La presencia
de Unamuno

en la revista Amauta

   


Luis Veres
Facultad de Ciencias de la Información
CEU San Pablo-Universidad Politécnica de Valencia



La revista Amauta se publicó en Lima desde 1926 hasta 1930. Durante esos años salieron treinta y dos números que constituyen un documento de época perfecto para retratar ese instante de cambio que experimentaban las sociedades latinoamericanas ante la llegada de la modernidad. Amauta era una revista de ideas, y su fundador, José Carlos Mariátegui, como señala Jorge Schwartz, "imprimió a la revista un perfil singular, convirtiéndola en poco tiempo en el órgano más importante de la cultura peruana de la década del veinte". Mariátegui consiguió vincular su preocupación indigenista con la ideología marxista, manteniendo, a su vez, cierta receptividad ante los movimientos estéticos de la vanguardia nacional e internacional. Amauta era, por tanto, un foro de discusión que tuvo una difusión en Europa y América poco habitual entre las revistas de la vanguardia latinoamericana. Por la revista pasaron nombres como Huidobro, Borges, Waldo Frank, Marinetti, André Breton o Miguel de Unamuno. De la presencia de este último hablará el contenido de esta comunicación.

La primera noticia que de Unamuno aparece en relación con el nombre de José Carlos Mariátegui se puede ver en el primer número de la publicación Libros y revistas, boletín de carácter literario donde se presentaban al público las novedades editoriales y alguna que otra noticia sobre autores de renombre internacional. Libros y revistas constituye el primer antecedente de Amauta; por ello se incluye en este trabajo, ya que años después, desde septiembre de 1926 acompañará al contenido de Amauta como una parte más de la revista. En el primer número de Libros y revistas se puede leer una noticia titulada "Las pajaritas de Unamuno". Allí la nota se hace eco de la fama internacional del pensador español.

Pero aparte de noticias frívolas como la que hemos leído, Unamuno siguió teniendo una firme presencia en la revista. En el primer número de Amauta se presenta una crítica, firmada por su director, José Carlos Mariátegui, de La agonía del cristianismo, que entonces acababa de ser publicada en Francia por la Editorial Rieder. Mariátegui, al igual que Unamuno veía la existencia humana como una lucha, una lucha que suponía superar muchos obstáculos que se podían superar gracias a la idea de mito que Mariátegui toma del pensador francés Sorel. De este modo, donde Unamuno pone fe o creencia en Cristo, Mariátegui pone la palabra mito:

"El tema del libro de Unamuno no es el tramonte del cristianismo, sino su lucha. Tiene Unamuno una inteligencia demasiado apasionada, demasiado impetuosa, para oficiar hieráticamente la misa de réquiem de una decadencia, de un crepúsculo. Unamuno no se sentirá nunca acabar en ningún untergang. Para él la muerte es vida y la vida es muerte."

En este texto Mariátegui elogia el contenido del libro de Unamuno en todo aquello que pone de relieve la crisis de la sociedad burguesa:

"¿No es también la angustia de nuestra época, de nuestra civilización? ¿No es éste también el drama de Occidente? ¿Por qué nos parece tan terriblemente actual este grito agónico, esta frase agónica, esta emoción agónica? Un poeta surrealista francés, Paul Emile Eluard -poeta de la nueva generación- ha escrito últimamente un libro con este título Mourir de ne pas mourir."

Mariátegui pone al mismo nivel a Unamuno y a Eluard como índices de la nueva vanguardia, porque tanto el poeta francés como el pensador español son índices de la decadencia de Occidente, del desastre europeo que vaticinaba ya Spengler. Por ello, Mariátegui no duda en destacar los ataques de Unamuno a la crisis de la conciencia burguesa como una respuesta a la crisis positivista que en Latinoamérica, especialmente en el área andina se vive en los primeros años del siglo veinte. Mariátegui verá en Unamuno la coincidencia de su pensamiento pseudoreligioso frente al cientificismo positivista:

"En su pensamiento se descubre siempre alguna vaga pero cierta anticipación del porvenir. Varios años antes de la guerra, cuando el Occidente se mecía aún en sus ilusiones positivistas, cuando el espíritu de Sancho parecía regir la historia, Don Miguel predicó el evangelio de Don Quijote. Entonces el mundo se creía lejano de un retorno al donquijotismo, de una vuelta al romanticismo. Y el evangelio de Unamuno no fue entendido sino por unos cuantos alucinados, por unos cuantos creyentes. Mas hoy que por los caminos del mundo pasa el nuevo caballero de la triste figura, son muchos los que recuerdan que el filósofo de Salamanca anunció su venida. Que el maestro de Salamanca presintió y auguró una parte de esta tragedia de Europa, (...) de esta agonía de la civilización occidental."

En un segundo plano, no menos importante, se sitúan las duras críticas de Mariátegui al pensador español. Fundamenta su cuestionamiento en una mala interpretación del marxismo por parte del filósofo español: "Unamuno recae en una interpretación equivocada del marxismo", dirá Mariátegui.

Por ello, Mariátegui se distancia en este punto de don Miguel, al cual intenta rebatir:

"La vehemencia polémica lleva aquí a Unamuno a una aserción arbitraria y excesiva. No; no es cierto que Karl Marx creyese que las cosas hacen a los hombres. Unamuno conoce mal el marxismo. La verdadera imagen de Marx no es la del monótono materialista que nos presentan generalmente sus discípulos. A Marx hace falta estudiarlo en Marx mismo. La exégesis son generalmente falaces. Son exégesis de la letra, no del espíritu."

La idea mesiánica de un marxismo poco dogmático, acompañado de la idea soreliana de mito, llevan a hacer pensar a Mariátegui que el pensador español puede rectificar su juicio del marxismo y ponerlo en clara correspondencia con su pensamiento cristiano:

"Yo estoy seguro de que si Unamuno medita más hondamente en Marx descubrirá en el creador del materialismo histórico no un judío saduceo, materialista, sino, más bien, como en Dostoyevsky, un cristiano, un alma agónica, un espíritu polémico. Y que quizá le dará la razón a Vasconcelos, cuando éste afirma que el atormentado Marx está más cerca de Cristo que el doctor Aquino."

La andadura de Unamuno en Amauta prosigue en el número dos, ejemplar en el que Juan Parra del Riego le dedica un poema titulado Marcha Unamuno. En él se destacan algunas estrofas en las que se puede observar con qué idea de la totalidad del pensamiento unamuniano o que aspecto consideraron más relevantes los escritores de Amauta en relación con el pensador de Bilbao. Las primeras estrofas del poema conducen a pensar que de nuevo la idea del mito, la conciencia de la crisis burguesa y el hecho de que Unamuno fuera un escritor contra corriente, son los aspectos que más atraían de él para los escritores de Amauta:

¡La sangre!¡La vida!/¡La fe con un grito de cien alas rojas!/¡Trampolín de nubes en mi corazón!/¡Campanas de guerra de amor y partida!/Estandartes pálidos de las paradojas/de Cristo y la luna... ¡la revolución!/Y ¡Unamuno! dicen los hondos tambores/y otros anhelantes clarines mejores/de los que se arrastran algún batallón.

En el número cinco de Amauta, Mariátegui publicará una carta de Unamuno en la que éste agradece las referencias a su libro así como la publicación del poema de Juan Parra del Riego. Allí Unamuno hace referencia a las discrepancias que mantenía Mariátegui en su crítica a La agonía del cristianismo. Los puntos de contacto entre ambos pensadores parecen ahora menos tangenciales cuando Unamuno reconoce:

"No es cosa de que nos pongamos a discutir. Acabaríamos en que ambos tenemos verdad que es mucho mejor que tener razón. Sí, en Marx había un profeta; no un profesor. Y vea Ud como estos dos términos profesor y profeta, latino el uno y el otro griego, que etimológicamente son parientes, han venido a significar cosas tan distintas y hasta opuestas. Mucho de mi vida íntima ha sido una lucha contra el oficio oficial, contra la profesorería académica."

Unamuno aprovecha la carta para conciliar su pensamiento con el de Mariátegui y allí lanza sus más duras críticas contra las causas de lo que es la idea central alrededor de la cual gira todo el pensamiento de la generación del 98: el mal de España, el hecho de que España está enferma:

"Lo que está agonizando en España viene de lejos. Con la muerte del príncipe D. Juan -en Salamanca- único hijo varón de los Reyes Católicos a fines del siglo XV, cuando se descubrió América, desapareció la posibilidad de una dinastía española, indígena, castellano-aragonesa. Carlos I -V de Alemania- hijo del Hermoso de Borgoña, un Habsburgo, y de la Loca de Castilla, llegó a ésta sin saber apenas castellano rodeado de flamencos y trayendo la política hasburgiana, la hegemonía de la casa de Austria en Europa y la Contra Reforma. La América que se acababa de descubrir no era sino una mina de donde sacar recursos, oro, ya que no hombres para esa fatídica política. Y así, de espaldas a América -y a África- vertióse la sangre española en Italia, Francia, Países Bajos, por asegurar la hegemonía habsburgiana contra los reformados. Y así siguieron felipe II, III y IV y Carlos II que nunca se españolizaron. Y les siguieron los Borbones, tan extranjeros en España como los Austrias."

A los dirigentes del país atribuye, de este modo, la decadencia española. Y no sólo española, sino también la decadencia de América:

"...que el pueblo fue seducido y arrastrado por Habsburgos y Borbones y que se le hizo creer que continuaba la cruzada de la reconquista. (...) Sí la terrible envidia frailuna y castrense -conventos y cuarteles son ciénagas de envidia misológica- la que creó la Inquisición es la que alentaba en no pocos conquistadores, más sanson-carrasqueños que quijotescos. Sí, sí, mi pueblo, el pueblo de mis entrañas tiene que expiar sus pecados."

A pesar de que de este juicio discreparían prestigiosos autores como Irwing Leonard, Unamuno, al igual que los hombres del 900 peruano, generación a la que pertenece Mariátegui, cree que los males de América provienen de la mala administración de la colonia, mala administración de la monarquía en el caso de Unamuno. Ya por entonces Mariátegui gestaba sus tesis que saldrían a la luz en 1928 bajo el título de Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Allí Mariátegui sostendrá la tesis de que el Perú está enfermo desde los tiempos de la conquista. La conquista arrasó con un sistema económico comunitario, el ayllu -donde él encuentra el primitivo comunismo inkaico- y no supo crear otro sistema que integrara a la totalidad de la población peruana. Desde entonces el Perú y su nacionalidad se hallan en crisis y son la causa de todos los males que se arrastran desde la colonia:

"Los conquistadores españoles destruyeron, sin poder naturalmente reemplazarla, esta formidable máquina de producción. La sociedad indígena, la economía inkaika, se descompusieron y anodadaron completamente al golpe de la conquista. Rotos los vínculos de su unidad, la nación se disolvió en comunidades dispersas. El trabajo indígena cesó de funcionar de un modo solidario y orgánico. Los conquistadores no se ocuparon casi sino de distribuirse y disputarse el pingüe botín de guerra. Despojaron los templos y los palacios de los tesoros que guardaban; se repartieron las tierra y los hombres, sin preguntarse siquiera por su porvenir como fuerzas y medios de producción."

Unamuno, como Mariátegui y los hombres del 900, ven en sus respectivas patrias un país enfermo y, por ello, se interrogan acerca de las causas que azotan la nacionalidad. De este modo, Unamuno cuestiona la actitud nacional, el viejo concepto de patria bajo el cual tantos desmanes ha realizado. La conquista, así pues, se cuestiona como campaña evangelizadora, y se ve al igual que en las propuestas mariateguianas, una empresa económica.

La colaboración de Unamuno con Amauta irá más lejos de lo que puede ofrecer esta breve carta y es en enero de 1928 cuando Unamuno publica allí un artículo titulado Mi pleito personal. Ese pleito tiene un contrincante claramente establecido que es la figura del dictador Primo de Rivera. A lo largo del artículo Unamuno se resarce contra el militar y explica los detalles de su destierro en Fuerteventura:

"Es con los de la casta de la masculinidad, esa inhumana y soez concepción de mancebía que ha originado el catolicismo testicular de los requetés, catolicismo sin catolicidad y desde luego sin cristiandad alguna. Sí, ya sé que en las mancebías -me lo han asegurado- suele haber imágenes de la Santísima Virgen María -¿perdón Señora!- pero yo que fui educado por mi madre viuda, en la más íntima y profunda piedad cristiana y católica; yo que he refrescado mis labios toda mi vida y a diario, para mantener en mi vida mi santa niñez, con el Ave María, no puedo menos que horrorrizarme cada vez que veo que el Primo de Rivera, ese, va a representar la impía y blasfema farsa de ir a orar ante una imagen de la Virgen. Es tomarla de Celestina."

A propósito del relato de una visita de Miguel de Maeztu, hijo de su compañero de generación, en la que le relata cierto arrepentimiento por parte de la autoridad castrense de haber forzado el exilio del escritor bilbaíno, Unamuno muestra toda su fiereza dialéctica contra el poder establecido y más concretamente contra la ignorancia de los gobernantes:

"Y es que son tan brutos, han vivido tan al margen de la vida cultural de España, que era y sigue siendo posible que un español se haga, como me he hecho yo, una reputación mundial, adquiera autoridad en todo el mundo civilizado y aún más allá de los países de lengua española sin que ellos se enteren."

Y a continuación añade un fragmento que carece de desperdicio en el que enjuicia la ineptitud del gobierno en relación con la enfermedad del país y se posiciona con la razón de los intelectuales como único bálsamo contra esa enfermedad:

"Reputación que sigo acreciendo y agrandando y con el fin de emplear la autoridad moral e intelectual así adquirida en libertar a mi patria de la más abyecta, rapaz y embrutecedora tiranía y de marcar a los tiranuelos -para siempre- con la señal de los réprobos de la historia. Y a la vez de salvar ante la conciencia de la Humanidad la honra de nuestra España. Porque si el buen nombre de España ha de salir lo menos mal posible de esta catástrofe se ha de deber a nosotros, a los motejados intelectuales; motejados con cierto retintín de fingido desdén, pero de real envidia cainita. Y de cainitas degenerados, que al cabo el mítico Caín, el que tuvo el valor de matar a Abel, no parece que fue un majadero. Nosotros, los motejados de intelectuales por los macos jubilados, nosotros estamos salvando la honra histórica de España. Y no los brutos de la cruzada de Marruecos."

Tratándose de un texto para Amauta, Unamuno no podía dejar de hablar de la cuestión latinoamericana, de la cultura en común entre España y América Latina. Y así Unamuno señala al preguntarse sobre si existe un imperialismo cultural hispanoamericano:

"...hay un imperialismo cultural hispano americano. Pero no de España y menos de la España del trío Habsburgo-Anido-Primo, sino de los pueblos todos de lenguas ibéricas, un imperialismo de todos los que pensamos en las lenguas de Cervantes, Camoens y de Raimundo Lulio (...) Y la madre patria es la patria espiritual común, un alma y no un territorio; una historia y no un código común. Y por lo que hace a nosotros, los españoles, una lengua común, la lengua en que alguna vez pensaron -y al pensar, sintieron en ella- los portugueses Gil Vicente, Camoens, Francisco, Manuel de Melo -el que hizo pronunciar para siempre el más hermoso discurso político que se conserva en castellano al gran patriota catalán -Pau Claris- en que mandó, contra el intruso Habsburgo imperial, el indio místico Benito Juárez y en que dio a la eternidad su último canto el indio tagalo José Rizal, la lengua en que nos dejó su alta doctrina de civilidad el nobilísimo patriota Pi y Margall. Este es nuestro imperialismo, el de aquellos hispano-americanos que como el gran Domingo Faustino Sarmiento, archi-español, fueron tachados de anti-españoles por menguados coloniales de tenderete de baratijas quisquillosos, recelosos y ansiosos de citajos; el imperialismo de Simón Bolivar, de abolengo vasco, el más grande discípulo de don Quijote. Y este imperialismo lo estamos sosteniendo nosotros, los que aplastamos con nuestro santo desdén a los tiranuelos pretorianos, cainitas y rapaces, nosotros los intelectuales. "

Y a continuación de haber fundamentado este lazo común en la lengua y la historia propias, Unamuno arremete con bisceralidad hacia los que sostienen el poder y los que lo han sostenido:

"Imperialismo. Sí, pero de la cabeza y del corazón y no de la bilis ni de los testículos. Se tiene que acabar esa soez grosería de señoritos fajinados de casino -no de cuartel ni de cuarto de banderas- que hacen gala de masculinidad y de casta. Los hombres no son jacos."

En marzo de 1928, en el número trece de Amauta, Unamuno publica un artículo titulado "Cuatro años de dictadura" en el que de nuevo arremete contra la dictadura de Primo de Rivera y muestra su más radicalizada crítica contra el régimen monárquico anterior. Unamuno señala la falsa apariencia de tranquilidad en la que por esos años la dictadura considera como uno de sus mayores triunfos, triunfos cristalizados en la solución del separatismo y de la agitación sindical:

"La dictadura, entre tanto se jacta de haber acabado con el separatismo , con el terrorismo sindicalista y con la guerra de Marruecos. Dejemos lo del separatismo que siempre fue más una farsa -y hasta un chantage- que otra cosa y digamos de paso que durante la dictadura se ha acentuado el separatismo cultural de España respecto al mundo civilizado y pasemos a lo otro."

Unamuno crítica la solución con que se ha zanjado la guerra con Marruecos. Considera que el problema no se ha solucionado y que sólo se le ha puesto un parche. Unamuno, en clara asonancia con la revista, intenta unir su discurso con la realidad peruana porque como él dice "conquistar no es pacificar" Por ello señala acertadamente que el problema de Marruecos es mucho más profundo y lo ejemplifica con un hecho histórico de la conquista:

"Recuérdese el remoto origen de la guerra de independencia con la que se fueron las colonias españolas de América, se sacudieron el yugo de la España del abyecto Fernando VII. Aquellas guerras fueron guerras civiles, se ha dicho, pero ¿quién llevó la guerra civil a las Américas españolas. No los descubridores, no los colonizadores, no los emigrantes de los que salieron los criollos. La llevaron los conquistadores, los caudillos, los hombres de armas, por los de los Pizarros. Y fue un magistrado civil, el licenciado La Gasca, el que fue a extinguirla y a pacificar. Porque los conquistadores no pacifican."

En el número dieciocho de Amauta, en octubre de 1928, Unamuno vuelve a intervenir en Amauta. Esta vez interviene en un debate en colaboración de André Bretón, Waldo Frank, Jean Cocteau, Francis André, Leon Whert y Luc Durtain. El tema consiste en la respuesta a la pregunta ¿existe una literatura proletaria.. Unamuno responde con claros ecos de la atmósfera ambientada por La deshumanización del arte (1923) de Ortega. No puede existir el arte proletario porque el arte es un fenómeno individual que no puede surgir de la masa:

"No creo en el arte popular. Lo que hace el pueblo es adoptar o rechazar lo que un individuo le ha dado."

Unamuno se plantea la cuestión de si existe un arte que expresen las aspiraciones de la clase obrera. Para él el obrero no se distingue del burgués, pues ambos tienen las mismas aspiraciones existenciales:

"El obrero se enamora como aquel a quien se llama burgués, como él tiene hijos, como él sufre cuando una persona querida se le muere, como él teme o desea la muerte, como él se preocupa del fin de la vida, como él se estremece ante el misterio trágico del destino. Y estas aspiraciones han hecho el arte y la literatura cuyo objeto, como el de la religión, es consolar al hombre de haber nacido para morir."

Este juicio descartaría como arte en sí lo que se llama literatura proletaria. Por ello Unamuno critica el paternalismo con que los marxistas hablan a su público:

"Lo que he podido observar, en aquellos que llamamos con más o menos razón proletarios, es que lo que se escribe para ellos en cuanto proletarios, no les interesa más que lo que los adultos hacen para los niños, poniéndose a balbucear a fin de ser mejor comprendidos, algo que hace reír a los verdaderos niños."

Y Unamuno concluye su intervención con unas palabras que sonrojarían a gran parte de la crítica literaria de carácter marxista:

"Aún suponiendo que la historia sea el juego de la lucha de clases, el arte, la literatura, la poesía, están, por encima -o si se quiere por debajo- de esta lucha, y unen a los combatientes en la fraternidad humana. Una obra de arte que vosotros llamáis burguesa, emocionará o interesará a aquellos que vosotros llamáis proletario, si es una buena obra de arte, y una obra de arte que vosotros llamáis proletaria emocionará o interesará a aquellos que vosotros llamáis burgueses y les enseñará a los unos y a los otros a ser hombres. Y ser hombres es vivir en función del destino final de la humanidad."

Unamuno aparece por última vez en Amauta en el número veinticinco en julio de 1929. Allí aparece una reseña de su Romancero del destierro. Al año siguiente la revista desaparecerá después de la muerte de su fundador, José Carlos Mariátegui, aunque todavía aparecerán dos números más en 1930. Cabe preguntarse, entonces, acerca de las causas que hicieron que Unamuno apareciera en Amauta, una revista de raíz andina tan alejada de las preocupaciones del pensador español. En primer lugar, creo que una razón de peso fue la necesidad de Mariátegui de hacer uso de personalidades de renombre internacional que avalaran su proyecto. En segundo lugar , creo que Mariátegui se debió sentir atraído por el carisma de un intelectual de talante incómodo para el poder. No hay que olvidar que Unamuno había pasado por la revista marxista La lucha de Clases y por las anarquistas Ciencia Social y La Revista Blanca. En tercer lugar Unamuno representaba lo que J.C.Mainer ha llamado "la paradigmática imagen de quien encarna el problema de España". Mariátegui, por su parte, podría ser la paradigmática imagen de quien encarnaba el problema del Perú y por ello no era de extrañar que se sintiera atraído por un intelectual como Unamuno que a partir de su crisis de 1897 había desconfiado del progreso occidental, cuestión que a menudo se ponía de relieve en el mundo de la vanguardia como respuesta a esa decadencia de la cual eran testigos.

Notas:

  1. Amauta, ed. facsimilar, introducción de Alberto Tauro, Lima, Empresa Editorial Amauta, 1976.

  2. Jorge Schwartz, Las vanguardias latinoamericanas. Textos programáticos y críticos, Madrid, Cátedra, 1991.

  3. Amauta, nº1, p.33.

    Ibídem.

  4. Vid. Luis Loayza, Sobre el 900, Lima, Mosca Azul Editores, 1990; Ángel Rama, "El área cultural andina (Hispanismo, mesticismo e indigenismo)", Cuadernos Americanos, México, Vol.XCVII, nº6, Noviembre-Diciembre, 1974, p.p. 136-173.

    Ibídem.

    Ibídem.

    Ibídem.

    Ibídem.

    Amauta, nº2, octubre de 1926, p.10.

    Amauta, nº5, enero de 1927, p.1.

    Ibídem.

    Amauta, nº5, enero de 1927, p.2.

    Irving A. Leonard, Los libros del conquistador, México D.F., Fondo de Cultura Económica, 1996

  5. 2.

    José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima, Empresa Editorial Amauta, 1928. La última edición de este título que he podido consultar es de 1995.

    Op., cit., pp. 13 y 14.

    Miguel de Unamuno, "Mi pleito personal", en Amauta, nº11, enero de 1928, pp. 22-24.

    Amauta, nº11,enero de 1928, p.22.

    Ibídem.

    Ibídem.

    Amauta, nº11,enero de 1928, p.23.

    Ibídem.

    Amauta, nº13, marzo de 1928, p.17.

    Ibídem.

    Ibídem.

    Amauta nº18, octubre de 1928, p.7.

    Amauta nº18, octubre de 1928, p.7. y 8

    Ibídem.

    Amauta nº18, octubre de 1928, p.8.

    José Carlos Mainer, Modernismo y 98, en Francisco Rico, Historia y crítica de la literatura española, Barcelona, Crítica, 1980, t.VI, p.239.

    Vid. Elías Díaz, "El antiprogresismo unamuniano", en Francisco Rico, Historia y crítica de la literatura española, t.VI,. Volumen al cuidado de José Carlos Mainer: Modernismo y 98.