II

Naturaleza de la institución del periodismo


EL periodismo puede mirarse bajo dos aspectos diferentes:

El primero es el del periodismo propiamente dicho, según lo fue en sus orígenes y sucesivo desarrollo, según lo es actualmente en los pueblos gobernados por las modernas instituciones políticas, y según lo entienden los partidarios del progreso moderno, que saludan a la prensa periódica como una de las más preciosas conquistas de la época presente, sin que falten entusiastas admiradores que hagan derivar su genealogía del Evangelio, y la enumeren, juntamente con otros inventos modernos, entre los frutos de la caridad cristiana.

Reservando para más adelante exponer el segundo aspecto, fijémonos ahora en este primero, que es el propio y genuino.

Así considerado el periodismo, no es otra cosa que una aplicación práctica del principio de la libertad de pensar y de emitir la propia opinión; y la libertad de imprenta le es tan necesaria como el aire al ave y como el agua al pez. Debiendo tener facultad ilimitada de discurrir y censurar los actos del Gobierno y de la Iglesia, pues esto importa la misión que se le atribuye de velar por los altos y variados intereses del país, ha de vivir libre de toda censura eclesiástica y gubernativa.

Es evidente que un periodismo de tal naturaleza no es posible sino allí donde la cosa pública es gobernada más ó menos popularmente; donde hay tribuna que arenga, candidatos que luchan, colegios que eligen, cámaras que discuten y legislan, ministerios responsables que suben y caen conforme a prácticas parlamentarias, donde, en fin, la vida pública y política es asunto poco menos que de todos. En los paises regidos por tales sistemas de gobierno, la prensa periódica viene a representar la opinión pública, a sostener los varios proyectos de ley, a dar apoyo a los partidos y marcar sus tendencias y matices.

Es apenas creible lo que nuestros modernos reformadores se prometían en un principio (y aún siguen prometiéndose muchos a quienes todavía no han sido bastante a desilusionar las lecciones de la expetiencia) del periodismo así considerado, para la educación e instrucción de los pueblos, para los adelantos de las ciencias y artes, para todo género de progresos sociales, civiles y políticos, para el bienestar, en fin, y felicidad del universo mundo. Es de leer lo que se ha escrito y escribe, desde este punto de vista, acerca de la acción civilizadora de la prensa y particularmente del periodismo. Este tiene una misión de las más nobles que se pueden encomendar al hombre: es, al decir de sus admiradores, un apostolado, un sacerdocio, y sería todo lo que los vocabularios pudieran expresar, si tuviesen palabras para significar más altos ministerios, sin que sea lícito dudar que la prensa es una representación social con todos los derechos que en condición de tal le acompañan; es, en fin, una aplicación del cristianismo y poco menos que un deber del cristiano, (I) y el oponerse a su propagacion es propiamente negar al pueblo redimido el alimento intelectual: «La cultura -se dice- está en razón directa del aumento y propagación del periodismo, y el oponerse a este aumento y propagación es oponerse a la cultura misma y al principio cristiano, que quiere que el pueblo, que el pobre pueblo participe cada día en mayor proporción del pan de la inteligencia. El distribuir este pan a la multitud es deber de los que más saben. El periódico bajo las múltiples formas que puede revestir, debe prestarse a este oficio.»

Así hablan y disertan muchos sin darse cuenta, ni sospecharlo siquiera, del sofisma en que incurren, sofisma no raro por cierto en los partidarios de ciertas teorías e idealismos. Confunden la institución, no aun como es en sí, sino tal como ellos la imaginan, con lo que de hecho y en la realidad existe, la adornan con los títulos más nobles y la pintan con los colores más hermosos, anímanla después con el espírítu más excelso que les es dado concebir, y erigido así el ídolo, invitan al mundo entero a quemar incienso y doblar ante él la rodilla; y ¡ay de quien se niegue á rendir aquel culto idolátrico!

Mas yo pregunto a estos entusiastas adoradores del periodismo: ¿y si se tratase de rendir homenaje a una ficción de vuestra fantasía? Sería esto entonces como la admiración que tributamos a los poetas creadores de nuevos mundos. Pretender que de la institución real y subsistente se piense y se diga lo que se fantasea de la ideal e imaginaria, sería lo mismo que querer obligar a un pobre a mostrarse satisfecho de una mesa desprovista de manjares, sólo porque se la presentan acompañada con la descripción de un suntuoso banquete.

Es una verdadera ilusión la que padecen estos apasionados admiradores del periodismo: establecen a priori que el periodismo es esto u lo otro, que es instrumento de la verdad, promovedor del bien, enemigo del error y del mal; que es la primera necesidad del siglo, pan de la inteligencia, arma de la civilización, depositario del genio, amigo de los hombres grandes, dispensador de la fama, aplaudidor del verdadero mérito y así por este orden. Suponen además que cuanto son los hombres más notables por su virtud y saber, aplican su ánimo y su actividad a repartir a la multitud este pan de la inteligencia, y que verdaderamente se consagran a ello los que saben más que los otros, y partiendo de este supuesto, entonan aires de triunfo, exaltan con entusiasmo a la institución poniendo sobre su cabeza la triple corona, y pronuncian el quos ego contra todo el que se atreva a poner en duda que aquel es el Dios que ha de conducirnos a la tierra de promisión.

Está bien, replicaré yo; más ¿quién asegura de la verdad o a lo menos de la probabilidad de tales hipótesis? ¿Quién garantiza que el periodismo será pan de la inteligencia y no veneno? que será arma de civilización y no instrumento de barbarie? que será amigo del hombre virtuoso y azote del malvado y no precisamente lo contrario? Y sobre todo ¿quién asegura que se dedicarán á la profesión del periodismo los que saben más que los otros, y no más bien los que saben menos, o lo que sería peor, los que sabiendo menos, presumen de saber más que todos? A estas y otras preguntas semejantes deberían responder los partidarios apasionados del periodismo, buscando la respuesta -nótese bien- buscando la respuesta en la naturaleza misma del periodismo, en la esencia de la institución. Pero pintar un bello cuadro de la prensa periódica trazado por estro de imaginación e inspirado por filantrópica sensibilidad, afirmar que así es de hecho y en la realidad subsistente, dando por supuesto que se aplicarán a ejecutarlo los hombres más sabios, esto es poner prácticamente al descubierto cómo el periodismo puede cambiarse con gran facilidad en charlatanismo.

Cierto que los defensores de esta moderna institución han tratado de buscar las garantías de que antes he hablado, y, por extraño que parezca, han creido encontrarlas en la libertad de imprenta, condición sine qua non del periodismo tal como se le considera. Quieren que los reguladores de las opiniones de los pueblos sean las más altas inteligencias del país, los hombres más venerados por la lealtad de su carácter, por sus beneficios y por sus virtudes, únicos que pueden disipar las tempestades que se fraguan en las cabezas caldeadas de las «masas que no raciocinan», emprendiendo su dirección con el afecto y el ejemplo; y para conseguir todo esto debe ser medio eficaz... ¡la libertad de la prensa! En esta libre concurrencia, el saber triunfará de la ignorancia, la virtud del vicio, el desinterés del egoismo...

¡Lástima no sea verdad tanta belleza! Se pretende comenzar la educación de las masas que no raciocinan poniendo en sus manos los moldes que deben enseñarlas a raciocinar. Esto sería como pretender inaugurar una enseñanza encerrando al escolar en una cátedra. Pues qué ¿esperan los que así piensan que los hombres de profundo saber y de recta conciencia, amantes verdaderos de la patria, harán callar a la turba de los ignorantes y charlatanes? ¿Acaso no demuestra la experiencia lo contrario? Por otra parte, ¿no reparan en la contradicción en que incurren al suponer qué las masas que no raciocinan sabrán distinguir el saber profundo del superficial, la sinceridad de la hipocresía, el amor verdadero a la patria de las frases ridículas de farsantes patrioteros? ¿Creen sinceramente que esas masas se dejarán convencer mejor por el razonar serio de «El Diario de Barcelona» por ejemplo, o por el vigor de la lógica de «El Siglo Futuro», o el discurrir sereno y templado de «Las Provincias», que por la ligereza de «El Globo», los sofismas de «El Resumen», el estilo volteriano de «El Liberal», la impiedad descarada de «Las Dominicales» o las desvergüenzas de «El Motin»?

He aquí la verdad en este punto: Siendo el hombre naturalmente sociable y dependiendo de la norma eterna de lo verdadero y de lo justo, sus fuerzas, de cualquier género que sean, no pueden ejercitarse libres de todo freno sin que de ello se resienta el cuerpo social a que pertenece. El restringir, por tanto, la libertad en ciertos casos y a ciertos individuos, no importa otra cosa que asegurarla en lo general y para todos. Las principales fuerzas del hombre son: el pensamiento de que es instrumento la palabra hablada ó escrita, el brazo armado y el capital. Aplíquese a cualquiera de estos tres elementos el principio de la libertad ilimitada, y nos encontraremos con que hemos sacrificado el interés de los más al monopolio de unos pocos que tengan más medios y mayor astucia para imponerse a la multitud. El libre cambio dará por resultado el que unos cuantos capitalistas monopolicen todo el tráfico y toda la industria y concluyan por absorber las pequeñas fortunas que son las más, las cuales no podrán sostener la concurrencia. El libre uso de armas helará de espanto a la mayor parte de la sociedad que se compone de los débiles, y la entregará a merced de unos cuantos malvados La libre prensa da toda la ventaja á unos pocos ingenios sofísticos, astutos y atrevidos, provistos de todas las artes del charlatanismo para engañar y seducir a las masas que no raciocinan, y envolverlas en las nieblas de la duda, después de arrancarles toda creencia saludable hasta hacerlas perder de un todo el sentido moral.

Tal es el periodismo en su propio modo de ser y según su institución cual la entienden los modernos reformadores; conquista puramente revolucionaria, gusano roedor de las sociedades e instrumento de ruina y de muerte allí donde se halle libre de todo freno. Si el juicio parece severo, no se olvide que aquí no hablamos de periódicos ni de periodistas, sino del periodismo. ¡Ay si los hombres no corrigiesen en la práctica la institución, no permitiendo que las malas plantas fructifiquen con todo el vigor que podrían!

Pero si es posible corregir algún tanto en la práctica el daño de la institución, no lo es impedir que produzca siempre y doquiera sus efectos inmediatos y naturales en más o en menos según las circunstancias de tiempo y lugar y las condiciones de su existencia. Veamos cuáles son estos efectos.


(I) Cogidos muchos en los lazos de tantos sofismas fraguados maliciosamente por los enemigos del orden social cristiano y aceptados cándidamente y repetidos por muchos aun de los mismos católicos, v. g.: «la fe no se debe obtener con cárceles; Dios: no necesita del brazo del hombre para obtener el asenso de la razón; la verdad es necesariamente por su natural excelencia dueña dela razón cuando goza de libertad, etc.», han llegado a persuadirse de que un puñado de inteligencias extraviadas esparcidas en las naciones católicas, tenía derecho á manitestar sus errores, cuando menos para su propia ilustración; y esta última idea transformó a sus ojos la libertad de la prensa nada menos que en una obra de misericordia católica en favor de los incrédulos y un estímulo ofrecido al celo de los maestros de la verdad.

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 1999