo Izaguirre por ALACRANES, con mención para Adriano González León. El Pocaterra de Poesía corresponde a Francisco Pérez Perdomo por LOS VENENOS FIELES, pero también son mencionados los poemarios de Jesús Sanoja Hernández y Rafael Cadenas." (4)

"Desplazamiento generacional", este es el término clave que nos interesa resaltar pues los años 1993 y 1994 parecieran ser el escenario de un proceso similar al que relata Maritza Jiménez, por lo menos en cuanto a la aparición de nuevos nombres dentro del panorama de la narrativa venezolana.

Si dejamos fuera por unos instantes las valoraciones literarias, en la que por fortuna los premios no tienen un peso verdaderamente sólido, estos dos años desplegaron al menos la evidencia de que un nuevo coro de voces comenzaba a reclamar un espacio propio en el universo de la cuentística y la novelística del país.(5)


AQUELLOS AÑOS 80

Pero son las obras aparecidas durante esta década y la década anterior las que pretenden ser el foco de atención de estas páginas. Dando por sentado que nuevas voces pretenden inscribirse en el flujo de la narrativa venezolana más reciente, resulta necesario aproximarse a ellas como un todo, para atisbar las señales de identidad que puedan ofrecernos y entender así la geografía de los mundos textuales que nos proponen.

Ya desde su nacimiento esta tarea puede resultar temeraria o estéril para buena parte de la crítica venezolana pues como bien apunta Antonio López Ortega:

" Para nadie es un secreto que la crítica ha sido amplia a la hora de acoger los signos de la década convulsa- nos referimos evidentemente a los años 60- y no así a la hora de encarar estudios sobre obras publicadas posteriormente... Las buenas conciencias dirán que la mariposa no puede acercarse a la fogata puesto que se consume en su revoloteo; que es más seguro sobrevolar las cenizas para delinear con exactitud la intensidad del fuego."(6)

El problema también puede ser entendido con más crudeza. Cierto sector de los escritores de esa década convulsa dominan el panorama académico y cultural del país por lo cual los discursos de la disidencia de aquel tiempo son ahora "discursos oficiales", historias preestablecidas de la literatura nacional en la que todo proceso, todo esplendor, parece condensarse y obtener sus únicas explicaciones tan sólo a partir de los años sesenta.

Sin embargo, es hora de intentar establecer panoramas iniciales que dialoguen (asumiendo esa carga de contradicción y coincidencia que posee todo diálogo) con los que ya han ido formulando Verónica Jaffé en EL RELATO IMPOSIBLE (1991); María Celina Núñez en DEL REALISMO A LA PARODIA (1997); y las antologías RECUENTO de Luis Barrera Linares (1994); EL GESTO DE NARRAR de Julio Miranda (1998); NARRADORES VENEZOLANOS DE LOS NOVENTA de Nelson González Leal (inédito); y la serie ensayos referidos al tema, vertidos en distintas revistas especializadas (7) . Trabajos todos en los que con diversas perspectivas se clarifica el paisaje de la narrativa venezolana más reciente al tiempo que se abren hendijas para la comprensión futura de su funcionamiento como conjunto.

Plantea Barrera Linares y el equipo de investigadores que preparó la antología RECUENTO, una forma de clasificación del cuento venezolano que creemos nosotros puede extenderse al corpus de la novela sin mayores traumas. Según ese criterio taxonómico, nuestra narrativa se encuentra recorrida por una serie de líneas expresivas que van desde la narración mimética y exteriorista, hasta llegar a una posición antagónica de narrativa de orden lírico, con tendencia al despliegue metafórico y simbólico(8). A partir de este criterio, Barrera Linares plantea un desglosamiento de tendencias que oscilan entre estos extremos y en el que los narradores venezolanos aparecen divididos en: Textores, Surrealeros, Palabreros y Anecdoteros. Basándonos en esta clasificación, pero a un mismo tiempo vinculándola con la propuesta por Nelson González Leal en su inédita NARRATIVA VENEZOLANA DE LOS NOVENTA diremos que son tres las grandes corrientes de la narrativa última en Venezuela: una de tipo textualista, en la que tiene fundamental peso lo formal, lo lingüístico, y que estaría encabezada por Oswaldo Trejo; otra de tipo anecdótico, en la que los recursos ficcionales y estructurales propios de la contemporaneidad son puestos al servicio del desarrollo de la esencialidad de las acciones, liderada por Eduardo Liendo; y una de atmósferas muy trabajadas e indagaciones psicológicas prolíficas, ajustadas en una obsesión por la composición del eje espacio-temporal, dominada por José Balza.

Pero mientras la obra de Trejo sostuvo (mas no amplió) el valor de sus riesgos durante los ochenta, Balza y Liendo alzanzaron en este tiempo su esplendor como narradores. De allí que la década esté signada por ambos, pues es en esta fecha cuando desde perspectivas antagónicas de abordar el relato, los dos ofrecen en sus obras las señales explícitas de la madurez. Si bien Balza publica MARZO ANTERIOR en 1965 y Liendo edita EL MAGO DE LA CARA DE VIDRIO en 1973, las novelas de mayor consistencia que ambos nos han ofrecido hasta la fecha aparecen en este período. En 1982 Balza publica PERCUSIÓN y en 1985 Liendo saca a la calle su obra LOS PLATOS DEL DIABLO.

PERCUSIÓN es una brillante pieza novelística construida con base en las obsesiones básicas que marcan la totalidad de la obra balziana: el desdoblamiento, la metamorfosis, la manipulación del tiempo y del espacio novelesco, la metaforización del paisaje. Escrita con prosa cargada de lirismo y hondura simbólica, en esta novela atisbamos un personaje que emprende la aventura del viaje para intentar el olvido de su vida anterior. Ciudades, paisajes, encuentros y desencuentros amorosos, se acumulan sobre este hombre dotándolo de una infinita capacidad del recuerdo en la que todos los hechos ocurren en el presente(9). De allí que para el personaje central de esta obra sea posible fundirse con su propia imagen juvenil pues, ante el prodigio de una memoria tan feroz, la linealidad del tiempo queda anulada.

En LOS PLATOS DEL DIABLO, Eduardo Liendo abandona el tono humorístico y tragicómico de varias de sus obras anteriores para hurgar en los fantasmas de la " esterilidad creadora". A partir de una historia criminal en la que se encuentran implicados dos escritores asistimos a la exploración de espacios infernales del alma humana: la envidia, el deseo, el asesinato, la suplantación. En ese particular, resultan muy ajustadas las observaciones que realiza José Napoleón Oropeza:

" En esta novela, Liendo... se propone indagar el tema de la existencia de un escritor plagiario, empleando el tema del plagio, de la impostura como una excusa para anudar distintos temas. Se impone una estructura en los que coinciden el punto de vista policial, la prosa conceptual, reflexiva, sobre el hecho literario... Una novela que crea su propio universo, su propio ritmo y que, sin duda alguna, señala un buen momento en el arte narrativo en nuestro país."(10)

Sin embargo, sería incorrecto afirmar que Balza y Liendo ejercen magisterio sobre los creadores de esta década pues si bien se les reconoce el valor de su trabajo ya para este momento se vive en la narrativa venezolana un proceso que se acentuará a principios de los noventa: la desaparición de la revistas literarias; la ausencia de polémicas; la tendencia al invidualismo de los autores frente a los proyectos grupales.(11)

Pudiese pensarse que la dinámica de las vanguardias, con su ejercicio de destrucción de lo viejo por lo nuevo, con su toma de posición a favor de unos autores frente otros, sufría importantes resquebrajamientos.

Otro de los escritores que en rigor no comienzan a publicar en los ochenta pero que despliegan parte fundamental de su obra en estos años es Denzil Romero. A su segundo libro de cuentos, INFUNDIOS (1981), le siguieron una serie de novelas de voz muy personal en las que se combinan el gusto por la reinvención de lo histórico y el recargamiento lingüístico: LA TRAGEDIA DEL GENERALÍSIMO (1983); GRAND TOUR (1987); LA ESPOSA DEL DOCTOR THORNE (1988), son el inicio de una obra novelística de gran ambición y amplitud.

Una voz femenina irrumpe y destaca en este panorama: Milagros Mata Gil. Sus dos novelas: LA CASA EN LLAMAS (1989) y MEMORIAS DE UNA ANTIGUA PRIMAVERA (1989) obtienen importantes premios nacionales e internacionales y nos muestran un tipo de escritura basada en la exploración del mito y la memoria mediante una estructura de fragmentos que se complace en la utilización de un lenguaje de poéticas resonancias.

Pero sí hay un rasgo digno de destacar en los ochenta es que frente al tallerismo de la década anterior, a la literatura quimicamente pura, se levanta una tendencia que Luis Barrera Linares (uno de sus cultores) vincula con la órbita expresiva de José Rafael Pocaterra:

" Independientemente de las otras tendencias que conviven en nuestro medio literario, un número importante de los narradores de este año -con los cuales me identifico- tiene como propósito bastante afianzado el propósito de ironizar a costa incluso de la propia literatura. La parodia es un rasgo singularizador (de esta narrativa)... Parodia que incluye tópicos tan diversos como los esquemas de la crítica literaria, la literatura como presunta arte de salvación, la escritura ideológica y expresamente comprometida.. parodia del temor hacia los llamados lugares comunes..."(12)

Fruto de esta tentativa es el propio trabajo narrativo de Barrera Linares. EN EL BAR LA VIDA ES MÁS SABROSA (1980); BEBERES DE UN CIUDADANO (1985); PARA ESCRIBIR DESDE ALICIA (1990) PARTO DE CABALLEROS (1991); CUENTOS DE HUMOR, DE LOCURA Y DE SUERTE (1992). Obras cargadas de sentido paródico, de incursiones en una estética de la obviedad, el lenguaje de este narrador se ha ido adelgazando en cada uno de sus libros hasta llegar a una esencialidad expositiva en la que la carne anecdótica tiene cada vez mayor relevancia.

Por su parte, Igor Delgado Senior posee una escritura estructurada en clave de humor, muchas veces de corte político, y arma sus relatos con una expresión llena de juegos verbales, tal y como se aprecia en RELATOS DE TROPICALIA (1985); SEXO SENTIDO Y OTROS CUENTOS (1988) y SUBAMÉRICA (1992).

Evocando la oralidad del barrio marginal caraqueño, Angel Gustavo Infante publicó CERRÍCOLAS (1987), una incursión en la opacidad y el horror festivo de un mundo de seres sin esperanzas, de seres socialmente excluidos. Con posterioridad, en 1992, aparece su novela: YO SOY LA RUMBA, inmersa en una tendencia colectiva surgida en estos años, la novela de tema musical, tendencia de la que también participaron José Napoleón Oropeza con ENTRE EL ORO Y LA CARNE (1989) y el propio Eduardo Liendo con SI YO FUERA PEDRO INFANTE (1989).

José Napoleón Oropeza, a quien le debemos un brillante estudio sobre la novelística venezolana: PARA FIJAR UN ROSTRO (1984), publicó en estos tiempos junto a la ya citada novela, otras narraciones: LAS HOJAS MÁS ÁSPERAS (1982) EL BOSQUE DE LOS ELEGIDOS (1986), caracterizadas por su proposición lírica, y posteriormente entregó el volumen de cuentos: LA GUERRA DE LOS CARACOLES (1991).

Caso curioso es el de Julio Miranda (recientemente fallecido), quien después de ejercitarse durante años en la poesía, el ensayo y la crítica, publicó una novela breve impecable: CASA DE CUBA (1990). En ella, presenciamos las intrigas, las conexiones, las similitudes y rechazos que se establecen entre el grupo de cubanos pro y anticastristas que conviven en París durante los años sesenta. Fruto de su pluma son también los libros EL GUARDIÁN DEL MUSEO (1992); SOBREVIVIENTES (1993); y LUNA DE ITALIA (1996), y ha dejado inédita al momento de su muerte la novela UNA CIUDAD CON NOMBRE DE MUJER (Premio de Novela de la Bienal Mariano Picón Salas 1997).

Pero es imposible cerrar este veloz paseo sin mencionar a Armando José Sequera, Gabriel Jiménez Emán, e Iliana Gómez Berbesi pues la narrativa de los tres está signada por el uso del cuento breve, uno de los elementos fundamentales de las décadas del setenta y del ochenta(13) . En el caso de Sequera, durante este tiempo publicó títulos caracterizados por la búsqueda de lo oral, de un humor corrosivo, como son: CUATRO EXTREMOS DE UNA SOGA (1980); EL OTRO SALCHICHA (1985); CUANDO SE ME PASE LA MUERTE (1987). Jiménez Emán, sacó a la luz LOS 1001 CUENTOS DE UNA LÍNEA (1981); RELATOS DE OTRO MUNDO (1988). Por su parte, Iliana Gómez Berbesi entregó un par de hermosos volúmenes de cuentos, CONFIDENCIAS DEL CARTABÓN (1981) y SECUENCIAS DE UN HILO PERDIDO (1982), sumiéndose luego en un prolongado silencio interrumpido en 1990 por EXTRAÑOS VIANDANTES.

De esta forma, es posible notar que la década del ochenta ofrece en un sentido el desarrollo y "los frutos de la madurez" de autores que venían publicando quince o veinte años atrás, pero de igual modo, en estos años vemos debilitarse la literatura experimentalista, nacida de los talleres del setenta, en la que el privilegio de lo formal y la dilución de los referentes inmediatos creó verdaderos criptogramas no siempre sostenidos con el grado de riesgo y lirismo presentes en Oswaldo Trejo, padre de esta manera radical de trabajar el relato.

Por este motivo, el ingreso en lo anecdótico es una de las señales definitorias de la década, señal que pareciera trascender las fronteras venezolanas, si tomamos en consideración las observaciones que Gonzalo Navajas realiza en torno a la novela española de esos tiempos:

" ...la ruptura de las jerarquías filosóficas y estéticas ha hecho que la prevalencia de los componentes formales de la obra sobre los semánticos... deje de tener vigencia... En ficción nos hallamos, por tanto, en un momento de reposesión de la composición integrativa y, con ella, de la anécdota. Ese recobramiento no equivale a un movimiento regresivo hacia modos pasados que han sido ciertamente superados. Es mas bien una reconsideración de modulaciones semiológicas que, a partir de la revisión siguen teniendo un valor incontestable..." (14)

Pero esta revalorización de lo anecdótico no impidió que en algunos casos subsistieran otras características formales de la década anterior como fueron: el texto de tipo lírico, la preponderancia de lo verbal, creando un escenario múltiple en el que quizás podía vislumbrarse la disgregación polifónica que ofrecerán las voces narrativas del noventa.


ESTOS AÑOS NOVENTA

Así cómo los sesenta estuvieron marcados por la lucha política, por las guerrillas de orientación marxista que proliferaron a lo largo y ancho del país, por las discusiones de los intelectuales en cuanto al compromiso del artista frente a las exigencias de su historia, los noventa también nacen marcados por signos muy particulares de emergencia social. Ya no se trata de una casta intelectual emprendiendo la lucha armada en nombre de un colectivo que no necesariamente se sintió representado por la revolución que pretendía salvarlo; se trata ahora de un colectivo sin dirección que se lanza a las calles en una revuelta popular frente a la cual los escritores venezolanos no tuvieron ninguna respuesta, ninguna actitud inmediata que los liberara de la perplejidad.

El 27 de febrero de 1989, las protestas de un grupo de personas por el aumento del transporte desembocan en una violentísima rebelión popular que arrasó comercios enteros y paraliza las principales ciudades de Venezuela. La respuesta militar del gobierno de Carlos Andrés Pérez: desmedida, incoherente, y tardía, provoca una masacre en la que se calcula extra-oficialmente mueren dos mil personas(15). Así fenecen los fláccidos años ochenta: en medio de devaluaciones del bolívar; crisis económica, escándalos de corrupción política. Así nacen los noventa: marcados a fuego por la conmoción social y la desesperanza. En aquellos días finales de febrero del 89 desaparecía una Venezuela marcada por el esplendor petrolero y nacía otra cuyo rostro es aún difuso; y es dentro del escenario establecido por este nuevo país, donde se desarrollan dos rebeliones cívico-militares dirigidas por la oficialidad media y respaldadas con una curiosa simpatía popular.(16)

Aplastados estos alzamientos en 1992, Venezuela retomó un rumbo incierto dentro del cual pervive todavía, y esa atmósfera presencia la irrupción de nuevas voces narrativas marcadas por la pluralidad de propuestas estéticas. En ese sentido, si como afirma Lázaro Álvarez los sesenta venezolanos son "una generación decisiva" pues a partir de hechos históricos cruciales los escritores de este tiempo inauguraron una cosmovisión del mundo (17), es posible sospechar que los escritores del noventa, ya marcados por hechos históricos de gran relevancia, al menos estén intentando estructurar visiones particulares de lo real que los justifiquen frente a una lengua como el castellano en donde la narrativa hecha en Venezuela no tiene todavía el lugar que le corresponde.

Las teorías se deshacen frente a los hechos inmediatos y sólo el tiempo podrá dictar sentencia, pero ya hay indicios, libros, propuestas, atisbos, que nos permiten reconocer al menos la intención de un grupo de autores por consolidar una narrativa vigorosa, en la que la realidad sufre diversas formas de intervención y metamorfosis.

Frente a la retórica del cuento breve que terminó por imponerse en las dos décadas anteriores, los noventa parecieran proponer nuevos formatos. Pocos libros importantes de estos años se sostienen sobre el texto corto, y por el contrario pareciera que una épica del fracaso estuviese imponiendo nuevas longitudes narrativas. Obras como JUANA LA ROJA Y OCTAVIO EL SABRIO de Ricardo Azuaje (1991); SÓLO UN SHORT STOP de Luis Felipe Castillo (1993); INCISIONES (1995) de Juan Calzadilla Arreaza; BARBIE (1995) de Slavko Zupcic, hablan de una posible predilección generacional por las dimensiones de la novela corta. Ya no es tiempo de recogimiento o de intimismos como pudieron ser los tiempos posteriores a la derrota guerrillera del sesenta; estamos ahora frente a una paulatina expansión del hecho narrativo en la que si bien se mantiene a grandes rasgos la intención de un tono menor, es decir, de un tono apegado a "...las historias menores, insignificantes, cotidianas, intrascendentes... un saludable ejercicio de depuración en el que se ha ido a las herramientas elementales de la narración por encima de selvas adjetivantes y neobarroquismos en boga"(18), pareciera estarse gestando un florecimiento de géneros de mayor amplitud en detrimento de los ejercicios de brevedad y concisión de la década pasada.

Pero este tipo de hipótesis se enfrentan a una realidad compleja y polimorfa, y libros como CALENDARIOS (1990) y NATURALEZAS MENORES (1991) de Antonio López Ortega, trabajan un tipo de narración en ocasiones brevísima, narración que puede ser mini-ensayo, anotación lírica, pre-texto, y que contradicen en su esencialidad el movimiento de expansión que acotábamos. Y es que los noventa no tienen uniformidad expresiva, no poseen grandes líneas comunes de trabajo. Junto a la sobriedad y el psicologismo de los cuentos que nos entrega Rubi Guerra en EL MAR INVISIBLE (1990), se contraponen los ejercicios de tradición vanguardista, las parodias del humor surreal, y el lenguaje escatológico que propone Armando Luigi en su novela LA CRISIS DE LA MODERNIDAD (1997). Frente al lirismo y a la serenidad expositiva con que Marco Tulio Socorro refleja el mundo rural en A VUELO DE ÁNGEL (1993) descubrimos el cinismo y la mirada jocosamente urbana de José Roberto Duque en SALSA Y CONTROL (1996). Al lado de la densidad prosística y el rigor borgiano del LIBRO DE ANIMALES (1994) de Wilfredo Machado encontramos el humor cotidiano, el delicioso manejo de las acciones llevado a cabo por Ricardo Azuaje en VISTE DE VERDE NUESTRA SOMBRA (1993). Separado de la temporalidad inmediata que reseña I LOVE K-PUCHA de Jesús Puerta (1994), atisbamos la recuperación de la narrativa historicista en EL BLUES DE LA CABRA MOCHA (1995) de Mariano Nava. Contrapuesta a la exploración de la afectividad y lo paródico en TEXTOSTERONA (1995) de José Luis Palacios, ubicamos el discurso de lo policial en LUNA ROJA (1994) de Luis Felipe Castillo. Colocado junto a la perfección expositiva y el retrato de las situaciones que exhibe EL BORRADOR (1994) de Federico Vega, encontramos a Dina Piera di Donato y las densas atmósferas suprarreales de su libro NOCHE CON NIEVE Y AMANTES (1992). Enfrentada a la dureza de lo cotidiano que pervive en ALEMANES (1997) de Fernando Cifuentes, distinguimos el ludismo de lo fantástico urbano en LEERSE LOS GATOS de Juan Carlos Chirinos (1997). Y junto a la irreverente revisión de la Venezuela contemporánea que ofrece Boris Izaguirre en AZUL PETRÓLEO (1998), reconocemos el ejercicio de la brevedad expositiva de Alberto Quero en DORSO (1997).

Otro elemento interesante de destacar es cómo el universo de influencias de estos novísimos narradores pareciera desvincularse casi totalmente de la literatura venezolana del sesenta, o por lo menos de la literatura del sesenta más divulgada hasta la actualidad por la crítica e incluso por los programas educativos. En ese particular, se observa la reivindicación de autores como Renato Rodríguez y sus libros: AL SUR DEL ECUANIL (1963); y LA NOCHE ESCUECE (1985), textos ajenos a la grandilocuencia, a la impostación, y cercanos en ocasiones a la picaresca, y a la espontaneidad expositiva; del ya citado José Balza, quien es un elemento de vinculación entre muchos novísimos, por la combinación de rigor estructural y reflexión imaginaria en torno al país que ofrecen varias de sus novelas más recientes como MEDIANOCHE EN VIDEO: 1/5 (1989) o DESPUÉS CARACAS (1995), o del venezolano-yugoslavo Salvador Prasel con su magnífica y aún no bien reconocida novela MÁXIMA CULPA (1976). Mención aparte merece la alta valoración que realizan estos escritores del cuentista de los años cuarenta Gustavo Díaz Solís, quien representa para muchos de ellos un maestro por el rigor verbal y la milimétrica exactitud compositiva de sus textos.

En ese sentido, Nelson González Leal (19) considera que los noventa y los finales de los ochenta han roto la articulación del esqueleto narrativo propuesto por autores como el ya fallecido Oswaldo Trejo (y su afán textual); por González León (y su afán accional socio-histórico); y por el propio Balza ( y su afán psicologista), hasta intentar una conciliación de todos estos vectores expresivos pues:

"Lo que se busca es construir un cuerpo homogéneo en donde los dos niveles referenciales de la obra narrativa: historia y lenguaje, contengan igual peso. Lo importante, para la actual narrativa venezolana parece ser la actitud cierta de contar con la mayor limpieza e intensidad posible, sin descuidar las virtudes propias del ludrismo lingüístico."(20)

Si bien el panorama es demasiado diverso como para aceptar esta afirmación sin al menos un mínimo margen de dudas, quizás podamos aceptar provisionalmente su criterio. Sobre todo porque pareciera que nuevas influencias parecen haber marcado a los nuevos narradores, seccionando a medias el cordón umbilical que los vincula con la literatura venezolana y relacionándolos con mayor intensidad a creadores "traducidos" de otras lenguas como son Raymond Carver, Bernardo Atxaga, Antonio Tabucchi; y con escritores de lengua castellana como Alfredo Bryce Echenique, Juan Villoro y Mempo Giardinelli, escritores que en su gran mayoría parecieran intentar el equilibrio del lenguaje y la historia al que se refiere González Leal.


EL NUEVO MILENIO

Los noventa aún no concluyen pero en ellos ya han ocurrido hechos (libros) de significación para el contexto venezolano y en algunos casos para el hispanohablante. Uno de ellos, el regreso a la novelística de Carlos Noguera con JUEGOS BAJO LA LUNA (1994), premiadísima (21) y brillante novela que nos permitió apreciar en toda su magnitud a un escritor cuyo silencio llevaba quince años de ejercicio.

De igual forma, nos reveló a Ednodio Quintero -famoso por sus cuentos fantásticos y brevísimos en la década del setenta- como un novelista de lírico aliento, en un proceso que Silda Cordoliani describe como:

"Parquedad de escritura, economía de elementos inicial que ha devenido con el ejercicio del oficio en una novelística que, sin abandonar los recursos específicos de lo fantástico, apunta hacia un discurrir delirante de la conciencia."(22)

Fruto de esta expansión expresiva son los libros LA DANZA DEL JAGUAR (1991); LA BAILARINA DE KACHGAR (1991) y EL REY DE LAS RATAS (1994), libros todos en los que con impecable escritura el mundo transcurre bajo el vértigo de sus significaciones y sus misterios.

También vimos en estos años la irrupción de Ana Teresa Torres, quien ofreció dos novelas que tuvieron gran éxito de público: EL EXILIO EN EL TIEMPO (1990) y DOÑA INÉS CONTRA EL OLVIDO (1993), retratos de la historia venezolana desde la perspectiva de la mujer. Por su parte, Stefanía Mosca presentó LA ÚLTIMA CENA (1991), texto en el que recrea lo que pudiese ser una constante temática de estos últimos años: la reinvención del mundo de los inmigrantes a través de la voz de sus hijos. Bárbara Piano, quien contaba con un excelente volumen de cuentos: EL PAÍS DE LA PRIMERA VEZ (1987), también agrega su particular visión a este universo con EL GUSTO DEL OLVIDO (1994), y dos años atrás Miguel Gomes dedicaba un volumen de cuentos, LA CUEVA DE ALTAMIRA, a las aventuras y desventuras de los españoles, portugueses e italianos que atenazados por la penuria económica viajaron masivamente a Venezuela en los años 50.

Otros libros dignos de reseñar: Humberto Mata entregó un espléndido volumen de narraciones TORO TORO (1991), Silda Cordoliani ofreció su primer libro de cuentos BABILONIA (1993). También en 1994 Adriano González regresa a la narrativa con VIEJO, una novela con la que intenta ocupar de nuevo el espacio de honor que tuvo en los años sesenta cuando su obra PAÍS PORTÁTIL recibió el premio Biblioteca Breve.

La década aún se extiende como un camino lleno de dudas y promesas. Sin embargo, varios de los autores que comienzan a proyectarse en estos años ya han escrito obras verdaderamente importantes sobre las que es necesario insistir. Con CALLETANIA (1992), Israel Centeno entregó una de las mejores novelas de nuestra historia literaria. A partir de personajes vinculados a una izquierda nostálgica, y de un narrador protagonista que busca en los precipicios del alcohol y la sexualidad una forma de trascendencia, apreciamos una ajustada e impecable pieza narrativa. También a Centeno se le deben otras excelentes novelas: HILO DE COMETA (1996) de intención lírica, de atmósferas difuminadas en las que atisbamos el encuentro de un adolescente con la experiencia del dolor y el deseo; y EXILIO EN BOWERY (1998), texto en el que Centeno explora una estética de cómic, y desarrolla un discurso mítico-novelesco caracterizado por su carga paródica; Slavko Zupcic sorprendió con BARBIE (1995), una novela breve en la que el discurso amoroso es sometido a una feroz parodia, llena de perversidad, humor negro y misoginia, y en la que pueden atisbarse ecos de CRIMEN, la obra de Agustín Espinosa, y de PAISAJES DESPUÉS DE LA BATALLA de Juan Goytisolo. Ya para cerrar este inventario, es necesario acotar que pocos autores logran combinar con tanta destreza la hondura y la sencillez expositiva que Ricardo Azuaje exhibe en sus tres novelas: JUANA LA ROJA Y OCTAVIO EL SABRIO (1991) y VISTE DE VERDE NUESTRA SOMBRA (1993); LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO (1998). Pocas páginas necesita este autor de prosa ágil para escarbar con vigor en la afectividad atormentada de sus personajes; hombres y mujeres avasallados por la historia individual y colectiva que los envuelve.

En todo caso, es importante entender estos libros como el boceto, como la energía potencial de unas voces que quizás sólo en el siglo XXI alcancen su verdadera afinación, su sonoridad más honda y precisa. Un siglo XXI en el que estas voces deberán asentarse como la base de un imaginario, de un tejido ficcional que ambicione trascender las fronteras venezolanas y participar del espacio posible que ofrece el idioma castellano como totalidad geográfica y espiritual.

 

NOTAS:

  1. Concurso de cuentos más importante de Venezuela. En muchas ocasiones ha significado el descubrimiento de autores fundamentales para la historia literaria del país.

  2. Llamamos narradores de los noventa a aquellos escritores cuya obra mayoritariamente ha sido publicada a lo largo de esta década.

  3. Se refiere a los escritores que irrumpen en esos años sesenta dentro del panorama literario venezolano.

  4. Maritza JIMÉNEZ, La revista Cal y la literatura venezolana del sesenta. Tesis de Grado de la Universidad Simón Bolívar, pp. 114.

  5. Los autores de este grupo de narradores del 90 han obtenido en estos años otro premios de prestigio como la Bienal Pocaterra (Slavko Zupcic y Luis Felipe Castillo): la Bienal de Guayana (Israel Centeno con mención de honor para Dina Piera Di Donato y Slavko Zupcic); el FUNDARTE de Narrativa (Juan Calzadilla Arreaza); el concurso de cuentos de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela ( José Roberto Duque).

  6. Antonio LÓPEZ ORTEGA, El camino de la alteridad, Editorial Fundarte, Caracas, 1995. pp. 67-68.

  7. Luis BARRERA LINARES, "Oficio y marginalidad: tres décadas de narrativa venezolana" en Revista ESTUDIOS, año 1. Caracas, enero-junio 1993. pp. 131-147; Silda CORDOLIANI, "Panorámica de la narrativa venezolana". en revista QUIMERA. nº 125-126. s/f. Barcelona; Beatriz GONZÁLEZ. "Narrativa 80: discurso populista e imaginario social", en LETRAS, 47, Instituto Pedagógico. Centro de Investigaciones Andrés Bello, Caracas, 1990; Antonio LÓPEZ ORTEGA XXXX, Revista QUIMERA nº ?, Barcelona; Julio MIRANDA, "El cuento breve en Venezuela" en Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 555, Madrid, septiembre 1996.
    Julio MIRANDA. "Narrativa venezolana para el siglo XXI". en Papel Literario de El Nacional. Caracas. 6-4-97.José Napoleón OROPEZA. "Novelistas en busca del rostro de un país" en Revista FOLIOS, número aniversario. Caracas. 1993. pp. 8-30.

  8. Luis BARRERA LINARES. Recuento, Fundarte, Caracas, 1994. pp. 8-11.

  9. Sobre las relaciones entre el protagonista de esta novela y el personaje principal del cuento "Funes el memorioso" de Jorge Luis Borges ver Juan Carlos MÉNDEZ GUÉDEZ, La resurrección de Scheerezade, Ediciones Solar, Mérida, Venezuela, 1993, pp. 31-38.

  10. José Napoléon OROPEZA, op.cit p.16.

  11. Es digno de destacar que TRÁFICO y GUAIRE, los dos grupos literarios de mayor resonancia en esos años, se encontraban integrados exclusivamente por poetas.

  12. Luis BARRERA LINARES, en "Oficio y marginalidad: tres décadas de narrativa venezolana", Revista ESTUDIOS, año 1, nº 1, Caracas, enero-junio, 1993, p. 140.

  13. ver Julio MIRANDA, en "Cuadernos Hispanoamericanos", nº 555, Madrid, septiembre de 1996.

  14. Gonzalo NAVAJAS, Más allá de la posmodernidad: estética de la novela y nuevo cine españoles, Eub, Barcelona, España, 1996, p. 146.

  15. Al respecto puede leerse:
    Varios autores, El día que bajaron los cerros, Ediciones de El Nacional, Caracas, 1989.

  16. El líder de estas asonadas, el ex- Teniente Coronel Hugo Chávez, alcanzó en diciembre de 1998 la Presidencia de la República con aproximadamente el 56 % de los votos.
    Sobre los alzamientos militares dirigidos por este oficial puede consultarse:
    Alberto ARVELO, En defensa de los insurrectos, Caracas, 1992; J.A. COVA, 27 N, Fuentes editores, Caracas, 1992; Hernán GRUBER ODREMAN, Antecedentes históricos de la insurrección militar del 27 n, Centauro Editores, 3 ra edición, Caracas, 1996; José MACHILLANDA, Cinismo político y golpes de estado, Centauro Editores, Caracas, 1993; William OJEDA, Las verdades del 27 N, Fuentes editores, Caracas, 1993; Alberto QUIROZ CORRADI, El golpe, Caracas, 1992; Angel RODRÍGUEZ VALDEZ, Los Rostros del golpe, Alfadil, Caracas, 1992; Gustavo TARRE BRICEÑO, El espejo roto, Edit. Panapo, Caracas, 1994; Varios autores, Maisanta en caballo de hierro, Edit. Fuentes, Caracas, 1992; Varios autores, El 4 F, por ahora, Fuentes editores, Caracas 1992; Angela ZAGO, La rebelión de los ángeles, Fuentes editores, Caracas, 1992.

  17. Lázaro ÁLVAREZ: "De la exaltación a la desilusión: perfiles de la poesía en Venezuela". En revista Cuadernos del Ateneo de La Laguna , La Laguna, España, Nº 4, 1998, p.39.

  18. Antonio, LÓPEZ ORTEGA, El camino de la alteridad, Fundarte, Caracas. P. 30.

  19. Nelson GONZÁLEZ LEAL, Narradores venezolanos de los noventa, Antología inédita.

  20. Nelson GONZÁLEZ LEAL, Op. cit.

  21. JUEGOS BAJO LA LUNA recibió el Premio de novela de la Bienal de Mérida 1993; el Premio Municipal de Narrativa del D.F 1994; el Premio CONAC de Narrativa 1994, y fue finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 1995, ganado por Javier Marías con su obra MAÑANA EN LA BATALLA PIENSA EN MÍ.

  22. Silda CORDOLIANI, en " Panorámica de narrativa venezolana", Revista QUIMERA, nº 125-126, Barcelona, España, p. 50.

 


Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, Venezuela, 1967) es autor de las novelas RETRATO DE ABEL CON ISLA VOLCÁNICA AL FONDO (Edic. Troya, Venezuela, 1997; Edic. La Calle de la Costa, España, 1998) y EL LIBRO DE ESTHER (edic. Lengua de Trapo, España, 1999). Ha publicado el libro de ensayos LA RESURRECCIÓN DE SCHEEREZADE (Edic. Solar, Venezuela, 1994). Doctorando en literatura hispanoamericana por la Universidad de Salamanca.


© Juan Carlos Méndez Guédez 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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