UNIVERSITAS
NON PLACET

Manuel González Alameda (*)
Profesor de Filosofia de la Ciencia
Universidad Internacional de Texas, Baja California



Hay un descontento general en las universidades; da igual la latitud o el idioma. Los alumnos se confiesan vacíos para enfrentarse a sus deberes escolares; los profesores, a su vez, predicadores en el desierto. Pasa un día y amenaza el siguiente con su insipidez. Aulas presididas por hombres que hablan por obligación y la obligación de tener que escucharles. Lo gris enmarca actores y espectadores. Panorama éste, con el que la gente joven generaliza su inconformidad en las universidades.

Nadie sabe qué pasa a ciencia cierta. No obstante, cuando un problema se vuelve huidizo, cuando por más que se intenta concretar todo resulta retórica, un fenómeno del espíritu suele ser el responsable del intangible e irritante escapismo de una serie de causas últimas. Y esto es justo lo que está ocurriendo con el fenómeno llamado "de la universidad en crisis".

Se suele, cuando se estudia la misión o imagen de una institución, preguntar a la historia. Generalmente el que hace esto, queda inexorablemente atrapado por sus propias consideraciones. No negándose por esto el valor ejemplificativo que de la historia se desprende; ni tampoco que la imagen concreta que el mundo arroja, como experimento de las acciones humanas sobre él, sea cosa fútil o impráctica. Por el contrario, la historia dice mucho de lo que ha sido, en este caso, la Universidad, pero muy poco de su misión futura. Esto con más derecho pertenece a la filosofía. Precisamente a una filosofía que tenga como misión la de vislumbrar nuevos horizontes. Horizontes que son esperanzas. Esperanzas que brotan (mediante la filosofía), de nuevas formas de concretar el espíritu en su peregrinar hacia metas ideales. Pero acontece que esta filosofía encargada del análisis de la Universidad actual, rara vez encuentra para ella un dispositivo eficaz (de la índole que se desee) capaz de impulsar los espíritus juveniles, siempre anhelantes, hacia metas ideales. De donde que la crisis de la universidad no sea otra, sino la de su propio dinamismo.

La universidad no está mal, sino que no acierta a estar mejor. Sus crisis son sus titubeos, por no tener una dinámica capaz de reavivar en enérgica actuación a los que en ella moran.

Ella y sus habitantes no saben qué hacer para rendir el obligado tributo de perfección que cada día nuevo nos exige. Y sin este tributo, entendiéndose perfección como guste, el hombre es algo menos que un ser desorientado: es un fenómeno espiritual en descomposición. Morbo este que no afecta sólo a los individuos, sino a las instituciones.

Cuando Aristóteles aconsejaba: "seamos arqueros que tienen un blanco", en su Ética nicomaquea, olvidó precisar que esto es justamente lo que no puede evitarse hacer. No es que debamos ser arqueros sino que somos arqueros que ineludiblemente debemos disparar a un blanco. ¡Quién se niegue a esto, se niega a vivir!; y con ello se convierte en un promovente de su fatal agonía interna, que no es sino el efecto de la inacción: resultado inmediato de no tener un efectuar, de no tener adónde dirigirse y en última instancia de no tener un ideal que funcione como blanco a donde disparar nuestras vidas. Podria decirse, a guisa de instructivo práctico, aquello de: dime con qué ideal andas por el mundo y te diré quién eres.

El ideal es, por esto mismo, ese último grado de perfección deseable al cual se aspira, se quiera o no se quiera, en una especie de tensionalidad mecánica y forzosa. Se puede alguien negar a lo bueno o a lo malo, pero negarse a lo que mejor le parece, sin que le avasalle la culpa y el sinsentido ¡es cosa harto dificil!

La universidad parece haber olvidado este problema elemental, casi de ingenieria: cómo devolver la tensionalidad al arco de los que disparan y cómo fabricar nuevos blancos, remozados, adaptados a los nuevos tiempos, hacia donde apuntar. No queriéndose decir, con lo antes apuntado, que la culpa de este cùmulo de angustias que padece el universitario actual esté afianzada en las metas hacia donde se dirigen los tiros, y que la solución deba consistir en la sustitución novedosa de las mismas, sino por el contrario: sustituir la simple presencia física de los blancos por objetivos retadores y codiciados para los que disparan. Labor ésta que supone artífices, que los tiempos que transcurren no son muy proclives a producir ni las sociedades a premiar. Mas, sea como sea, el hecho es que el universitario está inconforme.


Y es así, pues, como el alumno se confiesa: Primero, no tiene ánimos para asimilar tantas cosas ajenas a su propio interés vital, como las que la universidad se empeña en hacerles asimilar.¿Un mundo sórdido de objetos culturales, pesa, realmente, sobre las conciencias de los discentes?. Así parecen manifestarlo el reproche casi generalizado del alumnado por las materias culturales. Segundo: aquellos que debieran proponer los objetos culturales con la pasión de una vida entregada a ellos, como ejemplos vivientes de la importancia de la cultura, escasean, y los pocos que se muestran, pasean sus perfiles profesionales como pobres de oficio, rechazados por los altos salarios que van a manos de los... "pràcticos". De qué le vale, pues,la cultura al que la imparte y al que la recibe, si no es práctica, esto es, redituable, se pregunta el joven. ¿De qué le sirve a los que la tienen, si son tan infravalorados por las fuerzas sociales retribuyentes? ¿Es la cultura un capricho de los pueriles o una justificación de los remisos? ¿O mejor, un adorno valioso de los que tienen ya lo importante: dinero y posición? Cunde la alarma entre la juventud: ¡cuidado con la cultura, la sociedad no trata bien a los que la tienen! y a la postre, las palabras que hablan bien de ella están muy desprestigiadas: son los hechos los que realmente hay que escuchar.

De esta suerte, en los espíritus de los universitarios, gravitan, como motivaciones relevantes, dos factores de primerísima magnitud: el orden económico, que hoy día impone sus premisas hasta en los más recónditos lugares, y una escasez de ideales suficientemente magnetizantes como para que lo material, lo social, lo económico, comparta su primacia con las necesidades del espíritu. Desde estas dos tensiones, la de cómo abrirse camino en la lucha por la existencia, y la de cómo mantener el espíritu plenificado, el joven abre su intelecto a la universidad.

Los males del espíritu son pasajeros y subjetivos, generalmente dependientes de un mundo externo, que se polariza en satisfacciones y penas; los de la materia son concretos, inexorables, de instantáneo encuentro. ¿Quién habrá de ganar la batalla al atraer las atenciones? No hace falta ni siquiera preguntarse por ello: estamos en los tiempos de la materia, el espíritu es cosa de simple consecuencia de nuestro enfrentamiento a las leyes positivas, a las fuerzas activas vigentes. En esta actitud de alma, toma posesión el joven del aula y de los significados de la cultura. El joven universitario, con la fuerza que le produce su número y esa actitud anímica que los tiempos le han impregnado, comienza sus presiones: quiere una carrera práctica (redituable), una universidad con objetivos prácticos (que les prepare para ganar dinero), unos profesores prácticos (lo más parecido a ejecutivos exitosos). Todo desemboca en lo mismo: quieren modelos de acción que sean eficaces herramientas para lo urgente, lo decisivo, ¿lo real?, que es siempre la disponibilidad de dinero para cualquier cosa, por insignificante que parezca.

¡Así se piensa! ¡Así habla nuestro tiempo! ¿Qué se puede hacer? La universidad no puede, por una parte, permitir que sea rechazada una cultura que ha costado milenios, simplemente por no ser toda ella objeto de una practicidad momentánea; y por otra, tampoco puede negarse a producir lo que su medio nutricio, la sociedad, reclama opresivamente: la utilidad.

¿Cuál será la misión de la universidad en esta coyuntura? Indudablemente situar lo que falte allí donde se reconozca que falta. ¿Qué falta en realidad?: más peso en la concienciación de los mecanismos ideales que asisten al hombre y que tienen los mismos caracteres de realidades positivas que los económicos, y que están urgidos, por su naturaleza constitutiva, de una proyección apremiante; junto con una denuncia, con pretensiones modificadoras, de los peligros de un desequilibrio tan radical como el que actualmente se despliega.

Mas, ¿no es esto una receta un tanto verbalística y poco operativa? ¿Cómo hacer ver al joven universitario, tan escaldado por las fuerzas sociales, que no debe desarrollar su personalidad unilateralmente en el sentido práctico? Sobretodo cuando esta practicidad viene supeditada a un servilismo y esclavitud a la condiciones economicas. La cosa no es fácil de describir, pero el lugar donde se encuentra la respuesta sí está bien cercano. Está en la crisis del fenómeno individual, donde el hombre moderno no se encuentra satisfecho de su propia vida, ante su tribunal interior que le acusa: tú no eres tú, atormentándole, no sólo porque no consigue la identidad anhelada con sus metas ideales, sino porque ni siquiera encuentra fuerzas, a pesar de que los mecanismos tensionales de sus ideales rugen en sus interioridades, para ponerse en armonía con su quehacer cotidiano. Así, hoy más que nunca, el fenómeno individual es una estructura quebradiza. Hoy más que nunca, el hombre para existir, necesita vender tanto de sí y de tan profundas regiones de la intimidad y de su propia identidad.

Por esto,un hombre con los ideales apropiados que la universidad debiera proporcionarle, puede transformar el mundo; sin ellos, el mundo lo cambia a él. Transformándole no precisamente en un realista, como suelen jactarse los que adolecen de este mal, el mal de haberse vendido al mejor postor ideológico, sino en un ente cósico más, una herramienta de una sociedad insana, que lo sume en la dispersión caractereológica, que lo pulveriza en la empiria terrígena, en el fango consecuente de los elementos, en cualquiera de los componentes de un paisaje selvático, esto es, sin cultivo.

¡Misión de la universidad!: sembrar ideales y proporcionar habilidades para que fructifiquen. Este es el lema.


(*) MANUEL GONZALEZ ALAMEDA es Licenciado en Filosofia y Letras en la Universidad Complutense de Madrid, España. Master en filosofia en la Universidad Autónoma de México. Colaborador editorialista de los periodicos Excelsior y El Heraldo, Mexico 1982-1988. Profesor de Historia de la Filosofia en la Universidad Anáhuac, México. Actualmente es Profesor de Filosofia de la Ciencia en la Universidad Internacional de Texas, Baja California.



© Manuel González Alameda 1999
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

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