III

El periodismo esclaviza el pensamiento, apaga la inteligencia, degrada la ciencia y hace decaer la literatura.

JAMÁS el mundo ha visto cumplirse tan rigurosamente como ahora la sentencia del oráculo divino: cada uno es castigado por aquello mismo en que peca. El periodismo, hijo legitimo de la libertad de pensar, dá por resultado natural e inevitable la esclavitud universal del pensamiento, privando a las inteligencias de la facultad de formar convicciones propias sobre las más graves y árduas cuestiones, y convirtiéndolas en juguetes de sofistas y pedantes. Por paradógico que esto parezca a algunos, es sin embargo evidente de suyo, y está confirmado no sólo por la experiencia, sitio también por el testimonio irrecusable de los mismos escritores que han recogido en el campo del periodismo sus mas preciados laureles.

Con efecto: de cada cien lectores de periódicos, noventa no tienen ideas propias acerca de las cuestiones religiosas, sociales y políticas que a diario se plantean y ventilan en la prensa periódica, ni están en aptitud de poder juzgar sobre ellas, ni de apreciar el valor de las razones que se aducen en pro ni en contra de esta o de la otra solución que se propone. ¿Habrían de ponerse a estudiar dichas cuestiones desde sus fundamentos en los libros que tratan debidamente la materia? Esto es imposible de todo punto; sin embargo hay que saber de todo, y juzgar de todo, y hablar de todo; que nada menos que esto importa la libertad de pensar de que es expresión el periodismo. Los lectores de periódicos, pues, que no tienen aptitud para pensar por sí mismos, han de aceptar por necesidad las soluciones que les dan unos fulanos, a quienes no conocen y que hacen el negocio de pensar por ellos.

Un sabio Prelado español, que fue antes insigne y hábil periodista, el actual Obispo de Segorbe, ha expuesto magístralmente estos tristísimos efectos del periodismo:

«El periódico -dice-, cualquiera que sea su color y objeto, tiene el inconveniente de someter el criterio de los lectores al suyo, de modo que a breve tiempo éstos rara vez aceptan otros datos para formar juicio que los ofrecidos por su periódico, ni discurren sino por la lógica de la redacción, y renunciando, sin repararlo, al buen uso de la propia inteligencia, aplauden lo que su periódico aplaude, reprueban lo que reprueba, esperan cuando manifiesta esperanza, y se abaten cuando aparece como abatido; sin sospechar que los datos del periódico pueden ser falsos o mal presentados, y que el periodista puede haber escrito ofuscado por alguna preocupación, a impulsos de interés de esquela o de partido, y quizás por fines particulares más o menos egoistas, encubiertos con apariencias de bien general. Sólo teniendo esto presente se comprende que personas dotadas de inteligencia clara y con intención recta, viviendo en un mismo pueblo y habiendo sido siempre amigas, se enfríen en su amistad, disminuyan sus relaciones, juzguen con criterio contrario las cuestiones públicas, estimen más a los que las otras aborrecen, y lleguen a perder la paz, poniéndose al frente de opuestos bandos por haberse suscrito á distintos periódicos.»

No se pueden pintar con más verdad los funestos efectos del periodismo en punto a esclavizar el pensamiento. En lugar de las aristocracias antiguas, que él más que nadie ha contribuido a destronar, el periodismo ha creado una nueva aristocracia intelectual contrahecha, diametralmente opuesta, la que sólo trata de sacar ventajas para sí del capital social de la libertad de imprenta. El vulgo ignorante, incapaz de vivir de sí propio intelectual y religiosamente, tiene necesidad para no morir de hambre, de extender la mano a espíritus más audaces, a quienes el tiempo y la habilidad permiten monopolizar venenos para su propio uso y también para el tráfico de los mismos. Verdad es que los clientes que se procuran no están estrechamente unidos con ninguno de estos fabricantes de opiniones, ya que nada puede impedir a aquéllos abandonar, según mejor les plazca, al maestro que no les sirva a su gusto; pero con esto tienen la libertad de mudar de servidumbre, más no la de ser libres.

Y no hay que invocar aquí el criterio de la autoridad para disculpar esta vergonzosa servidumbre intelectual; en primer lugar porque ese criterio es opuesto a la libertad de pensar que informa el periodismo, que a su vez lo rechaza; y en segundo lugar porque no cabe aquí su aplicación, una vez que nadie garantiza ni puede garantizar la autoridad científica de los redactores, personas desconocidas á la inmensa mayoría de los que leen. Así el periodismo, que ha pretendido combatir la autoridad de la Iglesia Católica y emancipar el pensamiento de la que llama servidumbre dogmática, ha venido a producir la más abyecta esclavitud intelectual, mil veces mas vergonzosa que la antigua.


Consecuencia de esta servidumbre intelectual es la atrofía y aun la muerte de la inteligencia.

Hace ya algún tiempo que uno de los más acreditados órganos del liberalismo inglés, la Saturday Review, declaraba ser imposible que atienda al cultivo de su espíritu quien tiene habitual lectura de periódicos:

«Semejante lectura -decía el diario inglés- acaba por gastar el propio juicio, hace perder la iniciativa intelectual, y generalmente apaga las facultades mentales, sustituyendo a la lectura inteligente el hábito de una lectura mecánica. Los mismos hombres doctos, que moderadamente ceden aesta tentación, toman costumbres que, bajo el aspecto de la inteligencia, les hacen mas daño que la falta absoluta de lectura. Un hombre que no lee puede pensar; pero quien lee solamente periódicos se habitúa a no ejercitar su espíritu de diferente manera de cuando se pone sus vestidos.»

La razón de esto es obvia: uno de los preceptos de la propadéutica intelectual es que la atención sea una, enérgica y sostenida, y nada más opuesto a este canon lógico que la lectura de periódicos que distrae constantemente la atención para dirigirla a multitud de asuntos de índole diversa y muchas veces opuesta, tratados con ligereza y según el interés del momento. Por lo demás el remedio propuesto por el diario inglés de no leer cosa alguna mas bien que leer únicamente periódicos, no deja de ser un buen remedio; sólo que tiene un inconveniente, y es que quien se condenase a no leer jamás, debería condenarse a callar siempre, y de seguro que el periódico británico no encuentra un solo colega suyo que acepte esta solución.

Y si el periodismo daña a la inteligencia de los lectores, no es menos dañoso a los mismos que se dedican a sus tareas. Obligados éstos a tratar diariamente las más variadas y difíciles cuestiones sin tiempo para estudiarlas á fondo y adquirir de ellas conocimiento exacto que les permita resolverlas con acierto, tienen que contentarse con desflorarlas y adquirir sobre ellas ideas superficiales y vagas, las más veces inexactas y erróneas; piérdese el hábito de la reflexión y del estudio meditado, y sustituyen el saber sólido y profundo, que engendra la originalidad, con un eliciclopedismo pedantesco propio para formar eruditos a la violeta, verdadera epidemia de nuestros tiempos. ¡Cuántas inteligencias lozanas y vigorosas ¡ay! ha segado en flor el periodismo, las cuales hubieran producido ópimos y sabrosos frutos en el campo de las ciencias y de la literatura! El sabio prelado, a quien antes cité, dice conocer personas que han perdido, por haberse dedicado al periodismo, el crédito que antes habían alcanzado merecidamente en el ejercicio de su profesión. También yo podría citar algunas de éstas: pero en particular conozco a muchos jóvenes que comenzaron su carrera con brillantes notas, que hacían fundar en ellos lisonjeras esperanzas, y luego bajaron al nivel de los más torpes y desaplicados, por haber caido en la tentación de escribir en periódicos; y conozco a otros que ni siquiera han llegado a concluir la carrera que habían comenzado.

Oigamos lo que dice de la influencia de la literatura periodística uno de los primeros escritores de Inglaterra, es decir, de la nación en que este género de literatura se cultiva con mayor ingenio, más formalidad y mejores resultados. El ilustre y por todos conceptos sabio Newman atribuye al periodismo las atrevidas teorías, los falaces sofismas y las brillantes paradojas que trastornan las inteligencias superficiales de la juventud:

«En esto consiste -escribe- en gran parte el resultado de esta literatura periódica, hoy día tan en boga. Se exige que cada mes o cada trimestre se pueda presentar al apetito del publico una provisión de nuevas y luminosas teorías sobre todos los asuntos, ya de religión, ya de política interior y exterior, ya de economía civil, de hacienda, de comercio y agricultura. La emigración, las colonias, la esclavitud, las minas de oro, la filosofía alemana, el imperio francés, Welington, Peel, la Irlanda, todos estos asuntos han de ser sucesivamente tratados por los que se llaman pensadores originales. No de otra manera que el comensal de algún personaje, después de la comida, se ve estrechamente obligado a contar sus aventuras o a cantar alguna canción, ó como el saltimbanquis, que, al acercarse el medio día, saca todo el repertorio de sus violentas cabriolas, así también el periodista ha de improvisar sus lucubraciones, sus ideas dominantes, sus verdades, reduciéndolas a poco volumen para dar alimento a la conversación de los que están en ayunas. La índole misma de la literatura periodística, cortada en pedazos, de los que el lector ha de formar un todo, y requerida a una hora determinada del día, crea el hábito de la filosofia improvisada. Narra Boswell en su vida de Johnson, que todos los artículos del «Rambler» eran escritos por éste en el momento mismo en que se habían de dar a la imprenta; de suerte que enviaba las primeras páginas, y mientras éstas se imprimían, componía las restantes. Mas Johnson por su buena ventura estaba dotado de un vigor de inteligencia nada común y de un raro buen sentido, que le mantenía lejos de toda exageración y extravagancia a que podía exponerle esta manera de escribir. Ahora Johnsons hay muy pocos, y no obstante, ¡cuántos escritores de nuestros días han de hacer lo que exigiría una fecundidad igual a la suya! Se pretende hoy de un compilador de Revista una originalidad de mala liga y unos miserables conceptos lógicos que Johnson habría despreciado, aún cuando se hubiese creido capaz... Por mal digeridas que estén vuestras teorías y por mal sana que sea vuestra filosofía, serán siempre admitidas sin mirarlas siquiera, porque este género es indispensable.(1)»


De aquí puede colegirse cuál ha de ser necesariamente la influencia del periodismo en todo género de literatura.

El periódico es el enemigo del libro; el que lee periódicos y se habitúa a su lectura ligera y variada, acaba por perder la afición y el gusto por los estudios serios que exigen reposada meditación. De los dichos memorables de Víctor Hugo, uno es el famoso «esto matará aquello». Alguien ha glosado el dicho del novelista francés, y entre los varios «estos» que deben matar a otros tantos «aquellos», ha notado los siguientes:

«Esto, que es el folleto, matará a aquello, que es el libro; y esto, que es el periódico, matará á aquello, que es el folleto.» La progresión hubiera podido continuarse de esta manera: «y esto, que es el periódico callejero, matará a aquello, que es el periódico serio; y esto, que es la gacetilla, matará a aquello, que es el artículo.» ¿Quién lee hoy libros, ni aun folletos, ni siquiera artículos, si llenan éstos más de una columna del periódico? Resentidos los caractéres de la ligereza de la lectura al día, hoy sólo se busca en el periódico el suelto intencionado, la gacetilla chispeante, la noticia de sensacion. Así el periodismo es muerte de toda seria literatura; y mientras los mejores libros a duras penas logran venderse, los propietarios de periódicos como La Correspondencia, de España, se fabrican palacios con el producto de sus frívolos diarios.

Esta influencia deletérea de la literatura periodística llega hasta la cátedra sagrada, que se ve muchas veces obligada para atraer a las muchedumbres, a adornar su estilo con colores y toques periodísticos. De este mal se quejaba, ya hace tiempo, el Rdo. P. Ramiere: «Si Bourdaloue-dice -volviese entre nosotros con su poderosa lógica y la noble severidad de su estilo, haría huir a la mayor parte, del auditorio de nuestros días; pero si alguna vez se le ocurriese al Figaro hacerse predicador, no tendría necesidad de modificar mucho su estilo para ser preferido por más de un elegante católico al gran orador de la corte de Luis XIV.»

Lo que el P. Ramiere dice de la predicación en Francia, puede aplicarse a España y a cualquier otro país. El P. Isla emplearía hoy para censurar el mal gusto periodístico que ha invadido nuestro púlpito, notas más fuertes que las que empleó en Fray Gerundio contra el culteranismo de su tiempo. ¿Y qué han de hacer los predicadores si el gusto está es tragado? ¿Quién gustaría hoy de oír en el púlpito el estilo severo y correcto de Fray Luis de Granada, del P. La Puente, de Juan Márquez, de Nieremberg o de Fray Diego de Cádiz? En cambio se aplaude el estilo churrigueresco de ciertos tribunos de parlamento, y no es de extrañar que el orador sagrado que quiera dejarse oír, trate de imitar esa oratoria de pésimo gusto, y aun de recitar literalmente, acomodándolos a la materia, párrafos de alguno de tales discursos. Y no es extraño esto que sucede: el periodismo irreverente ni siquiera respeta el lugar santo a donde envía sus reporters, principalmente en la Semana Santa, para hacer la crítica de los sermones. ¡Ay del predicador que no acierte a dar gusto al revistero que le haya caído en suerte!

He aquí, pues, los efectos del periodismo en el orden científico y literario: matando la iniciativa intelectual, seca el manantial fecundo de todo progreso científico, a la par que envilece las ciencias entregando su propagación y sus aplicaciones a gentes sin competencia, que las profanan y adulteran con mil errores e inexactitudes, y esto cuando no dan como verdades científicas ya demostradas meras hipótesis, muchas veces absurdas, con que extravían el ánimo de los lectores ignorantes, engendrando preocupaciones o prejuicios que hacen más daño a la verdad científica que su total y completa ignorancia.

Por otra parte, pervirtiendo el gusto, hace decaer la literatura y las bellas artes, cuyas formas corrompe, después de privarlas de originalidad, impidiendo al genio remontarse a las altas regiones donde bebe como en fuente inagotable la inspiración, y deteniéndole en las bajas regiones de una atmósfera corrompida y corruptora, en que sólo luchan mezquinas pasiones y bastardos intereses. Sin duda el P. Lacordaire era profeta cuando en 1833 escribía a su amigo el Conde de Montalembert, esforzándose por curarle de sus entusiasmos por ciertas libertades: «Para tí está bien demostrado que la libertad de la imprenta no será la ruina de la libertad europea y de la literatura; ¿pero no ves en qué abyección ha caído esta última en Francia?» ¡Ah! y Lacordaire no había presenciado las mayores humillaciones que la literatura sufrió posteriormente, ni quizás imagino que la degradación pudiera llegar hasta el extrerno,que señala esa inmundicia que hoy se llama literatura pornográfica, ni seguramente pudo pensar que en París, el centro más culto de Europa, como la llaman, se publicaría un periódico titulado «El Diario de la Canalla» ni en Madrid «El tío Conejo» y «El Motín», ni en Alicante, «El Escándalo» y «El Cullerot», ni en otras partes otros periódicos cuyos títulos, como los expresados, revelan por sí solos el estrago causado en el gusto por esa «bárbara invasión» (2) de la literatura periodística.

La decadencia de las demás bellas artes corre parejas con la de la literatura; y no hay para qué repetir aquí los contínuos lamentos que se oyen con motivo de las Exposiciones que aquí y allá se celebran, en las que las obras imperfectas y medianas abundan tanto como escasean las de mérito sobresaliente. Y si es cierto, y lo es, que el arte es una de las más fieles como más sentidas manifestaciones de las ideas, de las costumbres, del valor moral de una edad, y por consiguiente indicador seguro del progreso o retroceso de la vida social, y la medida del movimiento ascendente o descendente del espíritu público, no podrá menos de reconocerse en la presente decadencia del arte el efecto de la decadencia general de las ideas y de los espíritus.

He ahí de qué modo influye el periodismo en la cultura e ilustración de los pueblos (3)

Esto en lo que toca al orden intelectual; veamos ahora cuáles» son los efectos del periodismo en el orden rnoral y político.


(1) Newman, Idea of a university. Introd., citado por el P. Ramier.

(2) Así la llamó el Sr. D. Joaquin Francisco Pacheco en su discurso pronunciado en 1845, en el acto de ser recibido Académico de la Lengua. Y cuenta que aquel ilustre periodista se propuso hacer la defensa del periodismo y abrirle las puertas de aquella docta corporación; pero tales cosas hubo de decir, que su alegato resultó más bien acusación que defensa. El orador llamó al periodismo «especie de literatura toca, desaliñada, procaz,» le acusó de «alterar, manchar, empañar la pureza de nuestro idioma», de «desenvuelta osadía, cuya práctica... había de ser el desprecio de aquella pureza, la relajación de la correcta frase castellana», le llamó «elemento corruptor, que tiende á pervertir todos los géneros», y de llevar «la perturbación, la degeneración, la anarquía a la república de las letras.», Si esto decía era 1815 ¿qué no diría hoy en 1890?

(3) En la Enciclopedia Moderna de Mellado, tomo XXX, art.º Periodismo, se dice: «tiene de bueno y aun de escelente el periódico, la ventaja inapreciable de ser el libro del pueblo. En España no había, ni puede decirse que hay cultura intelectual (!¡), y prescindiendo de si es necesario en general que la haya (pues no queremos negar a los defensores del embrutecimiento popular, sus teorías particulares que no les envidiamos), ello es cierto que para entrar pacificamente en las prácticas de un gobierno representativo, y aun para no merecer el desprecio con que bajo este aspecto se nos trata, conviene a nuestra felicidad y a nuestro decoro que el pueblo sepa leer y tenga placer en la lectura: sentado esto, la más apropósito para él, aunque ocasionada de otro lado a tal cual desvarío, es la del periódico.»
Así se escribe. No he de entretenerme en discutir si había cultura intelectual en España cuando de nuestras Universidades salían maestros para todas las demás de Europa, de donde venían a buscarlos sin necesidad de reclamos periodísticos; ni tampoco he de discutir si en lo presente existe entre nosotros esa cultura; me limito a dar las gracias al articulista que tanto honra a su patria y a sus compatricios. Por lo demás, esto de afirmar que la lectura de periódicos sea la más apropósito para el pueblo, reconociendo al mismo tiempo que es ocasionada a desvaríos, es tanto como decir que lo más apropósito para instruir y educar al pueblo es ponerle en ocasión de desvariar. Esta podrá ser lo que se quiera, pero está dicho muy en su lugar en un artículo de enciclopedia, destinado a encomiar el periodismo. En cambio César Cantú ha llegado a decir por motivos contrarios: «ya que tenemos la desgracia de saber leer, mejor sería que no leyéramos otra cosa que una Biblia correcta y a Belarmino, y son muchos los embrutecedores del pueblo que piensan como César Cantú. No es extrario, la libertad de imprenta en general y en especial la del periodismo que es su consecuencia más natural y ruinosa a la vez, ha llenado el mundo de tantos errores y mentiras impresas, que el ánimo se resiste a la lectura por temor de tropezar con una acechanza donde busca útil instrucción u honesto recreo. Tal es la causa de la antipatía que todos los hombres sensatos y sabios sienten contra el periodismo.

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Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 1999