"La narrativa del
próximo milenio me
importa un carajo"

Entrevista
con

Arturo
Pérez
Reverte

 


Gabriel Contreras



18 marzo 1999. Monterrey, México.

El cuestionario terminó y el novelista español se puso cómodo. Dejó de frotarse las manos y habló, entre otras cosas, de su primer encuentro con Johny Depp, este actor que participa con un buen rol en la película "El Club Dumas", dirigida por Roman Polansky a partir de una novela de Pérez Reverte.

—Estaba a punto de arrancar el rodaje –Pérez Reverte se da tiempo para quitarse los anteojos y limpiarlos con la servilleta azul que el mesero dejó ahí junto a la taza de café— y armamos una rueda de prensa.

Román Polansky y yo llegamos puntuales, mientras que Johny Depp descendió de un avión particular con dos horas de retraso.

Yo no lo conocía personalmente. Sabía de la magnitud de su prestigio y había visto "Brasco", "El joven Manos de Tijera" y "Ed Wood", eso es todo. Así que al verlo por primera vez, con esa barba sin rumbo, ese inmenso puro y esa horrible cachucha al revés, pensé: ¿ese hombre va a ser el protagonista? Qué buen asunto.

Al momento de la filmación, me di cuenta de que su prestigio como actor está totalmente justificado. Polansky se entendió de maravilla con él, casi no tuvo que repetir shots.

Media hora y dos tazas de café antes, la entrevista daba comienzo.

Pérez Reverte pedía un Express, "por favor, en la taza más pequeña del restaurante". Todo estaría ceñido a unas breve tazas de palabras.

—Uno puede detenerse de pronto en tu novela y subrayar por ejemplo estas líneas: La vida valía menos que el acero que se empleaba en quitarla. Tiempos difíciles y crueles. Tiempos duros. Me gustaría saber si se trata de una viñeta de los tiempos del capitán Alatriste o de una nota arrancada de la prensa de hoy. ¿Tu juego es ilustrar el presente jugando al pasado o viceversa?

—El juego es explicar el presente, por supuesto. Está muy claro que no estoy hablando sólo del siglo XVII. La vida, todavía hoy, vale menos de lo que cuesta el instrumento dedicado a quitarla en cantidad de países, incluidos México y España.

Hay dos tipos de libros que utilizan la Historia. Uno es el libro pastiche, que se limita a recrearla y a disfrutar con ello. Y luego está el que utiliza la Historia como una clave para explicar qué nos está pasando ahora. En este último camino es que me detuve para escribir "El Capitán Alatriste". Yo estoy hablando del ahora, del español de hoy, de lo español... Hablo de cómo somos lo que somos, de por qué fuimos lo que fuimos, y de cómo nos hicieron como nos hicieron. Ministros corruptos, curas fanáticos y reyes incapaces nos llevaron a ser la piltrafa que todavía somos.

—Te pido, si fuera posible, que describas "el último cuadro" que trajiste de la guerra, el que has guardado para ti como una sombra o un fantasma permanente.

—Es un cuadro en el que siempre hay inocentes infelices en primer término, que mueren mientras entierran a sus muertos.

Y siempre vemos, al fondo, canallas y sinvergüenzas, gentuza, banqueros, políticos que están haciendo fotos y sonriendo. Para mostrar ese cuadro fue que escribí "El sol de Breda". En la portada, está el cuadro usual, pero puesto al revés.

Los Generales al fondo y, en primer plano, los peones, la gente pobre que sufre la magnitud de la guerra, que es víctima y verdugo al mismo tiempo. Esa es mi imagen de la guerra, ninguna otra.

Ahora, como he vivido tanto en la guerra, no puedo desligarla de la sangre, la mierda, el sudor de toda esa gente que no puede salir de ahí por razones históricas. Eso es algo que se repite y se repite, sólo cambia el escenario: hoy es Sarajevo, mañana Chiapas, luego Zacatecas, el Golfo. Pero al cabo siempre es la misma historia.

—Existe, parece ser, un virus o simplemente una forma de energía que induce a los soldados, o a los mochileros, a ser testigos o promotores de la destrucción en El sol de Breda. En tu caso particular, como experiodista, ¿cómo ha sido –si la hubo- esa afección (vivamente presente, por cierto, en Territorio Comanche), la fascinación por los incendios?

—Hay una atracción natural del hombre ante el fuego. Las llamas poseen un hipnotismo especial desde siempre. El fuego destruye vidas, haciendas. Incluso destruye lo que el mismo fuego hace posible. Destruye los libros, destruye la memoria. El fuego arrasa y destruye aquello que nos permite reconocernos... Yo he visto arder la biblioteca de Sarajevo. Eso es algo que no voy a olvidar jamás.

—Tú eres Calderón de la Barca, de alguna manera.

—Claro, de alguna forma. Yo entré en esa biblioteca porque yo también soy Íñigo. Entré a esa biblioteca cuando terminé de hacer mi trabajo, no antes. Entré decidido a salvar libros. El fuego, como símbolo de orfandad, es algo que tengo muy presente.

—Tu trato con el cine te ha llevado a compartir créditos con Román Polansky, una de las figuras más controvertidas y arriesgadas del cine, el más famoso de los desterrados de Hollywood, ¿cómo ha sido tu vínculo con Polansky y cuáles son tus expectativas respecto a los resultados de este trabajo?

—Realmente es mi quinta película. Con el cine tengo una larga experiencia, aunque no siempre positiva... Polansky me sorprendió gratamente. Yo esperaba encontrarme con un genio hosco y encontré a un tipo muy inteligente, que conoce bien su trabajo. Es, sobre todo, un gran profesional.

El conocía mi novela en su edición francesa, la tomó con un guión de Enrique Urvizu y le aplicó muy pocas modificaciones. Hablamos. El me dijo: "vamos a ver algunos asuntos de tu historia". Yo le contesté: "Es mi novela y es tu película, cada quién responde por lo suyo. Es tu asunto. Tienes autoridad absoluta para cambiar lo que quieras, pero yo no intervengo... Claro, si me gusta la película, aplaudiré, si no voy a decir que no me gusta".

Al cabo lo vi trabajar y quedé muy complacido... Creo que Polansky hará una gran película, aunque no he visto ni uno de los rushes, sólo asistí al rodaje... pero todo eso se verá en el Festival de Cannes, donde será estrenada.

—Se ha vuelto una costumbre para la prensa internacional el oponer el caso insólito de Arturo Pérez Reverte al perfil mercantil y técnico de Stephen King, Ken Follet y John Grisham.

Tú, se da por sabido, no eres partidario del bestseller norteamericano. ¿Cuál es, desde tu experiencia y tu punto de vista como lector, lo más sólido del lado respetable de la expresión literaria norteamericana vinculada al ejercicio del periodismo? ¿Cómo es tu postura, digamos, ante los "no analfabetos culturales" gringos, como Hemingway, Dalton Trumbo, Norman Mailer, Truman Capote, Bob Woodward?

—Yo no estoy atacando al bestseller norteamericano. Yo los leo, incluso hay técnicas narrativas de las que me apropio sin el menor complejo. Lo que no me gusta es que se mezclen las cosas. No quiero que se piense que, por el hecho de que vendamos muchos libros, Ken Follet y yo somos iguales... Juntos pero no revueltos... Yo marco las diferencias. Soy un escritor europeo, con una memoria de tres mil años, y no vayan a comparar con... bueno, con Ken Follet...

Y lo que pasa en lo tocante a los otros escritores a los que te refieres, es que finalmente uno puede ser feliz con Agatha Christie, con Pynchon, con Trumbo, con Norman Mailer... En la literatura, cabemos todos.

—El caso Hemingway...

—Como persona no me gusta, me parece un fantasma, un prototipo del machismo. Pero "París era una fiesta" me encanta.

—La memoria y la cultura, como piezas protagónicas de tu trabajo narrativo, significan, ya lo has dicho, una fórmula de lucha contra el poder. ¿Qué representa para ti el ser decididamente un escritor atento a las fórmulas dramáticas usuales, de planteamiento, desarrollo y final? ¿No se te ha ocurrido pensar que esa es también una cárcel, una especie de discreta servidumbre?

—"El Quijote" se gestó en una cárcel. Hay cárceles absolutamente motivadoras y enriquecedoras... Muchas veces, como en ese caso, la regla ayuda...

En mis novelas, los personajes no observan las reglas generales, pero se rigen por reglas personales muy estrictas, tienen su propia moral y la respetan. Creo que las reglas son necesarias, y en mi caso el desafío es contar historias al público moderno, pero tal y como siempre se contaron.

—¿Qué razones podrías tener para no acercarte, como lector, a la astucia formal de Ionesco, Lewis Carroll o Italo Calvino, escritores por cierto bastante despreocupados ante esa maquinaria histórica que a ti te resulta prácticamente imprescindible? ¿Cómo son tus acercamientos, si los hay, con la literatura fantástica?

—Respeto y leo mucho a Carroll y a Calvino, pero cada uno escoge el territorio en el que va a moverse...

A mí la Historia me importa, por eso voy hacia ella. Es, en mi caso, un elemento narrativo que me interesa para encontrar el conflicto que pretendo mostrar.

—Al mantenerte, como ocurre diariamente, distanciado del mundo de los académicos y de las mafias literarias, ¿qué tanto pierdes y qué tanto ganas?

—Gano todo y no pierdo nada. Hay cosas que tengo claras y cosas que no tengo claras. Pero eso lo tengo clarísimo. En esa transacción gano tranquilidad. Gano, vaya, el no tener que vivir en un mundo hipócrita, falso, lleno de envidias, donde nada es lo que parece. El llamado mundo literario. Ese mundo repugnante en el que todos dicen una cosa y hacen otra. Prefiero, claro, estar afuera de todo eso, y estoy muy feliz de que, en el terreno de la literatura, no le debo nada a nadie.

—¿Qué tuercas habría que apretar o apretarnos un poco más para garantizar el derrumbe de la tiranía de la estupidez?

—Esa tiranía no va a caer. En esta película, ganan los malos por la sencilla razón de que los malos ganan siempre. Pero no podemos resignarnos a que ganen impunemente.

De pequeño, me fascinaron esos cuadros en los que, en la batalla de Waterloo, los soldados iban combatiendo en el valle hasta desaparecer poco a poco. Así nos pasa a nosotros. Sabemos que vamos a perder y que van a ganar los hijos de puta, pero tenemos que pelear hasta el final. Pelear ya es una justificación. Yo peleo a mi manera: a veces insultando públicamente. A veces a través de mis novelas.

—"Yo no soy escritor, soy novelista". Esa frase marca una clara distancia entre uno y otro oficio. Te pido que vayas más lejos con esa idea.

—Se ha abusado de la palabra escritor. Hay gran cantidad de gente, en el mundo de la literatura, que pasan por escritores sin hacer literatura. La literatura ha generado un negocio falso, hecho de subvenciones estatales, de conferencias, de ciclos y mesas redondas. Hay gente que se dedica a asistir puntualmente a esos eventos, como público o como exponente. Se trata de supuestos escritores que, claro, no han escrito nada. Son marionetas culturales.

Cuando alguien se acerca a mí para referirse a esos asuntos de las mesas redondas, yo le indico que soy solamente un artesano de la tecla y que los artistas son ellos, "vaya a preguntarles".

A mí, la narrativa del próximo milenio me importa un carajo. Lo que sí me preocupa es qué estoy escribiendo y cómo estoy escribiendo. Lo demás es lo de menos.

—¿Contar historias de espadas y batallas es algo que te ahorra potenciales insomnios? ¿Es tu trabajo literario una especie de antídoto contra las pesadillas?

—Sí, curiosamente me las ha ahorrado. Sé que ha habido escritores que sufren y así es como producen bastante bien, pero escribir, para mí, resulta un analgésico. Es lo que me da más tranquilidad, me quita dolores y remordimientos.

—Escribes de nueve de la mañana a tres de la tarde, eso cuando todo va bien, ¿y si no tienes idea, entonces qué? ¿No tienes miedo de que la literatura, así como llegó contigo, un día te abandone y se vaya con otro? ¿Qué harías en ese caso?

—Navegar todo el tiempo, y sentarme después a leer. Ahora mismo me estoy preparando para los próximos 20 años. Mis libros y mi velero, esa podría ser mi vida si la literatura me abandonara.

—¿Por qué abandonaste la televisión?

—Yo era un mercenario. Llegaba y decía: "aquí tienen un muerto, un disparo, un hijo de puta." Dejé de hacer eso y me puse a hacer otra cosa, cambié de registro.

—Siendo reportero, sospechabas que llegarías a tener el privilegio de corregir tus textos con una Montblanc?

—En el periodismo se aprende a improvisar, de modo que seguí improvisando.

Así como me hice yo mismo un oficio de periodista, así me forjé una carrera de escritor... Aunque la verdad es que nunca imaginé que llegaría a tener éxito, a vender tantos libros, a ser tan leído... Pero es que uno nunca sabe lo que va a ocurrir a la vuelta de la esquina.

 

© Gabriel Contreras 1999

Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid


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